Capítulo: La Gran Marcha y el Eco del Combate

La Sierra Sur se erguía majestuosa entre crestas y cañadas, una maraña de verdes profundos que parecían oscurecerse aún más bajo la penumbra de las nubes bajas. Era septiembre de 1865 cuando los Bravos de Tlaxiaco, el Batallón México y los Fusileros —también originarios de Tlaxiaco— emprendieron la gran caminata hacia Miahuatlán, dispuestos a reforzar a los republicanos y hacer frente a la inminente avanzada francesa. Desde la Mixteca hasta la sierra de Miahuatlán, la ruta se extendía como un desafío plagado de riscos, poblados dispersos y senderos angostos que, de noche, se tornaban aún más traicioneros.

1. La partida desde Tlaxiaco y los primeros pueblos

Habían partido de la Villa de Tlaxiaco con el corazón encendido por el amor a la patria, avanzando por veredas que atravesaban parajes como San Miguel Achiutla, Santa María Cuquila y Chalcatongo. Desde allí, algunos soldados siguieron el sendero que se bifurcaba hacia parajes más agrestes: Santiago Yosondúa, San Sebastián Tecomaxtlahuaca, bajando luego por regiones boscosas rumbo a la sierra alta de la región de Sola de Vega. Otros optaron por rodear los montes, pasando por Zimatlán, Ejutla, con la mirada puesta en alcanzar Miahuatlán.

—Mirad, camaradas —exclamaba el capitán Aurelio Pérez, que encabezaba un ala de la columna—, no hemos de flaquear; el enemigo aguarda más adelante, mas nuestro coraje está firme como peña.

El camino no era liso. Entre tropezones y cansancio, la tropa se topaba con rancherías desoladas por los conflictos previos, así como con gente local que les ofrecía tortillas y un caldito de hierbas cuando podían. Muchas veces, los soldados devolvían el gesto con reverencias y promesas de protección, conscientes de que cada campesino podía fungir como guía o vigía. En cada alto, revisaban municiones, ajustaban sus zapatos de suela gastada y se encomendaban a Dios para la siguiente jornada.

2. Las noches a la intemperie y la guardia perenne

Llegada la noche, sin pueblos cercanos para darles cobijo, los batallones improvisaban campamentos bajo la bóveda estrellada. Según la estación, algunos hombres reconocían constelaciones que apenas se entreveían entre las ramas altas de los pinos y encinos:

  • El Escorpión (Scorpius), todavía visible en las primeras horas, alzando su aguijón al poniente.
  • Sagitario, cuyas estrellas difusas se mezclaban con la Vía Láctea.
  • Aquila y Capricornio, en el cenit de la temporada septembrina.

—Ved el cielo, compadres —decía Domingo, un soldado raso de la Mixteca—. Es como si la Madre Patria nos mirase desde arriba, velando por nuestras andanzas.

—Por Santiago Apóstol, que nos libre de escaramuzas nocturnas —respondía Octaviano, natural de Yutindo.

Entre rezos y susurros, montaban la guardia, manteniendo alertas rotativas para prevenir emboscadas. No eran pocos los rumores de patrullas francesas que merodeaban la sierra, y sabían que un descuido podía costarles la vida. Mientras unos dormían en el suelo terroso, envueltos en jorongos y rebozos, otros sostenían sus fusiles listos, atentos a cualquier ruido de cascos o de pisadas furtivas.

3. El sustento: cacería de venado y solidaridad campesina

Para resistir una marcha tan prolongada, necesitaban víveres. A veces los pueblos de paso aportaban maíz, frijoles y tortillas, pero no siempre bastaba. Los Bravos de Tlaxiaco, duchos en las artes de la montaña, sabían cazar. Cierta tarde, cerca de San Vicente Coatlán, divisaron un venado entre la maleza. Fue Martín “el riflero” —famoso por su puntería— quien lo abatió con un solo disparo.

—¡Ja, dádmelo aquí! —exclamó el capitán Aurelio—. Con esta pieza podremos saciar a buena parte de la tropa.

