Capitulo tercero del capítulo segundo de: 3 de octubre, el águila emprende el vuelo
Corría el año 1865, y la ciudad de Oaxaca vivía una contradicción tan profunda como sus viejas calles de cantera verde. En el centro y los barrios más adinerados, la élite monárquica celebraba tertulias y saraos para agasajar a los oficiales del emperador Maximiliano, convencidos de que aquellos forasteros garantizarían su prosperidad. Mientras tanto, en los márgenes de la urbe y en la sierra, los republicanos, la gente sencilla, los hijos del campo, libraban una batalla de vida o muerte contra el invasor.
1. La alta sociedad y el deslumbrante mundo de Catalina
En la esquina de la Avenida del Emperador —antigua Avenida Independencia— y la Calle Real, se levantaba la casona de los Valenciana Ortiz, una familia de abolengo que había hecho fortuna con la explotación de minas en la Mixteca. Sus muros de piedra y su amplio patio interior albergaban tertulias casi semanales, a las que acudían otros apellidos ilustres: los Almonte, los Bolaños Cashe, los Iturribiela, y las famosas hermanas Iturralde (“La Mimis” y “La Chiquis”), habituales del Casino de Oaxaca.
Dentro de esa casona residía Catalina, la única hija mujer de los Valenciana Ortiz. Tenía 18 años, el cabello oscuro y la piel tersa, y vestía sedas traídas desde Francia. Catalina encarnaba la ilusión de una joven de alta sociedad, deseosa de codearse con la nobleza europea y, de ser posible, emparentar con los oficiales del imperio para lograr —o al menos fingir— un lustre aristocrático.
Aquella noche, la familia ofrecía una velada para un grupo de oficiales extranjeros. La sala principal, iluminada por candelabros y decorada con espejos de marcos dorados, rebosaba de damas y caballeros. Entre risas contenidas, se escuchaba hablar en francés, austriaco y un poco de español con fuerte acento extranjero. Uno de los invitados más admirados era el teniente prusiano Ludwig von Reichenbach, oficial de ascendencia austriaca que, según se comentaba, había llegado a México por mera aventura, buscándose fortuna y renombre a la sombra de Maximiliano.
Von Reichenbach lucía un uniforme impecable, un mostacho delineado y el aplomo propio de quien está acostumbrado a ser el centro de atención. Catalina lo observaba de reojo, embelesada por esa prestancia. Su madre, doña Socorro Valenciana, no ocultaba la satisfacción ante la posibilidad de un acercamiento con tan gallardo oficial.
—Catalina, querida —susurró la madre, acomodándole un rizo suelto—, esfuérzate en conversar con el teniente von Reichenbach. Será un honor para la familia tener a un oficial tan distinguido en nuestra casa.
La joven se acercó con un nerviosismo disimulado tras una sonrisa ensayada. Von Reichenbach, al notarla, hizo una reverencia exagerada:
—Señorita, es un placer. He escuchado maravillas de su familia y de esta ciudad tan pintoresca.
—Le agradezco, teniente —respondió Catalina, algo sonrojada—. Oaxaca es un lugar espléndido, y no dudo que su presencia aquí lo hará todavía más especial.
El oficial prusiano esbozó una sonrisa segura:
—Le confieso que jamás había visto paisajes tan imponentes. Sin embargo, lo más fascinante son sus habitantes, en especial las damas de alta sociedad… tan bellas y hospitalarias.
Catalina sintió un vuelco en el pecho, interpretando esas palabras como un halago auténtico. No sabía, o quizá se negaba a admitir, que Ludwig tenía fama de seductor y que ya había cortejado a más de una joven en Puebla y en la Ciudad de México. El murmullo de la fiesta crecía, y las copas de vino y licores iban y venían, como si en ese espacio cerrado no existiera el conflicto que asolaba la sierra.
2. El romance fingido y las verdaderas intenciones
La velada transcurrió con bailes y conversaciones distendidas. Von Reichenbach, ignorando a otras damas que le sonreían, se enfocó en Catalina. Bailaron una contradanza, y él le susurró a media voz:
—Mi dulce Catalina, ¿no ha pensado en viajar a Europa? Allá seguro gozaría de la corte del emperador Francisco José, y la sociedad vienesa quedaría encantada con su gracia.
La joven se estremeció con la sola idea:
—¡Sería un sueño, teniente! Pero… mi padre difícilmente me dejaría ir tan lejos.
