Narrador
Arturo Vásquez Urdiales
14 de octubre de 2024
El choque entre dos mundos en el México del siglo XVI no fue únicamente un enfrentamiento militar, religioso o cultural.
También fue una colisión de costumbres y olores. Entre las múltiples crónicas que narran el primer contacto entre los aztecas y los españoles, destaca una anécdota que, por su inusual carácter, es menos conocida pero profundamente reveladora: los aztecas recibieron a los conquistadores con incienso y ramos de flores, no como un gesto de reverencia, sino como un intento práctico de neutralizar el hedor que acompañaba a los recién llegados.
El copal y los aromas del imperio
En la sociedad mexica, el olor era una manifestación del orden y la pureza. El copalli —incienso elaborado a partir de la resina del árbol de copalquáhuitl— era un elemento indispensable en las ceremonias religiosas y en los rituales de limpieza espiritual.
Su humo perfumado ascendía hacia los dioses, purificando el espacio y ahuyentando los malos espíritus. Los mexicas, quienes veían el cuerpo como un templo, adoptaban estrictas prácticas de higiene: baños diarios en ríos, lagos o temazcales, exfoliaciones con hierbas, y el uso de flores y aceites aromáticos para perfumar su piel.
En contraste, los españoles llegaban tras meses en alta mar, confinados en carabelas insalubres, sin acceso al agua dulce suficiente para bañarse. La vida a bordo era una pesadilla olfativa: sudor rancio, excrementos humanos y la descomposición de alimentos y cuerpos formaban parte de su rutina. La higiene, más que un lujo, era una rareza en la Europa medieval.

Cuando las primeras expediciones desembarcaron en costas mesoamericanas, el hedor que las acompañaba resultó insoportable para los mexicas, quienes buscaron formas de mitigar la ofensa olfativa. Así nació el gesto que los españoles interpretaron como adoración: las nubes de incienso que los rodeaban y los pétalos que se les ofrecían eran, en realidad, una sutil declaración de asco.
El perfume como diplomacia cultural
El gran Moctezuma, conocedor del protocolo y las apariencias, sabía que no podía ofender directamente a estos extranjeros misteriosos. Así que desplegó el ceremonial más fastuoso del imperio para recibirlos, integrando los olores como una herramienta de diplomacia. Mientras los mexicas arrojaban flores aromáticas a los pies de los españoles, su gesto reflejaba tanto hospitalidad como la necesidad urgente de neutralizar su presencia. Este acto, registrado en diversas crónicas, muestra cómo los mexicas enfrentaron con creatividad un desafío cultural inesperado.
Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, menciona que “en todo lugar donde íbamos, había indios que nos daban ramos de flores y cosas de olor”. Fray Bernardino de Sahagún, por su parte, en el Códice Florentino, documenta que los mexicas “perfumaban el camino por donde los señores pasaban, y ofrecían sus mejores aromas para honrar a los que llegaban”. Sin embargo, ninguno de estos cronistas comprendió plenamente el motivo práctico detrás de esta práctica.
Los olores de la historia: una reflexión final
El uso del incienso y las flores como herramienta de higiene olfativa nos ofrece una perspectiva única del encuentro entre europeos y mexicas.
No se trataba únicamente de una cuestión de estética, sino de una necesidad casi visceral de adaptar la presencia extranjera a los estándares locales de limpieza y pureza.
Este gesto, aunque impregnado de ironía, ilustra cómo la cultura mexica buscó mantener su dignidad incluso frente a lo desconocido.
*Las crónicas novohispanas nos iluminan con fragmentos que confirman esta práctica. Fray Toribio de Benavente, mejor conocido como Motolinía, menciona en su *Historia de los indios de la Nueva España* cómo los mexicas eran “tan limpios y pulidos que aun en sus guerras llevaban consigo flores y hojas aromáticas”.
De manera similar, el cronista Diego Durán observa en su Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme que los mexicas “tenían por costumbre cubrir de aromas sus templos y sus personas, pues el buen olor era signo de respeto a sus dioses y a sus semejantes”.
Al final, este intercambio de olores nos recuerda que la historia no solo se escribe con espadas y palabras, sino también con perfumes y fragancias. Mientras el incienso quemaba bajo el cielo del Anáhuac, tal vez los mexicas no solo buscaban encubrir el hedor de los conquistadores, sino también mantener viva la esencia de su propia civilización.


