Oidor Arturo Vásquez Urdiales

15 de diciembre de 2024

Siempre nos han dicho que el Diablo es un hombre rojo, con cuernos, olor a azufre y una risita que te pone los pelos de punta. ¡Qué manera de engañarnos! Resulta que el Diablo no es como lo pintan.

Lo sé, porque lo conozco… y vive a unas calles de mi casa.

Pero aquí les va lo que nadie les dice: el Diablo no es hombre, ni rojo, ni vive en el Infierno. Es una mujer.

Y no cualquier mujer. El Diablo tiene piernas torneadas, un cabello que huele a champú caro (probablemente importado) y una mirada que podría derretir un iceberg.

Es morena, como una tarde de verano, y cuando pasa, uno siente que su alma se le desprende como un billete de veinte dólares en un viento huracanado.

No vive en el Infierno, pero su departamento tiene tantas velas aromáticas que uno podría confundirse.

Ella no te espera a que mueras para torturarte. ¡Qué va! ¿Para qué esperar? Su especialidad es torturar en vida, lentamente, con una maestría que haría llorar al mismísimo Dante Alighieri.

Tú empiezas a pecar desde el primer mensaje de “¿Qué haces?” que le mandas a las dos de la mañana.

Ella no te responde, pero cuando lo hace, usa emojis que te confunden más que un acertijo de Esfinge.

No malinterpreten, no es mala,(Es malísima). Pero tiene un don especial: hacerte sentir como el hombre más especial del mundo mientras te saca de tu cuenta bancaria hasta lo que no tienes.

Después te baja casas, carros, tranquilidad, ganas de vivir, a los hijos si tienes, te llena de reproches y si te apentontas terminas en un juzgado, con la narrativa contemporánea y peor jurídica eres el más malo de malolandia y no tienes ningún derecho a un juicio justo y menos a desahogar pruebas.

Si el Diablo compra tu alma, ella te vende la ilusión de que algún día serán algo… pero no lo serán…..solo eres un desgraciado objeto al que ordeñan hasta quitarte la vida, incluso.

La caída al infierno (que está en su sala)

Un sujeto empresario se confiesa:

La primera vez que la vi, supe que estaba perdido. Ella era ese tipo de mujer que uno no sabe si es una musa o un castigo divino. Tenía esa risa que te emboba, pero que esconde un susurro que dice: “cuidado”. Yo, por supuesto, ignoré las señales. Cuando me invitó a su casa (bueno, cuando me dejó pagarle el Uber), me dio un tour. “Aquí están mis plantas, aquí mis cristales… ¿Eres Acuario? ¡Sabía que eras Acuario!”—y ahí supe que ya no había vuelta atrás. Y al final, dijera otro empresario, ni con las gasolineras se conforman.

Nos sentamos en su sofá. Ahí estaban todas las víctimas anteriores: un cojín bordado con iniciales que no eran las mías y una guitarra que claramente no tocaba. Era un cementerio de esperanzas masculinas. Cuando me dio un té “para abrir mis chakras,” sentí que mi alma ya le pertenecía.

¿Cuantas víctimas pasaron por ese sofá

Con razón el genio de Don Mauricio Garcés les decía : arroz.

El arte de perderse.

Dicen que uno se pierde por una mujer de malos sentimientos. ¡Claro que sí! Pero ¿qué pasa si además es hermosa? Ahí es cuando de verdad estás en problemas. Porque si uno puede resistir a alguien que te grita, te ignora y te dice “no eres tú, soy yo”, ¿cómo se sobrevive a una que lo hace mientras te sonríe y usa un vestido rojo?

Es como si te dieran un postre delicioso y luego te recordaran que eres diabético. Ella no te hace pedazos de una vez, no. Te despacha con sutileza, como quien pela una cebolla capa por capa. Primero, el clásico “es que no estoy lista para algo serio”. Luego, el “eres un buen amigo, te quiero muchísimo”. Y cuando ya estás en la lona, te clava el último golpe: te publica en sus historias de Instagram con el título: “mi hermano”.

El hombre que sobrevive, el hombre siempre sobrevive.

Arriba los hombres, porque somos de acero… o al menos eso nos decimos.

Pero sobrevivir a un Diablo así requiere algo más que valentía. Requiere disciplina. Tienes que aprender a ignorar sus mensajes, aunque los mande a las 3 de la mañana con un “no puedo dormir, ¿y tú?”. Tienes que aprender a no caer cuando te dice: “Ven a mi casa, no más a platicar”.

Pero, sobre todo, tienes que entender que ella no es mala. (¿No?) Simplemente es como un huracán: te arrastra, te destroza y luego sigue su camino, dejando todo patas arriba. ¿Quién es el verdadero culpable aquí? Pues uno mismo, por andar pensando que uno es el elegido, el salvador, el hombre que la cambiará.

Reflexión final: el Diablo no es como lo pintan, es peor.

Al final, aprendí la lección: el Diablo no tiene cuernos, pero tiene tacones de aguja. No huele a azufre, pero sí a un perfume francés que jamás podré pronunciar. Y no vive en el Infierno, pero su cuenta de Instagram es, para muchos, un purgatorio eterno.

Así que, caballeros, si alguna vez conocen al Diablo, no intenten salvarse. Más bien, disfruten el infierno mientras dure… y asegúrense de no pagar su Spotify familiar.

De todas maneras te va a re chingar.

(Tomado de la red)

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