Apunte diario sobre letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

Del libro: Los desterrados hijos de Eva

Capítulo I. Karnak: el hombre que murió antes de llegar

En Karnak, el sol tenía sacerdotes, graneros y hombres que hablaban en su nombre. Los hombres tenían hambre. Nebamón tardó años en descubrir que aquella diferencia sostenía el esplendor de los templos: cuanto menos recibían unos, más agradecimiento exigían los otros.

Su madre había lavado telas para los servidores de Amón. Regresaba con las manos abiertas por el agua y escondía bajo la ropa los mendrugos que conseguía. Una noche murió sentada, antes de quitarse las sandalias. Nebamón esperó hasta el amanecer porque le habían enseñado a no despertarla cuando descansaba.

Lo recogieron en el templo. Aprendió a moler pigmentos, limpiar recipientes y bajar los ojos. Tenía buena memoria. Recordaba plegarias enteras después de escucharlas dos veces; también recordaba qué sacerdotes apartaban comida antes de repartir las ofrendas. Esto último procuraba olvidarlo delante de ellos.

Cuando lo consagraron, le rasuraron la cabeza y le entregaron lino blanco. Nebamón sintió orgullo. Después sintió vergüenza por sentirlo. Aquella noche visitó el lugar donde habían enterrado a su madre y le contó que ahora comía todos los días. No supo qué más decirle.

Lo destinaron a revisar los suministros de la corte vinculada a Karnak. Entraba en salas sostenidas por columnas inmensas, donde hasta el aire parecía pertenecer al faraón. Los escribas contaban aceite, cebada, animales y trabajadores. A los animales les anotaban la procedencia. Los trabajadores bastaban con un número.

Nebamón empezó a buscar los rostros de aquellas cantidades. Encontró hombres fabricando ladrillos con los pies hundidos en barro y mujeres que trabajaban mientras la leche les mojaba la ropa. Los niños dormían junto a los hornos. Cuando alguno lloraba demasiado, su madre debía escoger entre atenderlo y conservar la ración.

Entre los hebreos conoció a Tamar. Tenía una infección en la mano y la escondía debajo de un trapo. Nebamón quiso limpiársela, pero ella se negó: si el supervisor la declaraba inútil, sus hijos no comerían. Él regresó al templo y descubrió que ninguna de sus oraciones incluía instrucciones para aquella herida.

Volvió con vendas y ungüento. Tamar aceptó después de preguntarle qué quería a cambio. La pregunta le quitó al sacerdote el placer de sentirse generoso. Comprendió que había personas para quienes una ayuda inesperada era, primero, otra amenaza que debían examinar.

Una noche, mientras revisaba un granero antiguo, encontró una cámara clausurada. Dentro había tablillas, polvo y un olor a trigo que no correspondía a los sacos vacíos. Un hombre estaba sentado contra la pared. Nebamón levantó la lámpara; la llama no consiguió iluminarlo del todo.

—Me llaman José —dijo el desconocido—. Mis hermanos me vendieron antes de aprender a reconocerme. Aquí fui prisionero y después administré lo que otros necesitaban para vivir. No confundas esas dos cosas: una llave puede abrir una cárcel o permitirte decidir quién sigue encerrado.

Nebamón conocía el nombre. Los hebreos hablaban de aquel hombre como de un antepasado remoto. Quiso preguntar cómo podía estar allí, pero José señaló unas imágenes que empezaron a moverse sobre la pared: una cisterna, hermanos apartando la mirada, años de abundancia y campos consumidos por el hambre.

—¿Todo esto ocurrió? —preguntó el sacerdote. José asintió. Nebamón quiso tocarle el brazo; encontró aire frío. Comprendió que estaba conversando con un muerto, aunque su miedo mayor llegó después: aquel muerto veía con claridad lo que los vivos habían decidido no mirar.

—Guardamos grano —dijo Nebamón—. Cumplimos con los dioses. José lo observó largamente. —¿Quién come? El sacerdote pensó en Tamar, en los niños junto al horno y en su madre escondiendo pan. Cuando volvió a levantar la lámpara, estaba solo. La pregunta permaneció con él.

