Apunte diario sobre letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

Del libro: Los desterrados hijos de Eva

Capítulo I. Karnak: la primera puerta

Tebas, ribera oriental del Nilo. Egipto de las tradiciones del Éxodo.

A Ner le anunciaron que su hijo había muerto cuando todavía le faltaba colocar el cerrojo. El capataz esperó junto a él, observando las herramientas. Después señaló la puerta y preguntó cuánto tardaría en terminarla. Ner tenía una astilla bajo la uña. La noticia entró en su cuerpo y encontró aquella pequeña herida donde quedarse.

El niño se llamaba Eliab.

Tenía ocho años.

Desde la víspera, Ner había pedido permiso para salir. El muchacho ardía de fiebre y su madre ya no conseguía darle agua sin que la devolviera. Habían enviado a alguien al taller. El capataz escuchó el mensaje y dijo que un enfermo podía esperar; las provisiones del templo necesitaban quedar aseguradas antes de la noche.

Ner terminó de ajustar el cerrojo. Sus dedos habían perdido la fuerza, pero conservaban el oficio. Conocían la madera, las distancias y el lugar donde un golpe equivocado podía partir una pieza. Al entregar la puerta descubrió que había trabajado con suficiente cuidado para que nadie pudiera atribuirle una falta.

Le permitieron marcharse.

Llevó consigo el tiempo que le habían robado.

Karnak se levantaba entre recintos, patios y columnas donde el sol encontraba lugares que parecían hechos para permanecer. El templo de Amón recibía bienes, tierras y cautivos. Los hombres encargados de distribuirlos sabían cuánto podía producir una parcela, cuántos animales podían mantenerse y qué trabajo soportaba un cuerpo antes de necesitar otro.

Ner pertenecía a una de aquellas cuentas.

Su madre había llegado cautiva. Durante la infancia él le preguntó de dónde venía y recibió nombres que pronunció mal hasta que ella comenzó a reírse. Después enfermó. Ner olvidó parte del camino que le había descrito, pero conservó el esfuerzo con que procuraba repetirle sus palabras. Quería dejarle un lugar al que pudiera regresar.

Creció junto a las tareas del templo. Aprendió a agacharse antes de que lo empujaran, a conservar comida bajo la ropa y a calcular el humor de un supervisor por el modo en que sostenía una cuerda. Descubrió pronto que había golpes destinados a corregir algo y otros que sólo necesitaban encontrar un cuerpo.

Sira llegó años después, entre mujeres destinadas a los talleres. Tenía una forma de mirar que a Ner le pareció peligrosa. Aguardaba hasta que quien le hablaba terminara y entonces hacía una pregunta propia. La primera vez que él le llevó pan, ella quiso saber si lo había robado para ofrecérselo o para pedirle algo.

Ner tardó demasiado en contestar.

Ella partió el pan.

Se fueron queriendo con una paciencia que tuvieron que aprender mientras trabajaban. Algunas noches conseguían estar juntos antes de quedarse dormidos. Otras, el cuerpo de uno aguardaba al otro desde una oscuridad donde todavía quedaban voces dando órdenes. Sira podía reconocer los días malos por la manera en que Ner retiraba la mano cuando ella intentaba tocarlo.

Eliab nació durante una noche de viento.

Ner escuchó el primer llanto desde fuera y sintió un miedo que ninguna amenaza había conseguido darle. Había alguien a quien podrían herir para alcanzarlo. Al entrar encontró a Sira exhausta, al niño procurando respirar y unas manos que lo recibieron con una delicadeza distinta de todo lo que él conocía.

Durante los años siguientes, el padre hizo pequeñas cosas de madera. Una figura de pájaro. Una barca que el niño hacía avanzar sobre el suelo. Finalmente una puerta diminuta, con fibras de lino para que pudiera abrirse. Eliab la colocaba delante de una piedra y fingía que detrás había una casa.

—¿Quién vive allí? —preguntó Ner.

—Nosotros.

El niño abría la puerta para dejarlo entrar.

Al regresar del taller, Ner encontró aquella pieza junto al jergón.

Sira estaba sentada. Tenía las manos sobre las rodillas y miraba hacia un sitio que él no conseguía ver. El cuerpo de Eliab había quedado cubierto con una tela. Una de sus pequeñas sandalias permanecía fuera, cerca del borde, como si todavía pudiera necesitarla cuando despertara.