—Siendo usted mi prometida, no habría obstáculo. Solo imagínelo: pasear por el Danubio, asistir a bailes en el Hofburg… Usted se vería radiante con un vestido vienés —continuó, con una mirada que parecía hipnotizarla.
Catalina entrecerró los párpados, entregada a esa fantasía de lujos imperiales. Se convenció de que von Reichenbach la amaba, o al menos estaba dispuesto a formalizar un compromiso, pues esas palabras sonaban a promesa de matrimonio. Pero lo que ignoraba era que, al apartarse unos instantes, el oficial soltaba burlas con otros compañeros de armas:
—Las criollitas de aquí creen que uno se casará con ellas. ¡Ja! Solo sirven para entretenernos un rato. Cuando sea hora de partir, adiós. Ni siquiera he de recordar sus nombres.
A su vez, varios extranjeros asentían con risas cómplices. Para ellos, la sociedad local era un escaparate de conquistas efímeras, sin intención real de desposar a ninguna de esas muchachas. Lo que buscaban era complacencia, lujos y un buen pasar mientras durara la aventura mexicana.
Mientras tanto, Catalina volvía a la pista con el corazón latiendo de entusiasmo. En su imaginación, Ludwig von Reichenbach era el caballero soñado, un príncipe disfrazado de oficial que la rescataría de la “turbulencia” local. Ni por un segundo pensaba en los cientos de republicanos que, en esas mismas horas, se jugaban la vida en la montaña.

3. La humilde casa de la familia Díaz: otro universo
A poca distancia del suntuoso centro, siguiendo las callejuelas polvorientas que desembocaban en el río de Jalatlaco, se extendían barrios populares donde las casas carecían de grandes patios o decoraciones fastuosas. Era la zona habitada por artesanos, lavanderas, vendedores de tlayudas y pequeños agricultores. En la última Calle de los Libres, se encontraba la modesta vivienda que el padre de Félix y Porfirio Díaz había dejado en viudez a doña Petrona Mori.
La fachada de la casa era sencilla: muros de adobe y techumbre de teja. En el interior, el piso seguía siendo de tierra apisonada. Un pequeño corral servía para criar unas pocas gallinas y un burro escuálido que empleaban para transportar leña. A escasos metros, corría el río de Jalatlaco con su cauce irregular, a veces amistoso, otras turbulento. Detrás, las lomas de San Felipe del Agua se alzaban, cubiertas de neblina en las mañanas.
Allí vivía Delfina, sobrina de Porfirio y Félix, junto a su madre y su abuela. Aunque aún era muy joven, trabajaba incansablemente en las tareas del hogar. Su rutina comenzaba antes de que saliera el sol: entre las tres y cuatro de la mañana, Delfina se levantaba para moler el maíz en el metate y preparar la masa de las tortillas y tlayudas. Después, con la luz apenas asomando, subía el burro hacia el cerro de San Felipe para recoger trozos de leña seca que alimentaban el fogón, indispensable para cocer el nixtamal y calentar el comal.
—Hija, no olvides recoger también las hierbas medicinales —le decía la abuela Petrona, que conocía los secretos de la naturaleza—. La ruda, la hoja santa y el orégano nos ayudarán en caso de que alguno de tus tíos regrese herido de la sierra…..si regresa…- y un negro semblante cubrió su faz de madre, sus ojos se ciñeron de lagrimas que apenas contuvo, sus dos hijos estaban en la montaña en campaña, combatiendo por la república al invasor que a unas cuantas cuadras, daba trato de cortesanas a las damitas de la alta sociedad oaxaqueña… “que equivocadas!” pensaba.
-Delfina….- gritaba doña Petrona…
Delfina asentía, vestida con un refajo modesto y un rebozo que le tapaba el cabello al viento frío de la montaña. Al bajar cargada de leña y hierbas, se ponía a hilar con la hilandera de cadera, un arte ancestral que le permitía fabricar sus propias servilletas y prendas sencillas. En los ratos libres, también tejía mandiles de manta. La pobreza era cruda, sí, pero estaba llena de dignidad y fortaleza. Allí no había espejos dorados ni lámparas de araña, sino un hogar forjado a base de esfuerzo y cariño, contrariamente a los masones de sus hijos y tíos, ese hogar era profundamente católico, pero un católico extraño, le tenían terror a los curas, sabedoras de lo violento de los hermanos Díaz, capaces de cualquier exageración si se les contradecía en sus convicciones, al final el rezo era entre Dios y ellas, y así cada tarde tocaba rezar el Santo Rosario, quedamente, no fueran a entrar de repente Félix o Porfirio.