Días después conoció a Moisés. Había regresado para reclamar la libertad de su pueblo y llevaba el cansancio de quien sabe que pedir lo indispensable puede costarle todo. Nebamón le contó su encuentro. Moisés no rio ni exigió pruebas; preguntó si estaba dispuesto a hablar delante del faraón.

La primera audiencia fue breve. Nebamón pidió que permitieran marcharse a los hebreos. El rey quiso saber quién terminaría las construcciones. El sacerdote propuso pagar a trabajadores libres. Algunos cortesanos sonrieron: habían encontrado una manera elegante de reconocer a un ingenuo.

—Esos hombres creen en un dios que no puedo ver —dijo el faraón—. Yo veo los ladrillos que producen. Nebamón sostuvo la mirada. —También podéis ver sus heridas. El rey ordenó que lo retiraran. No lo castigó todavía; prefería darle tiempo para avergonzarse de su atrevimiento.

La primera plaga llegó al agua. El río adquirió una apariencia sangrienta; los peces murieron y el olor entró en las casas. Los ricos exigían vasijas limpias. Los pobres excavaban junto a las orillas buscando algo que pudieran beber. Nebamón llevaba recipientes hasta que los hombros dejaron de obedecerle.

La segunda fueron las ranas. Aparecieron en patios, cocinas y camas; las aplastaban bajo los pies y después debían soportar la putrefacción. En palacio, un servidor recibió golpes porque había una dentro de una copa. Nebamón miró al muchacho limpiar el suelo y pidió nuevamente hablar con el rey.

La tercera plaga cubrió de piojos a hombres y animales. Nadie podía dormir sin rascarse. Las madres buscaban entre el cabello de sus hijos con una paciencia desesperada; los sacerdotes descubrieron que la limpieza ritual no impedía el tormento. Nebamón se rascaba mientras rezaba y dejó de fingir solemnidad.

La cuarta llegó en enjambres de moscas. Se pegaban a la comida y se disputaban las heridas. Tamar cubría el rostro de su madre con una tela, pero los insectos encontraban cada abertura. Nebamón sostuvo el paño mientras ella trabajaba. Durante horas su único ministerio consistió en espantar moscas.

La quinta mató al ganado. Los animales caían en los caminos y sus dueños permanecían junto a ellos, incapaces de aceptar que habían perdido alimento, fuerza y mañana. Un hombre abrazó el cuello de una vaca muerta. Nebamón se arrodilló cerca y esperó; aquella pena tampoco necesitaba un discurso.

La sexta abrió úlceras en los cuerpos. Vestirse dolía. Caminar dolía. Había quienes no podían acostarse sin que las llagas se pegaran a la tela. Nebamón atendió también a servidores del palacio. Cuando uno le preguntó por qué ayudaba a los verdugos, respondió que estaba limpiando una herida.

La séptima cayó del cielo. El granizo golpeó campos y techos, acompañado de una tormenta que hacía temblar las puertas. Un niño corrió buscando refugio y Nebamón lo levantó antes de que alcanzara el patio. Sintió un golpe en la espalda; sostuvo al pequeño hasta entrar, sin saber que tenía sangre bajo la túnica.

Había contado siete calamidades y deseó que el número impusiera un límite. No lo hubo. Llegaron las langostas, consumiendo lo que quedaba; después, una oscuridad que volvía extraños los rostros. Finalmente, una noche, el llanto recorrió Egipto. Nebamón oyó a los padres llamar a hijos que ya no respondían.

El faraón lo hizo traer. Junto al lecho de su primogénito no llevaba corona. Parecía un hombre abandonado en una habitación demasiado grande. —Aquí tienes la piedad del dios de los hebreos —dijo. Nebamón miró al niño y no encontró una defensa que pudiera pronunciar delante de aquel cuerpo.

—No he venido a celebrar —respondió—. Dejad salir a los vivos. El faraón apretó los puños. —¿Crees que tu dios ha vencido al sol? Nebamón sintió agotarse sus palabras. —No sé contar victorias con niños muertos. Sé que todavía podéis impedir otras desgracias.

