Por Arturo Vásquez Urdiales
Oaxaca, año de 1890.
En el Mercado Margarita Maza, entre el aroma de tasajo asándose al carbón, el chisporroteo de las quesadillas en manteca y el ir y venir de las marchantas regateando, cuatro personajes se encontraban diariamente en un rincón estratégico, donde el mezcal se servía a escondidas y la risa nunca faltaba.
Estaba Elpidio, un maestro albañil curtido por el sol y el polvo, famoso por su temple y su afición a las botellas de mezcal “pa’ enjuagar la garganta del polvo”. Su chalán, Nicasio Belém, era un mozalbete delgado y orejón, con cara de perpetuo susto, que siempre andaba detrás de su patrón cargando bultos y buscando maneras de escaquearse del trabajo.
No muy lejos, Doña Cleofas, la reina de las quesadillas fritas, dominaba su fogón con maestría, metiendo y sacando tortillas del comal con los dedos como si fueran de acero. A su lado, su ayudanta Micaela, joven espabilada y sin pelos en la lengua, iba y venía entre los pasillos del mercado con su canasta llena de cebollas, jitomates y, por supuesto, chiles de agua.
—¡Niña Micaela! —gritó Doña Cleofas, sacando una quesadilla de las brasas—. ¿Y los chiles?
—¡Aquí están, doñita! Bien fresquecitos y más rabiosos que su exmarido el borracho —respondió Micaela, dejando caer los chiles sobre la mesa con estrépito.
—¡Válgame Dios, chamaca! No me estés recordando esa calamidad —bufó la señora, mientras le echaba sal a un taco.
Elpidio y Nicasio, con la camiseta sucia de cal y el pantalón parchado, ya se habían instalado en el puesto, listos para la hora sagrada: el descanso de la obra. Elpidio tenía la costumbre de pedir su mezcal en un recipiente especial: una mitad de chile de agua, ahuecada con cuidado para que sostuviera el líquido.
—¡A ver, Doña Cleofas! Écheme su mejor mezcalito en un medio chile —dijo Elpidio, guiñándole el ojo a la taquera.
—¡Ay, maestro! Usted siempre con sus mañas —dijo ella, riendo y sirviendo el mezcal en la mitad de un chile.
Nicasio miró la escena con curiosidad y, queriendo impresionar, pidió lo mismo.
—A ver, yo también quiero un medio chile, doñita.
—¡Nombre, muchacho! No te veo tan gallo. Mejor empieza con un cuartito de chile —se burló Micaela, dándole un empujón.
Nicasio, picado en su orgullo, bebió de un solo trago y, en menos de tres segundos, los ojos se le pusieron como platos, la cara roja y la boca torcida como si le hubiera picado un alacrán.

—¡Aaay, jijo de la chingaaa…! —balbuceó, agitando las manos mientras trataba de recuperar el aliento.
Doña Cleofas y Micaela estallaron en carcajadas.
—¡Ay, Elpidio! Su muchacho ya anda a medios chiles —se burló Cleofas, mientras Nicasio jadeaba como perro en mes de abril.
Elpidio, con la calma de un hombre que ha vivido lo suficiente, le dio una palmada en la espalda.
—No te preocupes, Nicacio, de aquí a unos veinte años te vas a acostumbrar.
La risa del mercado se mezcló con el aroma del café de olla y el humo del comal. Desde aquel día, cada vez que alguien en Oaxaca se tambaleaba con unas copas de más, pero sin llegar a caerse, se decía que andaba a medios chiles.
Y así, entre anécdotas, fuego y mezcal, nació una frase que, hasta la fecha, sigue viva en las calles y las cantinas de México.
¿Y tú, cuántos medios chiles aguantas?
Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC ©® quienes les invitamos a compartir esta columna.