4. Tlayudas, jornal y sacrificio
Terminada la tarea de hilar y de preparar la masa, Delfina y su madre salían con un canasto repleto de Tlayudas calientes para venderlas en el mercado de la Alhóndiga. El trayecto a pie era largo y polvoriento, y las monedas que obtenían a cambio apenas cubrían lo mínimo para comprar granos, sal y, de vez en cuando, un trozo de carne. Pero aquel modesto ingreso resultaba vital para subsistir mientras los hombres de la familia —sus tíos, primos y demás parientes— se jugaban la vida en la guerra.
Algo llegaba del arriendo de tierras en Yucutindoo y Chalcatongo, en donde el Padre y Esposo había dejado algunas tierras que doña Petrona había dado en alquiler, las monedas de plata tardaban seis, ocho meses en llegar de regreso, pero llegaban, con ellas se había comprado los primeros uniformes de sus hijos, y clandestinamente unos cuantos sables y fogones, y –Perdónanos Diosito, es por la guerra, es por los muchachos, es por la patria, que diría José Faustino, defender a la patria es primero…
—Dicen que el general Porfirio Díaz está librando batallas en la sierra, peleando contra esos franceses que se creen amos del país —comentaba un vecino, masticando con fruición una tlayuda de asiento.
Delfina miraba al hombre con una mezcla de orgullo y ansiedad:
—Ojalá Dios guarde a mi tío. Él sí no se rinde.
Cada día, Delfina veía cómo las madres y esposas de la zona se encomendaban a la Virgen de la Soledad para pedir que sus hijos o maridos volvieran con vida. No tenían vestidos elegantes ni anillos brillantes, pero conservaban la fe y la solidaridad. Muy distinto era aquel mundo de Catalina y otras muchachas acomodadas, que organizaban bailes con oficiales extranjeros. Las gentes de Calle de los Libres no añoraban “mejorar la raza”: lo único que exigían era recuperar la paz y vivir con libertad, sin imposiciones, y volver a ver vivos a sus padres, hermanos, tios….en esas guerras la mortandad de la gente que los criollos llamaban “peladitos, pelusa, jerga” fue considerable, 5 de cada diez hombres en el valle grande murieron en la guerra de reforma o en la de intervención francesa, y solo 1 de cada diez de las clases acomodadas murió, generalmente por alguna enfermedad derivada de la guerra, esa “clase” no se distinguió por ir a la guerra.
En efecto existieron Generales y Coroneles de la alta sociedad mexicana que se fajaron como los meros hombres, ejemplos hay muchos, pero fueron los menos, y la sociedad de la ciudad de Oaxaca decimonónica era altamente conservadora.
5. El contraste de los destinos
Mientras en la casona de los Valenciana Ortiz se urdía un romance de apariencias y Catalina suspiraba ante las palabras galantes de Ludwig von Reichenbach, Delfina y su madre regresaban a casa con las canastas vacías y las manos resecas del constante trabajo. Al llegar, la esperaban más tareas: limpiar el corral, avivar el fogón, secar la leña para el día siguiente. Al anochecer, solo se iluminaban con velas o un quinqué de aceite, y las conversaciones giraban en torno a los peligros que los hombres corrían en la guerra.
—¿Habrán tenido algo que comer hoy? —se preguntaba la madre de Delfina, refiriéndose a sus parientes en el Ejército de Oriente.
—Ojalá el general Díaz reciba pronto refuerzos. De lo contrario, esos franceses nos van a hacer pedazos —agregaba la abuela, removiendo un caldo de hierbas medicinales.
Era un mundo atravesado por la esperanza y el temor, sin lujos, sin vestidos de seda ni pompa de orquesta. Allí, la guerra se sentía en cada cucharada de frijoles que faltaba, en cada noticia sobre combatientes caídos.
6. La hipocresía de la sociedad acomodada
En la zona céntrica, la señora Socorro Valenciana contaba a sus amistades los “adelantos” del romance de Catalina con von Reichenbach:
—El teniente Ludwig es todo un caballero. Seguramente en pocos meses habrá boda.
Las otras damas reunidas, con peinados abultados y abanicos de encaje, respondían con una mezcla de admiración y envidia:
—Qué afortunada es tu hija, doña Socorro. Casarse con un oficial europeo… ¡Bendita sea la hora en que Su Alteza decidió traerlos a Oaxaca!
