Apunte diario sobre Letras Hipnóticas

Carta abierta a Alberto Benítez Tiburcio

Sobre “La revancha contra la meritocracia”

12 de mayo de 2026

Por Arturo Vásquez Urdiales

Atreverse a pensar es caminar descalzo sobre brazas y cristales

“El hombre no está condenado únicamente por la historia: también está condenado por sí mismo.”
—Letras Hipnóticas

Querido Alberto:

He leído con atención su artículo “La revancha contra la meritocracia”, puesto en circulación electrónica este 12 de mayo de 2026. Lo he leído despacio, como se leen las cosas que contienen una herida verdadera. Y debo comenzar diciendo algo que rara vez se concede en estos tiempos de trincheras ideológicas: en buena parte de su diagnóstico hay razón.

Sí: hubo abandono.
Sí: hubo arrogancia de élites.
Sí: la meritocracia degeneró muchas veces en religión soberbia de vencedores.
Sí: millones de seres humanos fueron tratados como si su pobreza fuese una culpa privada y no una tragedia estructural.

Pero también debo decirle, querido Alberto, que su reflexión corre el riesgo de olvidar algo anterior incluso a la economía, anterior al Estado, anterior al mercado y anterior a la democracia misma:

el misterio del ser humano.

Porque antes de las urnas estuvo el fuego.
Antes de la ideología estuvo el hambre.
Antes del neoliberalismo estuvo la intemperie.
Y antes de cualquier teoría política estuvo el hombre desnudo frente a la noche.

I

El ser, la tribu y el fuego

Hubo un tiempo en que el hombre no tenía nombre. Apenas era un animal aterrado mirando relámpagos. Un homínido cubierto de frío y barro que no entendía la muerte ni la lluvia ni el rugido del cielo.

Entonces ocurrió el milagro.

No el milagro religioso todavía, sino el milagro humano.

Uno descubrió el fuego.
Otro descubrió la rueda.
Otro aprendió a sembrar.
Otro miró las estrellas.
Otro inventó palabras.
Otro enterró a sus muertos y comprendió que el cadáver significaba algo más que carne inmóvil.

Así nació la civilización.

Yuval Noah Harari, en Sapiens: De animales a dioses, explica cómo el homo sapiens logró dominar el planeta no sólo por fuerza física, sino por una capacidad extraordinaria: crear ficciones compartidas. Dioses. Imperios. Leyes. Monedas. Naciones. Juramentos. Derechos. Honor.

El ser humano dejó de ser bestia cuando aprendió a creer juntos.

Y esas creencias —correctas o no— construyeron el mundo.

Roma no fue sólo espadas: fue disciplina.
Grecia no fue sólo mármol: fue pensamiento.
Israel no fue sólo desierto: fue pacto moral.
España no fue sólo imperio: fue lengua.
México no fue sólo territorio: fue mestizaje y resistencia.

Toda civilización nació de una mezcla de dolor, deber, mito y esperanza.

II

El ascenso y la decadencia

Pero toda civilización también enferma.

Primero llega la crisis.
Luego la lucha.
Después el orden.
Luego la abundancia.
Después el exceso.
Y finalmente la decadencia.

Los romanos austeros del Lacio terminaron hundidos en banquetes imperiales. Los guerreros espartanos fueron reemplazados por herederos cómodos. El ciudadano creador se volvió consumidor. El deber se transformó en entretenimiento.

Y ahí aparece el viejo enemigo del hombre:

la comodidad sin propósito.

Las sociedades de placer producen hombres débiles.
Los hombres débiles producen instituciones frágiles.
Las instituciones frágiles producen miedo y corrupción.
La corrupción produce resentimiento.
El resentimiento produce líderes furiosos.
Los líderes furiosos destruyen el orden.
Y del colapso nacen nuevamente pueblos endurecidos por la necesidad.

La historia entera parece respirar así.

Como un pulmón gigantesco de piedra.

III

Sartre, el ser y la nada

Aquí regreso a usted, querido Alberto.

Porque su artículo explica muy bien la estructura del resentimiento social. Pero el hombre no es únicamente estructura. Sartre lo comprendió con brutal claridad en El ser y la nada.

El hombre está arrojado al mundo, sí.
Pero incluso arrojado, decide.

Ahí reside la tragedia.

Porque si reducimos totalmente al individuo a sus condiciones materiales, desaparece la libertad moral. Y cuando desaparece la libertad moral, desaparecen también la responsabilidad, el mérito, la culpa, el honor y el deber.

Entonces todo queda explicado… pero nada queda resuelto.

