Capítulo Extra: El Último Encuentro de Von Reichenbach
El sol despuntaba con un fulgor anaranjado cuando un corneta imperial a caballo alcanzó a la pequeña delegación de soldados extranjeros que había partido rumbo a Puebla. Entre ellos, el teniente Ludwig von Reichenbach cabalgaba con fastidio, cargando pocas pertenencias y un ánimo quebrado tras su abrupta despedida de la capital oaxaqueña. El corneta, sudoroso, les anunció que había llegado una orden urgente del alto mando: se necesitaba apoyo en la Sierra Sur, donde un inminente ataque contra los republicanos iba a desencadenarse.
—Es un contratiempo —murmuró von Reichenbach, forzando la mandíbula al leer la misiva—. Tenía instrucciones de dirigirme a Puebla, pero ahora me ordenan unirme a la montaña… ¡Cielos, cuánto odio este lugar!
Los demás oficiales, igualmente contrariados, intercambiaron miradas. Sin embargo, la disciplina y el temor al castigo los obligaban a obedecer. Volvieron grupas y enfilándose hacia el suroeste, internándose en parajes cada vez más escarpados. El ánimo era sombrío: se sabían cerca del frente, donde decenas de republicanos, liderados por jefes como el capitán Moctezuma, resistían con fiereza.
1. Perdidos en la Sierra
Conforme avanzaban por senderos serpenteantes, la abundante vegetación y la niebla matutina fueron confundiéndolos. Ninguno de los soldados extranjeros conocía bien la región; sus guías locales, asustados por la fama del ejército republicano, habían desertado al primer sobresalto nocturno.
—¡Esto es un laberinto! —juró von Reichenbach, furioso, mientras azotaba con la fusta a su caballo—. ¿Dónde rayos está el campamento imperial?
Los árboles inmensos y las cañadas profundas parecían cerrarse en torno a ellos. Después de varias horas, al filo del mediodía, se hallaron en una encrucijada sin indicaciones ni rastro de tropas amigas. El teniente prusiano consultó un rudimentario mapa que apenas le ofrecía datos difusos.
—Sigamos este desfiladero —propuso uno de los sargentos belgas—. Con suerte, desembocaremos en algún valle controlado por Montparnase.
Von Reichenbach asintió a regañadientes. Se internaron en la hondonada, rodeados de un silencio sobrecogedor roto solo por el golpeteo de los cascos de los caballos. Las sombras de los pinos se alargaban, anunciando un sol de mediodía que apenas lograba filtrarse. A cada paso, la tensión crecía: sabían que los republicanos podrían tenderles una emboscada desde cualquier risco.
2. Un choque inesperado
De pronto, en un recodo de aquel estrecho paso, se escucharon voces en español:
—¡Alto ahí! ¡Quédense quietos o abrimos fuego!
Los soldados imperiales se detuvieron en seco. Delante de ellos, apostados tras las rocas y troncos caídos, varios hombres con uniformes desaliñados apuntaban sus rifles. Eran parte de una avanzada republicana, quizá exploradores de la zona. El sargento belga miró a von Reichenbach, esperando su orden. Éste, con un destello fiero en los ojos, espetó:
—¡Fuego!
Estalló la confusión en un estruendo de detonaciones. Algunos caballos piafaron y se levantaron en dos patas, arrojando a sus jinetes al suelo. El intenso olor a pólvora se mezcló con gritos y maldiciones en varios idiomas. Los republicanos, al verse superados en equipamiento, retrocedieron un poco. Aun así, respondieron con disparos certeros, derribando a dos oficiales imperiales.
El enfrentamiento derivó en una escaramuza sin cuartel. Von Reichenbach, que no sentía la menor misericordia hacia los “rebeldes”, saltó de su caballo para buscar cobertura tras un peñasco. Asomándose, apuntó su revólver hacia la línea enemiga y descargó varios tiros con precisión, hiriendo al menos a un miliciano. Mientras tanto, el resto de su tropa avanzaba a trompicones, intentando tomar la posición.
