Omatidios
Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Semillas de girasol 🌻 del español en castellano
El lejano día en que el hombre creyó ver como una mosca
Por Arturo David Vásquez Urdiales
«La ignorancia rara vez permanece vacía; casi siempre la llena la imaginación.»
D.U.
Hay palabras que no nacieron para la poesía y, sin embargo, terminan habitándola.
Una de ellas es omatidio. Suena a laboratorio, a microscopio, a tratado de zoología. Parece una palabra incapaz de conmover.
Pero el idioma posee un extraño talento: toma los vocablos más técnicos y, cuando los coloca en las manos de la imaginación, los convierte en metáforas capaces de explicar el alma humana.
Nuestro querido Duende Urdiales, caminante del vertiginoso trayecto de la ñ, encontró esta palabra mientras recorría una vieja biblioteca donde convivían diccionarios de etimología, tratados de entomología y novelas olvidadas.
La sostuvo entre los dedos como quien encuentra una semilla diminuta. Sonrió. Sabía que aquellas ocho sílabas escondían una historia mucho más grande que una simple definición científica.
omatidio
La voz omatidio procede del griego ommatidion, diminutivo de omma, que significa «ojo».
Literalmente alude a un «ojito».
Cada uno de esos pequeños ojos constituye una unidad independiente que forma el inmenso mosaico visual de los insectos, de muchos crustáceos y de otros artrópodos.
Exactamente lo contrario al cíclope ahora famoso por la película basada en el clásico de Homero, materia de otra entrega en el basto mundo de la vertiginosa vereda del trayecto de la eñe.
Una mosca común puede reunir varios miles de omatidios, y cada uno aporta una diminuta parte de la realidad.
El cerebro del insecto une esas piezas hasta construir una imagen completa del mundo.

El Duende Urdiales contempló entonces una mosca posada sobre el borde de un viejo tintero.
Comprendió por qué resulta tan difícil atraparla. Mientras el ser humano apenas inicia el movimiento de la mano, la mosca ya ha percibido la sombra, la dirección del aire, la vibración y la velocidad del ataque.
Para ella, nuestros movimientos parecen desarrollarse con una lentitud casi teatral.
Entonces surgió la pregunta que da origen a esta semilla.
¿Y si el verdadero problema no fuera que los seres humanos vemos poco, sino que imaginamos demasiado?
La mosca posee miles de omatidios. Nosotros apenas dos ojos. Sin embargo, la mosca interpreta únicamente aquello que necesita para sobrevivir. El ser humano, en cambio, añade recuerdos, deseos, miedos, prejuicios, esperanzas y sospechas.
Donde la naturaleza ofrece unos cuantos datos, nuestra imaginación construye novelas completas.
Así nació el pensamiento transversal del Duende.
La ciencia enseña cómo funciona el ojo compuesto.
La filosofía pregunta cómo funciona la mirada interior.
La psicología explica por qué llenamos los vacíos con hipótesis.
La literatura convierte esas hipótesis en historias.
El idioma, silenciosamente, termina reuniendo todas esas disciplinas dentro de una sola palabra.
Eso también hace el español.
Es un enorme ojo compuesto construido durante siglos.
Cada palabra es un omatidio.
Ninguna basta por sí sola para comprender la realidad.
Pero juntas forman el inmenso mosaico de nuestra lengua.
Quizá por eso las palabras sobreviven más que los imperios.
Después apareció el pensamiento comparativo.
La mosca observa miles de pequeños fragmentos para descubrir un peligro real.
El ser humano observa apenas un saludo, un silencio, una llamada perdida o una sonrisa y, con frecuencia, imagina conspiraciones enteras.
Paradójicamente, quien posee menos información suele fabricar más certezas.
El Duende Urdiales anotó entonces una frase en su cuaderno rojo:
«La ignorancia rara vez permanece vacía; casi siempre la llena la imaginación.»
No es una condena contra la fantasía, que ha dado origen al arte, a la ciencia y a los grandes descubrimientos. Es simplemente un recordatorio de que la imaginación necesita caminar tomada de la mano de la evidencia. Cuando se separan, nacen los prejuicios, los rumores, los celos y muchas injusticias.
Llegó después el pensamiento utópico.
¿Cómo sería un mundo donde cada persona reconociera las limitaciones de su propia mirada?
Probablemente habría menos discusiones nacidas de malentendidos, menos condenas precipitadas y más preguntas antes de emitir un juicio.
La serenidad comenzaría allí donde termina la soberbia de creer que siempre vemos toda la verdad.
El Duende Urdiales siguió caminando por la vereda del vertiginoso trayecto de la ñ.
Saludó a una mariposa, observó el vuelo de una abeja y dejó que la pequeña mosca continuara su camino.
Comprendió que ninguna de ellas escribirá jamás un diccionario ni una novela. Esa tarea corresponde al ser humano.

Más al humano le alimenta las Diosas Flora y Fauna que son Diosas Romanas y no griegas, [Flora = Flos, y Fauna Ente supremo de la fertilidad = hermana, esposa y amante (depende de la situación) de Fauno.]
Pero precisamente porque escribimos historias debemos aprender a distinguir entre la realidad y las ficciones que inventamos para llenar nuestros propios vacíos.
Esa es, quizá, la verdadera enseñanza de la palabra de hoy.
Los omatidios no solo pertenecen a los insectos.
También nos recuerdan, por contraste, que nuestros dos ojos jamás bastarán para comprender completamente el mundo.
Por eso necesitamos la ciencia para conocer, la filosofía para reflexionar, la literatura para comprender al otro y la humildad para aceptar que ninguna mirada posee toda la verdad.
El Duende Urdiales cerró su cuaderno, acomodó su sombrero rojo y verde y sonrió una vez más.
Porque descubrió que las palabras, igual que los girasoles, siempre buscan la luz.
Y comprendió que la mejor manera de mirar no consiste en tener más ojos, sino en aprender a juzgar menos y entender más.
Así continúa, paso a paso, el vertiginoso trayecto de la ñ, sembrando palabras que, como diminutas semillas de girasol, algún día florecerán en la inteligencia, la prudencia y el corazón de sus lectores.
Muchas gracias
Arturo


