¡¡¡¡¡LA CHE ES MEXICANA!!!!!!!
Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Las semillas de girasol 🌻 del español en castellano
Por Arturo Vásquez Urdiales
Hay sonidos que pertenecen a una lengua.
Y hay sonidos que pertenecen a un pueblo.
La che pertenece al español, desde luego; pero cuando se pone sombrero, se sirve una taza de champurrado, muerde un chile, persigue un chapulín, se sube a una chalupa, atraviesa una chinampa, acaricia un perro chihuahueño y exclama:
—¡Chanfle!
entonces ya no hay discusión posible:
la che es mexicana.
Podrá decir la gramática que no es propiamente una letra independiente, sino un dígrafo formado por la ce y la h.
Podrá recordar la Real Academia Española que desde la Ortografía de 2010 dejó de considerarse una letra separada del abecedario, aunque continúa representando un sonido propio e inconfundible.
Pero una cosa es lo que ordenan los alfabetos y otra lo que consagran los pueblos.
Porque la Academia pudo quitarle su asiento individual en la fila de las letras, pero jamás podría expulsarla de la mesa mexicana.
Allí está, desde el amanecer, en el chocolate y el champurrado.
Aparece después en los chilaquiles, entra en la salsa convertida en chile, se queda pegada a los dientes en el chicle, viaja en el chiquihuite, salta entre las hierbas como chapulín y se esconde entre las aguas antiguas de la chinampa.
La che mexicana no nació en una oficina.
Nació en una milpa.
No fue inventada por un académico de levita.
La fueron pronunciando los pueblos originarios, las cocineras, los comerciantes, los niños, los campesinos y las abuelas.
Muchas de las palabras más universales que México entregó al castellano llegaron cargadas de ese sonido. Chapulín, por ejemplo, procede del náhuatl chapolin. Chicle viene de tzictli, la gomorresina del chicozapote que México ofreció al mundo mucho antes de que las fábricas la envolvieran en papel brillante.
Y luego está el chocolate.
¡El chocolate!
¿En dónde vamos a dejarlo?
El chocolate no es una palabra cualquiera: es una embajada mexicana instalada para siempre en las lenguas del planeta. Allí donde alguien diga chocolate, aunque lo pronuncie con acento francés, inglés, alemán, japonés o ruso, habrá una brasa antigua de Mesoamérica encendida en su boca.
Pero más entrañable todavía es el champurrado de la abuelita.
Porque el champurrado no se estudia: se recuerda.
Tiene vapor de madrugada, jarro de barro, canela, masa, chocolate y una mano antigua moviendo lentamente el molinillo. Tiene el rumor de una cocina donde todavía no amanece y, sin embargo, ya está despierto el amor.
¿En dónde dejaríamos ese champurrado?
¿Fuera de la historia de la che?
Jamás.
La che mexicana no solamente produce palabras: produce afectos.
Está en chamaco, porque en México los niños no siempre son niños: son chamacos, chilpayates, criaturas que corren, preguntan, tropiezan, lloran y vuelven a levantarse. El Diccionario del español de México registra precisamente chamaco como niño, adolescente o hijo.
Está en chavo, porque el muchacho mexicano puede ser chavo aunque tenga ya canas, nostalgias y recibos por pagar.
Está en chamarra, porque el frío no siempre se combate con abrigo.
Está en changarro, porque nuestros negocios pequeños no son establecimientos comerciales: son changarros con dueño, historia, deudas, esperanza y una cortina metálica que se levanta cada mañana.
Está en chamba, porque el trabajo en México no siempre es empleo: es chamba, y a la chamba se le entra con sueño, café y dignidad.
Está en chela, porque la cerveza puede ser bebida, pero la chela es conversación.
Está en chance, porque la oportunidad mexicana no pide solemnemente una ocasión: pide un chancecito.
Está en chafa, cuando algo resulta malo.
Está en chueco, cuando se torció.
Está en chamuscado, cuando el fuego dejó su firma.
Está en chipote, cuando el golpe nos puso una pequeña montaña en la frente.
Está en chípil, cuando el alma se pone triste, delicada y necesitada de cariño.
