Apunte diario sobre letras Hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
Monterrey, NL. 16 de octubre de 2026
Desde una cama de hospital, una reflexión sobre el respeto, la defensa del propio nombre y la difícil libertad de perdonar.
La palabra y el oficio.
Escribo desde una cama de hospital.

Hay días en que la vida se concentra en una respiración tranquila, en una mano que acomoda la almohada, en la esperanza de que mañana duela un poco menos.
En esa escala tan precisa de las cosas, una descalificación sigue lastimando, pero deja de parecer el centro del universo.
La columna publicada este 16 de octubre por María de los Ángeles Nivón, en Primera Línea, cuestiona mi actuación profesional y la atribuye a mis fobias personales.
Tengo derecho a disentir de esa interpretación.
También tengo la obligación de cuidar lo que digo al hacerlo. La herida propia exige atención; jamás concede una licencia para herir a cualquiera.
Mi objeción es concreta: de un episodio judicial se pretende extraer una sentencia sobre toda mi capacidad como abogado.
Para sostener semejante conclusión hacen falta las promociones, las fechas, los fundamentos y el alcance de las resoluciones.
Una trayectoria merece un examen; un adjetivo no lo sustituye.
Mis escritos pueden ser discutidos. Mis argumentos pueden ser refutados. Si cometí un error, habrá que identificarlo y explicar sus consecuencias. Acepto esa exigencia porque conozco el peso de una firma.
Precisamente por ello rechazo que el escarnio ocupe el sitio del análisis.
A María de los Ángeles Nivón le dirijo una crítica de oficio: la manera en que su columna convierte un desacuerdo procesal en descalificación personal me parece injusta.
El lector merece conocer los elementos de una historia antes de recibir un veredicto sobre quien la protagoniza.
Hay, además, una frontera moral que el periodismo debe cuidar: el dinero puede pagar la impresión de una página; jamás debería comprar su conciencia.
La práctica de «pegar por la paga», allí donde ocurra, envilece la palabra pública.
Esa es una exigencia ética para cualquier pluma. Mi reproche concreto a esta columna se sostiene en su tratamiento del asunto, no en una conjetura sobre sus ingresos.
La independencia se acredita en lo que se escribe, en la precisión de lo que se afirma y en la capacidad de resistir intereses ajenos al lector.
Quien toma la palabra sobre la honra de otro asume una responsabilidad.
La caballerosidad también consiste en señalarla con claridad.
El respeto también obliga cuando duele.
Con el magistrado Juan Carlos Díaz Carranza existen diferencias profundas.
No siento afecto por él ni por su padre, y sería deshonesto representar una cercanía que no existe.
Aun así, reconozco en ambos la dignidad que corresponde a toda persona.
No quiero que el odio sea el vínculo que nos mantenga unidos.
Les expreso respeto y mi voluntad de perdonar. Pido también perdón por las palabras mías que hayan causado una ofensa injusta.
Necesito examinar mi conciencia con la misma seriedad con que examino un expediente.
Puedo sostener una defensa firme y, al mismo tiempo, procurar el bien de quien considero mi adversario.
Cuando el Evangelio manda amar a los enemigos, me coloca ante una tarea que rebasa la simpatía. Hoy entiendo ese mandato como la decisión de no desearles desgracia, de no alegrarme por su sufrimiento y de reconocer que su familia merece la misma consideración que reclamo para la mía.
Mi afecto tiene límites; mi responsabilidad moral me pide ir más lejos.
En los amparos a los que me refiero decidí no incorporar el audio de una llamada de su padre, en la que me solicitaba ayuda ante una situación familiar dolorosa.
Lo refiero como parte de mi propia experiencia y para explicar aquella decisión.
Consideré que exhibir esa intimidad causaría un daño innecesario. Sigo pensando que preservarla fue lo correcto.
Mantengo esa reserva. Hay angustias familiares que merecen permanecer a salvo de nuestras disputas.
Haber recibido una confidencia me obliga a cuidar su destino, incluso cuando la relación con quienes la rodean se haya quebrado.
Ese cuidado debe tener continuidad para conservar algún valor.
