Evolución, antropología y el eterno descubrimiento de Dios
Apunte diario sobre letras Hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
En una publicación leí la siguiente cita, que me parece indigna del pensamiento moderno, Pero diga de un profundo análisis científico y filósofico.
Se refiere a Dios y a la Ciencia:
Dice así:
En la religión nos han contado una historia que, aunque suena reconfortante, se queda peligrosamente pequeña frente a la realidad de nuestra existencia. Nos han dicho que nuestra historia, como humanidad, comenzó hace apenas unos 6,000 años en un jardín llamado Edén. Nos han enseñado que, de un solo hombre y una sola mujer, nació todo el mal, toda la angustia y una supuesta ‘naturaleza caída’ que nos persigue desde el primer día.
Pero, ¿qué sucede cuando miramos lo que la tierra tiene para decirnos? Cuando dejamos de lado el dogma y nos atrevemos a mirar la evidencia, nos encontramos con una historia infinitamente más grande, más antigua y, a mi parecer, mucho más fascinante.
Hoy sabemos, gracias al rastro que dejaron nuestros antepasados, que la humanidad tiene cerca de 300,000 años de caminar sobre este planeta. Mucho antes de que se escribiera el primer versículo de la Biblia, ya existían seres humanos. Existieron los neandertales, nuestros primos con los que compartimos la vida y el fuego; existió el hombre de Cromañón, un artista que llenó las cuevas con la luz de su creatividad. Ellos vivieron, amaron, sufrieron y murieron mucho antes de que surgiera siquiera la idea de un Adán y una Eva.
Piensen en el templo de Göbekli Tepe, en la actual Turquía. Ese lugar, construido con una precisión que nos maravilla, tiene cerca de 11,500 años. Eso significa que, miles de años antes de que el relato del Edén fuera siquiera imaginado, ya había seres humanos organizándose, construyendo grandes monumentos y buscando sentido al universo.
Entonces, ¿dónde queda el ‘pecado original’? Si no hubo un Adán y una Eva, si no hubo un momento exacto en el tiempo donde el ser humano ‘cayó’ de la gracia, toda esa estructura de culpabilidad se desmorona. No heredamos una mancha desde el inicio de los tiempos; lo que hemos heredado es un largo camino de evolución, de lucha por sobrevivir, de aprender a convivir y de intentar ser mejores cada día.
El pecado original es una idea que nos encadena a la culpa, que nos hace sentir rotos desde antes de empezar. Pero la verdad es otra: somos una especie que ha caminado mucho, que ha aprendido mucho y que, en lugar de estar huyendo de una supuesta caída, estamos en un proceso continuo de crecimiento.
No somos una creación estática de hace unos pocos milenios; somos el resultado de un viaje épico de cientos de miles de años. No necesitamos un mito para explicar por qué a veces nos equivocamos; somos humanos, aprendiendo a ser humanos en un mundo que no nos fue regalado, sino que nosotros hemos ido comprendiendo paso a paso. Es momento de dejar de sentirnos culpables por una historia que nunca ocurrió, y empezar a valorar la historia real, la de nuestros ancestros, que con esfuerzo, arte y comunidad, pavimentaron el camino para que hoy estemos aquí, cuestionando y buscando la verdad.
-Osmin Zaldaña
Fin de la cita
Es un enigma que quiso decir exactamente.
Más una disertación sería, filosófica y científica debe concluir acerca de la seriedad de los conceptos expuestos y reducidos.
Planteamiento del problema.
La discusión entre ciencia y religión suele presentarse como si ambas fueran dos ejércitos destinados a destruirse mutuamente. Cada nuevo descubrimiento paleoantropológico parece anunciar, para algunos, el fin de la fe; mientras que determinados sectores religiosos responden negando o minimizando la evidencia científica. Ambas posturas parten de un mismo error: suponer que ciencia y religión intentan responder exactamente las mismas preguntas. No es así. La ciencia investiga los mecanismos mediante los cuales ocurre la realidad; la filosofía examina los fundamentos racionales del ser; la teología reflexiona sobre el sentido último de la existencia. Son niveles distintos del conocimiento y, precisamente por ello, pueden dialogar sin excluirse.
Racionalización.
