Apunte diario sobre letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

Del libro: Los desterrados hijos de Eva

Capítulo II. Cirila: la alegría que no sabía contar los años

La noche en que nació Cirila, su padre había salido a buscar leña. La casa estaba cerca de un camino por donde pasaban hombres con los zapatos abiertos, mujeres que llevaban niños y peregrinos que preguntaban cuánto faltaba para Santiago. Su madre dio a luz acompañada por una vecina que olía a harina.

El niño tardó en llorar. La vecina le frotó la espalda mientras la madre intentaba incorporarse. Entonces, desde el pequeño huerto, llegó el canto de un ruiseñor. La criatura abrió los ojos y empezó a respirar con una profundidad que hizo llorar a las dos mujeres.

Su padre regresó con ramas húmedas. Encendió como pudo el fuego y permaneció junto a la cama, sin atreverse a tocar aquella cabeza. Le pareció que su hijo lo miraba con una atención impropia de un recién nacido. Después el niño bostezó, y el hombre pudo reírse de sí mismo.

Lo llamaron Cirila. Creció entre el ruido de las ollas, el trabajo de su madre y las historias que los caminantes dejaban sobre la mesa. En su casa había poco, pero su padre nunca permitía que alguien preguntara por comida sin recibir al menos un sitio junto al fuego.

Cirila aprendió pronto a distinguir los pasos. Los peregrinos fatigados arrastraban los pies; los comerciantes llegaban haciendo cuentas; los hombres perseguidos miraban atrás antes de llamar. Él abría la puerta y avisaba a su madre. Nunca preguntaba primero quién merecía entrar.

A veces despertaba con sed. Soñaba una extensión de arena y una mujer que dejaba una vasija junto a unas piedras. Su madre lo encontraba sentado, buscando con la mano un recipiente que no estaba allí. Le daba agua y esperaba hasta que volviera a reconocer la habitación.

También soñaba con columnas enormes. Un hombre sostenía una lámpara dentro de un granero; otro le preguntaba quién comía. Cirila recordaba esa pregunta durante el desayuno. Si quedaba un mendrugo, lo guardaba hasta encontrar a alguien a quien ofrecérselo.

No era un niño solemne. Robaba ciruelas, se distraía durante las oraciones y una vez escondió una rana dentro del zapato de su hermano. Cuando lo castigaron, sostuvo que el animal necesitaba una casa. Su madre intentó mantenerse seria y tuvo que darle la espalda.

Era feliz de una manera que no sabía explicar. Le gustaban los días de lluvia porque todos se acercaban al fuego. Le gustaba el olor del pan y que su padre, al terminar de trabajar, todavía conservara fuerzas para levantarlo. Había descubierto motivos para alegrarse antes de aprender sus nombres.

La escuela del monasterio lo recibió por recomendación de un sacerdote. Cirila caminaba hasta allí con una tablilla y el alimento que su madre envolvía en un paño. Aprendió las letras con entusiasmo; los números le parecían útiles, aunque sospechaba de quienes los empleaban para terminar una conversación.

Una tarde vio al encargado del almacén negar harina a una viuda. La mujer había recibido ayuda la semana anterior. Cirila escuchó el argumento, miró la puerta del granero y preguntó si el hambre debía esperar hasta que terminara la semana. El encargado lo mandó volver a sus ejercicios.

El maestro supo lo ocurrido. Lo llamó después de la clase y le explicó que una casa necesitaba orden para sostenerse. Cirila asintió. Luego preguntó qué orden debía seguir una mujer cuyos hijos querían comer todos los días. El maestro tardó bastante en abrir su libro.

Con los años aprendió a hacer las preguntas sin convertir a quien lo escuchaba en un enemigo. No siempre lo conseguía. Tenía mal genio cuando veía humillar a alguien, y más de una vez sus palabras hirieron a personas que también estaban cansadas. Después buscaba la manera de volver y pedir perdón.

