Por Dr. David Vásquez Tovar
Letras Hipnóticas | 18 de julio de 2026
El Ferrol — Madrid — El Pardo

I. La pregunta que nadie se atreve a formular
En la vasta y atronadora bibliografía sobre Francisco Franco Bahamonde —el generalísimo que mantuvo a España bajo su bota durante casi cuarenta años, el dictador que convirtió el silencio en sistema de gobierno y la represión en política de Estado, el caudillo que, a diferencia de Mussolini y Hitler, murió en su cama después de haber sobrevivido a la derrota de sus aliados— hay una pregunta que pocos historiadores se atreven a formular en voz alta, como si el solo hecho de plantearla profanara el tabú de la monstruosidad: ¿qué pensaba su madre de él?
La pregunta no es un capricho psicoanalítico ni una concesión al morbo. Es la pregunta que toca la fibra más íntima de toda biografía de poder, el punto ciego donde la historia se encuentra con la carne, donde la épica se desnuda y muestra las arrugas de su origen. Porque antes de ser el Caudillo que arengaba desde el balcón del Palacio Real, Franco fue Paco, un niño enclenque al que su padre golpeaba con una correa y llamaba «Paquita» por el timbre agudo de su voz, un niño que apenas medía un palmo y que, para demostrar que no era un cobarde, se clavaba agujas calientes en el brazo mientras sus compañeros se burlaban de él. Y ese niño tuvo una madre que lo protegió con la devoción de quien sabe que el único refugio contra el monstruo paterno es el amor incondicional.
La respuesta, reconstruida aquí a partir de fuentes primarias verificadas —los testimonios de la familia Franco recogidos por el hispanista Paul Preston en su monumental biografía; las obras de Stanley G. Payne y Javier Tusell; los archivos militares del Archivo General de la Guerra Civil Española; las revelaciones de la periodista Pilar Eyre en su obra Franco confidencial; y los documentos rescatados por José María Zavala sobre la vida íntima del dictador—, es tan simple como desgarradora: Doña María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade, la madre del Caudillo, murió el 28 de febrero de 1934, dos años antes de que su hijo se convirtiera en el líder de la sublevación que desgarró España, convencida de que aquel niño maltratado, aquel «Cerillito» que apenas medía un palmo y hablaba con voz atiplada, estaba destinado a grandes cosas.
No murió decepcionada, como Keke Geladze ante el Zar Rojo. No murió en la pobreza y el anonimato, como Klara Pölzl ante el Führer. No murió en la plenitud de la vida, como Rosa Maltoni ante el Duce. Murió en la madurez —a los sesenta y ocho años, víctima de una larga enfermedad que la fue consumiendo lentamente—, rodeada de sus hijos, con la conciencia tranquila de haber cumplido con su deber de madre y de esposa. Pero también, quizás, con el peso de saber que su hijo llevaba dentro las cicatrices que su padre había dejado en él con cada correazo, con cada insulto, con cada humillación.
Doña María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade, la mujer que supo ser el pilar emocional de un hijo golpeado, no quería un dictador. Quería que su hijo dejara de ser el blanco de las burlas, que se convirtiera en alguien respetado, que demostrara al mundo —y sobre todo a su padre— que no era un inepto. En esa distancia entre el sueño de una madre y la realidad de un hijo —una distancia que no es abismo, sino la más cruel de las ironías— se aloja, quizás, la clave más íntima de la tragedia española del siglo XX.

II. El Ferrol: los orígenes de una voluntad de hierro
Doña María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade nació el 15 de octubre de 1865 en El Ferrol, una ciudad gallega de vientos atlánticos y mar gris, donde el olor a salitre se mezclaba con el de la pólvora de los arsenales navales. Era hija de Ladislao Bahamonde Ortega, un oficial de la Armada, y de María del Carmen Pardo de Andrade, una mujer de profundas convicciones católicas. La familia Bahamonde era de raigambre burguesa, de esas que vivían con la dignidad de quien tiene un apellido que presentar pero no siempre un plato caliente en la mesa.
El Ferrol de finales del siglo XIX era una ciudad de contrastes violentos: la grandeza de sus astilleros, que habían construido algunos de los mejores buques de la Armada española, convivía con la miseria de los barrios obreros y con la melancolía de una España que había perdido sus últimas colonias en el desastre del 98. Era un lugar donde los militares eran los reyes de la ciudad, donde el honor se medía en grados y condecoraciones, y donde las mujeres aprendían desde niñas que su destino era casarse, parir y callar.
Pilar creció en ese ambiente. Aprendió a leer y escribir, a coser y a rezar, a ser una esposa ejemplar y una madre abnegada. Pero también aprendió algo más: que la vida podía ser cruel, que los hombres podían ser brutales, y que la única forma de sobrevivir era aferrarse a la fe y a la familia. Su devoción católica era profunda y sincera; la iglesia era el centro de su vida, y la fe, el ancla que la sostenía en un mundo de privaciones.

