Las semillas 🌻 de girasol del español en castellano
APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS
EPICENO: CUANDO LA GRAMÁTICA NO VOTA, SÓLO EXPLICA
Por Arturo Vásquez Urdiales
Hay palabras que parecen tranquilas hasta que alguien decide convertirlas en campo de batalla.
Una de ellas es epiceno.
Pocas voces gramaticales han sido tan ignoradas durante siglos y, al mismo tiempo, tan necesarias para comprender una discusión contemporánea que con frecuencia mezcla tres asuntos completamente distintos: la gramática, las ideas y la política.
Y conviene separarlos.
Porque una cosa es el feminismo, otra muy distinta el hembrismo, y otra, completamente diferente, la gramática del español.
La primera pertenece a la historia de las ideas.
La segunda describe una actitud de superioridad o desprecio hacia los hombres, del mismo modo que el machismo expresa una actitud de superioridad o desprecio hacia las mujeres.
La tercera no pertenece a ninguna ideología.
Pertenece a la lengua.
Y las lenguas no militan.
Simplemente existen.
Aquí aparece nuestra semilla de hoy.
Epiceno procede del griego epíkoinos, que significa, aproximadamente, “común” o “compartido”. Llegó al latín como epicoenus y desde allí pasó al español para designar un fenómeno estrictamente gramatical.
Un sustantivo epiceno posee un solo género gramatical para nombrar individuos de ambos sexos.
La palabra persona es femenina.
Sin embargo, puede referirse a un hombre o a una mujer.
Decimos:
“Arturo es una persona extraordinaria.”
No porque Arturo sea mujer.
Sino porque persona es un sustantivo femenino.
Lo mismo ocurre con la víctima.
Podemos afirmar:
“El soldado fue la primera víctima del ataque.”
Nadie imagina que el soldado haya cambiado de sexo por ello.
Simplemente la gramática funciona así.
También sucede con la criatura, el personaje, el individuo, el ser, el miembro, la celebridad, la eminencia, la autoridad, el genio y muchos otros.
El género gramatical no siempre coincide con el sexo biológico.
Jamás lo ha hecho.
La lengua española lleva más de mil años demostrando esa independencia.
Y no es la única.
En alemán, por ejemplo, la palabra Mädchen (“niña”) tiene género neutro.
En francés, sentinelle es femenino incluso cuando designa a un soldado.
Las lenguas poseen su propia lógica.
No consultan encuestas antes de construir sus reglas.
Aquí suele comenzar una confusión frecuente.
Muchas personas creen que el género gramatical constituye una declaración ideológica.
No.
Constituye una categoría lingüística.
La gramática describe cómo funcionan las palabras.
No cómo deben organizarse las sociedades.
Confundir ambos planos equivale a pedirle a la botánica que resuelva un problema constitucional o a la astronomía que determine el resultado de unas elecciones.
Cada disciplina tiene su territorio.
Eso no significa que el idioma sea inmutable.
Todo lo contrario.
El español cambia constantemente.
Incorpora voces nuevas, pierde otras, modifica significados y adapta su vocabulario a las necesidades de cada época.
Lo ha hecho durante siglos.
Lo seguirá haciendo.
Pero esos cambios suelen consolidarse cuando el uso social los vuelve estables, no únicamente porque alguien los proponga.
Las lenguas evolucionan.
Rara vez obedecen.
Nuestra propia ñ es un magnífico ejemplo.
Nadie decretó su nacimiento.
Fue el uso de los escribas medievales el que terminó dándole vida.
La costumbre precedió a la norma.
Siempre ha sido así.
Por eso resulta conveniente distinguir entre el estudio científico de la lengua y los debates políticos o culturales sobre el lenguaje inclusivo. Son conversaciones relacionadas, pero no idénticas. La gramática puede explicar cómo funciona el sistema del español; las personas, por su parte, pueden debatir qué usos desean promover en determinados contextos.
Una discusión pertenece a la lingüística.
La otra pertenece a la sociedad.
Y ambas pueden sostenerse con respeto.
El verdadero enemigo del idioma nunca ha sido el cambio.
Ha sido la ignorancia.
Quien conoce la gramática puede decidir conscientemente cómo escribir.
Quien la desconoce suele convertir cada palabra en un combate innecesario.
Por eso el Vertiginoso Duende Urdiales vuelve hoy desde su biblioteca, cargando una pequeña semilla de girasol entre las manos.
La rompe con cuidado.
Y dentro aparece una palabra casi desconocida:
Epiceno.
Tan pequeña…
Y, sin embargo, capaz de recordarnos una lección enorme.
Que las palabras tienen historia.
Que la gramática tiene reglas.
Que las ideas tienen debates.
Y que confundir unas con otras suele producir más ruido que claridad.
Porque el idioma no necesita gritos.
Necesita lectores.
No necesita consignas.
Necesita curiosidad.
Y esa ha sido siempre la misión de Las semillas de girasol del español en castellano: abrir una palabra aparentemente diminuta y descubrir que, en su interior, caben siglos de historia, filología, literatura y pensamiento.
Mañana será otra semilla.
Otro viaje.
Otra sorpresa.
Porque el verdadero vertiginoso trayecto de la eñe no consiste en imponer palabras, sino en comprenderlas.
Y comprender una lengua es, quizá, una de las formas más nobles de aprender a comprendernos también entre nosotros.


