del libro 3 de octubre: El águila emprende el vuelo
Capítulo III
3.1. La Alta Sociedad Monárquica en la Ciudad de Oaxaca
Bajo el intenso sol del mediodía, la otrora bulliciosa capital del Departamento del Valle —antes Estado de Oaxaca— se presentaba más quieta de lo habitual. Los balcones de las casas adyacentes a la Avenida del Emperador lucían decorados con flores de vivos colores y con banderolas que resaltaban los tonos del Segundo Imperio Mexicano. Bien podía decirse que, entre sus calles de piedra, no resonaban los ecos de la guerra que se libraba en la serranía; la urbe parecía un feudo aparte, donde la nobleza criolla y el emergente sector monarquista se entregaban a celebraciones suntuosas.
En la esquina que conectaba dicha avenida con la antigua calle Real, podía verse el flamante edificio del Gran Casino de Oaxaca, recientemente rebautizado así por la facción que apoyaba el gobierno de Maximiliano. Construido con cantera verde, sus ventanales relucientes dejaban entrever el brillo de lámparas de araña adquiridas en Europa. Aquella tarde, sin embargo, el ajetreo venía de la calle, donde carruajes elegantes se detenían uno tras otro, dejando bajar a las damas y caballeros de la más rancia sociedad monárquica.
—Mira, ahí va la señora Núñez, con su velo de encaje francés —susurró una joven vendedora de dulces en la acera, mirando con cierta envidia el carruaje que se detenía. De él descendió una mujer de porte regio, con sombrero ancho y un abanico bordado en hilos dorados, acompañada por sus hijas.
Tras la señora Núñez, llegó el coche del señor Iturribiela, un comerciante que había hecho fortuna vendiendo vinos importados a los oficiales de Maximiliano. Detrás venían los Almonte, la familia Bolaños Cashe, y las reconocidas Iturralde —apodadas “La Mimis” y “La Chiquis”—, primas de un militar austriaco que se había quedado en Puebla tras la toma de la ciudad. Todos ellos conformaban la flor y nata de la sociedad que simpatizaba con el Imperio, algunos por convicción monárquica y otros por simple conveniencia económica.
El objetivo de semejante reunión era un gran baile-cena-recepción, organizado para agasajar a un nutrido grupo de oficiales extranjeros: zuavos franceses, prusianos, austriacos y belgas que se hallaban de paso en la capital. Aunque en la Sierra Sur se libraban escaramuzas constantes y muchos mexicanos sufrían el avance imperial, estas familias de la urbe preferían disfrutar de los lujos importados, convencidos de que una alianza con Europa “mejoraría la raza” y garantizaría la prosperidad a sus linajes.
Cuando se abrieron las puertas del Gran Casino, los invitados pudieron admirar un vestíbulo suntuoso: tapices traídos de Francia, pisos de mármol y candelabros de cristal cuyo resplandor anunciaba la intención de dejar en claro que Oaxaca seguía formando parte de un Imperio digno. Los mayordomos conducían a la concurrencia hacia un amplio salón, donde una orquesta tocaba valses vieneses y polkas de Johann Strauss.
—¡Qué maravilla! —exclamó la señora Almonte, rociando su pañuelo con unas gotas de perfume importado—. Bien se nota la mano europea.
A su lado, la chiquis Iturralde se apresuraba a buscar algún oficial extranjero con quien bailar. Tenía la obsesión, inculcada por su familia, de encontrar matrimonio “refinado” para perpetuar la estirpe. Mientras la orquesta afinaba sus violines, se aproximó un oficial de uniforme azul, con bigote retorcido y una mirada altiva. Parecía ser un zuavo francés o quizá un prusiano al servicio de Maximiliano. Ella, coqueta, extendió la mano enguantada, y él, con ligera inclinación, aceptó la invitación a bailar.
El ambiente se llenó de música y murmullos de admiración. Las damas con vestidos de seda y encaje giraban por la pista, tomadas del brazo de militares de piel clara, mientras los anfitriones ofrecían champán, brandy y exquisitas viandas. En la mesa principal, la señora Núñez comentaba entre risas que su hija menor aprendería pronto el francés, para luego viajar a la corte de Carlota en la Ciudad de México. Sus palabras resonaban con el entusiasmo de quien vivía en un mundo de fantasía, sin querer recordar que fuera de esas paredes la realidad era muy distinta.