Nadie mencionaba que, apenas la semana anterior, unos campesinos llegados de la sierra habían denunciado los abusos de los soldados imperiales: quema de chozas, pillaje, incluso la captura de varios hombres forzados a servir de guías o peones. Para estas mujeres de la alta sociedad, la violencia era un rumor lejano, algo que no empañaba sus suntuosos eventos. De hecho, más de una veía con buenos ojos que los oficiales “civilizaran” a la gente local.
Con frecuencia, organizaban rifas y bazares supuestamente benéficos, pero la mayoría de los fondos recaudados terminaban embelleciendo sus propios salones. Catalina, en su juventud ingenua, creía estar viviendo en una burbuja de ensueño. Ludwig la visitaba a diario, le traía flores y le decía frases en francés: “Ma chère Catalina, vous êtes mon rayon de soleil”. Ella, ilusionada, transcribía esas frases en su diario, convencida de un amor eterno.
7. Los verdaderos sentimientos de von Reichenbach
En la realidad, Ludwig von Reichenbach ya había apostado con un camarada que “conquistar” a la joven más codiciada de la sociedad oaxaqueña sería su mejor triunfo personal. Él planeaba marcharse en unos meses, ya fuera hacia Puebla o de regreso a Europa, dejando atrás una estela de corazones rotos.

Cierta tarde, tras departir en la sala de la familia Valenciana Ortiz, el oficial prusiano salió con su compañero de batallón, el también austriaco Ketterl, y comentó entre risas:
—No tardaré ni un par de semanas en llevarme a esa niña a la cama. Se muere por mis frases elegantes. ¿Boda? Ni lo sueñe. Un mes más y estaré en otra ciudad.
Su amigo rió a carcajadas:
—¡Qué fácil es todo en este país! Las familias de abolengo nos reciben con los brazos abiertos, y ni siquiera se preguntan si vamos en serio.
Ludwig chasqueó la lengua:
—Tontos ellos, que creen que el Imperio es estable. No tardará en venirse abajo, y entonces huiremos con nuestros bolsillos llenos y nuestros placeres cumplidos.
8. Catalina frente a la realidad
Mientras Ludwig mantenía esa actitud cínica, Catalina alimentaba planes a futuro: la casa que tendrían, los viajes que harían juntos. Incluso llegó a enseñarle a su doncella los bocetos de un vestido de novia. Sin embargo, una noche, la verdad empezó a filtrarse en forma de rumor. Un primo lejano, que servía como intérprete para los austriacos, oyó las palabras despectivas de von Reichenbach y corrió a contarlas a uno de sus tíos.
La noticia rebotó hasta llegar —aunque de forma suave— a oídos de Catalina, quien sufrió un primer golpe de duda. Al confrontar, con voz temblorosa, a Ludwig, él la miró a los ojos y le mintió sin titubear:
—Son habladurías de envidiosos. Yo te amo, mi dulce Catalina. ¿Acaso no he sido claro en mis intenciones?
La muchacha quiso creerle. Pensó que su familia, sus amigos, estaban equivocados. Aquella noche se fue a dormir llorando, sintiendo por primera vez el abismo entre sus sueños y las sospechas de traición.
9. El contraste final: Delfina y los hijos del pueblo
En la última Calle de los Libres, Delfina recibía la peor noticia posible: uno de sus tíos había muerto en una escaramuza en la sierra. Aquel hombre, de nombre Teófilo, no era soldado profesional, pero se había enlistado en el Ejército de Oriente para defender a México. Su cuerpo no había podido ser recuperado; la familia lloraba en silencio, con la impotencia de no poder darle sepultura.
—Así es la guerra, hija —le dijo la abuela, con la voz quebrada—. Nos quita a los hombres de la casa y nos deja solos a merced de Dios.
Delfina apretó los dientes. Porfirio y Félix, sus tíos más famosos, también arriesgaban la vida. ¿Cuándo volverían? ¿Volverían? La escasez de alimentos se agudizaba, y en la plaza del mercado se comentaban historias de soldados franceses saqueando comunidades enteras. Pero ninguno de los vecinos flaqueaba en su apoyo a los republicanos.
—Más nos vale morir de pie que servir a esos malditos invasores —decían algunos ancianos.
Así, mientras unos luchaban por mantener la soberanía del país con su sangre y se sumían en la pobreza, en otra latitud de la misma ciudad, en la suntuosa casona de la familia Valenciana Ortiz, Ludwig von Reichenbach sellaba su falsa promesa de amor con un beso en la frente de Catalina. Un amor que no era más que una ilusión usada para pasar el tiempo.
