Apunte diario sobre letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

Del libro: Los desterrados hijos de Eva

Segunda serie de cuentos

La noche en que el mar devolvió los nombres

Historia primera. El hombre que ganó la túnica

La primera vez que se quedó con la ropa de un muerto, todavía le quedaba grande.

Su padre había fallecido durante el invierno. La madre recortó las mangas y volvió a coserlas bajo una lámpara que olía a grasa. Mientras trabajaba, el niño preguntó si los muertos sentían frío.

Ella sostuvo la aguja entre los labios.

Después dijo que no.

Lo dijo con tanta prisa que él pasó muchos años sin creerle.

En esta vida se llamaba Marco.

Tenía una cicatriz bajo la barbilla, las uñas mordidas y una manera de mantenerse de pie que parecía pedir disculpas por ocupar sitio. Se había hecho soldado porque en su aldea los hombres sin tierras envejecían trabajando para quienes las tenían.

Roma le ofreció una paga.

También le entregó enemigos que nunca había conocido.

Aprendió a recibir las órdenes sin levantar demasiado los ojos. Los oficiales apreciaban esa habilidad. Un hombre que miraba mucho terminaba viendo cosas que después no sabía callar.

Aquella mañana le encomendaron una ejecución.

Tres condenados.

Sabía qué herramientas llevar, qué cuerdas revisar y dónde ponerse para que la sangre no le estropeara las correas.

Uno de los hombres había sido golpeado de tal manera que parecía haber envejecido entre el amanecer y la salida de la ciudad.

Marco le vio las rodillas.

Fue lo primero que le vio.

Las de su padre también habían tenido aquel aspecto cuando se arrodillaba junto al horno: piel abierta, tierra adherida, un cuerpo obligado a seguir trabajando.

El condenado cayó.

Un soldado levantó el brazo para golpearlo.

Marco le sujetó la muñeca.

—Ya basta.

El otro lo miró con sorpresa.

—¿Ahora mandas tú?

Marco no lo soltó.

El hombre caído intentaba respirar con la boca pegada al polvo.

—Tiene que llegar vivo —dijo.

Era una razón que podían aceptar. La verdadera le habría costado un castigo.

El soldado bajó el brazo.

Marco se inclinó y sostuvo un extremo del madero. Durante unos pasos sintió aquel peso junto al del condenado. Le oyó respirar. Cada bocanada parecía rasparle algo por dentro.

Después obligaron a otro hombre a ayudar.

Marco siguió caminando a su lado.

En la calle había mujeres, curiosos, niños que se estiraban para ver. Un vendedor recogió su puesto antes de que la comitiva lo derribara. Dos hombres discutían sobre quién tenía razón.

Ninguno de los dos estaba condenado.

Cuando llegaron al lugar de la ejecución, Longinos ya estaba allí.

Marco lo conocía de guardias anteriores. Era un hombre de pocas palabras, con el rostro castigado por el sol y una dificultad en los ojos que lo obligaba a acercarse a las cosas.

Aquella mañana tenía sed.

Marco le dio agua.

—¿Cuánto falta? —preguntó.

Longinos miró los maderos.

—Lo que falte.

Trabajaron.

Hubo que sujetar un brazo. Hubo que corregir la posición de una mano. Marco oyó un sonido breve cuando el hierro comenzó a entrar y apretó los dientes.

El condenado lo miró.

Él no consiguió apartar los ojos a tiempo.

Durante años recordaría aquella mirada sin encontrar en ella lo que esperaba: el odio que habría podido devolverle, la maldición que le habría permitido endurecerse.

Después levantaron la cruz.

La multitud se acomodó para mirar mejor.

Un hombre insultó al ajusticiado con tanto entusiasmo que perdió una sandalia. Se agachó a buscarla entre las piernas de los demás y continuó insultando desde abajo.

Marco sintió ganas de patearlo.

No lo hizo.

Tenían prohibido provocar desórdenes.

Los vestidos quedaron junto a los soldados.

Comenzaron a distribuirlos con la familiaridad de quienes conocen sus derechos sobre los restos.

La túnica les planteó un problema.

Estaba hecha de una sola pieza. Cortarla habría sido estropearla.

Uno propuso echar suertes.

Marco se arrodilló.

