del libro 3 de octubre: El águila emprende el vuelo

Capítulo II

La luz grisácea del amanecer se filtraba entre las copas de los encinos cuando el Ejército de Oriente, comandado por el general Porfirio Díaz, reanudó su avance. Hacía pocos días que habían recibido informes sobre la presencia de tropas francesas acampadas más allá de los cerros, al sur. Dicho contingente, al mando de Montparnase y algunos de sus oficiales —Holtmez, Fouché y Jeimez—, parecía empeñado en hostigar a las fuerzas mexicanas y someter a los habitantes de Miahuatlán y sus alrededores. Pero lo que más inquietaba al general era un dato específico: se hablaba de prisioneros republicanos que aquellos galos llevaban consigo, “amarrados como animales”, según el relato de unos arrieros aterrados que habían logrado escapar.

Bajo la fresca bruma matutina, la columna se detuvo unos instantes para reagruparse. El coronel Félix Díaz, primo del general, comprobaba con detenimiento la disposición de las tropas. A su alrededor se hallaban los mandos que desde Tlaxiaco habían acudido con fervor patriótico: el capitán Aurelio Pérez (Batallón México), el teniente coronel Vicente Bravo (Bravos de la Mixteca) y el mayor Manuel Ortega (Fusileros de Tlaxiaco). Todos compartían un gesto de tensión que tensaba aún más el aire enrarecido de la sierra.

1. Los rumores de un cautiverio cruel

—Mi general —intervino Aurelio Pérez, alzando la voz lo suficiente para que lo escuchara Porfirio Díaz—, mis hombres han hablado con unos campesinos que aseguran haber visto a varios de los nuestros capturados y arrastrados hacia un campamento francés al pie de las montañas. Dicen que los galos les obligan a cavar trincheras y realizar trabajos forzados.

El general Díaz, aún montado en su caballo, torció el gesto con indignación.
—No podemos permitir tal atropello. Si esos soldados son parte del destacamento del capitán Moctezuma o de otras columnas republicanas, necesitamos actuar con celeridad.

A un costado, el coronel Félix Díaz señaló un mapa que se extendía sobre el improvisado atril de madera:
—Mire, mi general. Según mis cálculos, el campamento francés podría hallarse en esta zona boscosa —dijo, apuntando con el índice—. Es un lugar con corrientes de agua y resguardo natural, ideal para que Montparnase retenga prisioneros sin que éstos puedan escapar.

—Ese Montparnase es ladino. Sabe elegir bien sus posiciones —comentó Vicente Bravo, con un acento mestizo que denotaba su origen en la Mixteca. Luego añadió, golpeando la empuñadura de su sable—: Pero esta sierra es nuestra, y nosotros la conocemos mejor que ellos.

El general Díaz se permitió un ligero asentimiento.
—Precisamente. Con la ayuda de la gente local, lograremos cercar ese campamento. Mas, antes de lanzarnos a un ataque frontal, debemos averiguar cuántos hombres y cuánta artillería tienen. No podemos arriesgarnos a que masacren a nuestros prisioneros.

2. Exploradores y testimonios de la sierra

La tropa se puso en marcha. El camino hacia el supuesto campamento enemigo no era directo. Debían descender por un cañón umbrío y ascender de nuevo hacia un paraje de cedros. En los recodos del camino, los Batallones México y Bravos de la Mixteca mantenían formaciones compactas, mientras que los Fusileros de Tlaxiaco se desplegaban en avanzadas, cubriendo los flancos para evitar sorpresas. De trecho en trecho, encontraban rancherías abandonadas: las puertas arrancadas, el piso lleno de huellas recientes de caballos, señales inequívocas del paso de columnas francesas.

Los exploradores enviados por Aurelio Pérez regresaban con semblantes oscuros. Uno de ellos, un joven mestizo llamado Hilario, se acercó casi sin aliento al coronel Félix Díaz:

—Mi coronel… Hemos hablado con un anciano de la zona que nos contó que los franceses trajeron a por lo menos tres o cuatro mexicanos amarrados. Los llevan de un lado a otro, cavando y transportando cosas. Al parecer, hay más cautivos en una choza vieja que han improvisado como calabozo.

—¿Y el capitán Moctezuma? —preguntó Félix, con un leve temblor en la voz.
—No lo saben. Nadie lo ha visto. Pero temen que esté entre ellos o que lo hayan trasladado a otro sitio más al norte.

La noticia corrió de un oficial a otro, encendiendo la indignación. Los soldados murmuraban, recordando nombres de compañeros que no habían regresado a la columna. Cada uno temía lo peor: que sus amigos estuvieran entre aquellos infortunados, encadenados bajo la férula enemiga.

3. El dilema de un rescate inmediato

El general Porfirio Díaz convocó a sus principales oficiales cerca de un gran ahuehuete donde habían acampado para organizar la siguiente movida. El sol se alzaba ya en el cielo, derritiendo la niebla en los riscos.

—Nos hallamos en un punto crucial —explicó Díaz, clavando su mirada seria en el rostro de Aurelio Pérez y del resto—. Tenemos dos opciones: avanzar sin pausa para intentar liberar de inmediato a nuestros hombres… o ser más cautos, rodear la posición francesa y esperar a que lleguen refuerzos desde la retaguardia.