Y, por encima de todas, está en chido.
La palabra chido resume una filosofía nacional. Algo chido es bueno, bonito, apreciable, admirable, agradable. Así lo registra el Diccionario del español de México, mientras el Diccionario de americanismos la reconoce como voz mexicana para lo bonito y lo muy bueno.
La che comienza el gesto.
El chido lo corona.
—¡Qué chido!
Y ya está.
No hacen falta cinco adjetivos, tres adverbios ni una tesis doctoral.
La cosa quedó bendecida.
Pero cuando la realidad se tuerce, cuando la promesa no se cumple, cuando aparece la decepción, México tampoco necesita un largo discurso.
Dice:
—¡Chale!
Y la palabra cae como una cortina.
El chale mexicano no pide permiso al Río de la Plata. No consulta mapas, no solicita visa y no se quita el sombrero ante ningún che extranjero.
Porque el che rioplatense llama la atención:
—Che, vení.
Pero el chale mexicano contiene una novela completa.
Puede significar sorpresa, desencanto, molestia, incredulidad, cansancio o resignación. Todo depende de la duración, del tono y de la inclinación de la cabeza.
—¡Chale!
Una sílaba, y el universo comprendió que algo salió mal.
Por eso la che mexicana es más extensa que una simple interjección. No es una palabra aislada: es una constelación.
Y en el centro luminoso de esa constelación aparece un hombre pequeño de estatura y gigantesco de imaginación:
Roberto Gómez Bolaños.
Chespirito no inventó la che mexicana.
Hizo algo todavía más grande:
le dio rostro, cuerpo, antenas, corazón y televisión.
Antes de él ya teníamos chile, chocolate, chicle, chapulín, chinampa, chiquihuite, chachalaca, chilaquiles, chalupas y Chihuahua.
Pero Chespirito reunió aquella música y la convirtió en una bandera sentimental.
Creó al Chavo del Ocho.
Creó al Chapulín Colorado.
Creó al Chómpiras.
Creó al Chanfle.
Creó a Los Chifladitos.
Creó al doctor Chapatín.
Creó a Chaparrón Bonaparte.
Y convirtió la combinación de la ce y la h en una fábrica de personajes inolvidables.
Mientras otros necesitaban espadas, capas, músculos o automóviles veloces, el Chapulín Colorado llegaba con unas antenitas de vinil, un corazón amarillo en el pecho, un chipote chillón y una frase:
—¡No contaban con mi astucia!
Era torpe, miedoso, pequeño y frágil.
Precisamente por eso era mexicano.
Porque su heroísmo no consistía en no sentir miedo.
Consistía en aparecer aunque tuviera miedo.
El Chapulín no vencía por ser invulnerable. Vencía porque insistía. Se equivocaba, tropezaba, confundía los refranes, golpeaba sin querer al inocente y, aun así, permanecía allí cuando todos los demás habían huido.
Eso lo hizo más humano que muchos superhéroes.
Y mucho más universal.
El chapulín ya era mexicano desde su raíz náhuatl. Gómez Bolaños lo vistió de rojo y lo lanzó desde México hacia el mundo.
Desde entonces, millones de niños conocieron una imagen de México que no era la del revólver, la violencia, el desierto o el bandido.
Conocieron un México de vecindad, tortas de jamón, barriles, resorteras, antenitas, corazones amarillos y héroes que se equivocaban.
El Chapulín Colorado dio una imagen extraordinaria del país porque mostró que México también podía salvar al mundo por medio de la risa.
Y después llegó El Chanfle.
La palabra ya existía y la Real Academia la registra con sentidos relacionados con cortes oblicuos, chaflanes y, en algunos países, el efecto dado a una pelota.
Pero Chespirito la tomó, la puso a trabajar en un estadio mexicano y la convirtió en el nombre de un hombre humilde, honrado y bueno.
Desde entonces, en México, chanfle dejó de ser solamente una palabra.
Se volvió exclamación.
—¡Chanfle!
Es decir:
¡Caramba!
¡Qué barbaridad!
¡No puede ser!
¡Algo inesperado acaba de ocurrir!