Hoy sabemos con razonable certeza que Homo sapiens apareció en África hace aproximadamente trescientos mil años. Antes de él existieron numerosas especies de homínidos, como Australopithecus afarensis, Homo habilis, Homo erectus, Homo heidelbergensis, los neandertales y los denisovanos. La genética, la paleontología y la arqueología han reconstruido una historia evolutiva extraordinariamente compleja que ningún pensador serio debería ignorar. Sin embargo, aceptar esa historia biológica no obliga a concluir que Dios sea una ilusión. La evolución describe el proceso mediante el cual la vida adquiere complejidad; no responde a la cuestión filosófica de por qué existe un universo capaz de producir vida, conciencia, libertad y pensamiento.
Conciencia científica.
Charles Darwin revolucionó nuestra comprensión del origen de las especies, pero nunca afirmó haber demostrado la inexistencia de Dios.
Décadas después, el sacerdote y paleontólogo Pierre Teilhard de Chardin propuso una lectura profundamente sugerente: la evolución podía entenderse como el despliegue dinámico de la creación. Para Teilhard, el universo no era una maquinaria ciega, sino una realidad orientada hacia niveles crecientes de complejidad y conciencia hasta alcanzar el llamado Punto Omega, donde la inteligencia, el amor y la plenitud convergen. Independientemente de que se compartan o no sus conclusiones teológicas, su pensamiento demuestra que la teoría evolutiva y la fe pueden dialogar fecundamente.
Algo semejante sostuvieron científicos contemporáneos de enorme prestigio. Georges Lemaître, formulador de la teoría del átomo primitivo que dio origen al modelo del Big Bang, insistió siempre en que la cosmología no podía utilizarse ni para probar ni para negar la existencia de Dios. Francis Collins, director del Proyecto Genoma Humano, escribió que cuanto más comprendía la elegancia del ADN, mayor era su admiración por el orden de la naturaleza. John Polkinghorne, físico de partículas y sacerdote anglicano, sostuvo que la ciencia explica admirablemente el funcionamiento del universo, mientras que la religión intenta comprender su significado. Ninguno de ellos confundió los límites propios de cada disciplina.
Estos grandes científicos, el desarrollador del Punto Omega, el del modelo del Big Bang, y el del desarrollo del Genoma Humano, y la elegancia del ADN, son Sacerdotes. Hoy la ciencia no se explica sin ellos. La explicación del Universo se observa desde la gran explosión del Big Bang, la incógnita del hombre se empieza a entender desde el Genoma Humano. Estos grandes conocimientos se otorgan gracias a científicos que son sacerdotes. No hay divorcio pues .
La discusión sobre Adán y Eva suele padecer el mismo reduccionismo. Interpretar el Génesis exclusivamente como una crónica biológica significa ignorar siglos de reflexión filosófica y teológica.
San Agustín ya advertía que los textos bíblicos emplean un lenguaje simbólico para expresar verdades profundas acerca del ser humano. Santo Tomás de Aquino desarrolló una visión semejante al afirmar que la razón y la revelación no pueden contradecirse porque ambas proceden, en último término, de la misma verdad. Desde esta perspectiva, el relato del Edén no pretende explicar la aparición del carbono, de los cromosomas o de los homínidos, sino expresar una intuición permanente sobre la libertad humana: el hombre posee la capacidad de elegir el bien o el mal y, precisamente por ello, es responsable de sus actos.
La antropología contemporánea ofrece elementos igualmente reveladores. Alexis Carrel, premio Nobel de Medicina y autor de La incógnita del hombre, advertía que el ser humano constituye una realidad demasiado compleja para ser comprendida únicamente desde la biología. Somos organismos vivos, pero también inteligencia, afectividad, conciencia moral, creatividad y apertura espiritual. Reducir al hombre a una suma de procesos químicos equivale a estudiar una sinfonía analizando exclusivamente la composición molecular del papel donde fue escrita la partitura.
Desmond Morris, en El mono desnudo y posteriormente en El zoo humano, mostró con brillantez la continuidad evolutiva entre el hombre y los demás primates. Conservamos impulsos territoriales, competitivos y reproductivos heredados de millones de años de evolución. Sin embargo, el propio Morris reconocía que la cultura transforma radicalmente esos impulsos. Ningún chimpancé escribe poesía, funda universidades, promulga constituciones o construye catedrales.
