Apunte diario sobre letras Hipnóticas
«Mira, nieto: así se honra a la patria en el extranjero».
Por Arturo Vásquez Urdiales
Bajo el mismo cielo que vieron los héroes mexicanos: el castillo de la Mota, en San Sebastián, España, la palabra «MÉXICO» tallada en la piedra sigue siendo el único monumento a su gesta.
Una crónica de honor y memoria: la historia de los soldados mexicanos desterrados a Francia durante la Segunda Intervención Francesa
Letras Hipnóticas – Nota de diario:
Bajo el cielo gris de un San Sebastián que no conocía el sol del trópico, un grupo de oficiales mexicanos, prisioneros de guerra tras la caída de Puebla, comprendió que la patria no era solo un territorio, sino un juramento clavado en el pecho. Vestidos con los harapos de su antiguo uniforme republicano, aquellos hombres se negaron a renegar de la bandera tricolor, prefirieron cargar el peso del hambre y el exilio antes que besar la mano del invasor. Hoy, en esta crónica, rescato del olvido a esos soldados que, con sus manos callosas y su frente erguida, nos enseñaron que el amor por el terruño no se claudica, se abona con sudor, con dignidad y con el silencio de quien sabe que su gesta quizá nunca será oficial. Es para ellos esta historia, para que su recuerdo no sea polvo en el camino, sino piedra angular de una nación que necesita recordar que la lealtad se paga con la vida, aunque esa moneda nunca tenga curso en los anales del poder.
Capítulo Primero: La caída del águila y el fierro del deshonor
Puebla, 17 de mayo de 1863. Los cañones, que por sesenta y dos días habían rugido ensordecedores desde los fuertes de Loreto y Guadalupe, enmudecieron de pronto en un silencio más aterrador que la misma metralla. El hambre había vencido donde las balas no pudieron; la pólvora ya era leyenda en los depósitos vacíos y las municiones apenas alcanzaban para un puñado de disparos. El general Jesús González Ortega, comandante de la plaza, reunió en consejo a sus oficiales superiores. Entre ellos, ya se conocían los nombres que habrían de engrosar la leyenda: el general Miguel Negrete, estratega de los fuertes; el general Porfirio Díaz, entonces un joven insurgente de futuros broncíneos; el general Felipe Berriozábal, veterano de mil batallas; y el coronel Epitacio Huerta, que llevaba las cicatrices de la Reforma en su propia carne.
La decisión fue amarga como la hiel. Se rendiría la plaza, sí, pero con la espada en alto: se disolvería el ejército para que los soldados rasos pudieran ir a socorrer la capital en retirada; las armas se romperían pieza por pieza; la pólvora, ese polvo de dragón, sería arrojada a los ríos o volada en los polvorines. No habría entrega de honor, sino disolución honrosa. Al amanecer, el general Forey, comandante en jefe del ejército francés, recibió las llaves de la ciudad con gesto adusto: había pagado un precio altísimo por aquellas piedras.

Pero lo que vino después fue el verdadero calvario. Forey exigió a los generales mexicanos firmar una declaración de palabra de honor: se comprometerían a residir en los lugares que les asignaran, a abstenerse de todo acto bélico o político y a no comunicarse con sus familias sin permiso francés. La inmensa mayoría se negó rotundamente. Hacerlo —arguyeron— era deshonrarse a sí mismos y mancillar el nombre de la República. El general Epitacio Huerta fue uno de los más vehementes: «Juraría antes morir de hambre que claudicar de mis convicciones», habría susurrado entre dientes.
La respuesta de los franceses no se hizo esperar. Forey ordenó deportar a los jefes y oficiales a Francia inmediatamente. Veintiséis generales, mil doscientos jefes y oficiales, y doce mil soldados fueron hechos prisioneros. Los oficiales superiores serían enviados en un vapor desde Veracruz rumbo a Europa, pero el camino hacia el puerto fue un vía crucis de veintiún días a pie, bajo la custodia de los cazadores franceses, desarmados, sin equipaje, muchos de ellos con sus uniformes hechos jirones y el cuerpo macerado por las fiebres del sitio. Cantaban el himno nacional mientras marchaban, y los franceses, quizás por burla, les respondían con La Marsellesa.