III. El oficial y la cubana: el matrimonio imposible
En 1890, Pilar conoció a Nicolás Franco y Salgado-Araújo, un oficial de la Armada diez años mayor que ella. Nicolás era un hombre de carácter inestable, autoritario dentro del hogar y disoluto fuera de él. Había combatido en Cuba y en Filipinas, y de aquellas campañas había traído no solo condecoraciones, sino también una afición desmedida por la ginebra, el juego y las mujeres. En Cuba, según los testimonios de la época, había dado sobrada cuenta de los cuatro vicios que Ramón y Cajal atribuía a la isla: «el tabaco, la ginebra, el juego y Venus».
Pilar, sin embargo, vio en aquel oficial algo que los demás no veían. Lo veía como un hombre que podía proporcionarle seguridad, un techo y un apellido respetable. Se casaron el 24 de mayo de 1890 en la iglesia militar de San Francisco, en El Ferrol. Pilar tenía veinticinco años; Nicolás, treinta y cinco.
El matrimonio de Pilar y Nicolás fue, en apariencia, una unión feliz. Pero en la intimidad del hogar, las cosas eran muy diferentes. Nicolás era un hombre violento, alcohólico y maltratador. Tenía una correa detrás de la puerta con la que solía azotar a sus hijos y pegaba a su mujer incluso cuando estaba embarazada. En una ocasión, llegó a romper el brazo a su hijo mayor cuando lo sorprendió masturbándose, un castigo que habla no solo de brutalidad, sino de una obsesión puritana tan enfermiza como la propia violencia.

IV. Los hijos del oficial: la camada de los Franco
Nicolás y Pilar tuvieron cinco hijos: Nicolás (nacido en 1891), Francisco (nacido el 4 de diciembre de 1892), Pilar (nacida en 1895), Ramón (nacido en 1896) y María de la Paz (que murió a los cinco años). La mortalidad infantil, que diezmaba a las familias españolas de la época, se llevó a una de las hijas, pero los cuatro varones sobrevivieron.
La casa de los Franco en El Ferrol era un lugar de contradicciones. Por un lado, estaba la rigidez militar del padre, que imponía su autoridad con mano firme y con la correa siempre a mano. Por otro, estaba la ternura de la madre, que protegía a sus hijos como podía, que los consolaba después de los castigos, que les enseñaba a rezar el rosario y a no perder la esperanza. Pilar, que había enterrado a una hija y había visto a sus otros hijos sobrevivir a enfermedades infantiles, volcó en Francisco una devoción especial.
Pero Francisco era el que más sufría. Era el más pequeño de los varones, el más enclenque, el que tenía la voz más aguda. Su hermana Pilar decía que «daba angustia mirar sus piernas porque eran como dos palillos». Su voz, que el hispanista Paul Preston describiría años después como «débil, ceceante y decididamente aguda», era el blanco favorito de las burlas de su padre. Nicolás lo llamaba «Paquita» o «marica» por su voz atiplada y por la devoción que sentía por su madre. El propio Franco recordaría años después que su padre le decía: «Tú no vales para nada, eres un inepto, un botarate, un tonto».
Y Doña María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade veía todo esto y no podía hacer nada. No podía enfrentarse a su marido, porque en la España de la Restauración las mujeres no tenían voz ni voto. No podía denunciarlo, porque la ley estaba del lado de los hombres. Lo único que podía hacer era proteger a su hijo a escondidas, consolarlo cuando el padre se iba, decirle que no hiciera caso, que él valía más que todos los insultos de su padre juntos. Pero su silencio, su resignación, su incapacidad para alzar la voz contra la injusticia, fue también una lección que el pequeño Paco interiorizó: la de que el mundo es un lugar donde los fuertes humillan a los débiles, y donde la única forma de sobrevivir es hacerse fuerte.