3. El encuentro de Moctezuma y von Reichenbach
La sorpresa llegó cuando, entre los republicanos, asomó el capitán Moctezuma con su típico atuendo de campo y su temple inquebrantable. A pesar de la precariedad de su armamento, encabezó una carga rápida con un machete en mano, buscando contener a los invasores antes de que pudieran reagruparse.

—¡No pasarán, malditos! —gritó Moctezuma, con la voz enronquecida por la pólvora.
Von Reichenbach lo avistó en plena acometida y vio la oportunidad de un golpe de efecto. Sin pensarlo dos veces, se escabulló entre los arbustos, rodeando la posición. Movido por la soberbia y el rencor —tal vez el recuerdo de su humillación en la ciudad, la burla del viaje a Puebla o incluso su resentimiento hacia la resistencia local—, decidió atacar por la espalda al valiente comandante republicano.
—Morirás, perro —musitó el teniente prusiano, desenfundando un cuchillo de campaña de hoja ancha.
4. La herida traicionera
Moctezuma, ensimismado en la refriega, no notó a von Reichenbach hasta que fue demasiado tarde. Un dolor punzante le atravesó el costado derecho al recibir la puñalada que, sin embargo, no penetró el cuerpo del todo: la punta del cuchillo chocó contra una de las costillas centrales, frenando la trayectoria mortal.
—¡Ah…! —El capitán se estremeció, doblándose de dolor.
Von Reichenbach había esperado que la hoja se hundiera hasta el corazón, pero la resistencia del hueso y la posición del golpe lo frustraron. Aun así, Moctezuma cayó de espaldas, boqueando por aire y con la vista nublada. Ante la inminencia de la victoria, el teniente prusiano soltó el cuchillo, se abalanzó con ambas manos para asirlo del cuello y terminar lo que había empezado.
—¡Al fin terminaré con uno de los cabecillas! —bramó, henchido de rabia.
5. El giro del destino
Con una última bocanada de aliento, Moctezuma se revolvió en el suelo, palpando desesperado en busca de algo con qué defenderse. Sus dedos tropezaron con un trinche (o vieldo campesino, un lenedor de tres picos) que alguien había dejado al costado del camino, tal vez para acomodar ramas. Fue un acto reflejo: el capitán lo blandió y lo clavó con violencia en la garganta de von Reichenbach, cuyos ojos se abrieron de par en par en un gesto de asombro y terror.
—¡No! —alcanzó a decir el prusiano, soltando un estertor de sangre.
El impacto lo atravesó del cuello, provocándole un borboteo mortal que impidió cualquier grito de auxilio. El hombre quedó allí, con las manos tensas sujetando el mango de la horqueta, mientras su vida se escapaba en un chorro rojizo. El mismo que solía jactarse de su “nobleza europea” acababa atravesado por un instrumento rústico de labranza, en medio de una serranía que despreciaba.
Moctezuma, por su parte, exhaló un quejido, sintiendo un ardor lacerante en las costillas. Apenas pudo retorcerse para retirar el cuchillo que seguía incrustado en su costado, con una mancha escarlata tiñéndole la camisa.
6. La intervención salvadora
Los compañeros de von Reichenbach, atónitos al verlo caer, corrieron en tropel hacia Moctezuma para consumar su venganza. El capitán republicano, casi sin fuerzas, trató de incorporarse, tambaleándose. Ya no tenía ni el machete ni el trinche, y la vista se le iba nublando.
—¡Mueran, malditos rebeldes! —gritó uno de los belgas, apuntando con su fusil.
En ese instante, un cornetazo resonó en lo alto del cañón, seguido de un estrépito de disparos. Era el Batallón de Fusileros de Tlaxiaco, que había oído el tiroteo y acudía en apoyo. Con un movimiento preciso, varios tiradores abrieron fuego contra los imperiales. Las balas silbaron con puntería letal, derribando a los asaltantes que se habían lanzado contra Moctezuma.
—¡Por México! —clamó un fusilero, recargando su mosquete a toda prisa.
