Apunte diario sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

La muerte de los grandes hombres casi nunca pone fin a las preguntas. Al contrario: suele inaugurarlas.

Así ocurrió con Benito Pablo Juárez García, quien murió la noche del 18 de julio de 1872, en una habitación del ala norte de Palacio Nacional. Desde entonces, durante más de siglo y medio, dos versiones han convivido en la memoria popular: la oficial, que habla de una enfermedad cardíaca; y la legendaria, que asegura que el Benemérito fue envenenado.

La historia tiene la obligación de distinguir entre los documentos y los rumores.

Los documentos muestran que Juárez llevaba casi dos años padeciendo graves problemas cardiovasculares. En octubre de 1870 sufrió una importante crisis de salud; en marzo de 1872 sus médicos diagnosticaron angina de pecho, y durante los meses siguientes presentó varios episodios de dolor intenso en el tórax, síncopes y una progresiva debilidad. El 18 de julio sufrió un nuevo ataque mientras trabajaba en Palacio Nacional. Aun así recibió ministros, despachó asuntos de gobierno y continuó dando instrucciones. Horas más tarde falleció. Hoy los cardiólogos consideran que aquella “angina de pecho” descrita por sus médicos corresponde muy probablemente a un infarto agudo del miocardio provocado por enfermedad coronaria.

Sin embargo…

Los rumores comenzaron casi inmediatamente.

¿Por qué?

Porque Juárez era quizá el hombre más poderoso y, al mismo tiempo, más odiado de México.

Había derrotado al Imperio de Maximiliano, enfrentado a conservadores, intervenido contra la Iglesia en las Leyes de Reforma, sobrevivido a guerras civiles, invasiones extranjeras y múltiples conspiraciones. Además, enfrentaba en 1872 la rebelión del Plan de la Noria encabezada por Porfirio Díaz.

En semejante ambiente político era inevitable que muchos se preguntaran:

¿Y si no murió de enfermedad?

El rumor del veneno empezó a transmitirse de generación en generación. Nunca faltó quien afirmara que había sido eliminado por enemigos políticos, por masones rivales, por conservadores, por militares o incluso por personajes cercanos al propio gobierno.

Pero aquí aparece una diferencia esencial entre la historia y la leyenda.

Hasta hoy no existe una sola prueba documental, médica, forense o testimonial contemporánea que demuestre un envenenamiento.

La Universidad Nacional Autónoma de México dedicó incluso un estudio específico al tema bajo un capítulo titulado “Infarto contra veneno”, donde analiza el origen de estas versiones y concluye que la hipótesis del envenenamiento pertenece al terreno del mito histórico y no al de la evidencia documental.

¿Por qué entonces sobrevivió esa versión?

Porque las grandes figuras generan grandes mitologías.

Se dijo que también fueron envenenados Alejandro Magno, Napoleón Bonaparte, Simón Bolívar y otros personajes universales. Muchas veces, cuando un líder muere en la cúspide del poder, la muerte natural parece insuficiente para explicar el vacío que deja.

El pueblo suele preferir el misterio.

El historiador, en cambio, está obligado a preferir las pruebas.

Los testimonios médicos describen con bastante precisión un cuadro clásico de insuficiencia coronaria: dolor opresivo en el pecho, crisis repetidas durante meses, pulso extremadamente lento, dificultad respiratoria y un desenlace compatible con un infarto masivo. Esas descripciones, reinterpretadas con la medicina actual, encajan razonablemente con una enfermedad cardíaca avanzada.

Eso no significa que todas las preguntas hayan desaparecido.

Significa únicamente que no existen evidencias sólidas que permitan afirmar un asesinato.

Y en historia, como en derecho, la ausencia de pruebas impide convertir una sospecha en un hecho.

La mañana del 19 de julio, los cañones comenzaron a anunciar la muerte del Presidente.

Durante varios días los disparos se repitieron regularmente.

Miles de mexicanos acudieron a Palacio Nacional para despedirlo.

El 23 de julio, acompañado por tropas que lo habían protegido durante la Intervención Francesa y seguido por una multitud inmensa, el féretro recorrió las calles hasta el Panteón de San Fernando.

Con aquel entierro terminaba una época.

Comenzaba otra.

Pocos días después Sebastián Lerdo de Tejada asumiría plenamente la presidencia; Porfirio Díaz suspendería la rebelión de La Noria; apenas cuatro años más tarde iniciaría el movimiento de Tuxtepec y, con él, el largo Porfiriato.

La muerte de Juárez no fue solamente el final de un hombre.

Fue el cierre del gran ciclo de la Reforma Liberal.

Quizá esa sea la verdadera enseñanza que deja esta historia.

Las leyendas tienen derecho a existir.

Las tradiciones orales enriquecen la memoria colectiva.

Pero cuando buscamos comprender el pasado debemos distinguir cuidadosamente entre aquello que se cuenta y aquello que puede demostrarse.

Porque la historia no necesita exageraciones para resultar fascinante.

Basta recordar que un niño zapoteco de Guelatao llegó a gobernar una nación invadida, derrotó a un imperio europeo, transformó las instituciones mexicanas y murió todavía ejerciendo la Presidencia de la República.

Eso, por sí solo, ya pertenece a la extraordinaria materia con la que se escriben los capítulos permanentes de la historia de México.

Previous articleLa Madre del Franquismo
Next articleJuárez: El Espejo Roto de México
Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Arturo David Vásquez Urdiales Zuazubiskar es notario público, abogado y escritor oaxaqueño. Fundador de la serie Apunte diario sobre letras Hipnóticas y autor de obras como Los siete ojos del gato negro y La piedra del tiempo, su estilo mezcla historia, mística, crítica social y visión futurista. Con más de 35 años de trayectoria jurídica, ha sido Consejero Jurídico del Estado de Oaxaca y hoy encabeza la Notaría Pública número 100. Su escritura explora los umbrales entre lo real y lo invisible. También es creador del idioma universal Zawki y promotor de la Fundación de Letras Hipnóticas AC.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here