Vicente Bravo tomó la palabra con vehemencia:
—Yo no creo que tengamos tiempo de esperar, mi general. Cada minuto que pasa nuestros compañeros sufren vejámenes. Y si los franceses temen un ataque, podrían matarlos de un plumazo.

Hubo un murmullo de aprobación. Sin embargo, el mayor Ortega se mostró más cauto:
—Pero si avanzamos sin un plan, corremos el riesgo de una emboscada. ¿Qué pasaría si Montparnase ha colocado centinelas en las cumbres? Podrían destrozarnos con fuego cruzado.

—Podemos usar pequeñas escuadras de reconocimiento —propuso el coronel Félix Díaz—. Dividir nuestras fuerzas para buscar el flanco más débil. Aun así, requeriremos coordinación.

El general Porfirio Díaz escuchó con atención, analizando las opciones. Al fin, se pronunció:
—He tomado una decisión. Enviaremos al mayor Ortega con un contingente reducido de fusileros para aproximarse sigilosamente al supuesto campamento. Mientras tanto, el teniente coronel Bravo y el capitán Aurelio Pérez reforzarán la posición principal en la ladera opuesta, listos para atacar si se confirma la presencia enemiga. Mantendremos comunicación con mensajeros, y cuando Ortega nos dé la señal, avanzaremos en pinza.

Esa maniobra buscaba sorprender a los franceses desde dos ángulos: un ataque frontal y otro sigiloso por la retaguardia. Pero se requería máxima disciplina; cualquier desorden podía traducirse en la muerte de los cautivos.

4. La gente de la sierra y la solidaridad

Avanzada la tarde, mientras el mayor Ortega y los Fusileros de Tlaxiaco se preparaban para partir, llegó un grupo de campesinos y arrieros que ofrecieron su ayuda, con la promesa de actuar como guías y apoyar en lo necesario. Traían maíz, mezcal y un poco de tasajo, suficientes para que los soldados pudieran reponer energías tras la larga caminata. Uno de ellos, un hombre moreno de voz profunda, contó entre susurros:

—Señor general, los franceses robaron bestias y se llevaron a mis dos hijos para que sirvieran de peones en su campamento. Dicen que los tratan a golpes y que algunos ni aguantan la jornada. Quiero ayudar. Donde sea que podamos serles útiles, iremos con ustedes.

El general Porfirio Díaz, conmovido por ese gesto, le dio unas palmadas en el hombro:
—Tenga por seguro que si sus hijos están vivos, haremos todo lo posible por liberarlos.

Así se estableció un lazo de hermandad entre la tropa republicana y los habitantes de la sierra, que conocían cada vereda y cada manantial. Ese apoyo resultaría decisivo para aproximarse con sigilo al campamento de Montparnase.

5. Presagios de batalla

El cielo se tiñó de anaranjado cuando la columna del mayor Ortega emprendió su avance hacia un desfiladero boscoso. Mientras tanto, el general Díaz y el coronel Félix Díaz se quedaron con el grueso del Ejército de Oriente en una posición estratégica, cerca de un río pedregoso, esperando la señal para lanzarse a la ofensiva.

—Confío en las habilidades de Ortega —dijo Porfirio Díaz, cruzado de brazos—. Sabe cómo moverse sin ser detectado.

Félix Díaz asentía, aunque su semblante estaba tenso.
—Lo sé, mi general. Pero no deja de inquietarme la idea de que Montparnase mantenga centinelas. Y si castigan a los prisioneros antes de que podamos socorrerlos…

El silencio que siguió a esa frase resonó como un mazazo. En la mente de ambos, se dibujaba la imagen de hombres atados, obligados a cavar trincheras, sometidos a interrogatorios crueles. Porfirio Díaz sentía hervir la sangre ante la humillación que sufrían los soldados de la República. Sin embargo, la prudencia militar le dictaba que un ataque precipitado podría acabar en desastre.

Mientras la noche se cernía sobre la sierra, un viento frío soplaba entre los pinos y abetos, sembrando un ligero temblor en las filas. Los fusiles se ajustaron, las bayonetas se revisaron, y el batir de tambores se ahogó en la distancia. Todos sabían que en cuanto Ortega descubriera la localización exacta de los cautivos, comenzaría el asalto definitivo.

En ese momento, la tropa aún ignoraba que, en un campamento francés escondido en la espesura, los prisioneros eran obligados a cavar y cargar barriles, vigilados por guardias despiadados. Sin embargo, la intuición de los jefes republicanos no erraba: algo terrible sucedía al otro lado de las laderas, y la urgencia de detenerlo crecía a cada hora que pasaba.

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Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Arturo David Vásquez Urdiales Zuazubiskar es notario público, abogado y escritor oaxaqueño. Fundador de la serie Apunte diario sobre letras Hipnóticas y autor de obras como Los siete ojos del gato negro y La piedra del tiempo, su estilo mezcla historia, mística, crítica social y visión futurista. Con más de 35 años de trayectoria jurídica, ha sido Consejero Jurídico del Estado de Oaxaca y hoy encabeza la Notaría Pública número 100. Su escritura explora los umbrales entre lo real y lo invisible. También es creador del idioma universal Zawki y promotor de la Fundación de Letras Hipnóticas AC.

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