Su padre murió en invierno. Cirila había empezado a estudiar para el sacerdocio y quiso abandonar los libros para sostener la casa. Su madre lo detuvo. Le dijo que la ayudaría mejor aprendiendo algo que pudiera servir a muchos, pero durante meses él regresó cada tarde para cortar leña.

El día de su ordenación no sintió que se hubiera vuelto distinto. Mientras le acomodaban la vestidura, recordó sus zapatos de niño y la harina que su madre sacudía del delantal. Tuvo miedo de que, a partir de entonces, la gente le atribuyera respuestas que él todavía no tenía.

Celebró su primera misa con las manos temblorosas. Después comió con su familia y unos peregrinos que habían llegado tarde. Uno de ellos derramó vino sobre la mesa. Cirila se apresuró a limpiar y se manchó las mangas nuevas. Su madre, al verlo, pareció descansar.

Ingresó después en una comunidad monástica próxima al Camino de Santiago. Allí encontró campanas, libros, una huerta y hermanos que podían discutir largamente por una herramienta. La vida religiosa no lo libró de conocer a los hombres; le dio más ocasiones para aprender a convivir con ellos.

El hábito le quedaba grande. Durante las primeras semanas lo pisaba al subir las escaleras. Un hermano anciano le recomendó andar con mayor recogimiento. Cirila respondió que recogía cuanto podía, pero la tela seguía sobrando. El viejo acabó enseñándole a sujetarla con un cordón.

Lo destinaron a la hospedería. Recibía a los peregrinos, calentaba agua y procuraba que quienes habían caminado todo el día no se acostaran con las heridas sucias. Algunos traían relatos de milagros. Otros necesitaban que nadie les preguntara nada mientras comían.

Cirila descubrió que escuchar era un trabajo completo. Un hombre podía hablar durante una hora de los caminos cuando lo que necesitaba contar era la muerte de su mujer. Él esperaba. Cuando llegaba aquella frase, no se apresuraba a cubrirla con una explicación sobre la voluntad de Dios.

Había niños entre los huéspedes. Les enseñaba a leer mientras se secaban los zapatos. Dibujaba letras sobre una tabla y se alegraba cuando alguno conseguía reconocer su nombre. A veces el niño partía antes de terminar el aprendizaje; Cirila le regalaba la tabla para que continuara por el camino.

También atendía a quienes no compartían su fe. Una tarde llegó un mercader judío con fiebre. El hermano encargado vaciló antes de darle cama. Cirila empezó a preparar el cuarto y preguntó dónde guardaban las mantas. Cuando regresó con ellas, la discusión había perdido buena parte de su utilidad.

El mercader se llamaba Elías. Durante la convalecencia hablaban de comida, de viajes y de las historias que ambos habían recibido de sus mayores. Al oír el nombre de José, Cirila sintió olor a trigo. Tuvo que apoyarse en la mesa para no caer.

Elías le preguntó si estaba enfermo. Cirila negó con la cabeza y pidió que siguiera contando. Escuchó la historia del hombre vendido por sus hermanos con una intimidad que lo desconcertaba. Podía imaginar la cámara, la lámpara y una voz preguntando quién comía.

Aquella noche soñó el desierto. Vio una mujer cuya mano había sanado y un bastón acostado junto a un cuerpo. Al despertar no recordó un nombre, pero conservó una certeza dolorosa: alguien había seguido caminando después de enterrarlo. Se levantó antes de la campana y encendió el fuego de la hospedería.

Los hermanos empezaron a confiarle las tareas difíciles. No porque las resolviera siempre, sino porque raramente dejaba sola a una persona mientras buscaban una solución. Acompañaba enfermos, reconciliaba discusiones y cuidaba de un anciano que repetía las mismas preguntas durante toda la tarde.

Su alegría era conocida. Cantaba mientras pelaba verduras y tenía la costumbre de inventar apodos para las cabras de la huerta. Una se llamaba Doña Prudencia porque embestía antes de mirar. El hermano encargado le prohibió usar aquel nombre delante de las visitas; Cirila obedeció casi siempre.