—Dicen que la guerra en las montañas está muy cruenta, señora —murmuró en voz baja un caballero al pasar, como temeroso de romper la atmósfera de la velada.
La aludida soltó una ligera carcajada, respondiendo:
—Eso es cosa de la canalla republicana. Aquí, bajo la protección de Su Alteza, estamos a salvo.
Desfiles, toros y gallos
El agasajo no se limitaba al Gran Casino. Para los hombres que no gustaban del baile, se organizaban corridas de toros y peleas de gallos en la explanada trasera, a fin de entretener a los soldados que llegaban condecorados desde distintos frentes. La intensa algarabía de los gritones y apostadores, mezclada con el bramido de los toros y el canto de los gallos de combate, componía un espectáculo pintoresco que refrendaba la idea de que la capital se hallaba en una burbuja ajena a la batalla real.
El señor Bolaños Cashe, en particular, se ufanaba de presentar a sus mejores gallos: ejemplares robustos, con espolones afilados, entrenados para la riña desde temprana edad. Entre tragos de mezcal y copas de anís, los asistentes animaban el sangriento duelo en la arena improvisada, mientras oficiales belgas y austriacos, fascinados por el exotismo del espectáculo, reían y tomaban nota de aquellas costumbres.
Uno de ellos, un prusiano de rostro adusto, exclamó a medias en francés y en alemán:
—El calor de México es intenso, pero las fiestas no tienen rival. Bien podría uno olvidar que hay balas silbando en las montañas.
Aquella afirmación, hecha casi con sorna, quedaría flotando entre las risotadas de los locales que deseaban complacer a sus invitados. Ninguno hablaba abiertamente de los reportes que llegaban a la ciudad con noticias de enfrentamientos en Miahuatlán, Ejutla u otros lugares, donde los republicanos todavía ofrecían resistencia. Parecían creer que la corte de Maximiliano se mantendría firme y que los pequeños focos de rebeldes serían sofocados en poco tiempo.
3.2. Ecos de la Sierra: El Reflejo del Cautiverio y la Resistencia Republicana
Mientras en el Gran Casino se descorchaban botellas y se coreaban vivas a la monarquía, en un extremo más discreto de la ciudad, unos pocos simpatizantes de la República se reunían con gesto preocupado. Se trataba de familias de abolengo menos convencidas de las bondades del Imperio, así como artesanos y maestros que no habían claudicado en su fe republicana.
—Mi hermano fue con el Ejército de Oriente rumbo a la Sierra Sur —confesó un sastre llamado Casimiro, a un par de amigos—. No tengo noticias suyas. Me dicen que los franceses capturan gente y los tratan peor que a bestias.
Esa conversación clandestina, llevada a cabo en un patio modesto, no distaba de la realidad que reportaban los correos llegados de la sierra: el enemigo hacía prisioneros y los obligaba a trabajos forzados, sin importar su rango. Palpitaban los rumores de que, entre los cautivos, podría estar incluso el capitán Moctezuma o algunos de sus hombres. Este panorama contrastaba terriblemente con la atmósfera festiva de la alta sociedad pro-monárquica.
Noticias a media voz
Uno de los informantes del general Porfirio Díaz, un mensajero de nombre Rodrigo, había arribado a la ciudad con sigilo, esquivando a los espías imperiales. Llevaba la misión de contactar a certain simpatizantes republicanos y transmitirles un mensaje:

El ejército del general Díaz estaba apostado en la Sierra Sur, planeando un golpe decisivo para liberar a los prisioneros.
Se requería que, en la capital, se procuraran ciertos pertrechos y medicinas que pudieran ser enviados discretamente hacia el frente.
Rodrigo, sin embargo, comprobó con amargura que buena parte de la ciudad vivía de espaldas al conflicto. Las pocas voluntades republicanas que quedaban en la urbe se hallaban amedrentadas o en la miseria, incapaces de ofrecerle un apoyo significativo. Para colmo, los soldados imperiales merodeaban las calles, y la policía local se mostraba cada vez más inquisitiva con cualquiera que hablara de republicanismo o que expresara críticas al régimen de Maximiliano.
