por Arturo David Vásquez Urdiales
18 de diciembre de 2024
La Esclava y el Curtidor
(Este es una leyenda que se escuchaba allá, en el pueblo de Jalatlaco, por los 1800. Cuando el caudal del rio del mismo nombre era ligeramente navegable por ciertas épocas del agua, en cambio siempre llevaba un arrullo de agua, suficiente para soportar esta leyenda legendaria).
La Vieja Calle de Jalatlaco. Un aliento de humedad sube desde el río, cargando con el aroma a cuero fresco y las memorias de sacrificios olvidados. Era el año del Señor, 1771, y Oaxaca era la Nueva Antequera, una ciudad donde las sombras caminaban entre los callejones y los secretos se escondían bajo la piedra desgastada de los adoquines. En un taller oscuro, apenas iluminado por la luz temblorosa de una vela, vivía Gaspar Tenexámil, curtidor de pieles y hombre de silencios espesos. Su oficio lo había atado al río Jalatlaco, donde las aguas lavaban los pecados del cuero pero nunca los del alma.
Esa tarde, cuando la campana de la iglesia de la Soledad marcaba la hora de los muertos, Ayenú, una esclava negra, llegó tambaleándose hasta el taller de Gaspar. Ayenú era una mujer de mirada indescifrable, como un abismo cubierto por el velo de la noche. Había sido traída de las costas africanas, pero en ella habitaba algo indomable, algo que no pertenecía a la cadena ni al azote.
El curtidor levantó la vista al escuchar sus pasos. “¿Qué buscas aquí?”, preguntó, su voz ronca como el crujido del cuero seco. Ayenú no respondió. Se quedó allí, de pie, con las manos cruzadas sobre el vientre, mientras el río, más abajo, seguía su curso lento, como si sus aguas esperaran un desenlace.
Viñeta 1: Las manos de Gaspar
Las manos del curtidor eran como mapas del tiempo: arrugas profundas, grietas llenas de cal y vestigios de grasa animal. Se movieron hacia ella con torpeza, como si quisieran apartarla y al mismo tiempo aferrarse a su presencia. “No hay lugar para ti aquí”, quiso decir, pero las palabras se ahogaron en el aire denso del taller. Ayenú dio un paso adelante, y su sombra se alargó hasta tocar la pared.
Viñeta 2: La piel
Había una piel extendida en el taller, lista para ser trabajada. Era grande, casi animal, pero extrañamente humana. Ayenú la miró con una intensidad que hizo a Gaspar sentirse expuesto. “¿Sabes lo que haces aquí?”, preguntó él, aunque lo que quería decir era: “¿Sabes lo que eres?”
Viñeta 3: El Río Jalatlaco
Ayenú lo llevó hasta el río. Era de noche, y la luna estaba encendida como un farol de plata. Gaspar sintió que caminaba como en un sueño, guiado por una fuerza que no comprendía. Las aguas del Jalatlaco susurraban, y en su murmullo se mezclaban voces en una lengua antigua, ininteligible pero familiar. “Escucha”, dijo ella, y Gaspar comprendió que la noche no era sólo un refugio: era un espejo que reflejaba lo que el día ocultaba.
Viñeta 4: La Transformación

En la orilla del río, Ayenú comenzó a cantar. Su voz era grave, profunda, como el eco de un tambor lejano que resonaba desde áfrica hasta la Nueva España. Gaspar, absorto, sintió que su piel se tensaba, que algo dentro de él se deshacía y recomponía. Cuando quiso hablar, no pudo: sus manos, acostumbradas al cuero, estaban ahora cubiertas de escamas doradas.
Ayenú lo miró con ternura y compasión. “Eres parte del río”, dijo. “Siempre lo has sido.” Entonces, lo empujó suavemente hacia el agua. Gaspar no luchó. Entró al río y desapareció en su corriente, dejando sólo un destello de luz bajo la luna.
Viñeta 5: El Amanecer en Jalatlaco
Al día siguiente, los vecinos encontraron el taller de Gaspar vacío. La piel que había estado extendida había desaparecido, y en su lugar había un rastro de agua que conducía al río. Ayenú también había desaparecido, pero algunos juraban haberla visto caminando por la Vieja Calle de Jalatlaco, con una mirada de quien sabe un secreto que nadie más comprenderá.
Desde entonces, dicen que en las noches de luna llena, si caminas por el río Jalatlaco, puedes escuchar un canto profundo y distante, y ver un destello dorado que cruza las aguas. Es Gaspar, el curtidor, convertido en parte del río que siempre lo llamó, guiado por la esclava que nunca fue esclava, sino la encarnación de un poder más antiguo que la misma ciudad.
Epílogo
En Oaxaca, la magia nunca muere; simplemente cambia de forma. Y en la Vieja Antequera, los secretos siempre encuentran una manera de volver a nosotros, ya sea en el susurro de un río o en el eco de un tambor africano que resuena entre las piedras. Este fue un apunte diario sobre letras hipnóticas.
Narrador Arturo Vásquez Urdiales, quien le invita a compartir esta columna.