La evolución explica el cerebro; todavía debemos explicar por qué ese cerebro comenzó a preguntarse por el infinito, por la justicia y por el sentido de la muerte.
Yuval Noah Harari, en De animales a dioses, sostiene que la singularidad del Homo sapiens reside en su capacidad para crear órdenes imaginados compartidos: religiones, Estados, dinero, leyes y derechos.
Su observación resulta extraordinariamente valiosa porque pone de manifiesto la importancia del lenguaje simbólico en la construcción de las civilizaciones. Sin embargo, la tesis deja abierta una cuestión aún más profunda: ¿por qué precisamente el ser humano desarrolló esa capacidad simbólica? ¿Por qué todas las grandes culturas conocidas, desde Göbekli Tepe hasta Teotihuacán, desde Egipto hasta los Andes, elaboraron alguna forma de experiencia religiosa? La arqueología demuestra que los dioses cambian de nombre; la antropología demuestra que la búsqueda de trascendencia permanece.
Mircea Eliade denominó al hombre Homo religiosus porque observó que la experiencia de lo sagrado constituye una constante histórica de la humanidad.
No existe una civilización compleja completamente ajena a alguna forma de apertura hacia lo trascendente. Ese dato no demuestra científicamente la existencia de Dios, pero sí demuestra que la dimensión religiosa forma parte de la experiencia humana universal y merece ser estudiada con el mismo rigor que cualquier otro fenómeno antropológico.
En este contexto resulta indispensable distinguir entre religión, fe y textos sagrados. La Biblia, el Corán, los Vedas, el Popol Vuh o los Upanishads constituyen algunos de los mayores patrimonios culturales de la humanidad.
Ninguno de ellos agota la realidad de Dios.
Son testimonios históricos de pueblos concretos que intentaron expresar su encuentro con el misterio.
Confundir el texto con la experiencia religiosa equivaldría a identificar un mapa con el territorio o una partitura con la música.
La fe acontece en la conciencia del hombre; los libros conservan la memoria de esa experiencia y permiten transmitirla de generación en generación.
Viktor Frankl, superviviente de Auschwitz, sostuvo que la búsqueda de sentido constituye la motivación más profunda del ser humano. Carl Gustav Jung observó que los símbolos religiosos expresan estructuras universales del inconsciente colectivo.
Ambos, desde perspectivas muy diferentes, coincidieron en que la dimensión espiritual no puede despacharse como una simple superstición sin empobrecer gravemente la comprensión de la persona.
Mi propia experiencia me conduce a una conclusión semejante. La medicina, la cirugía, la nutrición y la disciplina explican buena parte de mi recuperación física.
Negarlo sería injusto con la ciencia y con quienes dedicaron su conocimiento a cuidar mi salud.
Sin embargo, también experimenté una fuerza interior que sostuvo cada decisión, cada sacrificio y cada momento de incertidumbre.
La llamo fe. No porque sustituya a la ciencia, sino porque le otorga un horizonte de significado.
Gracias a esa conjunción entre conocimiento, voluntad y esperanza logré recuperar mi salud, perder alrededor de setenta kilogramos y afrontar con serenidad intervenciones quirúrgicas de gran complejidad.
Reducir el fenómeno religioso a un mito primitivo resulta tan simplista como pretender explicar la evolución únicamente mediante una lectura literal del Génesis.
La condición humana es infinitamente más rica.
Somos el fruto de millones de años de evolución biológica, pero también somos portadores de conciencia, libertad, lenguaje simbólico, belleza, compasión y búsqueda de sentido.
La ciencia continuará ampliando el conocimiento del universo; la filosofía seguirá preguntando por sus fundamentos; la teología continuará interrogándose por su significado último.
Lejos de excluirse, estas tres formas de conocimiento pueden enriquecerse mutuamente.
Quizá el verdadero descubrimiento no sea elegir entre Darwin y Dios, entre la evolución y la fe, entre la genética y la esperanza.
El auténtico descubrimiento consiste en comprender que el ser humano no solo evolucionó hasta preguntarse de dónde viene, sino también hasta atreverse a preguntar por qué existe y hacia dónde se dirige.
Es precisamente en esa pregunta, abierta desde los albores de nuestra especie y todavía vigente en el siglo XXI, donde la ciencia encuentra su límite, la filosofía su tarea y la fe su horizonte.
