Apunte diario sobre letras Hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
Del libro: Los desterrados hijos de Eva
Contracuento. El hombre que tenía miedo de los ojos

El verdugo de París se lavaba las manos antes de comer. Las lavaba también después de trabajar, antes de acostarse y cuando despertaba a medianoche convencido de que alguien respiraba debajo de su cama. El agua salía limpia mucho antes de que él pudiera detenerse.
En esta historia se llamaba Gaspard Vautrin. Tenía los hombros enormes, el cuello hundido entre ellos y unos dedos gruesos que parecían hechos para sujetar cosas que quisieran escapar. Las uñas crecían curvas, duras, oscurecidas en las orillas. Las afilaba cuando estaba solo.
No era su rostro lo que primero aterraba a los condenados. Era la delicadeza con que les acomodaba la ropa. Les quitaba una arruga del hombro, retiraba un cabello del cuello y les pedía que colaboraran. Parecía un hombre dispuesto a ayudarlos a llegar presentables a alguna parte.
Había aprendido el oficio ayudando a otros. Al principio temblaba. Después dejó de temblar durante el trabajo y empezó a hacerlo por las noches. La regularidad del jornal convenció a quienes lo conocían de que se había acostumbrado. Nadie lo acompañaba cuando apagaba la lámpara.
El problema eran los ojos. Los muertos conservaban una expresión que Gaspard no conseguía dejar en el cadalso. Podía limpiar la madera, cambiarse la camisa y caminar hasta su casa; la mirada llegaba antes que él. Lo esperaba en el reflejo de un vaso o al otro lado de una ventana.
Había uno que regresaba con mayor frecuencia. Un muchacho detenido por razones que Gaspard jamás había preguntado. Antes de morir le había dicho que tenía un hermano pequeño. El verdugo recordaba aquellas palabras con una precisión insoportable, aunque había olvidado casi todo lo demás de aquella jornada.
Se convenció de que los ojos seguían viéndolo. No encontraba reposo cuando cerraba los suyos. Los cubría en sus pesadillas, les ordenaba apartarse y terminaba despertando con las manos sobre la cara. Después revisaba las uñas, como si pudieran protegerlo de lo que llevaba dentro.
Con algunos condenados empezó a cometer una atrocidad antes de la ejecución: les quitaba la vista para no tener que encontrarla después. Les sacaba los ojos con sus asquerosos ojos.
Lo hacía fuera de la mirada del público. Sus ayudantes aprendieron a volver el rostro; alguno protestó y fue apartado. Los demás conservaron el empleo.
Gaspard llamaba preparación a aquello. Había descubierto que podía soportar mejor una palabra que un acto.
Tenía la mala maña de sacarle los ojos a los condenados antes de decapitarlos.
Sus superiores recibían las jornadas terminadas, las herramientas recogidas y los informes en orden. No todos ignoraban lo que ocurría. A varios les convenía no preguntarlo.
El tormento continuó. Las miradas que había querido borrar no desaparecieron; regresaban acompañadas por las voces. Gaspard comprendió que su remedio había añadido otra cosa a sus noches. Entonces bebió más. Se volvió brusco con los ayudantes y meticuloso con las cuentas.
Cuando supo que ejecutarían al rey, pidió instrucciones precisas. Quería conocer cada movimiento permitido, cada orden y cada responsabilidad. Aquel condenado tenía nombre suficiente para que cualquier irregularidad pudiera regresar hasta él. Las otras víctimas habían tenido familia, pero raramente quienes exigieran explicaciones.
La mañana del 21 de enero de 1793, París amaneció cercado de soldados y expectación. Había personas que buscaban un lugar desde donde mirar y otras que preferían no salir. El frío entorpecía las manos. Algunos vendedores habían comprendido que la multitud también necesitaría comer.
Gaspard inspeccionó el mecanismo. Tocó la madera, comprobó la cuerda y pidió que retiraran un objeto del suelo.
Sus dedos se movían con seguridad. Aquella mañana no se concedió los hábitos secretos que practicaba con otros. El Rey Luis tendría suerte. No le sacaría los ojos el verdugo.