El perdón que hoy intento practicar deja intacta mi responsabilidad de defender mis derechos.
También me exige revisar mis excesos. Aspiro a poder mirar lo ocurrido sin que cada recuerdo me dicte una nueva represalia.
Al reves también aplica.

Quiero recuperar para mi vida el tiempo que el rencor consume.
El odio no será mi herencia.
Que las diferencias encuentren su cauce.
A quienes consideran cuestionables mis actuaciones les digo algo sencillo: lleven sus señalamientos ante los tribunales cuando estimen tener fundamento.
Si el encono alcanza para sostener una disputa, tendrá que convertirse allí en hechos, pruebas y argumentos.
Comparecer supone aceptar que las razones propias también serán examinadas.
Hoy estoy en una cama de hospital. Mi cuerpo necesita recuperación y cuidados.
Esta circunstancia merece consideración humana y habrá de tratarse por los cauces que correspondan cuando tenga relevancia en algún procedimiento.
Este hecho -humano- era conocido por Nivon cuando firmó el documento que nos ocupa. ¡Qué lamentable!.
Mi compromiso de responder por mis actos permanece.
Quiero una discusión que pueda sostenerse con documentos y con razones. Quien juzga, quien da fe y quien informa trabaja sobre la confianza de otras personas. Esa confianza exige disciplina, imparcialidad y cuidado. El cargo que ocupamos vuelve más grave la responsabilidad por cada palabra y por cada decisión.
La ética empieza en ese instante privado en que podríamos aprovechar una debilidad ajena y decidimos contenernos, ¡O no!
Después llega la hora de explicar los actos, reconocer los errores y afrontar sus consecuencias. Ninguna investidura hace innecesario ese trabajo.
Dios también escucha cómo respondemos.
Desde esta cama le pido a Dios algo más difícil que darme la razón: que me permita reconocer la parte que me corresponde.
La fe me obliga a escuchar mi propia dureza.
¿Qué sentido tendría pronunciar su nombre mientras alimento, con mis actos, la discordia que digo rechazar?
El odio, la discordia y la venganza empobrecen el porvenir.
Se llevan las horas que podrían pertenecer a nuestros hijos, a nuestro trabajo, a un libro todavía por escribir.
He visto cuánto espacio puede ocupar una ofensa cuando dejamos que gobierne nuestros días.
Quiero empezar a devolvérselo a la vida: en paz.
*No deseo sufrimiento para Juan Carlos, para su padre ni para María de los Ángeles Nivón o su hermana Guadalupe, que da fe desde Turín, Italia.
Deseo claridad sobre los hechos, responsabilidad por las palabras y la posibilidad de seguir adelante. Me incluyo en esa exigencia. La conciencia pierde autoridad cuando solo sabe revisar la conducta ajena.
Señor, dame firmeza para defender lo justo y humildad para corregir lo mío. Cuida de quienes amo y de quienes me adversan. Enséñame a responder sin despreciar. Cuando vuelva a levantarme, que mi fuerza alcance para trabajar, agradecer y servir. Ayúdame a dejar algo de paz en el lugar donde hoy me duele.
Hay vida después de esta página
Tengo personas a quienes agradecer, tareas que retomar y páginas que aún no existen. Hay un mundo esperándome más allá de esta habitación.
Quiero regresar a él con la paciencia que estos días me están enseñando y con la voluntad de emplear bien el tiempo que venga.
Al magistrado y a su padre les deseo el bien que mi fe me pide procurar.
A Nivón le deseo independencia y rigor.
A mí me exijo coherencia.
Cada uno habrá de responder por lo suyo. Ojalá el día de mañana nos encuentre con menos deseos de agraviarnos y más capacidad para reconocer lo verdadero.
Razonamiento Urdiales hipnótico:
La dignidad se prueba cuando todavía tenemos fuerza para herir y elegimos cuidar lo que diremos. Que los documentos aclaren los hechos y que la conciencia examine nuestras palabras. Mientras el cuerpo cierra sus heridas, procuraré que mi voz ayude a cerrar alguna más. El porvenir merece recibir de nosotros algo mejor que una venganza.
Monterrey NL; Arturo Vásquez Urdiales.