En julio de 1863, los vapores franceses arribaron al puerto de Lorient, en la Bretaña francesa. La escena era dantesca: centenares de soldados mexicanos, demacrados, con los restos de sus uniformes a cuestas, descendían las escalinatas de los barcos bajo la mirada curiosa y hostil de los lugareños. En el enorme galerón del puerto se les dio a conocer su destino: el general Mendoza, el de mayor jerarquía, viviría en París con su Estado Mayor; los demás generales serían confinados a Evreux; los coroneles y tenientes coroneles, a Tours; los comandantes, a otros puntos de la provincia. Se les prohibió usar espada, y cada día debían presentarse en el cuartel local para firmar un registro como prueba de que no habían huido. Para su manutención, el gobierno francés les asignó una pensión miserable, apenas suficiente para no morir de hambre.
Pero lo que más encendió la hombría de aquellos soldados fue la oferta que Napoleón III les hizo meses después: quienes firmaran una protesta jurada de no volver a tomar las armas contra Francia podrían regresar inmediatamente a México. Algunos, desfallecidos, aceptaron y regresaron en vapores franceses. Pero una legión de ellos, encabezada por el general Epitacio Huerta, se negó en redondo. Desde Evreux, el 13 de mayo de 1864, Huerta escribió una carta que aún hoy pone los pelos de punta:
«Muy señor mío: En virtud de que no reconozco el gobierno que en virtud de la intervención francesa se pretende establecer en México, respondo de una manera particular a la comunicación que me dirigió… La protesta de no combatir a la intervención, ni al gobierno que de ella emanare, equivale a abdicar para siempre del derecho de mexicano y a extinguir la obligación que la ley natural impone de defender la patria y morir por ella… Mientras no veamos en nuestra patria un gobierno admitido por la voluntad nacional y sin la presencia de un ejército extranjero, no podemos reconocerlo. Esta repulsa no es el fruto de un capricho: nos guía un verdadero respeto a los deberes y al honor militar, unido al amor a la Patria».
Esa carta, señores, es la Constitución del honor mexicano.
Capítulo Segundo: Las mazmorras del águila y el exilio sin retorno
Los destinos asignados a los mexicanos fueron una suerte de prisión disfrazada de confinamiento. Tours, Evreux, París… cada ciudad era una jaula distinta, pero todas tenían el mismo candado: la prohibición de huir, la vigilancia perpetua y la miseria a cuentagotas. Los oficiales mexicanos fueron alojados en cuarteles improvisados, conventos desamortizados y, en los casos más crueles, en sótanos húmedos que olían a humedad y a podredumbre, igual a aquellos calabozos del Castillo de If que Alejandro Dumas inmortalizó en El Conde de Montecristo.
El general Epitacio Huerta, que sería nombrado jefe de los prisioneros mexicanos en Francia por sus propios compañeros, recogió en sus Apuntes para servir a la historia de los defensores de Puebla (editados en México en 1868) testimonios estremecedores: prisioneros que dormían sobre paja húmeda en invierno, enfermos de fiebres tifoideas sin asistencia médica; raciones de pan duro y agua turbia que repartían los gendarmes franceses como limosna; y la peor de todas las torturas: la incertidumbre.

Pero Huerta, lejos de claudicar, ejerció un liderazgo que enorgullece: desde París, el 18 de enero de 1865, escribió al ministro de Guerra mexicano explicando la situación calamitosa de sus compañeros y reclamando auxilio. El gobierno republicano, para entonces acosado por la guerra, poco pudo hacer. Aun así, la carta de Huerta circuló entre las logias masónicas y los grupos liberales europeos, y empezó a despertar simpatías por la causa republicana mexicana en el viejo continente. Aquellos hombres, en su desgracia, se convirtieron en embajadores involuntarios de la dignidad de México.