La palabra santo comenzó a circular fuera del monasterio. Él la oyó de una mujer a quien había ayudado durante un parto. Se incomodó y quiso corregirla. Ella no discutió: le pidió que sostuviera al niño mientras cambiaba la ropa de la cama.

Cirila aceptó. El recién nacido le agarró un dedo y él olvidó defender su modestia. Más tarde comprendió que podía perder tanto tiempo rechazando un elogio como otros empleaban en buscarlo. Procuró trabajar y dejar que las palabras ajenas encontraran por sí mismas su medida.

Una inquietud, sin embargo, lo acompañaba. Cuando los libros hablaban de la felicidad eterna, imaginaba días interminables y sentía miedo. Había visto a hombres cansarse del descanso, del canto y de una mesa abundante. Quería comprender qué haría diferente al gozo del cielo.

Se lo preguntó al abad. El anciano habló de la presencia del Padre, de una plenitud que no necesitaba renovarse para seguir siendo plena. Cirila escuchó con respeto. Entendía las palabras, pero dentro de él seguía existiendo un hombre que medía la vida por mañanas y despedidas.

—¿Y si me canso? —preguntó. El abad lo miró sin irritación. —Entonces todavía estás imaginando el cielo con el cansancio que traes. Cirila bajó los ojos. La respuesta lo acompañó varios días, aunque no consiguió cerrar del todo la pregunta.

Una mañana salió al bosque después de atender a los huéspedes. Llevaba pan, un pequeño cuchillo y su bastón. Había prometido regresar antes de la comida. Caminó hasta una fuente donde solía detenerse a escuchar el agua, agradecido de que allí nadie necesitara nada durante unos minutos.

Oyó al ruiseñor y levantó la cabeza. No lo había visto antes, pero sintió una familiaridad que le hizo sonreír. El canto tenía algo de su infancia y algo mucho más remoto. Recordó arena caliente, una vasija y la mirada de una mujer que se alejaba.

Se sentó bajo un árbol. Quiso escuchar hasta que el pájaro terminara. Las notas llegaban con una claridad que no exigía esfuerzo; no tuvo que interpretarlas ni retenerlas. Apoyó el bastón sobre las rodillas y, por primera vez en mucho tiempo, dejó de calcular lo que haría después.

Le venció el sueño. Fue ligero al principio, como aquel descanso que permite seguir oyendo el agua. Después no supo cuánto duró. La fuente continuó corriendo. El árbol extendió sus raíces, perdió ramas y recibió estaciones que el hombre dormido no tuvo que contar.

Cuando Cirila abrió los ojos, el pájaro seguía allí. Le pareció que apenas se había distraído. Se levantó con prisa, avergonzado por faltar a la comida. El sendero estaba cambiado, pero atribuyó la confusión al sueño y buscó entre los árboles el camino del monasterio.

Reconoció las paredes y, al mismo tiempo, encontró ventanas donde recordaba muros. Había una construcción nueva junto a la hospedería. El portero no era el hermano que había dejado aquella mañana. Cirila saludó y pidió que abriera; el hombre quiso saber quién era.

Dio su nombre y los de varios hermanos. El portero escuchó con desconfianza. Llamaron al superior, que lo condujo a una sala y le ofreció agua. Cirila agradeció el vaso, pero preguntó por el abad. Nadie conocía a un hombre vivo que respondiera a aquel nombre.

Buscaron en los registros. Un hermano regresó con un volumen antiguo y lo abrió con cuidado. Allí estaba Cirila: sacerdote de la comunidad, desaparecido durante un paseo. El monje vio su nombre, el de su abad y una fecha que tardó demasiado en comprender.

Habían transcurrido trescientos años. Cirila pidió que lo comprobaran otra vez. El hermano señaló las anotaciones y los nombres de quienes habían gobernado la casa después. La tinta sostenía una vida que ninguno de los presentes había conocido; delante de ellos, aquella vida seguía respirando.