El rey ordenó que lo decapitaran. Los guardias desenvainaron. Nebamón retrocedió y el bastón golpeó el suelo. Lo había llevado durante meses entre enfermos; Tamar había sujetado con una tira de tela una grieta de la madera. Ahora era todo lo que tenía entre las manos.

El bastón se torció. Nebamón lo soltó y cayó una serpiente donde debía haber madera. Creció sobre las losas, extendiéndose entre los guardias, hasta levantar la cabeza frente al faraón. Nadie rezó. El sacerdote tampoco: estaba demasiado asustado para recordar una sola fórmula.

El rey buscó una salida y encontró al animal ocupando el camino. —Que se marchen —dijo primero, casi sin voz. Después gritó la orden. La serpiente descendió, se recogió y volvió a quedar inmóvil. Nebamón levantó el bastón con manos temblorosas y salió antes de que alguien recuperara el valor.

Corrió hasta encontrar a Moisés. No llevaba una explicación; llevaba permiso y urgencia. Las familias recogían ropa, recipientes, niños dormidos. Una anciana se negaba a abandonar una piedra donde había molido grano durante años. Tamar le puso un pedazo de pan en la mano y consiguió levantarla.

Nebamón salió con ellos. Vio alejarse las construcciones que había servido y sintió alivio, pero también miedo: fuera de Egipto no tenía rango, casa ni una mesa asegurada. Cuando alcanzaron el paso abierto entre las aguas, sostuvo a la madre de Tamar y caminó mirando sus propios pies.

Al otro lado no empezó la felicidad. Empezó el desierto. Había sed, discusiones y cuerpos que habían soportado la esclavitud sin conservar fuerzas para el camino. Algunos recordaban la comida de Egipto. Nebamón no los reprendía; él había comido en palacio y debía tener cuidado al recomendar paciencia.

Hablaba con Moisés durante las pausas. Quería saber cuándo llegarían. Moisés miraba la extensión por delante y no inventaba una fecha. Nebamón empezó a comprender que acompañar a un pueblo no consistía en prometerle siempre una mañana mejor, sino en permanecer cuando la mañana volvía a ser difícil.

La herida del granizo se infectó. Después llegaron la fiebre y una tos que le cortaba las frases. Ocultó el dolor mientras pudo. Tamar lo descubrió cuando intentó ayudarla a levantar una vasija y cayó de rodillas. Lo acostaron junto a unas piedras, fuera del golpe directo del sol.

Moisés se inclinó a su lado. Nebamón quiso preguntarle por José, por aquella cámara y por los siglos que había visto mezclarse en la pared. No tuvo fuerza. Preguntó algo más pequeño: —¿Llegarán? Moisés le tomó la mano. —Seguiremos andando. El sacerdote aceptó la respuesta.

Tamar permaneció hasta la tarde. Sus hijos esperaban cerca, silenciosos. Nebamón le pidió que se marchara con ellos. Ella dejó agua junto a su cabeza y le acomodó una tela bajo los hombros. Antes de levantarse le mostró la mano: la herida que había escondido estaba cerrada.

Cuando quedó solo, Nebamón lloró. Quería vivir. Quería conocer una casa donde Tamar no tuviera que ocultar el dolor para alimentar a sus hijos. La tierra prometida había adquirido para él una forma humilde: una puerta, una olla y alguien que pudiera descansar sin pedir permiso.

Un ruiseñor llegó al caer la tarde. Se posó en una piedra y empezó a cantar. Nebamón abrió los ojos; distinguió el pecho diminuto, la garganta moviéndose, la vida entera de aquel animal entregada a unas notas. Intentó sonreír. El pájaro continuó, cerca de su respiración cada vez más débil.

No apareció ningún monasterio. No se abrió un camino para evitarle la muerte. El sacerdote permaneció en el desierto, con el cuerpo agotado y la vasija fuera del alcance de su mano. Oyó el canto hasta que dejó de necesitar aire. Nebamón murió antes de llegar.

Tamar regresó con dos hombres y lo enterraron al amanecer. El bastón quedó junto a él. Después continuaron andando. El ruiseñor cruzó sobre sus cabezas y se perdió hacia una luz que ninguno podía mirar mucho tiempo. Nebamón había terminado aquella vida; la siguiente todavía no tenía nombre.

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