Por Arturo Vásquez Urdiales.
07 de marzo de 2025
Mire usted, aquí la culpa se reparte como panes viejos: a unos les toca el hambre y a otros la saciedad.
Así ha sido desde siempre, desde que el hombre inventó la justicia para que otros la sufrieran en su nombre.
En los tiempos antiguos, cuando los hombres buscaban limpiar sus pecados, tomaban un chivo de entre el rebaño, lo cargaban de culpas ajenas y lo soltaban en el desierto.
Así dice la ley de los hebreos en el Levítico: dos machos cabríos para la expiación, uno para el sacrificio y otro para llevarse las iniquidades del pueblo.
No era cuestión de merecimiento, sino de destino. Al chivo nadie le preguntaba nada.
Se iba, solo, con el peso de las culpas sobre el lomo, mientras los hombres se quedaban tranquilos, sintiéndose puros.
Mucho después, cuando las cortes de los reyes se llenaron de protocolos y el linaje valía más que la sangre, nació otra versión del chivo expiatorio.
Solo que este no era un animal sino un niño de carne y hueso, escogido desde la cuna para compartir el destino de un príncipe. Lo criaban junto a él, jugaban juntos, aprendían juntos, eran hermanos sin serlo. Pero la hermandad tenía un precio.
Cuando el príncipe cometía un error, su chivo expiatorio pagaba el castigo en su lugar.
Eduardo VI de Inglaterra, hijo de Enrique VIII, tenía el suyo.
No podía ser reprendido como cualquier niño, porque su piel era intocable.
Pero el otro, su sombra, su reflejo, recibía el azote por él. Se dice que el príncipe sufría viéndolo, que la amistad hacía que la culpa mordiera su conciencia.
Pero la vara caía igual. Y al día siguiente, el juego continuaba.
En otra parte del mundo, en los callejones de las ciudades y los salones de las casas ricas, existía otra figura: el niño de los azotes.
No era un sustituto de nadie. No tenía lazos con príncipes ni nobles.
Era solo un blanco fácil para la ira ajena. Si el maestro estaba de malas, si el patrón tenía un mal día, si el aire soplaba distinto, el niño lo pagaba.
No con el peso simbólico de los pecados, sino con la certeza del golpe.
Uno sufría por estar demasiado cerca del poder; el otro, por no tener poder alguno.
Y aún hoy, si uno se fija bien, verá que los chivos siguen cargando culpas y los niños de los azotes siguen recibiendo los golpes que no les tocan.
La culpa es un fuego sin dueño: quema a quien la carga, pero también a quien la lanza.
Y en el fondo, todos somos ceniza en la misma hoguera.
El fuego sin dueño.

La culpa arde. No se ve, pero quema. Se desliza entre los hombres como un viento caliente que nadie reconoce, hasta que un cuerpo empieza a arder. Y entonces todos miran hacia otro lado.
Desde tiempos antiguos, el hombre ha intentado domar ese fuego.
Lo ha puesto en chivos, en esclavos, en niños que no tienen defensa.
Ha inventado leyes, dioses, rituales. Pero la culpa sigue viva, esperando un nuevo huésped. Porque la culpa no se disuelve, solo se transfiere.
Y siempre hay alguien dispuesto a cargarla.
El chivo expiatorio en la antigüedad caminaba solo, perdiéndose en el desierto.
Nadie veía su final. Quizá moría de hambre, de sed o del peso invisible de la carga ajena.
Pero al pueblo no le importaba. Lo que importaba era sentirse libre de pecados.
Después, en los palacios de reyes y nobles, la culpa se disfrazó de pedagogía.
Se eligieron niños para ser sombras de los príncipes, para recibir el golpe que el linaje no podía soportar.
Se les llamaba chivos expiatorios, pero no iban al desierto.
Se quedaban al lado del poder, sangrando en su nombre.
Y luego, en las calles, en los hogares, en las fábricas, aparecieron otros niños.
No tenían nombres en la historia, pero tenían los mismos moretones.
Eran los niños de los azotes, a quienes la ira de otros encontraba como salida.
No había lección para un príncipe ni redención para un pueblo, solo la descarga brutal del castigo.
El tiempo pasó y los nombres cambiaron.
Pero la práctica sigue. Ahora el chivo expiatorio es el último en la fila cuando la empresa quiebra, el que recibe la culpa cuando la política falla, el que arde para que otros se calienten las manos.
Y el niño de los azotes es el más débil, el que nadie defiende, el que recibe el golpe cuando el mundo necesita un culpable inmediato.
Porque la culpa es un fuego sin dueño.
Va de un cuerpo a otro, se hereda, se impone, se fabrica. Y al final, nadie la asume por completo. Se reparte entre las llamas, hasta que alguien, sin saber por qué, empieza a arder.
Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC ® © quienes les invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores; agradezco mucho su atención.
Este sábado y domingo vamos a leer, nos vemos nuevamente en Letras Hipnóticas el lunes.