Cirila preguntó por una mujer enferma a quien llevaba comida. Después se calló. Había entendido antes de escuchar la respuesta. Miró sus propias manos, todavía manchadas del trabajo de aquella mañana, y sintió que el mundo había envejecido sin concederle una sola despedida.

Lo reconocieron por los libros, por detalles de la casa y por recuerdos que coincidían con antiguas anotaciones. Los hermanos empezaron a hablar del prodigio. Cirila pidió descansar. Había recibido una respuesta inmensa y necesitaba llorar cosas pequeñas: una voz, una cabra, el lugar de su madre junto al fuego.

Durante días caminó por el monasterio buscando algo que pudiera compartir con los vivos. Los nombres habían cambiado. También algunas costumbres. Una noche se sentó junto a un novicio y lo escuchó quejarse de que habían vuelto a servir las mismas verduras. Cirila rio hasta que le dolieron los ojos.

Aquel muchacho le devolvió una cercanía que ningún registro podía ofrecerle. No conocía a sus muertos, pero tenía hambre, mal humor y sueño. Cirila le ayudó a recoger la mesa. Al terminar, descubrió que había pasado una hora sin preguntarse en qué siglo estaba.

Volvió a la hospedería. Las personas seguían llegando con los pies abiertos y preguntas sobre cuánto faltaba para Santiago. Había cambiado el modo de pronunciar ciertas palabras; el gesto de acercar una silla permanecía. Cirila comenzó otra vez por allí.

Comprendió lentamente lo que el canto le había permitido experimentar. Había escuchado sin necesitar que llegara otra melodía. Dentro de aquel gozo no sintió repetición ni desgaste. Tres siglos habían pasado en el mundo, pero él no había permanecido esperando tres siglos.

No convirtió aquello en una explicación capaz de resolver todas las penas. Si alguien perdía un hijo, Cirila no le hablaba del ruiseñor. Se sentaba cerca y atendía cuanto hiciera falta. Su felicidad había crecido; también su cuidado de no imponerla sobre el dolor ajeno.

El nombre de San Cirila se extendió entre los caminantes. Algunos buscaban tocar su hábito. Él les ofrecía sopa y procuraba que nadie volviera al camino sin comer. Aceptaba escuchar las peticiones, aunque confesaba con sencillez que no sabía ordenar a Dios lo que debía hacer.

Envejeció de verdad después de aquel regreso. Le temblaban las manos y necesitaba ayuda para caminar. Los hermanos jóvenes aprendieron a esperar su paso. A él le costó recibir los cuidados que había dado durante tanto tiempo; descubrió que también la gratitud podía exigir disciplina.

Una tarde pidió sentarse al sol. Oyó a unos niños jugando junto a la hospedería y quiso que acercaran su silla para verlos. Uno cayó, lloró y regresó al juego después de recibir un beso. Cirila permaneció allí hasta que el aire empezó a enfriarse.

Durante su última enfermedad hubo hermanos turnándose junto a la cama. Les pedía que durmieran, pero se alegraba cuando despertaba y encontraba a alguien. No deseaba marcharse todavía. Había aprendido a amar aquella casa nueva, y la muerte volvía a pedirle lo que nunca resultaba fácil entregar.

El ruiseñor llegó a la ventana al amanecer. Cirila lo oyó antes de abrir los ojos. Sonrió y buscó la mano del hermano que estaba cerca. No hubo bosque ni sueño de trescientos años: su cuerpo estaba terminando aquella vida, acompañado por personas que conocían su nombre.

Respiró una vez más. Después quedó quieto. El hermano permaneció sosteniéndole la mano hasta que llegaron los demás. Lavaron su cuerpo, lo vistieron y lo enterraron junto a la casa donde había servido antes y después de una ausencia que todavía no sabían comprender.

Esa noche la hospedería abrió como siempre. Había peregrinos cansados y un niño que no quería cenar. Un hermano hizo reír al pequeño imitando a una cabra. Desde el huerto llegó el canto del ruiseñor; por un instante, quienes habían conocido a Cirila dejaron de sentirse tan solos.

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