APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS

Semillas de girasol 🌻 del Español en Castellano

Lupanar

Por Arturo Vásquez Urdiales.

Hay palabras que entran al idioma por la puerta principal, cubiertas de honores, perfumadas por la poesía y precedidas por trompetas. Otras llegan de noche, pegadas a los muros, con los zapatos cubiertos de barro y un pasado que las buenas familias preferirían no mencionar.

Lupanar pertenece a esta segunda estirpe.

Es una palabra solemne para nombrar un lugar sin solemnidad; una voz casi arquitectónica, incluso elegante, que esconde en sus entrañas una loba, una calle romana, una mujer vigilada por la moral y un antiguo comercio que las civilizaciones condenaron de día mientras lo buscaban en la oscuridad.

El actual Diccionario de la lengua española define lupanar sencillamente como una casa de prostitución y lo enlaza con voces como mancebía, burdel y prostíbulo.

Su procedencia inmediata es el latín lupānar, derivado de lupa, cuyo primer significado era «loba», pero que en determinados usos latinos también nombraba a una prostituta.

La palabra figura por primera vez en la tradición lexicográfica académica española en el tomo de 1734 del Diccionario de autoridades. Conviene precisar el dato: eso significa que aparece entonces por primera vez en un diccionario de la Real Academia, no necesariamente que ningún hispanohablante la hubiera pronunciado o escrito antes. Los diccionarios no otorgan la vida a las palabras; llegan después, como notarios del idioma, a levantar acta de que aquellas voces ya caminaban entre la gente.

En latín, lupānar era el lugar de las lupae. La loba real merodeaba los bosques; la loba figurada habitaba en otra clase de penumbra. De esa asociación entre el animal y la mujer dedicada al comercio sexual nació una palabra que el castellano heredó casi intacta. No hizo falta traducirla demasiado: atravesó los siglos con su estructura romana y conservó en su vientre el aullido original.

Pero ¿por qué una loba?

Aquí comienza la región más fascinante y también más delicada de nuestra semilla. Las lenguas antiguas solían atribuir nombres de animales a los seres humanos según su conducta, su posición social o el juicio moral de quienes tenían el poder de nombrarlos. La zorra representó astucia y, después, sexualidad; la víbora, traición; la paloma, inocencia; la loba podía sugerir ferocidad, apetito o vida nocturna. La palabra no revela tanto la naturaleza de aquellas mujeres como la mirada de la sociedad que las bautizó.

Las mujeres no se llamaron a sí mismas lobas.

Las llamaron así.

Esta diferencia no es pequeña. Toda etimología es también una arqueología del poder. Quien posee el derecho de poner nombre a los otros termina fabricando parte de su destino. Durante siglos, los varones redactaron las leyes, compusieron los diccionarios, dictaron la moral pública y eligieron las palabras con las cuales serían juzgadas las mujeres. El idioma guardó esas sentencias como insectos dentro del ámbar.

Junto a lupa, el latín utilizó meretrix. Tradicionalmente se ha relacionado esta voz con el verbo merēre o mereri, «ganar», «merecer», «recibir una paga». De ahí que meretrix pudiera entenderse como la mujer que obtenía una ganancia por su actividad. Sin embargo, sería excesivo embellecerla como «la mujer que se gana la vida por sí misma», pues esa interpretación moderna suaviza una realidad antigua mucho más áspera. Meretrix era el término ordinario latino para la prostituta; su aparente refinamiento procede más de nuestro oído actual que de una consideración particularmente respetuosa de los romanos.

El idioma es capaz de vestir con toga una herida.

Roma conoció muchos nombres para los espacios de prostitución. El lupanar era uno de ellos, pero también aparece la relación con fornix, «arco» o «bóveda», porque bajo determinados arcos y pasajes urbanos se ejercía la prostitución. De fornix nacieron el latín tardío fornicari y, después, nuestras voces fornicar y fornicación. Incluso el DLE conserva esa memoria al registrar fornecino como palabra derivada de fornix, voz latina que llegó a significar lupanar.

Así, una estructura arquitectónica acabó convirtiéndose en un concepto moral.

Primero fue el arco.

Después, lo que ocurría debajo del arco.

Finalmente, el pecado.

El lenguaje suele proceder de esa manera: mira un lugar, observa lo que sucede en él y traslada el nombre del espacio a la conducta. La materia termina juzgando al cuerpo.

Entre los lupanares romanos, ninguno ha alcanzado tanta fama moderna como el de Pompeya. La ciudad sepultada por el Vesubio conservó habitaciones pequeñas, camas de piedra, inscripciones y pinturas eróticas que permiten aproximarnos a la vida sexual de aquella sociedad. Pero aun allí conviene caminar con cautela. No toda imagen erótica romana pertenecía necesariamente a un prostíbulo, ni todo edificio identificado por los primeros arqueólogos como burdel lo fue con absoluta certeza. La historia de la sexualidad está llena de interpretaciones proyectadas desde la moral de épocas posteriores.

