Apunte diario sobre letras Hipnóticas

Sidar y Rovirosa: mártires del cielo mexicano.

11 de mayo de 1930: el vuelo truncado entre Oaxaca y Buenos Aires.

Por Arturo Vásquez Urdiales

Hay fechas que el calendario mexicano deja morir como hojas secas arrastradas por el viento.
No tienen desfile.
No tienen guardia de honor.
No tienen discursos oficiales ni flores fresas colocadas por funcionarios de ocasión.

Pero debajo del polvo del tiempo aún laten.

El 11 de mayo de 1930, cuando el siglo XX todavía creía en héroes capaces de vencer océanos con un motor de hélice y un puñado de combustible, dos hombres mexicanos despegaron desde Oaxaca rumbo a la eternidad.

Sus nombres eran Pablo L. Sidar y Carlos Rovirosa.

Partieron desde un sitio cuyo nombre parecía escrito por una novela profética: Cerro Loco, en la región de Santiago Niltepec, Oaxaca.

Y quizá ningún lugar pudo haber sido más apropiado.

Porque solamente un loco —o un hombre tocado por la grandeza— habría intentado cruzar casi ocho mil kilómetros sin escalas en un avión de 1930.

Solamente un hombre poseído por la fiebre de las alturas habría mirado el mapa de América y pensado:

—Voy a unirla de un solo vuelo.

Y así comenzó aquella mañana.

A las 6:15, mientras Oaxaca despertaba lentamente entre neblinas y gallos lejanos, el monoplano “Morelos”, un EMSCO B-3 equipado con motor Wasp, rugió sobre la tierra polvorienta.

El aparato llevaba el nombre del insurgente de la patria, como si México quisiera enviar a otro caudillo hacia el cielo del continente.

No era únicamente una hazaña deportiva.

No era solamente un récord aéreo.

Era un gesto espiritual.

Sidar soñaba con una América Latina unida por rutas aéreas, por puentes invisibles de metal y viento. Venía de vuelos diplomáticos y de buena voluntad por Centroamérica y Sudamérica. En muchos países lo habían recibido como héroe.

En aquellos años los aviadores eran algo distinto a los pilotos modernos.

No existían radares confiables.
No había navegación satelital.
No había control aéreo sofisticado.

Los hombres volaban guiados por brújulas, intuición y estrellas.

Cada vuelo largo era un duelo contra Dios.

Y México tenía entonces una generación de pilotos casi suicidas, formados entre guerras civiles, rebeliones y tormentas.

Pablo Sidar era uno de ellos.

Nacido oficialmente en Ramos Arizpe —aunque otras versiones apuntan a Zaragoza, España— había combatido en campañas militares desde muy joven. Participó en conflictos posteriores a la Revolución Mexicana y terminó convirtiéndose en uno de los grandes pilotos acrobáticos del país.

Le decían:

“El Loco Sidar.”

Y el sobrenombre no era casual.

Realizaba maniobras imposibles.
Picadas temerarias.
Acrobacias que hacían contener el aliento a los espectadores.

Volaba como si el miedo no existiera.

A su lado iba el teniente Carlos Rovirosa, joven tabasqueño, disciplinado, brillante, considerado uno de los aviadores más prometedores de México. Tan respetado sería después de su muerte que el aeropuerto de Villahermosa llevaría su nombre.

Aquella mañana despegaron hacia el sur.

Debían cruzar Centroamérica y dirigirse hasta Buenos Aires.

La travesía sería de casi cuarenta horas continuas.

El continente entero observaba.

Los periódicos seguían la ruta.
Las estaciones telegráficas aguardaban noticias.
México soñaba.

Pero el cielo tiene regiones donde la gloria y la tragedia se tocan.

Y el Caribe, antiguo cementerio de galeones y huracanes, los esperaba.

Horas después del despegue, el Morelos encontró una tormenta brutal cerca de Puerto Limón.

Las crónicas de la época hablan de relámpagos enormes, vientos violentos y lluvias que parecían desgarrar el horizonte.

El avión se desvió.

Cruzó el istmo costarricense.

Y entonces ocurrió lo inevitable.

Algunas versiones señalan que un rayo impactó la aeronave.

Otras hablan de pérdida de estabilidad.

El resultado fue el mismo.

El Morelos cayó al mar frente a Playa Cieneguitas.

Allí terminó el sueño.