Eso hace un creador verdadero: no solamente utiliza el idioma.
Lo ensancha.
Le abre una habitación nueva.
Le pone muebles.
Y deja a vivir allí a sus personajes.
Frente a semejante universo, el célebre Che Guevara queda reducido a una figura histórica particular, mientras el Chavo, el Chapulín, el Chómpiras y el Chanfle continúan entrando diariamente en las casas, las pantallas y la memoria afectiva de continentes enteros.
El primero fue llamado Che por repetir una interjección.
Chespirito, en cambio, edificó una civilización completa con la che.
El Che tuvo un sobrenombre.
El Chavo tuvo una vecindad.
El Che tuvo una boina.
El Chapulín tuvo antenitas de vinil.
El Che tuvo una fotografía.
Chespirito tuvo generaciones enteras repitiendo sus frases.
No se trata de desconocer la historia del Río de la Plata.
Se trata de reconocer la inmensidad mexicana.
Porque antes de que alguien gritara che en una conversación argentina, México llevaba siglos diciendo:
chocolate, chile, chicle, chapulín, chinampa, chiquihuite, chachalaca.
Y mucho antes de que la cultura internacional convirtiera una boina en emblema, las abuelas mexicanas ya revolvían el champurrado y pronunciaban, sin saberlo, una de las músicas más profundas del castellano americano.
La che también recorre la geografía nacional.
Está en Chiapas, con su selva y sus pueblos.
Está en Cholula, bajo la vigilancia de los volcanes.
Está en Chapultepec, cerro del chapulín, bosque de la memoria mexicana.
Está en Chihuahua, territorio inmenso del norte, nombre de estado, de ciudad, de identidad y de una raza canina originaria de México: el perro chihuahua o chihuahueño, pequeño de cuerpo y gigantesco de temperamento.
Allí está nuestra legión de perros eternos.
Los chihuahueños tiemblan, ladran, desafían a mastines, se meten bajo las cobijas y gobiernan casas enteras desde un cojín.
Son como la che mexicana:
pequeños en apariencia,
inmensos en carácter.
La che también navega.
Se sube a la chalupa, que en México puede ser la canoa de las chinampas o la pequeña tortilla ovalada coronada con salsa y condimentos.
Después se vuelve peluche, porque México también sabe suavizar las cosas.
Se convierte en cachito, porque aquí no siempre pedimos una porción: pedimos un cachito.
Un cachito de pan.
Un cachito de cielo.
Un cachito de amor.
Un cachito de patria.
Y cuando la lengua necesita bajar al sótano, ensuciarse los zapatos, pelearse con el mundo y decir lo que la corrección no se atreve, aparece la enorme, terrible, fecunda y polémica familia de chingar.
Octavio Paz vio en ella una de las palabras centrales de la identidad mexicana.
Puede significar molestar, dañar, vencer, trabajar, sufrir, arruinar, admirar, intensificar o mandar todo al demonio, según el contexto, la entonación y la compañía.
Es una palabra peligrosa.
Pero también prodigiosa.
Porque pocas voces pueden ser al mismo tiempo verbo, herida, elogio, insulto, tragedia, victoria y filosofía.
Una persona puede estar chingada.
Puede ser chingona.
Puede hacer una chingadera.
Puede trabajar un chingo.
Puede mandar a alguien a la chingada.
Y puede exclamar:
—¡Está bien chingón!
Así es México.
Hasta sus palabras prohibidas tienen arquitectura.
Por eso la che mexicana no debe ser presentada como una visitante extranjera naturalizada por Chespirito.
No.
Chespirito no le dio nacionalidad mexicana a la che.
La che ya era mexicana desde mucho antes.
Lo que hizo Gómez Bolaños fue darle credencial universal.
La tomó de los pueblos antiguos, de la cocina, de la calle y del barrio; la mezcló con ternura, humor, torpeza, nobleza y genio; después la lanzó por las antenas de televisión hacia América, Europa y el resto del mundo.
El Chapulín Colorado no mexicanizó la che.
La internacionalizó.
El Chavo del Ocho no la descubrió.
La hizo entrañable.