—Necesito ayuda para enviar estos informes al general Díaz —expresó Rodrigo, mostrando un pequeño rollo de papel con indicaciones sobre la disposición enemiga.
—Es peligroso. Si te atrapan, te fusilarán —advirtió un tendero republicano, que le dio asilo.
Aun así, Rodrigo y algunos patriotas organizados en secreto prometieron hacer lo posible. Por su parte, los artesanos y campesinos que se veían obligados a asistir a las fiestas monárquicas para no levantar sospechas, procuraban escuchar conversaciones y recopilar cualquier detalle sobre los movimientos de los oficiales franceses, prusianos o belgas. De ese modo, aunque fuera en la penumbra, la resistencia no moría: se nutría de la convicción de que la monarquía no duraría si la Sierra Sur se mantenía indomable.
3.3. El Espejo del “Prisionero de la Sierra” (Capítulo 3)
En paralelo a estos sucesos capitalinos, la tercera parte de la historia de los prisioneros (según se había narrado en la otra columna) describía su cautiverio bajo la vigilancia de los oficiales franceses en un campamento agreste. Ellos, encadenados y obligados a trabajos pesados, planeaban una fuga que todavía parecía lejana. Para reflejar esa narrativa en la urbe, algunas gacetillas de la época —publicadas con discreción— soltaron breves menciones: “Se sospecha que tropas galas han apresado a valientes republicanos en la Sierra Sur”.
Sin embargo, en los salones del poder monárquico, pocos prestaban atención a esas noticias. Para la mayoría de los asistentes al baile del Gran Casino, los “rebeldes” no eran sino un puñado de bandidos que, tarde o temprano, la artillería francesa sofocaría. En la mentalidad de la alta sociedad, no tenía cabida la compasión por quienes osaran rechazar a Maximiliano. De hecho, se repetía como consigna que los prisioneros republicanos merecían aquel trato por obstinarse en “una guerra perdida”.
Un contraste brutal
Esa noche de festejos, la chiquis Iturralde y “La Mimis” charlaban con un oficial belga de luenga barba que, a su vez, narraba sus experiencias en Puebla. Alguien mencionó la necesidad de “depurar la raza” mezclando la sangre europea con la local, a lo que la Chiquis respondió con risitas coquetas:
—Oh, sí, ¡nada como fortalecer los lazos con la cultura civilizada!
Ninguno hacía alusión a la realidad en el frente. Para ellos, la sierra era un reducto salvaje, un paisaje pintoresco donde los “indios” se resistían a la modernidad. Ese egoísmo social y racista contrastaba con la verdadera sangre que se derramaba: los prisioneros pasaban hambre, sed y vejaciones, y en cualquier momento podían caer bajo la metralla francesa si la situación se salía de control.
Mientras corrían los valses y las polcas, la señora Núñez, sentada con elegancia en un sillón forrado de terciopelo, conversaba con un coronel zuavo sobre la expansión del Imperio. Él explicaba, entre trago y trago de champán, que el Emperador Maximiliano no toleraría focos de insurrección, y que pronto recibirían refuerzos. Con esas tropas, pacificarían definitivamente Oaxaca. La señora Núñez palmeó sus manos con regocijo:
—Qué dicha saber que estaremos a salvo de la barbarie.
Con “barbarie” se refería, sin pudor, a los republicanos y a los milicianos indígenas que combatían en la sierra. Alrededor, las risas y el tintinear de copas acallaban cualquier empatía que pudiera surgir.
3.4. Hacia un Desenlace Incierto: El Aviso de la Guerra
Pasada la medianoche, concluyó la velada principal en el Gran Casino, aunque muchos asistentes prolongaron la fiesta en tertulias privadas. El fragor de los cohetes y la música se fundía con la quietud de las calles. Sin embargo, esa aparente calma no auguraba el fin de la guerra; era solo la superficie de una ciudad partida en dos.
El lado monárquico, donde las familias acomodadas se aferraban al régimen imperial y le rendían honores, esperando beneficios o estatus social.
El lado republicano, temeroso y casi clandestino, que intentaba sostener la esperanza de que Porfirio Díaz y sus hombres —allá, en la sierra— doblegaran al invasor.