Ner se arrodilló.

Había imaginado que al tocarlo encontraría una manera de negar la noticia. Llegó con esa esperanza hasta la frente. La piel conservaba algo del calor que había hecho esperar al padre. Ner retiró la mano y volvió a ponerla. Después empezó a pedirle al niño que hiciera una cosa pequeña.

Que moviera un dedo.

Que se enfadara.

Que reclamara agua.

Sira oyó aquellas peticiones sin detenerlo. Había pasado la noche intentando otras. Al amanecer, cuando el niño dejó de seguirla con los ojos, ella continuó hablándole porque no sabía cómo podía terminar una madre de contar algo a su hijo.

—Preguntó por ti —dijo.

Ner inclinó la cabeza.

—Le dije que estabas haciendo una puerta.

Durante mucho tiempo no volvieron a mirarse. Había una frase entre ellos que ninguno había elegido y ahora ocuparía las noches donde antes conseguían descansar. Ner sintió el impulso de salir, buscar al capataz y volver con alguna muerte que pudiera colocar junto a la de Eliab.

Sira lo sostuvo del brazo.

Necesitaba que permaneciera allí.

Nebamón llegó con una vasija y un paño limpio. Había atendido a otros enfermos de los talleres y sabía reconocer cuándo una casa había quedado más allá de los remedios que llevaba. Se arrodilló cerca del niño. Ner observó sus manos y sintió una rabia tan grande que tuvo que apartarse para no golpearlo.

—Pudiste entrar —le dijo.

El sacerdote dejó la vasija.

—Hoy.

Ner miró hacia la puerta de la casa.

—Yo pedí ayer.

Nebamón permaneció callado. Conocía a los hombres que habían negado el permiso. Servía dentro de una institución capaz de recibir oro mientras alguien esperaba agua a poca distancia. Había procurado aliviar cuerpos sin conseguir todavía modificar todo lo que los quebraba. Aquella noche tuvo que soportar que Ner lo mirara desde esa insuficiencia.

Limpiaron a Eliab entre los tres.

Ner sostuvo la cabeza. Sira acomodó la tela. Nebamón ayudó a retirar aquello que ya no debía permanecer junto al niño. Cada tarea encontró unas manos que habrían querido hacer otra cosa: acercar alimento, peinarlo, levantarlo para que pudiera ver por encima de un muro.

Al terminar, Sira recogió la pequeña puerta.

La guardó contra su pecho.

El día siguiente trajo una reducción de la ración familiar. Un encargado había corregido la cuenta: quedaban dos bocas. Ner lo escuchó explicar el cambio con la satisfacción de quien acaba de conservar un registro exacto. El hombre podía pronunciar dos sin encontrar al tercero que había desaparecido.

Ner se lanzó sobre él.

Lo separaron antes de que consiguiera apretarle el cuello. Después lo sujetaron para castigarlo. El primer golpe le abrió la piel de la espalda. A partir del siguiente perdió la posibilidad de contarlos. Conservó una idea que no lograba abandonar: estaba recibiendo castigo por haber reconocido a su hijo dentro de una cuenta.

Sira llegó cuando lo devolvieron.

Nebamón la ayudó a limpiarlo. En una habitación cercana descansaba Hori, el muchacho cuya mano quemada el sacerdote había procurado conservar. Ner oyó el esfuerzo que hacía para no quejarse y sintió que la casa estaba llena de cuerpos aprendiendo a pedir menos de lo que necesitaban.

Durante la noche encontró el agua al alcance.

Bebió.

No dio las gracias. Nebamón continuó preparando los trapos sin exigirlas.

Ner tardó días en volver al taller. La espalda le impedía inclinarse y cada movimiento encontraba un lugar donde recordar el castigo. Le asignaron una tarea más lenta: ayudar a ordenar materiales y reconocer marcas en los registros. Nebamón le había enseñado algunas señales; ahora esas señales permitían utilizarlo mientras terminaba de sanar.

Allí aprendió cuánto podía ocultarse dentro de una lista.

Había herramientas, aceite, grano, tejidos y personas. Una mano experta había colocado cada cosa donde correspondía. Ner descubrió a una mujer trasladada junto a dos piezas de ganado. En otro registro, tres hermanos aparecían separados porque cada uno había sido destinado a una tarea distinta.

Pidió que le explicaran una marca.