Este es el terrible destino de este monstruo, por sacarle los ojos a los condenados antes de decapitarlos, el universo le cobrará una vida inmunda por cada ser humano a quienes les eviceró las cuencas de los ojos

Luis llegaría al final conservando la mirada.
Cuando el coche se detuvo, Gaspard sintió una decepción que le dio vergüenza. El rey parecía un hombre. Había esperado algo distinto: una presencia capaz de justificar el tamaño del miedo, una autoridad visible incluso despojada. Encontró cansancio, ropa y unos pies que debían subir escalones.
Luis avanzó acompañado por su confesor. Gaspard observó las manos que habían firmado tantas decisiones y ahora vacilaban ante quienes querían sujetarlas. El condenado intentó hablar. Los tambores ocuparon el aire; la gente estiraba el cuello tratando de comprender lo que ocurría arriba.
El verdugo evitó mirarlo a los ojos. Se concentró en una manga, en una ligadura, en el espacio necesario para que cada movimiento saliera bien. Luis se volvió hacia él durante un instante. Gaspard encontró una pregunta que no podía contestar y bajó la cabeza.
Lo colocaron en el mecanismo. Hasta entonces, cada gesto había permitido imaginar que todavía faltaba mucho. Ahora quedan muy pocos. Gaspard oyó el ruido de la plaza y, debajo de él, su propia respiración. La mano obedeció antes de que pudiera formular otro pensamiento.
La hoja cayó. Hubo un cambio en el sonido de la multitud: un sobresalto, voces, exclamaciones que empezaron a juntarse. Gaspard hizo lo que debía hacer para mostrar que la sentencia estaba cumplida. Evitó la mirada del muerto, pero supo exactamente dónde estaba.
Entonces alguien gritó:
—¡Jacques de Molay! ¡Estás vengado!
La voz atravesó la plaza con una fuerza que no parecía necesitar garganta. Varios buscaron al hombre que había hablado. Había un joven junto a un puesto, un anciano cerca de los soldados y muchos rostros vueltos en direcciones distintas. Ninguno aceptó haber pronunciado aquellas palabras.
Gaspard las oyó como si hubieran sido dichas junto a su oído. No sabía suficiente historia para comprenderlas, pero reconoció el peso de una acusación. Durante un instante le pareció ver fuego donde había madera mojada. El olor que sintió no pertenecía a la mañana.
El joven junto al puesto tenía una mano cerrada sobre el pecho. No recordaba haber gritado. Llevaba meses soñando con un río, un hombre sujeto a un poste y un pájaro que cruzaba entre humo. Había acudido por curiosidad y ahora necesitaba salir de allí.
Se llamaba Lucien. A veces despertaba sabiendo palabras que nadie le había enseñado. En una ocasión llamó Tamar a su madre. Otra mañana se encontró buscando una campana dentro del ruido de la ciudad. Nunca hablaba de aquello: bastante difícil resultaba conservar un trabajo.
Miró el cadalso y sintió una pena que no distinguía entre épocas. Había esperado comprender algo al presenciar la caída de un rey. En cambio, tenía delante otra muerte y una multitud procurando darle significado. Sus labios se movieron sin sonido. Después consiguió decir: «No era esto».
Tal vez había sido su voz. Tal vez Cirila y Jacques habían coincidido dentro de aquel muchacho durante un instante. El espíritu no estaba obligado a llegar por un solo camino. Lucien, sin embargo, tenía frío, náuseas y una mujer junto a él que estaba perdiendo el equilibrio.
La sostuvo. La ayudó a apartarse y encontró un sitio donde podía sentarse. Ella le pidió agua. Lucien fue a buscarla, agradecido de recibir una tarea que comprendía. Al regresar, el grito de la venganza ya estaba viajando por otras bocas, cada vez más seguro de sí mismo.
Gaspard volvió a casa con el nombre de Molay entre los dientes. Se lavó hasta que las manos empezaron a dolerle. Durante la cena miró una cuchara y creyó distinguir dos ojos dentro de su superficie. La dejó sobre la mesa y no terminó de comer.
Las ejecuciones continuaron. Él siguió trabajando durante un tiempo, sostenido por las órdenes y por una costumbre que se había vuelto más fuerte que su descanso. A veces era correcto con los condenados. Esa corrección no devolvía nada a quienes había dañado en secreto.