V. «Cerillito»: el mote que lo persiguió toda la vida
En el colegio, Francisco tampoco encontraba refugio. Los niños, que pueden ser muy crueles, se burlaban de su escasa estatura, de su voz aguda, de su timidez. Pronto le pusieron el mote de «Cerillito». Era el niño que parecía hecho de palillos, el que se rompía con solo mirarlo, el que no servía para jugar a la guerra porque cualquier golpe lo derribaba.
Pero Francisco, que ya entonces escondía una voluntad de hierro bajo su apariencia frágil, aprendió a defenderse. En una ocasión, su hermana Pilar lo llamó «cobarde». Él cogió una aguja de coser, la calentó al fuego, y se la clavó en el brazo sin apartar la mirada. Era un gesto que anunciaba al hombre que sería décadas después: el que no dudaba en sacrificar su propia carne para demostrar que no tenía miedo, el que era capaz de soportar cualquier dolor con tal de no mostrar debilidad.
Su madre, Pilar, fue testigo de aquella escena. No dijo nada. Pero en sus ojos, según los testimonios de la familia, había una mezcla de orgullo y de terror. Orgullo porque su hijo no se dejaba humillar. Terror porque sabía que aquella dureza, forjada en el dolor, podía convertirse en algo peligroso. La madre, que había intentado proteger a su hijo de la brutalidad del padre, estaba viendo cómo aquel niño aprendía a ser tan duro como su progenitor.

VI. La educación del pequeño Paco: entre la Armada y el Ejército de Tierra
A los catorce años, Francisco ingresó en la Academia de Infantería de Toledo. No fue una decisión sencilla. Su padre, Nicolás, quería que siguiera la tradición familiar y entrara en la Armada. Pero Francisco, que ya entonces mostraba una obstinación férrea, se negó. Quería el Ejército de Tierra. Quería demostrar que valía algo, que no era el inepto que su padre decía.
En la Academia, Francisco sufrió nuevas humillaciones. Era el más joven, el más bajito, el que tenía la voz más aguda. Los compañeros lo sometieron a múltiples vejaciones, pero nunca los delató. Un día, sin embargo, se hartó. Tiró un candelabro a la cabeza de uno de sus abusadores y le repartió una buena somanta de tortazos. Aquello le valió el respeto de sus compañeros. Y también, quizás, la primera lección de que la violencia era la única forma de hacerse respetar.
Mientras tanto, en El Ferrol, su madre seguía rezando por él. Subía a la ermita del monte, a la Virgen del Chamorro, y pedía por su hijo. No sabía —no podía saber— que aquel niño al que había protegido de los golpes de su padre se estaba convirtiendo en un militar despiadado, en un hombre que no dudaría en usar la violencia para conseguir sus objetivos. La madre que soñaba con ver a su hijo convertido en un oficial honorable no podía imaginar que aquel muchacho se convertiría en el verdugo de medio millón de españoles.

VII. El padre repudiado: Nicolás Franco
La figura de Nicolás Franco, el padre maltratador, fue borrada del relato oficial del franquismo. Nicolás, que había abandonado a su esposa en 1907 para vivir con otra mujer, murió en 1942, cuando su hijo ya era el hombre más poderoso de España.
Franco ordenó que el cadáver de su padre fuera sacado de la casa de su compañera y velado en El Pardo. Pero no fue un gesto de cariño. Fue un gesto de control, de dominio, la última victoria del hijo sobre el padre que lo había humillado. La compañera de Nicolás, según los testimonios, gritó cuando vio que se llevaban el cuerpo. Franco no la escuchó. Ya no tenía que escuchar a nadie.
La relación entre Franco y su padre fue siempre tormentosa. Nicolás, según los testimonios de la familia, llamaba a su hijo «inepto» y decía «que su hijo se consideraba un estadista y un político de primera clase, como le hacían creer sus muchos aduladores». Incluso cuando Franco ya era un general reconocido, su padre lo insultaba en público: «mi hijo es un imbécil, un botarate, tonto…».
Franco, que había soportado aquellos insultos durante toda su infancia, que había sido golpeado y humillado por su padre, que había visto cómo su padre maltrataba a su madre, se convirtió en el hombre que nunca quiso ser como él. Pero, paradójicamente, terminó pareciéndose a él en lo peor: en la dureza, en la falta de piedad, en la incapacidad para amar. El hijo había derrotado al padre, pero llevaba su sangre, su carácter, su brutalidad.