Unos hombres desollaron al animal, repartiendo la carne en mulas de carga. En un rancho improvisado, cocieron parte del venado con chiles y especias que una anciana campesina les había obsequiado. Aquella noche, el aroma de la carne hirviendo en ollas de barro trajo un momento de alegría. Las risas brotaron, los corridos y coplas se entonaron con la guitarra polvorienta de un soldado. Pero la guerra no daba tregua: un par de centinelas, apostados en los montículos cercanos, vigilaban sin descanso, por si asomaba algún enemigo.

4. Rumores de la avanzada imperial y el capitán Moctezuma

Los altos mandos comentaban que el capitán Moctezuma había librado ya varias escaramuzas en la sierra de Miahuatlán, contra oficiales del Imperio —entre ellos un prusiano que se había ganado la fama de cruel. La urgencia de llegar a la zona crecía: el Ejército de Oriente, del general Porfirio Díaz, requería reagruparse para un golpe decisivo.

—Dicen que Moctezuma no se deja amedrentar, que igual pelea con machete o con la pura bayoneta —murmuraba Gustavo, un joven de dieciocho abriles que se estrenaba en la milicia—. Ojalá demos con él pronto, no vaya a caer preso.

El mayor Ortega, al frente de los Fusileros de Tlaxiaco, asentía con gesto serio:

—Por la Virgen, que no permitiremos tal desgracia. Vayamos adelantándonos. Partimos al primer albor.

5. El arribo a la Sierra Sur y el estruendo de las detonaciones

Cerca de la medianoche del tercer día tras abandonar Sola de Vega, se encontraban ya internados en la Sierra de Miahuatlán. Avistaron pueblos como San Lorenzo Texmelucan, San Sebastián Río Hondo y Santa Catarina Cuixtla, cada uno con su iglesia parroquial maltratada por la guerra, pero con gente solidaria que ofrecía leña y jarros de atole.

Caminaban en formaciones parciales, evitando senderos demasiado obvios. En la oscuridad, la maleza crujía bajo sus botas, y el viento frío de la montaña azotaba sus rostros. De pronto, un retumbo de disparos resonó a la distancia, hacia una hondonada boscosa. Era un chisporroteo de fusiles, salpicado con gritos y alaridos. Los republicanos se detuvieron en seco:

—¡Santo Cielo, algo está pasando allá! —exclamó Octaviano.

—Podría ser Moctezuma en aprietos —apuntó el capitán Aurelio—. ¡Acelerad el paso, bravos!

A trote apresurado, el contingente se dirigió hacia la fuente del estrépito. Cuanto más se acercaban, más clara se hacía la balacera. La noche, iluminada solo por el pálido resplandor lunar, se volvía cómplice de la confusión. El mayor Ortega dio la orden de dispersarse para envolver la zona. Martín el riflero se adelantó unos metros, escudriñando con su catalejo portátil.

—Carajo… veo humo y destellos de fogonazos —susurró con gravedad—. ¡Hay un grupo de soldados imperiales atacando!

6. El choque con la avanzadilla imperial y la visión de Moctezuma herido

Cuando llegaron al claro, se ocultaron tras un muro de rocas y árboles caídos, atisbando la escena: varios soldados franceses y belgas yacían muertos o heridos; en el centro, el capitán Moctezuma se tambaleaba, con un cuchillo hundido en su costado. Delante de él, un oficial prusiano —sin vida— tenía atravesado el cuello por un bieldo de labranza. Era un espectáculo dantesco: Moctezuma jadeaba, herido, mientras algunos imperiales restantes se le venían encima con fusiles y bayonetas en ristre.

—¡Van a acribillarlo! —dijo un fusilero, tenso.

—¡Mal rayo me parta si lo permitimos! —bramó el mayor Ortega—. ¡A mi orden, disparen!

7. Un grito de salvación: “¡Fuego!”

En el punto justo en que un oficial francés se disponía a descargar un tiro sobre Moctezuma, Ortega levantó el brazo y gritó:

—¡Fuego!