Envejeció sin encontrar alivio. Alguien le recomendó rezar; otro, dejar la bebida. Gaspard quería una solución que no le exigiera recordar. Había cumplido sentencias, había cobrado por ellas y había añadido un horror que ninguna sentencia le había pedido.
Una tarde llegó a su puerta una muchacha. Buscaba el lugar donde habían llevado a su hermano después de ejecutarlo. Gaspard reconoció el apellido. Era el del joven que seguía visitando sus noches. La muchacha esperaba, con las manos juntas, como si él todavía pudiera ofrecer algo bueno.
Le dio las indicaciones que conocía. Ella preguntó si había sufrido. Gaspard no consiguió mentir con suficiente rapidez. La joven comprendió algo en aquel silencio y retrocedió. No lo insultó. Se marchó antes de que él terminara de decidir qué rostro poner.
Desde entonces temió también a los vivos. Cada llamada podía traer una hermana, una madre, alguien dispuesto a preguntar por una persona que él había reducido a trabajo. Cerró las cortinas. Dejó de afilarse las uñas, pero siguió mirando las manos con repugnancia.
Murió en una habitación estrecha. La mujer que lo cuidaba quiso ayudarlo a beber y él apartó el vaso. Tenía miedo de dormirse. Cuando el cuerpo empezó a fallar, pidió que no apagaran la lámpara. Nadie conocía todas las razones de aquel ruego.
No encontró al Padre celebrando su desgracia. Encontró a las personas. Cada una conservaba aquello que él había procurado no saber: un nombre, una casa, alguien que la esperaba. Gaspard quiso explicar el oficio. Las palabras no consiguieron cubrir sus decisiones.
Tampoco halló una puerta cerrada para siempre. Aquello lo aterrorizó de otra manera. Si todavía había camino, tendría que recorrerlo sin esconderse detrás del jornal ni de una orden. El miedo que había causado ya no podía ser presentado como una necesidad de su trabajo.
El nacimiento de un niño ciego.
Un mendigo ciego, torcido, deforme, con insuficiencias, torcido, Pero mentalmente entero, quien desde el primer día de vida supo que vino al mundo a sufrir…..
Llegamos a 1930, cuando nació…
Nació ese niño en México.
Las manos eran pequeñas; el nombre, otro. No llevaba escrita ninguna condena en el cuerpo. Creció entre cuidados insuficientes, pérdidas y decisiones que nadie podía tomar por él. A veces soñaba que una multitud miraba hacia arriba.
Llegó a viejo conservando una aversión inexplicable a las cuchillas y un miedo profundo a encontrar los ojos de otros. Vivía de lo que lograba conseguir en la calle. Pedir ayuda le costaba más que soportar hambre; cuando alguien se acercaba, miraba primero sus zapatos, sin los ojos que la naturaleza le negó.
La mañana en que llegó frente a la Catedral Metropolitana, las campanas le hicieron levantar la cabeza. Vio las puertas, la piedra y personas que entraban llevando sus propios dolores. Se sentó cerca, extendió la mano y esperó. La ciudad continuó andando a su alrededor.
Una niña se detuvo para entregarle un pan. El anciano intentó recibirlo sin mirarla, pero ella permaneció allí. Tenía los ojos abiertos y ninguna razón para temerle….ciegos.
Él sintió volver todas las miradas que había querido borrar. Esta vez mantuvo las manos quietas.
—Gracias —consiguió decir. La niña sonrió y regresó con su madre. El viejo sostuvo el pan mientras las campanas terminaban. No estaba absuelto. Tampoco abandonado. Todavía podía aprender qué hacer cuando una vida ajena quedaba cerca de sus manos.
En un árbol junto a la plaza cantó un pájaro. El anciano lo escuchó hasta el final y después partió el pan para compartirlo con otro hombre sentado a pocos pasos. Así comenzó, frente a la Catedral, la historia que aún nos falta contar.
De Gaspard habrá mucho que contar
*Gaspard y sus atrocidades son ficción; no corresponden al verdugo histórico Charles-Henri Sanson. Luis XVI fue guillotinado en París el 21 de enero de 1793. El grito sobre Molay se utiliza aquí como motivo legendario. *