Dios está presente en la profundidad de la negación de su existencia, en los razonamientos que le niegan en la mente del hermano masón, en los esfuerzos de extirparlo del alma de los pueblos por los gobiernos soviéticos y los chinos de Mao o en la cuba de Fidel. Y como lo Eterno contiene tiempo, hoy, mi hermano masón me ha invitado al bautizo católico de su hijo, Putin es un líder de derecha claramente religioso, la China de Mao es el país más capitalista del mundo y tiene ministros de diversos cultos y el mayor número de seres humanos millonarios del orbe.(*)
Cuba cuenta con Cardenal.(*)
()Cuba sí tiene un cardenal. Actualmente, la máxima dignidad católica en el país recae en Su Eminencia el Cardenal Juan de la Caridad García Rodríguez, quien es el Arzobispo de San Cristóbal de La Habana. Además de él, la Iglesia católica en la isla cuenta con otros dos arzobispos en funciones y varios obispos repartidos en sus 11 diócesis.En la historia de Cuba solo ha habido tres cardenales católicos:Manuel Arteaga y Betancourt (1946-1963).Jaime Ortega y Alamino (1994-2019).Juan de la Caridad García Rodríguez (nombrado en 2019).()
(*)Sí hay fe en China, existen ministros religiosos de diversos credos y actualmente hay cardenales activos, aunque el panorama espiritual del país opera bajo un estricto control estatal.La República Popular China es oficialmente un Estado ateo. A pesar de esto, la fe está muy extendida. El gobierno reconoce legalmente solo cinco religiones: el budismo, el taoísmo, el islam, el protestantismo y el catolicismo. Cualquier otra creencia o grupo fuera de estos cinco no está autorizado oficialmente.¿Existen cardenales católicos en China?Sí, existen. Actualmente la Iglesia católica cuenta con tres cardenales vivos nacidos en territorio chino, todos ellos vinculados a la diócesis de Hong Kong:Cardenal Stephen Chow Sau-yan: Es el actual Obispo de Hong Kong. Fue nombrado cardenal por el Papa Francisco en septiembre de 2023.Cardenal Joseph Zen Ze-kiun: Obispo emérito de Hong Kong, nombrado en 2006. Ha sido una figura muy conocida por su defensa de las libertades civiles.Cardenal John Tong Hon: También obispo emérito de Hong Kong, nombrado en 2012.La particularidad de la China continental: En el territorio bajo control directo de Pekín (excluyendo a Hong Kong y Macao), la situación de la jerarquía católica es compleja. El gobierno exige a los sacerdotes y obispos registrarse en la Asociación Católica Patriótica China, que no depende del Vaticano. Aunque existe un acuerdo con la Santa Sede para el nombramiento conjunto de obispos, actualmente no hay un cardenal activo residiendo en la China continental.Ministros de otras religiones en ChinaEl Estado chino regula de forma minuciosa la ordenación y funciones de los ministros de los cultos permitidos a través de asociaciones nacionales supervisadas por el Partido Comunista. Todos los líderes espirituales deben registrarse oficialmente:Budismo y Taoísmo: Cuentan con miles de monjes, monjas y maestros espirituales que gestionan los templos bajo la tutela de la Asociación Budista de China y la Asociación Taoísta de China. El budismo es la fe organizada con mayor número de seguidores en el país.Islam: Existen miles de imanes oficiales (líderes de oración) que dirigen las mezquitas, concentrados principalmente en regiones del oeste como Xinjiang y Ningxia, bajo la supervisión de la Asociación Islámica de China.Protestantismo: Los pastores y ministros protestantes deben estar afiliados al Movimiento de las Tres Autonomías y al Consejo Cristiano de China.Las prácticas espirituales no registradasMás allá de las cifras estatales (que estiman unos 200 millones de creyentes registrados), la realidad espiritual en China es mucho más amplia:Religión popular china: Cientos de millones de personas practican rituales tradicionales, rinden culto a los antepasados y creen en el Feng Shui sin considerarlo formalmente una “religión” organizada.Iglesias clandestinas: Existen millones de cristianos (tanto católicos como protestantes) que celebran sus cultos en “iglesias domésticas” o subterráneas para evitar el control o la interferencia de las asociaciones gubernamentales.


