Por el Dr. Arturo David Vásquez Urdiales

(En este mundo tribal Pero más verdadero que la verdad, la ficción es pequeña y la realidad enorme, nuestro desafío es encontrar la sutil diferencia).

  1. El preludio del delirio

El 14 de julio de 1518, cuando Frau Toffea salió a las calles de Estrasburgo y comenzó a bailar, el aire mismo pareció estremecerse. No era una danza festiva, ni un arrebato de júbilo. Sus pies se movían como si estuvieran poseídos por una música inaudible. Y, sin embargo, no estaba sola por mucho tiempo. Otros comenzaron a unirse. Cuerpos que se retorcían como si sus venas ardieran con un fuego invisible.

Para los cronistas de la época, aquello era un azote de Dios. Para los médicos, un exceso de sangre caliente que debía drenarse con más baile. Para el pueblo, una maldición inexplicable. Pero había algo que nadie se preguntó entonces:

¿Por qué, justo en ese momento, la gente de Estrasburgo perdió el control de sus cuerpos?

  1. La caída del cáliz estelar

Cientos de años después, cuando los archivos de la Santa Inquisición fueron revisados con más calma, se encontró un testimonio inquietante: un monje anónimo relataba haber visto, una noche antes de que Frau Toffea comenzara su macabra danza, un resplandor verde en el cielo. Un objeto luminoso flotó sobre la ciudad y luego desapareció detrás de las colinas del Rin. Al día siguiente, los estragos comenzaron.

Lo que la gente de Estrasburgo no sabía era que aquella luz no pertenecía a los cielos divinos, sino a una nave errante. Los llamados seres grises, exploradores de mundos primitivos, atravesaban la Tierra en una misión rutinaria cuando sufrieron un percance técnico.

Un simple error, una torpeza cósmica.

En su bodega llevaban una carga peculiar: un líquido espeso y bioluminiscente que los ayudaba a digerir los residuos de sus dietas extraterrestres. Un tipo de catalizador digestivo, fundamental para su biología, pero letal para los humanos.

Durante el viaje, una válvula falló. El líquido, incapaz de resistir la presión de la nave, se filtró y cayó a la Tierra como un rocío espectral. Pequeñas partículas de aquel elixir alienígena se mezclaron con el grano de la región, infiltrándose en el pan de los campesinos y las sopas de los mercaderes.

El resultado: un estallido de locura.

  1. El éxtasis del movimiento

Aquella sustancia no estaba diseñada para humanos. Mientras en los grises regulaba su metabolismo, en los habitantes de Estrasburgo desataba una reacción sin precedentes. Activaba el sistema nervioso de una forma incontrolable, como una coreografía impuesta por fuerzas ajenas a la Tierra.

Los cuerpos danzaban sin descanso, los corazones latían desbocados, los músculos se contraían con una energía frenética. Algunos gritaban de placer, otros de terror. No podían parar, porque el veneno cósmico exigía movimiento.

Cuando los médicos aconsejaron más baile, sin saberlo, solo intensificaron el efecto. La música exacerbaba el frenesí. Como si el sonido activara en ellos el eco de un código genético ajeno, como si el ritmo de los tambores despertara algo ancestral e incompatible con su naturaleza.

  1. La marcha hacia el santo

Pero, ¿por qué el baile terminó?

Las autoridades, incapaces de detener la plaga, llevaron a los enfermos a Saverne, al santuario de San Vito, el protector de aquellos que sufren ataques incontrolables. Durante días, realizaron rituales, cantaron plegarias y frotaron los cuerpos exhaustos con agua bendita.

Lo que no sabían era que el agua de la región contenía minerales que, en contacto con el compuesto extraterrestre, generaban un efecto contrario: un sedante natural.

Los afectados comenzaron a caer en un profundo sueño. Los cuerpos exhaustos se deslizaban en la inconsciencia como si al fin hubieran escapado de una pesadilla viviente.

El mal de San Vito, como fue llamado, desapareció de la historia oficial. Pero la mancha en la memoria de la humanidad persistió.

  1. La verdad oculta en el tiempo

Siglos después, cada vez que alguien siente el impulso irrefrenable de moverse al ritmo de una música que no puede ignorar, la pregunta queda en el aire:

¿Es la memoria genética de los humanos recordando aquel veneno cósmico?

¿Fue realmente una epidemia de histeria o el eco de un accidente alienígena que nunca debió ocurrir?

Tal vez, en algún rincón del universo, aquellos exploradores grises todavía se pregunten qué fue de aquella nave defectuosa, de aquella válvula rota, de aquella extraña fiebre que convirtió una ciudad medieval en un festival de cuerpos danzantes.

Y tal vez, solo tal vez, la música moderna no sea más que una excusa para seguir bailando… para no dejar de moverse jamás.

Es por ello que cuando nuestros ancianos veían a un chamaco travieso que no tenía paz y compostura, aún decían: le dió el mal de San Vito.

URDIALES Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC ©® quienes les invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención.

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