Apunte diario sobre Letras Hipnóticas

Por el poderosísimo, buen mozo ladino y guaperrimo del Dr Arturo Urdiales

Hay personajes que nacen de la imaginación de un autor y otros que pertenecen al pueblo mucho antes de que alguien los escriba. Pedro de Urdemalas pertenece a esta segunda estirpe. No tuvo partida de nacimiento, ni fecha de bautismo, ni árbol genealógico. Nació entre las brasas de una taberna castellana, en el descanso de los arrieros, en las cocinas donde las abuelas amasaban pan mientras contaban cuentos, en los caminos polvorientos por donde transitaban soldados, mercaderes, mendigos y peregrinos.

Mucho antes de que Miguel de Cervantes lo inmortalizara en una de sus comedias, Pedro ya recorría España haciendo de las suyas. Su fama era tan grande que el pueblo utilizaba su nombre como sinónimo del hombre astuto, del embaucador ingenioso, del pícaro capaz de salir victorioso únicamente con la fuerza de la inteligencia. Gonzalo Correas llegó a recoger el dicho popular: «Es un Pedro de Urdemalas», para referirse al sujeto tretero, taimado y bellaco.

Pero reducirlo a un simple tramposo sería una injusticia.

Pedro no robaba por codicia; robaba solemnidad. No saqueaba tesoros; saqueaba vanidades. Sus verdaderas víctimas eran los soberbios, los jueces arrogantes, los alcaldes ignorantes, los mercaderes codiciosos y todos aquellos que confundían el poder con la inteligencia.

Era el bufón que desenmascaraba a los reyes.

El abogado sin universidad.

El filósofo sin biblioteca.

El periodista antes del periodismo.

En una España profundamente jerárquica, donde cada quien debía conocer “su lugar”, Pedro se negaba a permanecer en el suyo. Un día era criado; al siguiente, caballero. Mañana podía disfrazarse de fraile, de pastor, de gitano o de soldado. Su verdadera patria era el ingenio. Cervantes lo convierte incluso en un personaje que cambia de identidad con naturalidad y que encuentra en el teatro el símbolo perfecto de una vida hecha de disfraces y verdades.

Quizá por eso sigue siendo tan moderno.

Vivimos rodeados de títulos, uniformes, cargos, protocolos, oficinas, sellos y ceremonias. Sin embargo, basta que aparezca un hombre con sentido del humor para que todo ese edificio de apariencias empiece a tambalearse.

Pedro comprendió un secreto que todavía incomoda: el poder teme más a la risa que a la espada.

A un ejército se le combate con otro ejército.

A un imperio se le enfrenta con otro imperio.

Pero a un soberbio le basta un chiste para perder toda su grandeza.

Esa ha sido siempre la función secreta del humor.

No destruir.

Desinflar.

Los grandes tiranos de la historia han perseguido primero a los humoristas y después a los opositores. Sabían perfectamente que un pueblo que ríe es un pueblo difícil de domesticar.

Pedro de Urdemalas no pronunciaba discursos revolucionarios. Hacía algo mucho más peligroso: convertía en caricatura aquello que pretendía ser intocable.

Por eso sobrevivió durante siglos.

Ni siquiera perteneció exclusivamente a España. Cruzó el océano escondido entre los cuentos de los conquistadores y los colonos. En México, Chile, Guatemala, Colombia, Venezuela y buena parte de Hispanoamérica reapareció con otros nombres, pero con el mismo espíritu: el hombre pobre que derrota al rico con inteligencia; el campesino que hace tropezar al poderoso; el pícaro que demuestra que la astucia también puede ser una forma de justicia popular.

En el fondo, Pedro nunca fue una persona.

Fue una idea.

Cada pueblo inventa su propio Pedro de Urdemalas.

En Oaxaca aparece en el compadre que consigue resolver un problema imposible con una ocurrencia.

En Andalucía se esconde detrás del cantaor que improvisa una copla demoledora.

En Castilla habla con refranes.

En Galicia sonríe antes de responder.

En México suele sentarse en la última mesa de la cantina, escucha durante horas y, cuando todos creen haber ganado la discusión, pronuncia una sola frase que deja mudos a los presentes.

Así funcionan las grandes figuras del folclore.

Nunca envejecen.

Porque cambian de rostro.

Resulta curioso que Cervantes, el mismo hombre que creó a Don Quijote, sintiera tanta fascinación por Pedro de Urdemalas. Ambos representan extremos aparentemente opuestos. Don Quijote intenta elevar el mundo hasta sus ideales; Pedro intenta bajar el mundo de su pedestal. Uno combate gigantes imaginarios; el otro demuestra que muchos gigantes reales son apenas molinos de viento revestidos de solemnidad.

Quizá por eso ambos siguen vivos cuatro siglos después.

Necesitamos soñadores que nos recuerden cómo debería ser el mundo.

Y también necesitamos pícaros que nos recuerden cómo es en realidad.

En tiempos donde la inteligencia artificial responde preguntas en segundos y donde la información viaja más rápido que el pensamiento, Pedro continúa ofreciendo una lección sorprendentemente vigente: el conocimiento sirve de poco si se pierde el sentido del humor.

Porque la verdadera inteligencia no consiste únicamente en saber muchas cosas.

Consiste en descubrir el lado ridículo de aquello que todos consideran serio.

Y esa, quizá, sea la más española de todas las filosofías.

No vencer al adversario.

Hacer que termine riéndose de sí mismo.

Tal vez, mientras alguien cuente un chascarrillo en una plaza, improvise una respuesta brillante en una sobremesa o consiga derrotar a la soberbia con una sonrisa, Pedro de Urdemalas seguirá caminando por los caminos polvorientos de la lengua española, con el sombrero ladeado, los bolsillos vacíos y la inteligencia rebosando.

Porque los reyes cambian.

Los imperios desaparecen.

Las leyes envejecen.

Pero los buenos cuentos nunca mueren.

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