APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS
Semillas de girasol 🌻 del español en castellano
QUIMERA y MUXE
Capítulo II
Cotorramente… porque el español es así
Hay palabras que abandonan el diccionario para irse de fiesta.
Y si existe un lugar donde eso ocurre con absoluta naturalidad, ese lugar es Juchitán de Zaragoza, en el corazón del Istmo de Tehuantepec, Oaxaca.
Allí, cuando cae la noche, el idioma también cambia de vestido.
Porque el español es así.
Juega.
Se disfraza.
Coquetea.
Y, de pronto, aparecen las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro, una de las velas más célebres del Istmo, nacida en la década de 1970 y convertida hoy en un símbolo cultural de Oaxaca.
¿Y quiénes son las muxes?
La respuesta merece respeto y precisión.
La palabra muxe —pronunciada aproximadamente múshe— pertenece a la cultura zapoteca del Istmo y designa una identidad propia, profundamente arraigada en esa región. No equivale exactamente a las categorías occidentales de homosexualidad, travestismo o transgénero, pues responde a una tradición cultural con características propias y una larga historia.
En Juchitán no basta un diccionario para entender un muxe.
Hace falta caminar el mercado.
Escuchar el zapoteco.
Bailar un son istmeño.
Compartir el pan.
Y dejar que la cultura explique lo que las palabras, por sí solas, apenas alcanzan a insinuar.
Ahora bien…
Permítaseme una licencia literaria.
Porque Letras Hipnóticas también vive de las metáforas.

Cuando llega la noche juchiteca, cuando suenan las bandas, cuando florecen las velas y las calles se llenan de risas, lentejuelas, flores y música, parecería que algunas de aquellas intrépidas buscadoras del peligro se transforman…
No en monstruos.
Sino en quimeras.
Quimeras luminosas.
Criaturas imposibles que reúnen en un solo ser aquello que el mundo insiste en separar.
Masculino y femenino.
Tradición y modernidad.
Zapoteco y español.
Realidad y fantasía.
No porque lo sean literalmente.
Sino porque toda gran cultura produce sus propias quimeras: seres simbólicos capaces de romper las fronteras de nuestra imaginación.
Y entonces comprendemos que la palabra quimera ha encontrado una nueva residencia.
No en la antigua Grecia.
Sino entre los bordados de las tehuanas, el viento del Istmo y la alegría irreverente de Juchitán.
Porque el español es así.
Viaja.
Adopta costumbres.
Aprende nuevos acentos.
Y, de cuando en cuando, se permite la deliciosa travesura de convertir una noche de fiesta en una quimera.
Quizá por eso seguimos sembrando semillas de girasol.
Porque nunca sabemos cuál de ellas florecerá convertida en palabra…
…y cuál terminará bailando, bajo la luna del Istmo, vestida de quimera.