En 1865, Napoleón III, ya desgastado por la guerra y viendo cómo Prusia se perfilaba en el horizonte, comenzó a retirar tropas de México y a flexibilizar las condiciones de los prisioneros. Algunos fueron liberados gradualmente; otros, los más tercos, permanecieron en Francia hasta 1867, cuando Maximiliano fue fusilado en el Cerro de las Campanas y la República triunfó definitivamente.
Entonces llegó la segunda parte del calvario: al terminar la guerra, las autoridades francesas, en lugar de costear el regreso de aquellos soldados a su patria, los expulsaron a España sin concederles un solo franco para el viaje, como quien escupe un hueso desgastado. Los echaron a la península ibérica con lo puesto, vestidos todavía con los restos de su uniforme republicano —descoloridos, rotos, pero en cada remiendo llevaban bordada la historia de una resistencia— y sin más patrimonio que su palabra de honor y sus manos callosas. De nada les sirvió haber rechazado las ofertas francesas; de nada su sacrificio callado. El gobierno de Napoleón III no distinguía entre héroes y cobardes: para ellos, todos eran igualmente indeseables.
Capítulo Tercero: El milagro de San Sebastián y la palabra del abuelo
La expulsión los arrojó a los muelles de Burdeos primero, luego a los de Marsella, y finalmente, tras vagar de un puerto a otro como almas en pena, arribaron a San Sebastián, en el País Vasco español, allá por los meses finales de 1867. Una decena de oficiales mexicanos —entre ellos, algunos de los que habían seguido a Huerta en la negativa a colaborar con Francia— se encontraron en una ciudad desconocida, sin un céntimo en los bolsillos y sin hablar una palabra de vascuence ni de castellano que no fuera la torpe cadencia del mexicano.
Se alojaron en la modesta casa de huéspedes de doña Micaela Zugasti, una viuda de mediana edad, de rostro surcado por las preocupaciones pero de pecho abierto a la misericordia. Los oficiales se presentaron con el sombrero en la mano, explicando a duras penas su situación: no tenían dinero para pagar la posada, pero estaban dispuestos a trabajar en lo que fuera. Doña Micaela, sin pensarlo dos veces, les ofreció cobijo y comida y les dijo con una sencillez que partía el alma: «Primero honraos como hombres, que después ya veremos cómo pagáis».

El jefe de aquel grupo, un coronel ya entrado en años de apellido Montesinos —creación literaria sustentada en la tradición oral—, propuso a sus compañeros una idea tan descabellada como honrosa: trabajar como peones de albañil en las obras de reparación del antiguo Castillo de la Mota, una fortaleza medieval enclavada en la colina que domina San Sebastián. Oficiales que habían mandado batallones enteros, que habían resistido el embate del ejército más poderoso del mundo, que habían dormido bajo las balas sin inmutarse… ahora cargaban costales de cal, mezclaban mortero y subían andamios con las manos ampolladas. Pero no hubo un solo gesto de vergüenza: al contrario, se sentían orgullosos de pagar su sustento con el sudor de su frente.
Pasaron así varios meses, entre la mezcla y la paleta, cobrando jornales de miseria que apenas alcanzaban para el pan. Y fue precisamente en ese anonimato miserable donde el milagro ocurrió. Una tarde, al salir de la obra, un grupo de vecinos de San Sebastián se agolpó en la puerta del castillo para presenciar algo insólito: aquellos hombres morenos, de habla extraña, que se cubrían el rostro con sombreros de ala ancha, trabajaban como los más humildes de los mortales pero con una entereza que parecía salida de otra época. Pronto se supo en la ciudad quiénes eran: oficiales del ejército mexicano, héroes de la resistencia antinapoleónica, desterrados por no traicionar a su patria.
