Para el Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
“Why do we fall, sir? So that we can learn to pick ourselves up.”
— Alfred Pennyworth
Hay una escena que la cultura popular ha repetido hasta el hastío y que, sin embargo, sigue siendo verdadera: un muchacho roto, en el fondo de una caverna, y un viejo que le dice que la caída es el método. Quien pronuncia la sentencia es el mayordomo. El que ha visto caer a todos los suyos, uno por uno, ha aprendido el arte de esperar de pie. La sabiduría vive en la memoria de las caídas ajenas. Eso es la tradición: el archivo de las heridas.
Se habla mucho, y casi siempre mal, del invencible espíritu del ser humano. La frase, dicha en un discurso, en un púlpito o en una arenga, suena a consigna y a promesa. Y la historia —esa maestra que a veces miente y nunca deja de dar clase— enseña que el espíritu humano resiste muchos asedios y sucumbe ante otros. Ha caído en campos de concentración, en calabozos, en naufragios, en silencios, en enfermedades que le robaron la memoria antes que la vida. Llamarlo invencible resulta obsceno frente a los que no se levantaron. Y sin embargo, algo hay.
Lo que hay es una costumbre. Un hábito. El ser humano es insistente. Vuelve siempre. Esa distancia —entre vencer y volver— contiene toda la diferencia del mundo.

Nadie aprende a caminar caminando. Se aprende a caminar cayendo. El niño que se pone de pie por primera vez lo hace porque el suelo lo rechaza y el aire lo llama. La caída es la primera maestra, y es cruel: empuja sin explicar. El niño sabe que está abajo. Y algo, en un lugar de su cuerpo que todavía no tiene nombre, le dice que abajo no se vive.
Los griegos lo sabían y lo llamaban de otra manera. Para ellos la caída era un destino. Edipo cae y se ciega. Antígona cae y se entierra viva. El héroe trágico se cumple en el abismo. La grandeza griega consiste en caminar hacia él con los ojos abiertos. Ahí hay reconocimiento.
Otra tradición —la que nace con Job y atraviesa el desierto y llega hasta nosotros con nombres distintos— introdujo la idea de que la caída puede ser una promesa. Job cae porque Dios y el Diablo hicieron una apuesta. En su caída, Job discute, exige, pregunta. Al final, cuando Dios le responde desde el torbellino, le entrega una pregunta más grande. Job se levanta porque le devuelven la palabra.
Esa es la primera clave, y suele olvidarse cuando se cita a Nietzsche de memoria. “Lo que no me mata me fortalece”, dijo el filósofo. Su vida entera prueba que lo que no mata puede mutilar, puede enloquecer, puede dejar a un hombre en una habitación oscura durante años. La fortaleza es una respuesta, y toda respuesta puede no darse.
Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos del espíritu invencible?
Hablemos con precisión. Hablamos de la capacidad de no hacer de la caída una morada. El que cae y se queda abajo habita el suelo. Hay quienes habitan el suelo con dignidad, con lucidez, con una forma extraña de paz. Algunos han decidido, con un valor que no solemos reconocer, que ya no quieren subir. A esos también los llamamos hermanos.
El invencible es el que, cada vez que sube, sabe que volverá a caer, y sube de todos modos. Es Sísifo. Camus lo imaginó subiendo la piedra porque no había otra cosa que hacer. Hay otro Sísifo: el que sube la piedra porque, en el instante en que la piedra vuelve a rodar, él ya ha comenzado a bajar, y en esa bajada encuentra una forma de alegría que no depende del resultado. La piedra cae. Él la sigue. Ambos son la misma cosa: una materia que se mueve porque no sabe quedarse quieta.
Hay una segunda clave, y es la más difícil de aceptar: nadie se levanta solo.