10. Una despedida cruda
Pasó una semana y llegaron rumores de nuevos movimientos militares: se decía que el general Porfirio Díaz planeaba un golpe estratégico para liberar a prisioneros en Miahuatlán. También se supo que oficiales europeos comenzarían a replegarse, pues Maximiliano se hallaba en apuros financieros y políticos. Ludwig recibió una orden de sus superiores: marcharía hacia Puebla en un plazo de cinco días.
Esa misma tarde, fue a ver a Catalina. La encontró releyendo sus poemas, con el rostro iluminado de juventud. Cuando ella abrió la puerta con una sonrisa anhelante, él la miró con frialdad:
—Debo partir. El Imperio me reclama en Puebla.
Catalina sintió un hielo mortal en el pecho, pero se aferró a la esperanza:
—¿Cuándo volvemos a vernos? ¿Me llevas contigo?
Von Reichenbach negó, sin molestarse en disimular su aburrimiento:
—No puedo casarme ahora, mi bella Catalina. La situación militar lo impide. Quizá en un futuro, cuando el Imperio esté consolidado…
La joven se deshizo en lágrimas y reclamos. De pronto, comprendió que no había futuro alguno. Que aquel romance era una farsa. En un arranque de dignidad, quiso abofetearlo, pero él se apartó con un ademán altanero y salió sin mirar atrás. Catalina, humillada, sintió cómo se derrumbaba ese castillo de ilusiones.
11. Los dos destinos
En el mismo momento en que el oficial prusiano abandonaba la casa de los Valenciana Ortiz, Delfina en la última Calle de los Libres terminaba su jornada, agotada, pensando en la próxima hornada de tlayudas y en las velas que tendría que preparar para un posible velorio, si llegaban más noticias funestas de la sierra. Su madre, arrodillada, rezaba a un santo de yeso, implorando por la vida de los hijos que luchaban con Porfirio Díaz.
Un trozo de luna se filtraba por el techo de tejas, iluminando apenas la austera habitación. Allí no cabían los sueños de viajar a Europa ni las fantasías de una boda con un extranjero elegante. Lo que sí cabía era la fe en que México sería de los mexicanos, y que esos esfuerzos silenciosos (moler el maíz, vender en el mercado, hacer las curaciones necesarias) aportaban un granito de arena a la resistencia.
Mientras en la parte acomodada de la ciudad, Catalina lloraba su desengaño, en la parte humilde, Delfina y su familia asumían con estoicismo la tragedia de la guerra. Ambos destinos reflejaban la herida abierta en aquella Oaxaca fragmentada: unos defendían su patria con la vida, otros —cómodamente— la ofrecían al invasor a cambio de un lugar entre la nobleza europea.
12. Cierre: la fuerza de la montaña y la fragilidad del oropel
La mañana siguiente encontró a Ludwig von Reichenbach y a un puñado de oficiales partiendo con prisa. Ni siquiera se despidieron formalmente de la alta sociedad oaxaqueña que los había agasajado. En una carreta, se llevaban algunos obsequios costosos y baratijas que robaban de las casas “amigas”, demostrando su verdadero desprecio hacia una sociedad que los había recibido con ingenuidad. La familia Valenciana Ortiz quedó sumida en el desconcierto; doña Socorro estaba furiosa, mientras Catalina se encerraba a llorar y se culpaba por su ingenuidad.
En el otro extremo de la ciudad, cuando Delfina supo que el enemigo se retiraba, rezó agradecida. Tal vez aquello significaba que los combates en la sierra darían un respiro, y que su tío Porfirio y su tío Félix —junto con tantos campesinos y artesanos— podrían ganar terreno. Ella siguió con su rutina, haciendo tortillas y recogiendo leña, sabiendo que sus manos eran tan importantes para el esfuerzo republicano como los fusiles en el frente de batalla.
Así, la capital de Oaxaca quedaba dividida entre la opulencia que desfallecía tras los romances fallidos y la humildad de quienes resistían, aferrados a la esperanza de un México libre. El cielo de la ciudad, teñido de un azul pálido, anunciaba nuevos capítulos en esa historia marcada por la contradicción: el oropel de los salones y la sangre de los cerros, el sueño vano de los amoríos interesados y la firme convicción de un pueblo dispuesto a ofrecer hasta la última gota de sudor y de vida por la soberanía.
La guerra estaba lejos de terminar, pero aquel episodio dejó en evidencia que ni títulos ni apellidos garantizaban la felicidad, y que en la sencillez de un comal encendido y un corazón patriota se hallaba un sentido de dignidad que nada, ni el poder imperial ni la hipocresía social, podía destruir.