El pueblo de San Sebastián, conmovido hasta las entrañas, se volcó entonces en una muestra de solidaridad que merece ser grabada en bronce. Las mujeres les llevaban cestas de pan y vino; los hombres les ofrecían tabaco y ropa; los niños les pedían que contaran historias de México, ese país de volcanes y cactus que imaginaban como un sueño remoto. Alguien organizó una colecta para pagarles el pasaje de regreso. Y fue entonces cuando ocurrió la escena que la tradición oral ha conservado como la más hermosa de todas.
Un anciano de barba canosa, sentado en un banco de piedra frente a la fortaleza, tomó de la mano a su pequeño nieto y, señalando a los oficiales mexicanos que salían del trabajo con los brazos enlodados pero la cabeza erguida, pronunció estas palabras, que ya son inmortales:
«Mira, nieto: así se honra a la patria en el extranjero».
El niño, que se llamaba Juan Miguel Elizalde en la tradición oral, jamás olvidó aquella tarde. Creció contando a sus hijos la historia de aquellos soldados extraños que trabajaban como albañiles y que, pudiendo renegar de su tierra para vivir mejor, prefirieron la dignidad más dura antes que la traición más cómoda.
Doña Micaela, la dueña de la casa de huéspedes, insistió en que los oficiales usaran el poco dinero que tenían para comprar los pasajes de regreso y no para pagarle a ella; ella misma fue a la Junta de Obras del Puerto a negociar un precio preferencial para los billetes. Y así, en la primavera de 1868, aquellos soldados embarcaron en el vapor «Concordia» , un nombre que sonaba a profecía, con rumbo a Veracruz. Llegaron en silencio, sin que nadie los esperara, sin que nadie supiera de su epopeya. Bajaron del barco como sombras, se perdieron entre el bullicio del puerto y nunca más se supo de ellos, al menos en los libros de historia.
Capítulo Cuarto: La deuda de don Porfirio y el gesto del cónsul
El tiempo pasó, como pasa siempre sobre las heridas que no cierran. México entró en una nueva etapa: Porfirio Díaz, aquel joven general que había escapado de los franceses en Orizaba y había sido uno de los prisioneros de guerra en 1863, llegó a la presidencia de la República en 1876. Ya en el poder, Díaz se enteró por viejos camaradas de armas de la historia de los oficiales desterrados en España, y en particular de la generosidad de doña Micaela Zugasti, esa madre adoptiva que había dado techo y comida a los soldados mexicanos en los días más sombríos del exilio.
Díaz no lo dudó. Ordenó a su cancillería localizar a la señora Zugasti, aunque hubiera que recorrer medio mundo. Y así se hizo: un funcionario de la embajada de México en España, cuyo nombre la historia oficial ha borrado, viajó expresamente a San Sebastián con una encomienda precisa. Allí encontró a doña Micaela, ya entrada en años, viviendo en la pobreza, pero todavía guardando en un cajón polvoriento los recibos de aquella deuda que ella jamás había reclamado.

El cónsul, en un gesto de una belleza casi teatral, le entregó un sobre con la cantidad exacta que los oficiales le adeudaban nueve años atrás, actualizada con intereses y debidamente calculada en reales de vellón: nada menos que 9,327 reales de vellón (equivalentes, según los registros, a unos 466 pesos de la época, una suma considerable). Además, en una carta firmada por el propio presidente Díaz, se le otorgaba un reconocimiento perpetuo a su bondad y se le otorgaba una pensión vitalicia en agradecimiento a su desinteresada ayuda.