El encargado respondió que indicaba pertenencia.

Ner volvió a mirarla. La señal ocupaba menos espacio que el nombre.

Empezó a conservar fragmentos de cerámica. Escribía lo que podía aprender de quienes trabajaban con él: una madre, un lugar de origen, alguien que había desaparecido durante un traslado. Cuando no conocía las señales necesarias, pedía ayuda. Algunos se burlaban. Otros regresaban después con un nombre que no habían querido decir delante de todos.

Sira guardaba los fragmentos.

Una noche preguntó para qué servirían.

Ner tocó la puerta diminuta.

—Para saber a quién falta abrirle.

La noticia de Moisés llegó por el río.

Había regresado un hombre que hablaba ante el faraón y reclamaba la salida de su pueblo. Lo acompañaba Aarón. En los talleres, la noticia se contó primero entre risas: el soberano gobernaba tierras, graneros, ejércitos y personas; alguien había ido hasta él para pedir que soltara una parte de aquello que consideraba suyo.

Un trabajador repitió las palabras.

«Deja ir á mi pueblo».

Ner levantó la cabeza.

Había oído peticiones de alimento, descanso y protección. Aquel mandato alcanzaba el lugar donde empezaban todas las demás necesidades. La posibilidad de marcharse quedó dentro del taller con una presencia que los capataces no pudieron retirar.

Llegaron nuevas exigencias. Se mantuvieron cuotas, se redujeron facilidades y se multiplicó el esfuerzo necesario para cumplir. En la tradición del pueblo, la respuesta del faraón a Moisés convertiría hasta la paja de los ladrillos en una obligación adicional. Los hombres que mandaban sabían hacer pagar a los sometidos el costo de una esperanza.

Ner volvió a mirar las puertas.

Conocía las que se atascaban con la humedad. Sabía dónde quedaba una pieza mal ajustada, qué cerrojo necesitaba dos manos y qué tramo podía retirarse sin hacer caer el resto. Durante años había utilizado aquel conocimiento para conservar seguros los bienes del templo. Ahora empezó a contar las personas detrás de cada cierre.

Nebamón advirtió lo que estaba haciendo.

Le entregó alimento y le pidió que pensara también en quienes no podían caminar solos. Hori conseguía utilizar mejor la mano; podía ayudar a sostener una carga. Tamar buscó telas. Sira reunió a otras mujeres y averiguó quién tenía un niño, quién esperaba a alguien y quién todavía no se atrevía a decidir.

La libertad empezó en conversaciones pequeñas.

Hubo quien pidió más tiempo. Hubo quien tuvo miedo de perder la ración. Un anciano explicó que ya no sabría vivir fuera de aquellas tareas. Sira lo escuchó hasta el final. Después le preguntó si quería quedarse o si necesitaba que alguien lo acompañara.

El hombre empezó a llorar.

Ner descubrió que abrir una puerta también obligaba a esperar junto a ella.

Durante aquellos días, el país se llenó de rumores y calamidades. Se hablaba de aguas alteradas, cosechas arruinadas, enfermedades y una oscuridad que había obligado a los hombres a detenerse. Ner escuchaba los relatos sin encontrar descanso. Conocía demasiado bien el dolor para recibir cada desgracia como una celebración.

Cuando llegó la noticia de los hijos muertos en casas egipcias, Sira se sentó y sostuvo la puerta de Eliab entre las manos.

Afuera alguien gritaba.

Ella cerró los ojos.

Reconocía aquella voz aunque no conociera a la mujer que la producía.

Después llegaron órdenes de salida, permisos que parecían imposibles y noticias de familias que comenzaban a marcharse. En los recintos de Karnak, algunos encargados exigían esperar una confirmación. Otros escondían registros. Había quienes procuraban conservar a los cautivos mientras el poder de arriba decidía cuánto de su palabra estaba dispuesto a cumplir.

Ner encontró cerrado el almacén donde habían reunido a varias familias.

El supervisor guardaba el cerrojo.

—Todavía pertenecen al templo —dijo.

Ner miró hacia el interior. Había un niño apoyado contra las rodillas de una mujer, dos ancianos y un hombre con el brazo vendado. El tiempo le devolvió la noche en que Eliab había esperado a su padre. Esta vez conservaba las herramientas entre las manos.

Pidió que abrieran.

El supervisor le ordenó retirarse.