Había jugado por monedas, por comida, por una noche bajo techo. Una vez ganó un burro que murió antes de que pudiera venderlo.

Esta vez ganó la túnica.

La recogió deprisa.

Era más suave de lo que esperaba.

Pasó el pulgar por el tejido y pensó en el precio que podría obtener por ella.

Entonces vio a las mujeres.

Una permanecía junto a la cruz con una quietud que lo inquietó más que los gritos. Otra, más joven, lloraba sin conseguir detenerse. Intentaba cubrirse la boca, pero el llanto le escapaba entre los dedos.

Sus ojos descendieron hacia la tela que él sostenía.

Marco la dobló.

La volvió a doblar.

Ya no supo dónde colocarla.

—¿Otra partida? —preguntó un soldado.

—No.

—Ahora que ganas, te retiras.

Guardó la túnica bajo su equipo.

Arriba, el hombre se esforzaba por hablar.

Marco se acercó.

Oyó la sed.

Buscó el recipiente del vino agrio, tomó una esponja y la empapó. La colocó en el extremo de una vara y la levantó hasta los labios del crucificado.

Tuvo que corregir la altura.

Le temblaban los brazos.

Una pequeña cantidad de líquido corrió por el mentón del hombre. Marco sostuvo la esponja hasta que consiguió beber.

Desde abajo alguien hizo una burla.

Marco no respondió.

Estaba ocupado intentando que aquella boca alcanzara un poco de humedad.

Cuando retiró la vara, el condenado movió los labios.

Marco creyó que quería más.

Volvió a acercársela.

Después hubo un silencio.

El cuerpo cedió.

Marco esperó otra respiración.

Longinos también esperaba.

Llegaron las órdenes de terminar el trabajo. Uno de los soldados se aproximó con un instrumento para quebrar las piernas.

Marco se interpuso.

—A este no.

—Apártate.

—Míralo.

El soldado levantó la vista.

Longinos se acercó.

Marco recogió la lanza. El asta le dejó una astilla en la palma, pero aquella vez no se detuvo a sacarla.

Se la entregó.

—Acaba ya con este sufrimiento —le dijo—. Que no vuelvan a golpearlo.

Longinos sostuvo el arma.

Durante un instante pareció pesarle más de lo acostumbrado.

Luego abrió el costado del crucificado.

Marco vio salir sangre y agua.

Una gota alcanzó la mano de Longinos. Otra le salpicó cerca del ojo.

El soldado retrocedió.

Parpadeó.

Se llevó los dedos al rostro y volvió a mirar.

Marco lo oyó decir algo, apenas un soplo.

—Veo.

Longinos miraba las piedras, la madera, las caras. Se acercó a Marco y le tocó la cicatriz bajo la barbilla, como si acabara de descubrirla.

Después alzó los ojos hacia la cruz.

La claridad le mostró lo que antes había entrevisto entre sombras.

Se arrodilló.

La lanza quedó atravesada sobre el polvo.

Al caer la tarde llegaron quienes retirarían el cuerpo.

Marco ayudó a bajarlo.

Recibió una parte de aquel peso y sostuvo la cabeza para que no golpeara contra la madera. Tenía sangre en los dedos. Una espina le rozó el antebrazo.

Lo depositaron con cuidado.

Marco pidió agua.

Nadie entendió para qué.

Volvió a pedirla.

Encontró un paño, unas hebras de estopa y la esponja. Se arrodilló junto al muerto y comenzó a limpiarle el rostro.

Retiró el polvo de la frente.

Hum edeció la sangre seca junto a la boca.

Pasó el paño por una mejilla y después por la otra, con una lentitud que le habría parecido ridícula unas horas antes.

La mujer joven dejó de cubrirse la boca.

Lo observaba.

Marco no se atrevió a mirarla hasta terminar.

Recogió la tela que había ceñido al ejecutado. La dobló con la misma torpeza con que había doblado la túnica. Encima puso la estopa y el paño ensangrentados.

Se los entregó.

La joven recibió aquel pequeño bulto con ambas manos.

Lo sostuvo contra el pecho.

Quiso hablar, pero volvió a llorar.

Marco inclinó la cabeza.

Nunca supo qué decirle.

Longinos permanecía cerca.

Tenía los ojos abiertos de una manera nueva y terrible.

Antes de marcharse, tocó el hombro de Marco.