Fue un instante decisivo. Los soldados enemigos, sorprendidos por el fuego cruzado y sin saber cuántos republicanos llegaban, intentaron reagruparse, pero la situación era caótica. Varios cayeron abatidos en la primera descarga. Otros dos, heridos de gravedad, se arrastraron tras un peñasco, para ser ultimados allí por bayonetas que no daban cuartel. En cuestión de minutos, el Batallón de Tlaxiaco había sofocado la avanzada imperial, reduciendo a cenizas el plan de von Reichenbach y sus hombres.
7. Moctezuma sobrevive y el agravio de Catalina queda vengado
Cuando el estrépito de las armas se desvaneció, los fusileros corrieron hacia Moctezuma, quien yacía en el suelo, manando sangre por la herida entre las costillas. Uno de los sargentos lo reconoció:
—¡Capitán! ¡Capitán Moctezuma, no se rinda!
Lo levantaron con cuidado y, mientras un soldado le vendaba la zona a toda prisa, otros revisaban los cuerpos enemigos. Allí, inerte y con el rostro lívido, quedaba Ludwig von Reichenbach, el altanero oficial prusiano que semanas antes se había burlado del amor de Catalina. Su destino se selló en esa emboscada, con una lanza campesina clavada en la yugular.
Los republicanos intercambiaron miradas satisfechas al confirmar que el capitán vivía. Era una victoria no solo militar sino simbólica. La muerte de von Reichenbach, en cierto modo, cerraba un círculo: aquel que había abusado de la confianza y los sentimientos de inocentes —y que pretendía terminar con la vida de un valiente defensor de la patria— halló su fin de la forma más irónica.
—Capitán… lo llevaremos a una posta médica improvisada —dijo uno de los fusileros, preparando una camilla improvisada con palos y sábanas—. Aguante, ya casi estamos a salvo.
Moctezuma, con el rostro ceniciento por la pérdida de sangre, apenas pudo asentir. Sentía un ardor abrasador que le nublaba los sentidos, pero su corazón latía con la satisfacción de haber salido vivo de aquel lance brutal.
8. Epílogo del combate
El sol, que empezaba a declinar, bañaba la escena con un tono dorado. Sobre el suelo pedregoso quedaban los cadáveres de los invasores, algunos esparcidos sobre charcos oscuros de sangre. El cuchillo de campaña yacía abandonado junto al lugar donde Moctezuma había caído, y a unos metros, el cuerpo sin vida de Ludwig von Reichenbach parecía un recordatorio de que la soberbia y la crueldad pueden toparse con una justicia inesperada en las curvas impredecibles de la guerra.
Los fusileros de Tlaxiaco, tras brindar auxilio a su capitán herido, revisaron el sitio, recogiendo las armas útiles y quemando los pertrechos que no pudieran llevarse. Cuando se dispusieron a marchar, con Moctezuma acostado en la camilla, el sargento dio una orden concisa para honrar a los caídos del bando republicano. Aquello resultaba un pequeño homenaje en medio de la vorágine de la guerra.
—Descansen, compañeros. Su sangre abonará la libertad de esta tierra.
El corneta llamó a silencio de honor con largos pitidos de una trompa que emplazaba a “toque de silencio”. Los destartalados tambores republicanos de los fusileros tocaron largo por sus paisanos en la tierra. Al final eran tambores de guerra, tambores de honor.
Mientras tanto, la noticia del triunfo correría pronto por las montañas: una pequeña escaramuza con un desenlace glorioso para la causa republicana. Y, aunque ni ellos mismos lo supieran, también era una especie de justicia poética para la desafortunada Catalina, cuya inocencia había sido burlada. El destino había querido que la vida de von Reichenbach se terminara en la mismísima sierra que tanto había despreciado.
Así, el capitán Moctezuma sobrevivía para seguir luchando otro día, y el Batallón de Tlaxiaco confirmaba su lealtad a la patria. Bajo el cielo anaranjado, el silencio volvía a reinar. Solo se escuchaban las pisadas de los fusileros avanzando con paso firme, y el susurro de la brisa entre los árboles, como si la propia sierra celebrara la derrota de la soberbia extranjera.