Ner colocó una cuña.

Recibió un golpe en la nuca antes de poder ajustar la segunda. Cayó sobre una rodilla y encontró sangre al llevarse la mano a la cabeza. Hori acudió. El supervisor quiso apartarlo y el muchacho sujetó el bastón con la mano que Nebamón había cuidado.

Sira llegó con otras mujeres.

Habían esperado suficiente para conocer el tamaño de una espera.

Mientras unos sujetaban al supervisor, Ner volvió a la madera. La primera pieza cedió. Después la segunda. Trabajó procurando conservar libre el espacio donde podían quedar atrapados los dedos de quienes empujaban desde dentro. A cada golpe contestaba una respiración al otro lado.

El cerrojo cayó.

La puerta se abrió.

Nadie salió durante un instante.

El miedo conservaba su lugar incluso después de retirado el obstáculo. Ner se apartó y esperó. La mujer levantó al niño. El hombre vendado se puso de pie. Un anciano buscó ayuda con los ojos y recibió el brazo de Sira.

Entonces comenzaron a caminar.

También había cautivos que no pertenecían al pueblo de Ner. Tenían otras lenguas y nombres que él pronunciaba con dificultad. El supervisor quiso señalar la diferencia. Ner continuó haciendo sitio hasta que todos hubieron salido.

El hombre había perdido un cerrojo.

Ellos habían recuperado una dirección.

Antes de abandonar el recinto, Ner buscó los registros de pertenencia. Encontró los nombres que había aprendido y las marcas que permitían disponer de cada cuerpo. Separó lo que servía para reconocer a las personas. El resto fue dejando de tener dueño entre sus manos.

Conservó los nombres.

Sira llevaba los fragmentos de cerámica y la puerta pequeña. Nebamón salió junto a Tamar; Hori ayudaba a un hombre que necesitaba descansar cada pocos pasos. Al pasar frente al taller, Ner vio terminada la puerta que había construido durante la muerte de Eliab.

Se acercó.

Retiró el cerrojo.

Lo dejó en el suelo.

Marcharon hacia el norte, siguiendo el río y uniéndose a otros que procuraban alcanzar a las familias de la salida. Hubo embarcaciones, jornadas a pie y noches en que debieron decidir qué podían seguir cargando. Ner aprendió a preguntar antes de levantar a alguien. Sira aprendió a pedir ayuda antes de que el cuerpo se la quitara.

El país se extendía mucho más allá del taller.

Había personas que les daban alimento y otras que procuraban detenerlos. Algunos egipcios los ayudaron a encontrar un camino. Uno dejó agua junto a una pared y se retiró antes de que pudieran agradecerle. Ner permaneció mirando el recipiente. Nunca llegó a conocer el nombre de aquel hombre.

Cuando encontraron a Moisés, el pueblo estaba cansado.

Ner había esperado una presencia capaz de explicar todo lo ocurrido. Encontró un hombre rodeado de preguntas, atendiendo a quienes lograban acercarse. Su autoridad tenía un peso visible. Había personas que confiaban en él y otras que empezaban a tener miedo de haberlo seguido.

Moisés escuchó el nombre de Eliab.

Ner necesitaba decirlo antes de cualquier otra cosa.

—Tenía ocho años.

El otro permaneció cerca.

—Yo pedí salir —añadió Ner—. Me hicieron terminar una puerta.

Moisés bajó la cabeza. No ofreció al padre una razón que pudiera volver aceptable la muerte. Escuchó cómo había construido la pieza, cómo supo del niño, cómo consiguió llegar cuando ya no quedaba nada que pudiera darle.

Después habló de una voz que había reconocido el sufrimiento de los sometidos.

«Bien he visto la aflicción de mi pueblo».

Ner sostuvo la mirada.

Había pasado la vida procurando demostrar que le dolía. Ante cada encargado tuvo que presentar una herida, una pérdida o un cuerpo que ya no conseguía trabajar. La idea de que alguien hubiera visto antes de exigir otra prueba le permitió respirar de una manera que casi había olvidado.

No quedó consolado.

Pudo continuar.

La salida aún tendría que ser defendida. En la tradición que acompañaba al pueblo, el faraón volvería a reclamar a quienes había dejado marchar. Llegaría el miedo ante el mar, el camino abierto donde parecía no haberlo y el ejército persiguiendo a personas que ya habían empezado a pronunciar la palabra libertad.