Lo digo con toda la carga que la frase tiene. El niño que camina se levanta porque hay una mano tendida que no lo obliga pero que está ahí. El hombre que se rehace después de la pérdida se rehace porque hay una voz que lo llama por su nombre, o un libro que le devuelve una frase que creía perdida, o una calle que lo obliga a caminar hasta la esquina, o un perro que lo espera, o un hijo que no sabe nada y a quien hay que darle de comer. La invencibilidad es una relación: la red de manos que sostienen a un hombre cuando sus propias manos ya no sostienen nada.
Por eso el mayordomo es el verdadero héroe de la historia. Está ahí. Espera. Recuerda. Se queda. En el fondo de la caverna, cuando el muchacho roto le pregunta por qué se cae, él responde con una biografía: la suma de todas las caídas que ha visto, y la certeza, que solo da la experiencia, de que la caída es el método. Es la forma que tiene el tiempo de enseñarnos que estamos hechos de algo que se rompe, y que lo que se rompe puede volver a juntarse de otra manera, con las grietas a la vista y una fuerza nueva en las junturas.
Los japoneses lo saben desde hace siglos. Cuando una vasija se rompe, se la repara con oro. Las cicatrices se convierten en el adorno. La vasija queda mejor: ha incorporado la rotura. El kintsugi es una doctrina. Es la respuesta a la pregunta del muchacho en la caverna, dicha en el idioma de los artesanos.
Y hay una tercera clave, la más secreta: el ser humano es el único animal que sabe que va a morir, y sin embargo actúa como si lo ignorara. En esa contradicción reside toda su grandeza y toda su miseria. El árbol ignora que va a morir. El animal lo ignora. El hombre lo sabe, lo sabe cada noche antes de dormir, y sin embargo se levanta, trabaja, ama, escribe, siembra árboles que no verá crecer, cría hijos que lo enterrarán. Eso es terquedad luminosa: la decisión, tomada cada mañana en la frontera del sueño, de seguir siendo humano un día más.
Por eso el espíritu humano es indomable. Lo invencible nunca ha luchado. Lo indomable puede ser vencido mil veces y sigue siendo lo que es. El que puede ser vencido y vuelve, ese ha luchado de verdad. Ese conoce el sabor del suelo y el precio del aire.
Caemos porque estamos hechos de una materia que cae: la carne, el hueso, la memoria, la esperanza. Caemos porque el tiempo nos empuja hacia la tierra de la que venimos, hacia el humus del que estamos hechos. Caemos porque somos un proyecto de árbol que aún no ha echado raíces.
Y nos levantamos porque alguien, en algún momento, nos tendió una mano que no recordamos, o nos dijo un nombre que no oímos, o nos dejó un libro que no hemos leído, o simplemente se quedó cerca, en silencio, mientras caíamos. Nos levantamos porque la especie entera, desde el primer homínido que se irguió en la sabana, ha practicado ese gesto y nos lo ha transmitido en la médula, como una herencia invisible que sostiene.
El invencible espíritu del ser humano vive en los mayordomos. En los que esperan. En los que recuerdan. En los que sostienen a los que vuelan. En los que acompañan a los que caen. En los que hacen la pregunta correcta en el momento correcto.
Al final de la escena —la escena que empezó en una caverna y que todos conocemos— el muchacho se levanta. Lo hace porque el viejo sigue ahí, de pie, esperando. Y porque en algún lugar de su cuerpo roto, en alguna célula que no sabe de filosofía ni de discursos, hay una memoria antigua que le dice que el suelo queda lejos de casa.
Eso es todo. Y es suficiente.
Caemos. Nos levantamos. Volvemos a caer. Volvemos a levantarnos. Entre una caída y la siguiente escribimos libros, criamos hijos, plantamos árboles, tendemos manos. Seguimos aquí.
Mientras escribo esto, alguien, en algún lugar, está cayendo. Y alguien, en algún lugar, se está levantando.
Y con un poco de suerte alguien, en el mismo lugar, está tendiéndole la mano.
Eso es el espíritu humano. La costumbre de convertir en victoria los fracasos. La gloria del gesto de la mano. La invencibilidad de su insistencia. La indomabilidad del espíritu humano.
Lunes, 12 de octubre de 2026
David Vásquez Tovar