Incluso en los cuarteles franceses instalados cerca de la alameda, surgía cierto recelo. Había quienes, aún siendo extranjeros, comprendían la complejidad de la situación y no deseaban alargar el conflicto. Más de un oficial expresó en privado su fatiga ante tanta violencia, aun cuando en público tuviera que mantener la pose de conquista.
Entretanto, un pequeño contingente de refuerzos partió discretamente hacia Miahuatlán, enviado por el gobierno imperial. No era numeroso, pero poseía experiencia militar en campañas europeas. Su oficial a cargo era un tal De La Roquette, un militar belga con fama de astuto y disciplinado. Su misión: contactar a Montparnase y ayudarle a sofocar cualquier resistencia. La caravana transportaba municiones, víveres y, según rumores, también obsequios para congraciarse con ciertos jefes locales que pretendían cambiar de bando si el oro imperial brillaba lo suficiente.
Un punto de quiebre
En la memoria popular, esta noche en el Gran Casino se recordaría como un exceso absurdo, un escaparate de frivolidad frente al drama que se cernía sobre cientos de familias afectadas por la guerra. Poco después, las peleas de gallos y los bailes suntuosos se verían interrumpidos por noticias más escalofriantes de la sierra. El cautiverio de los prisioneros republicanos y la inminente ofensiva del Ejército de Oriente bajo las órdenes de Porfirio Díaz se volverían imposibles de ignorar.
Rodrigo, el mensajero republicano, logró finalmente escabullirse con la valiosa información reunida en la ciudad. En su marcha hacia los campamentos de la sierra, cabalgaba con el temor de toparse con soldados imperiales en cualquier recodo. Pero llevaba en la alforja un atisbo de esperanza: el registro de oficiales monárquicos, los planes de los refuerzos, el nombre de De La Roquette y la ruta prevista. Todo eso podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte para los cautivos en manos de Montparnase.
Mientras las velas se apagaban en el suntuoso salón del Casino y la última polca se silenciaba, la ciudad de Oaxaca quedaba sumida en un letargo ambiguo. Los poderosos dormían en sus camas de plumas, sabiendo que los oficiales galos y austriacos velaban por su tranquilidad. Pero más allá de los muros, en las sombras, latía el pulso del pueblo que aún creía en la república y la libertad.
3.5. Epílogo del Capítulo III: Rumbo a la Siguiente Confrontación
Así finalizaba aquel tercer capítulo, en el que la capital oaxaqueña mostraba dos rostros irreconciliables: la opulencia monárquica —encantada con la presencia extranjera— y la persistencia discreta del ideal republicano. De un lado, bailes, saraos, carreras de caballos y fiestas de gallos para entretener al invasor. Del otro, la conciencia de un puñado de patriotas que no dejaban morir el deseo de ver un México soberano.
Al mismo tiempo, las noticias sobre los prisioneros en la sierra resonaban a media voz: algunos decían que estaban siendo conducidos como animales, otros afirmaban que habían muerto de hambre o bajo el látigo francés. La verdad era que el capitán Moctezuma y sus hombres continuaban siendo piezas fundamentales en la partida que jugaban Montparnase y Porfirio Díaz. No pasaría mucho tiempo antes de que un enfrentamiento directo removiera los cimientos de aquellas fiestas deslumbrantes.
En el siguiente capítulo, se entreverán los preparativos del Ejército de Oriente para lanzar un golpe estratégico contra el campamento de Montparnase. Las intrigas en la capital no cesarán: los monárquicos no renunciarán fácilmente a su mundo de terciopelo, y la clandestina red republicana intentará hacer llegar provisiones y municiones a sus compañeros en armas. La tensión se hará más palpable, y el cielo del valle oaxaqueño se cargará de nubarrones que anunciarán un choque inminente entre el esplendor aparente y la dura realidad de la guerra.
Bajo esa atmósfera enrarecida, con la sierra convertida en escenario de horror y resistencia, y la ciudad bailando sobre un polvorín, se consuma la primera parte de este dramático espejo del Capítulo 3 de El prisionero de la sierra. Queda claro que, mientras unos arriesgan la vida en caminos escarpados y en trabajos forzados, otros brindan y cortejan a oficiales extranjeros con la fantasía de un Imperio eterno. Pero la historia, implacable, pronto les recordará que la guerra no respeta ni apellidos ni fortunas, y que las voluntades de la montaña pueden inclinar el destino de una nación entera.