Usted tiene razón al denunciar la humillación meritocrática. Pero cuidado: una sociedad que mata completamente la idea de mérito termina premiando la mediocridad organizada.

Y eso también destruye pueblos.

La igualdad absoluta es imposible porque los hombres no nacen idénticos en talento, fuerza, voluntad ni inteligencia. Pero una desigualdad obscena tampoco puede sostenerse indefinidamente sin romper el tejido moral de la nación.

Ahí está el verdadero problema.

IV

El “échaleganismo” y el abismo

Coincido con usted en algo fundamental: el viejo discurso del “échale ganas” se convirtió muchas veces en coartada de las élites.

Era cómodo decirle al pobre: “si no triunfas es porque no quieres”.

Eso era falso.

Hay niños que nacen ya derrotados por la geografía, por el hambre, por la violencia, por la escuela rota y por el apellido invisible.

Pero tampoco podemos construir una civilización donde todo fracaso sea siempre culpa del sistema y jamás del individuo.

Porque entonces nace otro monstruo:

el hombre sin deber.

Y una sociedad llena de hombres sin deber termina inevitablemente en el colapso.

V

La fórmula hipnótica del lío

Permítame entonces proponer, desde estas humildes Letras Hipnóticas, una teoría imperfecta del desastre contemporáneo.

Fórmula del Ser:

S = D + T + C + R

Donde:

= dignidad

= trabajo

= conciencia

= responsabilidad

Fórmula de la Nada:

N = \frac{P + V}{E}

Donde:

= placer sin propósito

= victimismo absoluto

= esfuerzo

Mientras más disminuye el esfuerzo, más crece la nada.

Fórmula del Lío:

L = (DI \times RS) + EC

Donde:

= desigualdad insoportable

= resentimiento social

= élites corruptas

El resultado es el caos político contemporáneo.

VI

España, Ortega y el hombre-masa

Los filósofos españoles ya habían visto venir esta tormenta.

La rebelión de las masas advirtió que el gran peligro moderno sería el ascenso del hombre-masa: aquel que disfruta de los frutos de la civilización sin comprender el sacrificio que la creó.

El hombre-masa cree que todo derecho aparece naturalmente. Ignora el sudor de generaciones enteras.

Y Miguel de Unamuno veía algo aún más terrible: el vaciamiento espiritual del hombre moderno. Un individuo rodeado de técnica pero vacío de sentido.

Quizá por eso Europa, América y buena parte del mundo parecen hoy cansados.

Mucho confort.
Mucho discurso.
Mucho algoritmo.
Pero poca alma.

VII

Trajano, Adriano y el nuevo temple

No necesitamos tiranos.
No necesitamos caudillos histéricos.
No necesitamos fanáticos del mercado ni fanáticos del subsidio.

Necesitamos un nuevo temple social.

Un orden donde:

el Estado vuelva a garantizar dignidad básica;

la escuela vuelva a formar carácter;

el mérito exista, pero no humille;

la solidaridad no premie la pereza;

el trabajo vuelva a tener honor;

la riqueza tenga responsabilidad moral;

y la política deje de administrar resentimientos.

Esperamos simbólicamente a Trajano y Adriano.

No hombres providenciales, sino épocas providenciales.

Un Trajano que reconstruya el sentido del deber público.
Un Adriano que reconstruya la belleza, la ley y la civilización.

Porque el gran drama moderno no es solamente económico.

Es ontológico.

El hombre ya no sabe para qué existe.

VIII

El hilo de Ariadna

Y aquí aparece finalmente el hilo de Ariadna.

Ese hilo no es de izquierda ni de derecha.

Es el hilo que permite salir del laberinto del resentimiento y de la frivolidad.

Ni el neoliberalismo salvaje.
Ni el paternalismo absoluto.
Ni el culto al dinero.
Ni el culto a la víctima.

El hilo verdadero quizá sea otro:

comunidad, dignidad, deber, compasión y trascendencia.

Porque una nación no puede sostenerse sólo con consumidores.
Necesita ciudadanos.
Necesita padres.
Necesita maestros.
Necesita obreros orgullosos.
Necesita poetas.
Necesita soldados morales.
Necesita hombres capaces de cargar algo más grande que sí mismos.

Y quizá, querido Alberto, ahí podamos encontrarnos usted y yo.

No en la revancha.
No en el odio social.
No en la humillación de unos contra otros.

Sino en la reconstrucción del ser humano.

Porque cuando el hombre olvida quién es, comienza el verdadero desastre.

Y cuando recuerda su dignidad profunda, incluso las civilizaciones heridas vuelven a levantarse.

Con respeto al pensamiento
Más
Con profundo aprecio al autor del pensamiento

Su amigo

Arturo

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