Apunte diario sobre letras Hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
I. El camino hacia el patíbulo
Para comprender el peso de la carta que Pedro Armendáriz envió a La Abeja Poblana, es necesario remontarse a los acontecimientos que llevaron a aquellos hombres al corral del hospital de Chihuahua.
La conjura y el Grito
Para 1810, el descontento contra el dominio español era profundo en la Nueva España. En la ciudad de Querétaro, un grupo de criollos ilustres —entre ellos el corregidor Miguel Domínguez y su esposa Josefa Ortiz— comenzó a conspirar para organizar un levantamiento armado. A este círculo se unieron figuras militares como el capitán Ignacio Allende y los hermanos Aldama, así como el párroco de Dolores, Miguel Hidalgo.
La conjura fue descubierta. En la madrugada del 16 de septiembre de 1810, Hidalgo, decidido a no esperar la captura, tocó las campanas de su parroquia y lanzó el llamado que pasaría a la historia como el Grito de Dolores. Allende y Aldama, que habían llegado a Dolores esa misma noche, se sumaron al movimiento.
La campaña insurgente y las primeras derrotas
El ejército insurgente, formado por miles de campesinos y mineros mal armados pero entusiastas, logró victorias iniciales: tomaron Guanajuato, Valladolid (hoy Morelia) y Toluca. Sin embargo, la inercia y la falta de disciplina comenzaron a pesar. Hidalgo tomó la controvertida decisión de no atacar la Ciudad de México tras la victoria en el Monte de las Cruces (30 de octubre de 1810). Poco después, el 7 de noviembre de 1810, las tropas realistas al mando de Félix María Calleja derrotaron a los insurgentes en la Batalla de Aculco.
La derrota fracturó el liderazgo insurgente. El 24 de enero de 1811, Allende y otros jefes destituyeron a Hidalgo como “generalísimo” y lo relegaron a un cargo secundario.
La traición en Acatita de Baján
Perseguidos por las tropas realistas, los principales caudillos insurgentes —Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez y otros— huyeron hacia el norte. El 21 de marzo de 1811, cerca del pueblo de Santa María de Guadalupe de Baján, en la frontera entre Coahuila y Texas, fueron traicionados y capturados por Ignacio Elizondo, un antiguo insurgente que había cambiado de bando.
Fueron trasladados a Chihuahua para ser juzgados.
Los juicios y las ejecuciones
En Chihuahua, un consejo de guerra presidido por el comandante general Manuel de Salcedo —y con Pedro Armendáriz como vocal de la Junta de Guerra— sentenció a muerte a los principales cabecillas.

El 26 de junio de 1811 fueron fusilados Ignacio Allende, Juan Aldama, José Mariano Jiménez y Manuel Santamaría. Hidalgo, por su condición de sacerdote, fue sometido primero a un proceso de degradación eclesiástica. El 30 de julio de 1811, a los 58 años, fue fusilado en el corral del hospital de Chihuahua.
Las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez fueron cortadas, saladas y enviadas a Guanajuato, donde fueron exhibidas en las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas como escarmiento.
II. La carta de Pedro Armendáriz
Once años después de aquellos hechos, cuando México ya era un país independiente, el periódico La Abeja Poblana —fundado en 1820 por Juan Nepomuceno Troncoso, el primer periódico de Puebla— publicó una carta que se convertiría en un testimonio excepcional.
El 29 de marzo de 1822, el periódico dio a conocer el escrito firmado por Pedro Armendáriz, fechado el 17 de febrero de 1822. Armendáriz, que en 1811 había sido teniente de presidio en Chihuahua y vocal de la Junta de Guerra —y, como él mismo confiesa, el “principal verdugo” que hacía pasar a los condenados “por las armas”—, escribió para desmentir los rumores que acusaban a los insurgentes de herejía.
A continuación, el texto íntegro de la carta:
«El año de ochocientos once, me hallaba en Chihuahua de ayudante de plaza del señor comandante general Salcedo; mi empleo era teniente de Presidio, comandante del Segundo Escuadrón de Caballería de Reserva, y vocal de la Junta de Guerra: como tal, sentencié entre otros a muerte, a los señores cura don Miguel Hidalgo y Costilla, D. Ignacio Allende, Aldama, Jiménez y Santamaría. Fui el testigo de la vista más inmediato de sus muertes, con motivo a que a mi cuidado se fiaron en capilla, hasta que como principal verdugo los hacía pasar por las armas.