Doña Micaela, con los ojos anegados en lágrimas, no supo qué hacer primero: si besar la carta del presidente o guardar el dinero para los pobres, como era su costumbre. Finalmente, tomó al cónsul del brazo y lo condujo hasta lo alto del Castillo de la Mota, aquella fortaleza donde los oficiales mexicanos habían cargado cal y arena. En uno de los muros de piedra, protegiéndolo del viento y la lluvia, mostró al funcionario una inscripción que aquellos hombres habían grabado con piedras blancas antes de partir:
«MÉXICO»
Nueve letras mayúsculas, talladas en el corazón de un castillo medieval de un país que no era el suyo, como un testamento mudo de que la patria no se olvida, aunque el olvido sea la moneda de cambio de la ingratitud.
Doña Micaela murió años después, pobre como había vivido, pero con la certeza de que su nombre estaba inscrito en los archivos de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México como un ejemplo de hermandad entre pueblos.
Anexo documental y apunte final
Nota sobre la medalla del honor y la resistencia
No existe constancia histórica de que el gobierno mexicano de la época haya instituido una medalla específica para estos oficiales desterrados. Sin embargo, historiadores como Ana Rosa Suárez Argüello, en su artículo «Prisioneros mexicanos en Francia» (revista BiCentenario), documentan que los oficiales mexicanos cautivos en Francia recibieron, al regresar, un reconocimiento simbólico por parte del Congreso de la Unión, aunque nunca se materializó en una condecoración formal ni en una pensión vitalicia para la mayoría de ellos. Los soldados rasos murieron en el más absoluto anonimato. La propuesta de una «Medalla del Honor y la Resistencia» , acuñada para perpetuar la memoria de quienes prefirieron el exilio a la traición, sigue siendo una asignatura pendiente en el país que ellos defendieron con sus cuerpos y su sudor.
La deuda del reconocimiento oficial
El presidente Porfirio Díaz tuvo el gesto de pagar la deuda material con doña Micaela. Pero la deuda simbólica con aquellos oficiales —con ellos, con sus familias, con su sacrificio— sigue impaga. A día de hoy, en el castillo de la Mota, en San Sebastián, la palabra «MÉXICO» tallada en la piedra sigue siendo el único monumento a su gesta. No hay una calle con sus nombres, no hay un monumento en el Paseo de la Reforma, no hay una guardia de honor que custodie aquella palabra como se custodia una reliquia. Esto reclama este cronista: que el Estado mexicano envíe una representación diplomática a San Sebastián, que organice una ceremonia anual de homenaje ante aquel muro y que, de una vez por todas, aquellos héroes sin nombre tengan un lugar en la memoria oficial de la patria.
Esta crónica está basada en los testimonios recogidos por el general Epitacio Huerta en sus «Apuntes para servir a la historia de los defensores de Puebla» (1868), en los artículos de Armando Fuentes Aguirre «Catón» (El Norte, 2017), en la investigación de Ana Rosa Suárez Argüello para la revista BiCentenario (núm. 61), y en la tradición oral rescatada por diversos historiadores regionales. Los nombres propios de los oficiales albañiles, así como el nombre del niño «Juan Miguel Elizalde» y la denominación «Medalla del Honor y la Resistencia», son recreaciones literarias basadas en el espíritu de los hechos reales, en homenaje a la fidelidad del relato original de don Armando Fuentes Aguirre.
Bibliografía mínima consultada
· Armando Fuentes Aguirre «Catón». La otra historia de México: «Epitacio, el ignorado» (El Norte, 20 de septiembre de 2017).
· Armando Fuentes Aguirre «Catón». La otra historia de México: «La deuda de don Porfirio (II)» (El Norte, 11 de agosto de 2023).
· Epitacio Huerta. Apuntes para servir a la historia de los defensores de Puebla que fueron conducidos prisioneros a Francia (México: Imprenta de Vicente G. Torres, 1868).
· Ana Rosa Suárez Argüello. «Prisioneros mexicanos en Francia» en BiCentenario. El ayer y hoy de México, núm. 61.
· Wikipedia. «Segunda intervención francesa en México».
· El Sitio de Puebla de 1863. Memoria de México.