El Chanfle no la inventó.
La volvió exclamación.
El Chómpiras no la dignificó.
La volvió pícara.
Y el doctor Chapatín no la curó.
La hizo inmortal.
Así que cuando alguien diga que la palabra che pertenece al Río de la Plata, podemos sonreír con cortesía.
Allá tienen su che.
Nosotros tenemos una nación entera pronunciada con ese sonido.
Tenemos el chapulín y Chapultepec.
Tenemos Chihuahua y los perros chihuahueños.
Tenemos las chinampas y las chalupas.
Tenemos el chile, el chocolate y el chicle.
Tenemos chamacos, chavos y chilpayates.
Tenemos chamba, changarro y chamarra.
Tenemos chela, chance y chale.
Tenemos lo chafa, lo chueco y lo chípil.
Tenemos lo chido y lo chipocludo.
Tenemos al Chavo.
Tenemos al Chanfle.
Tenemos al Chómpiras.
Tenemos a los Chifladitos.
Y tenemos al Chapulín Colorado, héroe pequeño de una patria inmensa, que no necesitó ser poderoso para ser valiente.
La Academia podrá llamarla dígrafo.
Los lingüistas podrán estudiar sus orígenes.
Los diccionarios podrán ordenarla entre la ce y la ci.
Pero México ya dictó su propia sentencia:
la che es nuestra.
Es más mexicana que un jarro de champurrado al amanecer.
Más mexicana que una chalupa con salsa.
Más mexicana que un chihuahueño ladrándole a un gigante.
Más mexicana que el “¡chale!” de una decepción.
Más mexicana que el “¡qué chido!” de una alegría.
Y mucho más grande que cualquier che de cancha, de boina o de Mundial de futbol.
Porque el che llama a una persona.
Pero la che mexicana llama a todo un pueblo.
Un pueblo que come chilaquiles, mastica chicle, bebe chocolate, trabaja en la chamba, atiende su changarro, abraza a sus chamacos, se pone chípil, exclama chale, celebra lo chido y, cuando el mundo parece perdido, todavía pregunta:
—¿Y ahora quién podrá defendernos?
Desde el fondo luminoso de la memoria, con sus antenitas temblando y el corazón amarillo sobre el pecho, responde la voz más mexicana de todas:
—¡Yo!
Y entonces aparece el Chapulín Colorado.
No contaban con su astucia.
Tampoco contaban con la inmensidad de nuestra che.
Charro
Y todavía faltaban el charro, con su traje bordado en plata y su sombrero convertido en bandera; el charro cantor, que llevó a México a todos los teatros del mundo; la charrería, declarada patrimonio cultural; el charro negro de nuestras leyendas; las charreadas, donde el valor también sabe montar a caballo.
Faltaban las charamuscas, los churros, el churro de azúcar de la plaza, las chicharras del verano, los chilaquiles del domingo, las chalupas, las chimeneas de barro, las chirimoyas, los chiles de todos los colores y el chocolate, que conquistó al planeta sin disparar un solo cañón.
Faltaba recordar que México no sólo heredó palabras: las volvió símbolos universales.
Mientras otras naciones presumen una sola expresión, México levantó toda una civilización alrededor de la che.
La che aquí huele a maíz recién cocido, a canela, a pólvora de fiesta, a cuero de montura, a tierra mojada y a tortillas calientes.
La che mexicana no necesita levantar la voz para imponerse. Le basta con pronunciarse.
Porque cuando el mundo dice chocolate, dice México.
Cuando dice chile, dice México.
Cuando dice chicle, dice México.
Cuando dice chihuahua, dice México.
Cuando dice chapulín, dice México.
Y cuando sonríe recordando al Chavo del Ocho, al Chapulín Colorado, al Chanfle, al Chómpiras o al doctor Chapatín, también está pronunciando a México.
La che no vino a México para hacerse mexicana.
La che salió de México para conquistar el mundo.
Y chingue a su m….
¡Viva México!
Chambones
Pónganse a trabajar porque chamba hay un montón
Con chingo de afecto
El duende Urdiales caminante de la vereda del vertiginoso trayecto de la che