Dos mexicanos desaparecieron entre las aguas oscuras del Caribe mientras el mundo dormía ignorando que acababa de morir una de las epopeyas más hermosas de la aviación latinoamericana.

La noticia golpeó a México como un disparo.

Los periódicos titularon con dolor:

—“Ha muerto Sidar.”

Y el país entero quedó suspendido unos días mirando hacia el sur.

El presidente Pascual Ortiz Rubio ordenó honores nacionales.

Los restos fueron repatriados.

Hubo homenajes solemnes.

Guardias militares.

Ceremonias en Bellas Artes.

Pero el tiempo —ese animal frío que devora memorias— terminó haciendo lo suyo.

Hoy casi nadie los recuerda.

No hay multitudes pronunciando sus nombres.

No existe una verdadera ceremonia nacional.

Ni un minuto de silencio en las escuelas.

México tiene una extraña costumbre:

olvidar a quienes lo soñaron demasiado grande.

Y sin embargo, allí siguen.

En alguna calle llamada Sidar y Rovirosa.
En alguna fotografía amarillenta.
En la Rotonda de las Personas Ilustres.
En los archivos polvorientos de la aviación mexicana.

Y quizá también en el viento.

Porque hay hombres que no terminan de morir nunca.

A veces basta escuchar el motor de una avioneta atravesando las montañas de Oaxaca para sentir que algo de ellos sigue volando.

Porque el verdadero drama de esta historia no es solamente el accidente.

Es el símbolo.

Dos hombres despegaron desde un lugar llamado Cerro Loco en Niltepec, intentando unir América.

Y América los dejó caer al mar.

Qué metáfora más brutal para nuestra historia continental.

Pueblos hermanos separados por distancias inmensas, gobiernos sudamericanos y de todo el mundo, de acá mero también: mediocres, burocracias, olvidos y tempestades.

(No todos los hombres son mediocres, hay angeles y demonios y curas que abajo de la sotana se les sale la cola.)

Sidar quería convertir el cielo en un puente.

Pero el cielo también exige tributos.

Y quizá por eso los antiguos temían tanto a las alturas.

Los griegos imaginaron a Ícaro cayendo por acercarse demasiado al sol.

México tuvo a Sidar y Rovirosa.

Porque toda civilización necesita hombres dispuestos a despegar aun sabiendo que podrían no regresar jamás.

Eso distingue a los pueblos vivos de los pueblos resignados.

El héroe no es el que garantiza el triunfo.

Es el que despega de todos modos.

Y qué extraño resulta pensar que aquellos pilotos salieron de Oaxaca.

De esa tierra antigua donde las montañas parecen guardianes petrificados.

De esa tierra donde el viento baja de la Sierra y cruza el Istmo como un animal invisible.

Desde allí levantaron el vuelo.

Desde un cerro perdido.

Desde una pista improvisada.

Desde el sur olvidado de México.

No desde Nueva York.
No desde París.
No desde Berlín.

Desde Oaxaca.

Y eso vuelve todavía más hermosa la historia.

Porque demuestra que las grandes hazañas humanas no nacen necesariamente en los imperios.

A veces nacen en la periferia del mundo.

En una pista de tierra.

En un cerro llamado “Loco”.

En dos hombres que decidieron desafiar el horizonte.

Hoy, 11 de mayo, pocos los recuerdan.

Las redes sociales están ocupadas con trivialidades.

La política mexicana continúa atrapada en sus miserias cotidianas.

Los héroes verdaderos envejecen en silencio.

Pero quizá esa sea precisamente la misión de las Letras Hipnóticas:

rescatar del polvo a los espectros nobles de la historia.

Encender otra vez la lámpara.

Volver a pronunciar sus nombres.

Porque un país que olvida a sus soñadores termina condenado a la pequeñez.

Sidar y Rovirosa no conquistaron Buenos Aires.

Conquistaron algo más difícil:

la permanencia simbólica.

El derecho a ser recordados como hombres que no tuvieron miedo.

Y acaso, mientras el Morelos descendía entre relámpagos sobre el Caribe, hubo un instante final de silencio.

Un instante suspendido entre agua y cielo.

Tal vez miraron el horizonte oscuro.

Tal vez pensaron en México.

Tal vez comprendieron que el destino de algunos hombres consiste precisamente en arder.

Porque hay vidas destinadas a durar cien años.

Y otras destinadas a convertirse en leyenda en una sola mañana.

La de ellos ocurrió un domingo de mayo de 1930.

Entre Oaxaca y el mar.

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