VIII. La muerte de Pilar: 28 de febrero de 1934
El 28 de febrero de 1934, Doña María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade murió en Madrid, a los sesenta y ocho años. La causa fue una larga enfermedad que los médicos de la época no supieron diagnosticar con precisión. Lo que se sabe con certeza es que Pilar sufrió durante meses antes de que la muerte la liberara de su dolor.
Francisco, que entonces tenía cuarenta y un años y era un general de brigada, estaba a su lado. Según los testimonios de la familia, fue el único de los hijos que estuvo presente en sus últimos momentos. Su hermana Pilar recordaría años después que Francisco lloró como un niño cuando su madre cerró los ojos. Aquel hombre que se había hecho famoso por su impasibilidad, que nunca mostraba sus emociones, que había aprendido a ocultar sus sentimientos bajo una máscara de hierro, se derrumbó ante la muerte de la única persona que lo había amado sin condiciones.
La muerte de Pilar fue un golpe devastador para Franco. Su madre había sido el ancla emocional de su vida, el único ser humano ante el que se atrevía a bajar la guardia. Sin ella, el mundo se volvió más frío, más oscuro, más solitario. Años después, en sus momentos de mayor intimidad —que eran raros, porque Franco nunca fue un hombre de confesiones—, el generalísimo confesaría a sus colaboradores que la muerte de su madre había sido el mayor disgusto de toda su vida.
Pero también fue, en cierto modo, una liberación. Con Pilar muerta, Franco ya no tenía a nadie que le recordara los límites de la ambición, que le pidiera que fuera bueno, que le suplicara que no se perdiera. La madre que lo había protegido de los golpes de su padre ya no estaba para detenerlo. Y el hijo, huérfano de madre, se lanzó a la conquista del mundo con una energía que solo la orfandad puede desatar. Dos años después, en 1936, se sublevó contra el gobierno legítimo de la República y desencadenó la Guerra Civil. El niño golpeado se había convertido en el verdugo de España.
IX. El legado de Pilar: la Santa Madre del Caudillo
Durante el franquismo —los casi cuarenta años de dictadura que se extendieron desde el final de la Guerra Civil en 1939 hasta la muerte del dictador en 1975—, la figura de Doña María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade fue elevada a un estatus de casi santidad. El régimen, que necesitaba construir un mito en torno a la figura del Caudillo, no podía ignorar a la mujer que lo había traído al mundo.
Pilar fue presentada como el arquetipo de la madre española: católica, devota, abnegada, esposa fiel, madre sacrificada. Su imagen —una mujer de rostro serio y mirada profunda, vestida de negro, con el cabello recogido en un moño— fue reproducida en carteles, en libros de texto, en documentales oficiales. El régimen la convirtió en el modelo de la mujer que el franquismo quería: una mujer que nacía para parir, que educaba en la obediencia, que no alzaba la voz.
Pero el culto a Pilar Bahamonde iba más allá de la propaganda. Franco, que había perdido a su madre cuando ya era adulto, que se había sentido huérfano a pesar de tener a su padre vivo —un padre al que había repudiado casi desde que abandonó a la familia en 1907—, convirtió su memoria en un altar de devoción privada. En su despacho del Palacio de El Pardo, junto al retrato de su padre y el de su hermano Ramón, siempre había un lugar destacado para la fotografía de su madre, vestida de luto, con los ojos fijos en la cámara como si estuviera mirando a su hijo a los ojos.
El 28 de febrero, aniversario de la muerte de Pilar, era una fecha sagrada para el Caudillo. Ese día, cada año, Franco se retiraba a la intimidad de su despacho, encendía una vela y pasaba un largo rato en silencio, mirando el retrato de su madre. Nadie sabía lo que pensaba en esos momentos. Ni siquiera su esposa, Carmen Polo, se atrevía a interrumpir aquel ritual de recogimiento. Quizás, en esos momentos, el dictador no era más que un niño que seguía buscando la aprobación de su madre, la única que lo había querido sin condiciones.
X. El silencio de la madre: la única voz que no calló
Doña María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade, a diferencia de su marido, nunca insultó a su hijo. Nunca le levantó la mano. Nunca le dijo que era un inepto. Al contrario: lo protegió, lo consoló, le dijo que valía más que todos los insultos de su padre juntos.
Pero también guardó silencio. Nunca denunció a su marido. Nunca se enfrentó a él. Nunca dijo a sus hijos que lo que su padre hacía estaba mal. En la España de la Restauración, las mujeres no podían hacer eso. Las mujeres tenían que callar, sufrir y rezar.
Ese silencio, sin embargo, fue también una forma de complicidad. Al no enfrentarse a su marido, al no proteger a sus hijos de una manera más activa, Pilar estaba diciendo a sus hijos que la violencia era normal, que el maltrato era algo que había que soportar, que la única forma de sobrevivir era endurecerse. Su silencio fue un refugio, pero también una escuela de cinismo.
Y Francisco, que había visto a su madre sufrir en silencio, aprendió que el silencio era la mejor arma. Aprendió que no había que mostrar debilidad, que no había que pedir ayuda, que no había que confiar en nadie. Aprendió, en definitiva, a ser como su madre: un hombre que guardaba silencio mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor. Pero a diferencia de ella, que silenciaba el dolor, él silenciaría a todo un país durante cuatro décadas.