—Yo también estaba ciego aquí.

Se llevó la mano al pecho.

Marco bajó la mirada hacia sus propios dedos.

Aquella noche extendió la túnica sobre el jergón.

La luz temblaba.

Tocó el cuello de la prenda y recordó a su madre sosteniendo una aguja entre los labios.

Quiso volver a su aldea.

No tenía dinero suficiente.

Tampoco sabía si ella seguía allí.

Se puso la túnica.

Se la quitó enseguida.

La dobló y la guardó.

Longinos regresó algunos días después.

Ya no buscaba las cosas acercándose a ellas. Veía desde la puerta, reconocía un rostro al otro lado del patio. Pero hablaba menos.

Una tarde se sentó junto a Marco.

Le contó que había ido a escuchar a quienes seguían al hombre de la cruz.

Marco preguntó qué decían.

Longinos tardó en responder.

—Que vive.

Marco sintió frío.

—Yo le limpié la cara.

—Lo sé.

—Estaba muerto.

Longinos asintió.

Los dos permanecieron en silencio.

Mucho después llegarían noticias de que Longinos había abandonado las armas, había hablado de aquel hombre en otros caminos y había terminado perseguido por la autoridad a la que antes sirvió.

En esta historia, su última visita ocurrió al amanecer.

No llevaba lanza.

Marco le ofreció comida.

Comieron sentados en el suelo.

—¿No tienes miedo? —preguntó.

Longinos dejó el pan sobre la rodilla.

—Sí.

Marco agradeció aquella respuesta.

Habría desconfiado de cualquier otra.

Cuando se despidieron, Longinos lo abrazó con una fuerza que le hizo daño en las costillas.

Marco nunca volvió a verlo.

Años después oyó que lo habían matado por negarse a renunciar a su fe. La noticia llegó en boca de un viajero que discutía el precio de unas aceitunas.

Marco salió al patio.

Se quedó allí hasta que oscureció.

La túnica seguía guardada.

Pensó muchas veces en venderla.

No lo hizo.

Tampoco se volvió santo.

Hubo noches en que golpeó a alguien. Hubo días en que obedeció antes de pensar. Una tarde empujó a un muchacho que pedía pan y después tuvo que salir a buscarlo.

Lo encontró junto a un muro.

Le dio comida.

El niño esperó a que se alejara para comer.

Desde entonces Marco dejaba el pan a cierta distancia.

La túnica terminó sobre el cuerpo de un desconocido.

Ocurrió una noche de lluvia.

Habían llevado al puesto de guardia a un hombre acusado de robar un animal. El dueño ya había recuperado el animal; quedaba administrar el castigo.

Lo abandonaron en un cobertizo.

Marco oyó sus dientes.

Primero creyó que había ratas entre la madera.

Después acercó la lámpara.

El detenido tenía el labio partido, una herida en el hombro y la piel encendida de fiebre. Tiritaba bajo unos harapos empapados.

Marco regresó a sus cosas.

Abrió el envoltorio.

Sostuvo la túnica durante un rato.

Cuando volvió al cobertizo, el hombre se encogió contra la pared.

—Quieto —dijo Marco.

Lo cubrió.

El detenido le sujetó el brazo.

—¿Mañana me matan?

—No sé.

Marco se sentó junto a la puerta.

La respiración del hombre era cada vez más difícil. En algún momento dejó de oírla.

Se acercó.

Le puso una mano sobre el pecho.

Nada.

Recordó el peso de otro cuerpo.

Retiró la túnica de la cara del enfermo y lo llamó.

No conocía su nombre.

Volvió a llamarlo de todos modos.

Entonces vio una claridad bajo la tela.

Creyó que la lámpara había caído.

Se volvió a buscarla.

Seguía junto a la puerta.

La luz se extendió por las hebras de la túnica, tenue, como si el amanecer hubiera encontrado un camino dentro del tejido.

Marco no se movió.

El hombre aspiró de golpe.

Tosió.

La herida del hombro dejó de rezumar. Bajo los dedos de Marco, el pecho volvió a subir.

La claridad desapareció.

Afuera continuaba lloviendo.

El detenido abrió los ojos.

—Tengo hambre —dijo.

Marco comenzó a reír.

Se tapó la boca para no despertar a los guardias.