Siempre he oído hablar con variación de dichos señores acerca de los últimos momentos de su vida en términos, que según los acriminan, han creído muchos que eran herejes, y para sacar de dudas digo: que el señor Hidalgo, luego que llegó a Chihuahua se puso preso con las seguridades necesarias en el cuartito número 1° del hospital; muy a menudo se confesaba, se condujo con la mayor resignación y modestia, hasta que llegó el día horroroso, en que hallándose en otro calabozo se sacó para ser degradado.
Salió con un garbo y entereza que admiró a todos los concurrentes, se presentó y arrodilló orando con cristiana devoción al frente del altar que estaba al lado derecho de la puerta de la botica; de allí con humildad, se fue donde estaba el juez eclesiástico, concluidos todos los pasos de la degradación, que con la misma humildad sufrió, se me entregó. Lo conduje a la capilla del mismo hospital, siendo ya las diez de la mañana, en donde se mantuvo orando en ratos, en otros reconciliándose, y en otros parlando con tanta entereza, que parecía no se le llegaba el fin a su vida, hasta las nueve de la mañana del siguiente día, que acompañado de algunos sacerdotes, doce soldados armados y yo, lo condujimos al corral del mismo hospital a un rincón donde lo esperaba el espantoso banquillo.
La marcha se hizo con todo silencio, no fue exhortado por ningún eclesiástico en atención a que lo iba haciendo por sí en un librito que llevaba en la derecha, y un crucifijo en la izquierda. Llegó como dije al banquillo, dio a un sacerdote el librito, y sin hablar palabra, por sí se sentó en el tal sitio, en el que fue atado con dos portafusiles de los molleros, y con una venda de los ojos contra el palo, teniendo el crucifijo en ambas manos, y la cara al frente de la tropa que distaba formada dos pasos, a tres de fondo y cuatro de frente.
Con arreglo a lo que previene le hizo fuego la primera fila, tres de las balas le dieron en el vientre, y la otra en un brazo que le quebró, el dolor lo hizo torcerse un poco el cuerpo, por lo que se zafó la venda de la cabeza y nos clavó aquellos hermosos ojos que tenía: en el tal estado hice descargar la segunda fila, que le dio toda en el vientre, estando prevenidos que le apuntasen al corazón; poco extremo hizo, solo sí se le rodaron unas lágrimas muy gruesas; aún se mantenía sin siquiera desmerecer en nada aquella hermosa vista, por lo que le hizo fuego la tercera fila que volvió a errar no sacando más fruto que haberle hecho pedazos el vientre y espalda, quizá sería porque los soldados temblaban como unos azogados.
En este caso tan apretado y lastimoso, hice que dos soldados le dispararan poniendo la boca de los cañones sobre el corazón, y fue con que se consiguió el fin. Luego se sacó a la plaza del frente del hospital, se puso una mesa a la derecha de la entrada de la puerta principal, y sobre ella una silla en la que lo sentaron para que lo viera el público que cuasi en lo general lloraban aunque sorbiéndose las lágrimas, después se metió adentro, le cortaron la cabeza que se saló, y el cuerpo se enterró en el campo santo.
Los cuatro siguientes señores nombrados murieron antes que el señor cura: fueron encapillados juntos en la misma capilla, y a mi cuidado estuvieron en ella veinticuatro horas, luego se condujeron atados de los molleros con los portafusiles hasta la plazuela que queda a espaldas del hospital dicho, en donde estaban los banquillos esperándolos; llegaron al frente de ellos según les había de tocar; el señor Allende luego que enfrentó al que debía ocupar, volvió la cara al campo, se levantó la venda que cubría los ojos, estuvo mirando toda la gente, se volvió a cubrir la vista, y se dirigió al banquillo en donde por sí se sentó. Los otros tres fueron sentados, y todos atados a los palos de los molleros con los portafusiles; a una par se les descargaron cuatro tiros a cada uno por la espalda, y fueron suficientes para que con igualdad murieran. A poco se quitaron los banquillos, se fueron tendiendo allí sobre una mesa excepto Santamaría, les quitaron las cabezas que después se salaron, y sus cuerpos se sepultaron en el campo santo, remitiendo con la cabeza del señor cura Hidalgo las otras a Guanajuato.