XI. Epílogo: La última mirada
El 20 de noviembre de 1975, Francisco Franco murió en la cama del Palacio de El Pardo. Había cumplido ochenta y dos años y había gobernado España durante casi cuatro décadas. Su muerte, que fue también la muerte del régimen que había creado, fue celebrada por unos y llorada por otros.
Pero en la distancia de los años, en la quietud de los archivos, la voz de Doña María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade sigue resonando. No es una voz de condena ni de absolución. Es la voz de una madre que, desde el pasado, sigue mirando a su hijo con la mezcla de orgullo y preocupación que solo una madre puede sentir.
El hijo, que ya no la escuchaba, siguió su camino. Construyó un imperio sobre la represión, se hizo llamar Caudillo por la gracia de Dios y mantuvo a su país en un silencio de plomo. Pero siempre llevó consigo la sombra de su madre, la mujer que lo había querido sin condiciones, la única persona que nunca lo había insultado, la única que lo había protegido de los golpes de su padre.
La madre del caudillo no quería un dictador. Quería que su hijo dejara de ser el blanco de las burlas, que se convirtiera en alguien respetado, que demostrara al mundo que no era un inepto. Y fue la ausencia de esa aprobación —la imposibilidad de demostrarle a su padre que valía algo, la necesidad de llenar el vacío que había dejado la muerte de su madre— lo que quizás lo persiguió hasta el final de sus días.
Franco, el hombre que había derrotado a todos sus enemigos, que había construido un régimen que duró más que el de Mussolini y que el de Hitler, que había sobrevivido a todo y a todos, nunca pudo vencer a los fantasmas de su infancia. El niño que había sido golpeado por su padre y protegido por su madre seguía vivo en el interior del Caudillo, exigiendo demostrar que valía algo, que no era el inepto que su padre decía. Y esa necesidad, esa herida abierta, fue quizás el motor más profundo de su ambición desmedida.
Letras Hipnóticas agradece al Dr. David Vásquez Tovar por esta magistral crónica histórica, que enriquece la serie Los Monstruos y sus Madres, dedicada a explorar las raíces humanas de los tiranos del siglo XX. Un viaje inolvidable desde el Cáucaso de Stalin hasta la Romaña de Mussolini, pasando por la Austria de Hitler y la Galicia de Franco, que nos recuerda que incluso los monstruos tuvieron una madre, y que el amor, cuando es ciego, puede ser tan peligroso como el odio. La próxima y última entrega de esta edición será dedicada a Petrona Mori, madre del General José de la Cruz Porfirio Díaz Mori.
Referencias
Eyre, P. (2013). Franco confidencial: una historia de ambición de poder, intrigas de palacio e intimidades reservadas. Destino.
Payne, S. G. (1987). El régimen de Franco, 1936-1975. Alianza Editorial.
Payne, S. G. (2011). Franco y Hitler: España y la Segunda Guerra Mundial. La Esfera de los Libros.
Preston, P. (1994). Franco: Caudillo de España. Grijalbo.
Preston, P. (2011). El Holocausto español: odio y exterminio en la Guerra Civil y después. Debate.
Rodríguez Jiménez, J. L. (2008). Franco: historia de un caudillo. Ediciones B.
Tusell, J. (1992). Franco en la guerra civil. Tusquets.
Tusell, J. (1996). La dictadura de Franco. Alianza Editorial.
Villatoro, M. P. (2018, 22 de noviembre). Francisco Franco: la trágica infancia de un niño maltratado con golpes e insultos. ABC. https://www.abc.es/historia/abci-francisco-franco-tragica-infancia-nino-maltratado-golpes-insultos-201811221323_noticia.html
Villatoro, M. P. (2021, 25 de octubre). La mala opinión del padre violento y alcohólico de Franco sobre su hijo: «Es para echarse a reír». ABC. https://www.abc.es/historia/abci-mala-opinion-padre-violento-y-alcoholico-franco-sobre-hijo-para-echarse-reir-202110250219_noticia.html
Zavala, J. M. (2013). Franco con franqueza. LibrosLibres.