Martín el riflero, con su puntería legendaria, no dudó: apretó el gatillo y, de un fogonazo, le voló la cabeza al francés que amenazaba al capitán republicano. El cuerpo del galo se desplomó con un chorro carmesí. De inmediato, Octaviano de Yutindo disparó su arma y mandó a la muerte a un zuavo que pretendía ensartar con la bayoneta al herido Moctezuma.

—¡Por la patria, endiablados! —rugió Octaviano, recargando con presteza para rematar a otro enemigo que corría hacia un caballo suelto.

El resto de los Fusileros y del Batallón México siguieron la acción: una descarga cerrada salió de los mosquetes, iluminando con llamaradas la noche. El estruendo hizo eco en el bosque. Los imperiales, confundidos y rodeados, se derrumbaban. Algunos, en un acto de pura supervivencia, se arrojaron a tierra y alzaron las manos, pero la mayoría intentó huir y fue alcanzada por las balas antes de poder escabullirse.

8. La confluencia de las historias y el cierre del combate

En pocos instantes, el desfiladero quedó en silencio, apenas roto por el gemido de algún moribundo. El capitán Moctezuma se desplomó con un suspiro, exhausto y herido. El mayor Ortega, junto con el capitán Aurelio, acudieron a socorrerlo:

—¡Valiente capitán! —exclamó Aurelio, sosteniéndolo con un brazo—. ¡Vive, que le necesitamos al frente de la causa!

Moctezuma, con voz débil, murmuró:

—Ese oficial… me atacó por la espalda. Alcancé a atravesarlo con el bieldo… pero me lleva el diablo el dolor.

—Pronto te curaremos. ¡Tus heridas no serán en vano! —le aseguró Ortega.

Mientras algunos soldados republicanos se dedicaban a recoger las armas de los invasores y a arrastrar los cadáveres a un costado del camino, Martín el riflero y Octaviano se acercaron a la orilla del despeñadero, tratando de vislumbrar si quedaba algún enemigo suelto. Sólo la penumbra, los troncos desgajados y el olor acre de la pólvora quemada respondían.

—Bendito sea el Cielo, Moctezuma vive —comentó Octaviano, limpiándose el sudor de la frente—. Es hombre esencial para nosotros.

—Y aquel prusiano de mala estampa no volverá a insultar a la patria —añadió Martín, escupiendo al suelo.

9. Rumbo a Miahuatlán con renovado ardor

Después de asegurar la zona y dejar el lugar tan despejado como las circunstancias lo permitían, los jefes del contingente ordenaron continuar la marcha a paso forzado, llevando a Moctezuma en una camilla improvisada. No querían arriesgar más encuentros con patrullas enemigas. Cubiertos por la noche, reanudaron su camino hacia Miahuatlán, conscientes de que la guerra proseguiría en diferentes frentes.

—La Sierra Sur nos ha visto salir victoriosos, al menos por hoy —dijo Aurelio, revisando su fusil al caminar—. Mañana, quién sabe qué designios traerá.

En las alturas, las constelaciones seguían vigilando la comitiva. Las fogatas, encendidas en la lejanía, marcaban la ruta que varios aliados campesinos les habían indicado. El Batallón México, los Bravos de Tlaxiaco y los Fusileros, con su moral en alto tras el heroico rescate, se reagruparon sin perder la formación. Sus pisadas resonaban en la hierba y el cascajo, a un ritmo acompasado por la férrea voluntad de liberar a Oaxaca y a México de las manos extranjeras.

Muchos pensaban, en silencio, que aquella victoria —aunque menor en número— era un aliciente para el alma, un acto de justicia para con el capitán Moctezuma y una prueba de que los invasores no eran invencibles. El recuerdo de la puñalada traicionera y el bieldo atravesando el cuello de aquel oficial prusiano quedaría grabado como una enseñanza: en esas sierras, la soberbia imperial no encontraba terreno fértil.

Con las primeras luces del alba pintando el horizonte, la larga marcha hacia Miahuatlán proseguía. El destino, todavía incierto, se teñía con el rojo anaranjado del sol naciente, un preludio de más batallas, más sacrificios y, tal vez, la anhelada libertad.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here