APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS
Las semillas de girasol 🌻 del español en castellano
CASTRAR
POR Arturo Vásquez Urdiales
Cuando el Duende Urdiales castró… al perro equivocado

Hay palabras que llegan al diccionario por la puerta de la ciencia y terminan instalándose para siempre en el humor de la vida cotidiana. Una de ellas es castrar.
Procede del latín castrare, que significaba privar de las glándulas reproductoras a un animal para impedir su reproducción o modificar su comportamiento. El español conservó intacta esa voz durante siglos y hoy la Real Academia la define, en primer lugar, como la acción de extirpar o inutilizar los órganos sexuales de un animal o de una persona. Con el tiempo, el verbo adquirió también un sentido figurado: quitar fuerza, iniciativa, libertad o capacidad de desarrollo. Así decimos que una educación puede “castrar la creatividad” o que el miedo puede “castrar los sueños”.
Pero el Duende Urdiales sabe que las palabras también tienen sentido del humor.
Aquella mañana caminaba por la vereda del vertiginoso trayecto de la eñe acompañado de su inseparable ÑUX, el viejo gato filósofo del barrio. Aunque todos lo conocen cariñosamente como Copete, en realidad es el auténtico Sancho Panza del Duende. Lleva casi dos décadas siguiéndolo en aventuras, con esa mezcla de fidelidad, prudencia y despistes memorables que sólo poseen los grandes escuderos.
Quien haya contemplado la estatua de don Quijote y Sancho Panza en Alcalá de Henares comprenderá la comparación. Hay algo en el rostro sereno de Sancho que parece haber sido modelado tomando como ejemplo al mismísimo Copete.
Aquellos días el barrio vivía un pequeño drama canino.
Allí estaba el señor Sombra, un pug negro, travieso, conquistador incorregible y dueño de una energía amorosa que ya había dado suficientes dolores de cabeza.
También rondaba el Chino, un pequeño perrito blanco perteneciente a Liz, simpático, inquieto y completamente ajeno a los planes del Duende.
Y finalmente aparecía la señorita Osy, una elegante pastor australiano que acababa de entrar en su primer celo. Era demasiado joven para convertirse en madre y, naturalmente, los dos galanes del vecindario comenzaron una persecución digna de una ópera bufa.

El sábado, después de observar el espectáculo, el Duende llamó a Copete.
—Llévate al señor Sombra al veterinario. Ya llegó la hora de castrarlo.
—Sí, patrón.
El Duende quedó tranquilo.
Pero el domingo, al sentarse a desayunar, volvió a descubrir al señor Sombra persiguiendo alegremente a la señorita Osy.
Extrañado, llamó otra vez a Copete.
—¿Qué pasó? ¿No lo llevaste?
—Claro que sí.
—¿Entonces por qué sigue correteando a la pobre Osy?
Copete respondió con absoluta seguridad:
—Porque usted me dijo que llevara a castrar al Chino.
Hubo unos segundos de silencio.
El Duende miró hacia un rincón.
Allí estaba el pobre Chino.
Sentado.
Cabizbajo.
Con expresión de filósofo estoico que acaba de descubrir la fugacidad de las cosas humanas.
Entonces el Duende comprendió la magnitud del equívoco.
—¡Pero hombre! ¡El Chino no era! ¡Ese ni siquiera es nuestro! ¡Liz todavía quería cruzarlo antes de castrarlo! ¡El que había que llevar era al señor Sombra!
Copete bajó lentamente las orejas.
ÑUX desde una ventana, observaba la escena con esos ojos de gato que parecen contener toda la ironía del universo.
Y, según cuentan los girasoles del idioma, aquella tarde aprendió una nueva lección:
Las palabras no sólo deben oírse. También deben entenderse.
Porque una sílaba mal comprendida puede cambiar el destino de un perro… y convertir una simple instrucción veterinaria en una de las mejores anécdotas del barrio.
Desde entonces, cuando el Duende Urdiales explica la palabra castrar, ya no comienza con el latín.
Comienza señalando al señor Sombra, que finalmente sí fue castrado.
Luego mira al Chino, que todavía conserva intacta su dignidad… aunque jamás olvidará aquel viaje inesperado al veterinario.
Y Ñux el viejo gato caminante, sigue acompañando al Duende por la vereda del vertiginoso trayecto de la eñe, convencido de que las mejores palabras no nacen en los diccionarios.
Nacen en esas pequeñas equivocaciones que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en historias dignas de ser contadas.