Después lloró con la misma mano.

Al amanecer el hombre podía sentarse. La fiebre había cedido. Pidió agua y preguntó por el animal.

Marco le dio pan.

Un oficial encontró la prenda y quiso quitársela.

—Es mía —dijo Marco.

Recibió un golpe.

El oficial volvió a levantar el brazo, esta vez hacia el detenido.

Marco se puso delante.

Le sujetó la muñeca.

—Ya basta.

La frase salió de él como si hubiera estado esperando años.

Lo castigaron.

El hombre quiso devolverle la túnica.

Marco levantó una mano.

—Quédate quieto.

No volvió a recuperar aquella tela.

Tampoco supo adónde había ido el desconocido. Lo trasladaron poco después, y el mundo siguió separando a las personas cuando apenas comenzaban a reconocerse.

Envejeció.

La cicatriz de la barbilla se hundió entre los pliegues de la piel. Las piernas se le inflamaron. Las manos que habían sostenido armas terminaron necesitando ayuda para sujetar una taza.

Murió en una habitación prestada.

Una muchacha le humedecía los labios con un paño. Tenía otros enfermos y regresaba cuando podía.

Marco la oyó alejarse.

Quiso pedirle que se quedara.

No le salió la voz.

La fiebre le había convertido el cuerpo en un lugar difícil. Le dolía respirar, le dolía girarse, le dolía el peso de la manta sobre los pies.

Desde la ventana llegó el canto de un pájaro.

Marco abrió los ojos.

Había alguien junto a la cama.

Al principio creyó que era otro enfermo. Un joven descalzo, de rostro hermoso, que lo miraba con una serenidad que no había visto nunca en aquella habitación.

Luego reconoció los ojos.

Intentó incorporarse.

El dolor lo detuvo.

El joven se acercó.

Tenía abiertas las manos.

De ellas salía una luz extraña, suave y profunda. Marco vio las señales de las heridas y comenzó a llorar.

Quiso decir que había ganado su túnica.

Quiso explicar lo de la lanza.

Quiso hablar de la mujer y del paño, de todas las veces que no había sido bueno después de aquella tarde.

El joven se sentó a su lado.

Marco oyó su propia respiración, pequeña, rota.

—Te di vinagre —consiguió decir.

El hombre de la cruz sonrió.

—Tenía sed.

Marco miró aquellas manos.

—Y después…

No pudo terminar.

El joven le tendió una.

Marco levantó la suya.

Le sorprendió verla firme.

Los dedos ya no estaban hinchados. La piel había recobrado su color. Tocó la mano luminosa y sintió que podía levantarse.

Lo hizo.

Sin dolor.

Sin esfuerzo.

Quedó de pie junto a la cama.

Sobre el jergón permanecía un anciano con la boca entreabierta. Un cuerpo enfermo, exhausto, que acababa de soltar su último aliento.

Marco se miró los brazos.

Era joven.

Se tocó la cara.

Reconoció la cicatriz bajo la barbilla.

En la puerta apareció la muchacha con el recipiente de agua. Corrió hacia la cama y llamó al anciano.

Marco quiso responderle.

El hombre de la cruz le sostuvo la mano.

Durante un instante, Marco vio también a Longinos. Estaba más allá de la puerta, donde comenzaba una claridad que la muchacha no parecía advertir.

Ya no llevaba armas.

Levantó una mano para saludarlo.

Marco volvió los ojos hacia quien había venido a buscarlo.

El joven hermoso le apretó los dedos.

—Ven.

Marco dio un paso.

—Una mejor vida te espera.

Previous articleCuento III. Los santos traicionados.
Next articleEstigma segunda.
Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Arturo David Vásquez Urdiales Zuazubiskar es notario público, abogado y escritor oaxaqueño. Fundador de la serie Apunte diario sobre letras Hipnóticas y autor de obras como Los siete ojos del gato negro y La piedra del tiempo, su estilo mezcla historia, mística, crítica social y visión futurista. Con más de 35 años de trayectoria jurídica, ha sido Consejero Jurídico del Estado de Oaxaca y hoy encabeza la Notaría Pública número 100. Su escritura explora los umbrales entre lo real y lo invisible. También es creador del idioma universal Zawki y promotor de la Fundación de Letras Hipnóticas AC.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here