Los mencionados señores tuvieron excelentes preparaciones para morir confesándose muchas ocasiones, su resignación y entereza causaba admiración, principalmente cuando ya fueron encapillados. En las veinte y cuatro horas que duraron en ella fueron exhortados por ellos mismos en ratos en latín y en otros en castellano, tomaba uno la palabra, y así que se cansaba la tomaba otro y así sucesivamente las veinte y cuatro horas excepto el señor Allende que aun allí lo trataban los otros con el mayor respeto. Este último murió defendiendo por justa la Independencia, en términos que antes cuando se le tomaban su declaración, viéndose tan apretado por el fiscal, se vio en la necesidad por su defensa, de tomar la corta plumas de sobre la mesa y se tiró tres cortadas al vientre que no le rompieron el cuero. Jiménez solo encargaba a su mujer y un hijito; y Santamaría antes se había fingido loco por escapar la vida, pero después fue admirable su resignación y disposición.
Estos héroes son dignos de que se perpetúen en nuestras memorias, no sólo por los conocimientos que nos acarrearon con habernos mostrado el verdadero camino de la libertad, sino que según sus últimas demostraciones murieron tan cristianamente como los mejores cristianos, por cuyas virtudes sírvase V. interesarse a que por un monumento en Chihuahua sean eternizados.
V. dispense esta mi piadosa confianza, disponga de la buena voluntad de su afectísimo, atento, seguro servidor, y amigo que besa su mano.
Pedro Armendariz».
III. Reflexiones hipnóticas
Hay detalles en esta carta que estremecen y que invitan a una pausa, a una lectura hipnótica.
La mirada de Hidalgo. Armendáriz describe aquel momento en que la venda se zafa y Hidalgo “nos clavó aquellos hermosos ojos que tenía”. No es la descripción de un verdugo frío. Es el recuerdo imborrable de un hombre que, incluso en el umbral de la muerte, conservaba una presencia que sobrecogía a sus ejecutores. Esa mirada —”sin siquiera desmerecer en nada aquella hermosa vista”— persigue a Armendáriz once años después. No puede olvidarla.
Los soldados que tiemblan. La tercera fila “volvió a errar”. Armendáriz lo atribuye al miedo: “quizá sería porque los soldados temblaban como unos azogados”. Estos no eran verdugos profesionales ni sádicos; eran hombres que, ante aquella figura serena, perdían la puntería. El propio Armendáriz tiene que ordenar un tiro a quemarropa, “poniendo la boca de los cañones sobre el corazón”, para poner fin al suplicio.
El llanto del pueblo. Cuando exhiben el cuerpo de Hidalgo sentado en una silla, “el público que cuasi en lo general lloraban aunque sorbiéndose las lágrimas”. No hay júbilo. Hay un duelo contenido. El pueblo, al que Hidalgo había convocado con el Grito, presencia ahora su cadáver y llora en silencio.
La dignidad de los condenados. Armendáriz, que fue su carcelero y su verdugo, insiste en un punto: “murieron tan cristianamente como los mejores cristianos”. Los cuatro fusilados el 26 de junio pasaron veinticuatro horas en capilla “exhortados por ellos mismos en ratos en latín y en otros en castellano”. Allende, el militar, “murió defendiendo por justa la Independencia”. Hidalgo, el cura, se confesó “muy a menudo” y soportó la degradación eclesiástica “con la misma humildad”.

El verdugo que pide un monumento. Armendáriz termina su carta suplicando al editor que interceda para que “por un monumento en Chihuahua sean eternizados”. El hombre que los sentenció y los fusiló, el que cortó sus cabezas y las envió a Guanajuato, es el mismo que once años después pide que se les recuerde como héroes. La paradoja es brutal y humana.
Sobre el nombre del autor
El lector advierte con razón la curiosidad del nombre. Pedro Armendáriz comparte apellido con el famoso actor mexicano Pedro Armendáriz Hastings (1912-1963), protagonista de películas como Flor silvestre o La perla. No hay evidencia de un parentesco directo; es una coincidencia onomástica. Pero invita a imaginar: ¿qué actor podría encarnar hoy a ese verdugo arrepentido que, en una carta, confesó no solo cómo mató a los héroes, sino también cómo los admiró?
La carta de Armendáriz es un documento incómodo y fascinante. No es la historia oficial, ni la leyenda piadosa. Es el testimonio de un hombre que estuvo allí, que apretó el gatillo, que cortó cabezas, y que años después, cuando el viento soplaba a favor de la independencia, quiso dejar constancia de que aquellos a quienes ejecutó no eran herejes, sino cristianos; no eran traidores, sino héroes. Y al hacerlo, sin pretenderlo, se delató a sí mismo como un hombre atormentado por la memoria de unos ojos que no podía olvidar.
Gracias por leerme. Sigamos desenterrando estas letras hipnóticas, estas palabras que el tiempo no ha podido borrar.
Muy buenas noches.


