Narrador Arturo David Vásquez Urdiales.
17 de diciembre de 2024


Una historia Maya de actualidad relevante, una lección sobre la sociedad moderna y los hijos.

En los días de gloriosa decadencia de Ux Witz Naah (“Tres Colinas del Templo”), cuando los templos aún lanzaban sus sombras sobre las junglas y el canto de los sacerdotes resonaba entre las piedras, un anciano llamado Ah K’in Paat (“El Rostro del Sol”) se sentaba cada atardecer junto a una cerca de madera de chicle. Allí, bajo el imponente ceibo que los mayas llamaban Ya’axché, sostenía entre sus manos un tamal de maíz que ofrecía con reverencia a un ocelote viejo. Este ocelote no era un animal común; era el enviado de Balam Kab’ (“El Jaguar de la Tierra”), el dios que vigilaba los caminos ocultos de la selva y a quien los hombres reverenciaban con temor.

El ocelote, llamado Chak Balam (“Jaguar Rojo”), llegaba al anciano cada día al caer el sol. Era un ser imponente, con su pelaje marcado de manchas oscuras que parecían glifos perdidos, y ojos que reflejaban el fuego de los cielos al anochecer. Con una calma que solo los dioses otorgan, Chak Balam aceptaba el tamal, y entre ambos se tejía un ritual que trascendía palabras: un vínculo entre el hombre y la selva.

Sin embargo, un día, Ah K’in Paat no apareció en su lugar habitual. El Ya’axché estaba vacío, y Chak Balam esperó durante horas, moviéndose inquieto entre las raíces. Cuando los días se tornaron semanas, el ocelote decidió buscar al anciano. Atravesó los senderos ocultos entre los árboles sagrados, cruzó cenotes cristalinos y ascendió por caminos de piedra que llevaban a los templos olvidados. Finalmente, encontró una humilde choza a las afueras de Kan Witz K’uh (“Montaña Sagrada del Serpiente”). Allí, Ah K’in Paat yacía en un petate de henequén, debilitado, sus ojos hundidos como pozos oscuros.

Chak Balam, con su instinto divino, comenzó a buscar plantas medicinales en los alrededores. Trajo hojas de Sak Nikte’ (“Flor Blanca”), raíces de K’an Che’ (“Árbol Amarillo”) y otras hierbas sagradas conocidas por los sacerdotes. El anciano, con la poca fuerza que le quedaba, hirvió las hierbas en una vasija de barro, y durante días bebió el amargo brebaje, ganando algo de vitalidad. Pero el tiempo no se detiene ni para los hombres más piadosos, y Ah K’in Paat sabía que su fin estaba cerca.

Una tarde, cuando el cielo se teñía de rojo sobre los templos de Ux Witz Naah, los hijos del anciano llegaron a su lecho. Sus nombres eran Chak Ixik (“Mujer Roja”) y Hun Yich Nal (“Primogénito del Maíz”). No venían con palabras dulces ni ofrendas de cacao, sino con el ansia de heredar las tierras y el pequeño tesoro de jade y obsidiana que su padre guardaba. Ah K’in Paat los miró con los ojos cansados de quien comprende la ingratitud demasiado tarde.

Mientras los hijos discutían quién se quedaría con la choza y los terrenos, Chak Balam apareció en la entrada, su figura recortada contra la luz moribunda del sol. Avanzó con la solemnidad de un sacerdote y observó a los hijos con sus ojos ardientes. Hun Yich Nal, irritado por la presencia del felino, intentó ahuyentarlo, pero Chak Balam saltó hacia él con un rugido que sacudió las hojas del Ya’axché cercano. Sus garras dejaron un arañazo en la cara del hijo mayor, que retrocedió, gritando:

—¡Cría jaguares, y te devorarán el corazón!

Ah K’in Paat, desde su petate, levantó la mano temblorosa y respondió con voz grave, como si hablara desde el inframundo:

—Cría hijos sin alma, y te desgarrarán el espíritu. Este ocelote, enviado de Balam Kab’, me ha dado más en su silencio que ustedes en toda su ambición. Hombres vemos, corazones no sabemos.

Con esas palabras, el anciano cerró los ojos para siempre, mientras Chak Balam se tendía junto a su cuerpo, como un guardián eterno. Los hijos, avergonzados y temerosos de la ira del dios jaguar, abandonaron la choza y no volvieron jamás. El espíritu de Ah K’in Paat se elevó hacia las estrellas, hacia Ik’ K’uh (“El Dios del Viento”), mientras Chak Balam desaparecía en las sombras de la selva, donde aún se dice que vaga, custodiando los caminos de los hombres justos y castigando a los ingratos que olvidan las raíces de su corazón.

Narrador: Arturo David Vásquez Urdiales, quien le invita a compartir esta columna.

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