Ner cruzó llevando a una anciana.

La mujer tenía menos peso del que debería haber conservado. Cada vez que él tropezaba, ella procuraba sujetarse sin lastimarlo. A su lado caminaba Sira, ayudando a un niño que había dejado de encontrar a su padre. Detrás llegaban otras manos, otros nombres, el esfuerzo de quienes se negaban a abandonar a alguien.

Al alcanzar la otra orilla, Ner se arrodilló.

Dejó a la anciana sobre la arena y esperó a que consiguiera acomodarse. La mujer le pidió agua. Sira sostuvo el recipiente. Más lejos había llanto, voces que se buscaban y personas que todavía miraban hacia el camino por donde habían llegado.

Ner levantó la cabeza.

No oyó ninguna orden para volver al trabajo.

Esperó.

El silencio le produjo un miedo distinto. Durante años, una voz había decidido a qué hora debía moverse, cuánto podía descansar y dónde terminaría su cuerpo. Ahora tenía delante una mañana que nadie le había asignado.

Sira se sentó junto a él.

Sacó la puerta de Eliab.

La colocaron entre los dos. Ner tocó las fibras de lino que permitían abrirla. Había hecho aquel objeto para una casa que el niño imaginó completa. Durante un instante quiso pedir que todo lo vivido regresara hasta el lugar donde todavía podía levantarlo.

Abrió la pequeña puerta.

El espacio detrás estaba vacío.

Sira empezó a llorar.

Ner permaneció con ella hasta que consiguió volver a sostener el aire.

Durante los años que le quedaban, el hombre ayudó a levantar refugios. Ajustó piezas, reparó recipientes y enseñó a otros a trabajar la madera. Aprendió a recibir preguntas de quienes deseaban hacer las cosas de otra manera. Le costaba escuchar cuando estaba cansado; Sira se lo señalaba y él tenía que empezar de nuevo.

Una tarde un muchacho quiso saber cuánto le debía por haberle enseñado.

Ner miró sus manos.

Le pidió que cuidara de quien trabajara junto a él.

Más adelante encontraron personas que querían fijar otra vez quién podía disponer de otros. Había deudas, temores y hombres acostumbrados a obedecer que se sentían más seguros cuando alguien mandaba. Ner descubrió que la libertad necesitaba ser aprendida después de cruzar la primera puerta.

Cada vez que pudo, se quedó junto a esa dificultad.

Llegó a viejo con heridas que todavía le interrumpían el sueño. Al enfermar, pidió que dejaran agua cerca. Sira la preparó. También puso junto a su mano la pieza de madera que había conservado durante tantos caminos.

Ner la abrió una última vez.

Preguntó si quedaba alguien esperando afuera.

Sira escuchó hasta comprender de qué puerta hablaba.

—Aquí estamos —le respondió.

El hombre sintió una hebra entre los dedos. Era roja, fina, tibia. Había pasado por la frente de Eliab, por las manos de Nebamón y por el cerrojo que Hori ayudó a retirar. Continuaba hacia rostros que él todavía no conocía.

El hilo de Ariadna encontró allí una voluntad que había aprendido a regresar.

Ner dejó de respirar.

La hebra siguió.

Atravesó otras vidas, conservó encuentros, esperó junto a cuerpos capaces de recordar con las manos aquello que habían olvidado con el nombre.

El doce de febrero de 1809 nació un niño en Sinking Spring Farm, Kentucky. Sus padres lo llamaron Abraham Lincoln.

Muchos años después, al ver personas expuestas para ser vendidas en Nueva Orleans, aquel hombre sentiría que una puerta cerrada volvía a levantarse dentro de él. No conocería el nombre de Eliab. No sabría explicar por qué la mano de un niño podía dolerle antes de haberla tocado.

La memoria empezaría por una necesidad.

Apartar el cerrojo.

Hacer sitio.

Esperar hasta que también pudiera salir el último.

Y un día, frente a los muertos de Gettysburg, tendría palabras para darle a esa necesidad el tamaño de una nación.


En esta ficción queda abierta la línea Ner → Abraham Lincoln → Abel Reed. Nebamón conserva su propia genealogía. El capítulo combina el escenario histórico de Karnak con las tradiciones del Éxodo; Ner, Sira y Eliab pertenecen al universo del libro.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here