Los romanos no vivían el cuerpo exactamente como nosotros, aunque tampoco eran aquella alegre y permanente bacanal imaginada por el cine. Existían jerarquías, explotación, esclavitud, desigualdad y severos códigos de honor. La licitud de una práctica dependía menos de la libertad sexual que de la clase social, el género y la posición jurídica de quienes participaban en ella.

El placer también tenía ciudadanía.

Y quienes carecían de libertad rara vez podían elegir el precio de su propio cuerpo.

En el castellano, lupanar adquirió una cualidad literaria que no poseen del mismo modo otras palabras equivalentes. Burdel es directa; prostíbulo, administrativa; mancebía, histórica; casa de citas, eufemística. Lupanar, en cambio, parece llegar envuelta en cortinajes oscuros. Suena a decadencia, a lámpara roja, a novela naturalista, a ciudad portuaria o a confesión escrita en una habitación donde la madrugada ya ha envejecido.

No es casual que los escritores la hayan utilizado para elevar el registro de una escena sin purificarla. El vocablo permite nombrar la sordidez con una música culta. Allí reside su paradoja: cuanto más terrible es el lugar descrito, más aristocrática parece la palabra que lo designa.

La literatura ha visitado con frecuencia esos recintos. En La Celestina, aunque el término lupanar no constituye el centro verbal de la obra, aparece el universo de la mediación sexual, el deseo mercantilizado y las casas donde el amor deja de ser misterio para convertirse en transacción. En la picaresca, la marginalidad sexual camina junto al hambre. En el naturalismo del siglo XIX, el prostíbulo se transforma en laboratorio social: allí convergen pobreza, hipocresía, enfermedad, poder masculino y exclusión femenina.

Émile Zola penetró ese mundo con Nana, donde una mujer convertida en objeto de deseo termina también como fuerza corrosiva de una sociedad que pretende condenarla mientras se alimenta de ella. Guy de Maupassant, en La casa Tellier, mostró que el burdel podía funcionar como espejo irónico de la respetabilidad burguesa. Baudelaire encontró belleza convulsa en los márgenes de París. Y en la literatura hispanoamericana, los prostíbulos aparecen muchas veces como pequeños teatros del poder: lugares donde los hombres entran buscando dominio y salen revelando su fragilidad.

El lupanar literario nunca es solamente una casa.

Es una república nocturna.

Tiene jerarquías, rituales, impuestos, guardianes, víctimas, clientes, silencios y una moral propia. Allí el poderoso puede resultar ridículo; el moralista, cliente; el enamorado, mercancía; y la mujer despreciada por la plaza pública, soberana fugaz de una habitación.

Pero nuestra semilla guarda una segunda loba.

El Louvre.

Se ha repetido con frecuencia que el nombre del célebre museo parisino estaría relacionado con el latín lupara, «lobera», y que la fortaleza original habría recibido ese nombre por parecer una guarida de lobos o por encontrarse en una zona asociada con ellos. La semejanza es irresistible: lupa, lupanar, lupara, Louvre. Parece como si una manada etimológica atravesara Europa desde las calles romanas hasta la pirámide de cristal.

Sin embargo, aquí el rigor de Doña Eñe debe levantar un dedo.

La etimología de Louvre no está definitivamente resuelta.

La relación con la loba es una hipótesis histórica, no una certeza universalmente aceptada. Incluso el propio museo presenta a la loba como emblema de una posible etimología, no como una explicación demostrada.

Hay otras propuestas. Algunos estudiosos han buscado el origen del nombre en antiguas voces germánicas relacionadas con torres, fortalezas o puestos de vigilancia; otros lo han vinculado con nombres de lugar anteriores a la construcción medieval. La documentación antigua ofrece variantes, pero no una sentencia indiscutible. Por ello, afirmar sin reservas que Louvre procede de lupara resulta demasiado categórico.

La loba puede rondar el Louvre.

Pero todavía no posee escritura de propiedad.

Lo que sí sabemos con seguridad es que el Louvre comenzó como una fortaleza medieval levantada por Felipe Augusto a finales del siglo XII, junto al Sena, para proteger París. Con el tiempo se transformó en residencia real y finalmente en museo. El propio Louvre describe esa metamorfosis: de fortaleza medieval a palacio de los monarcas franceses y después a una de las grandes instituciones museísticas del mundo.

La historia del edificio parece escrita para Las semillas de girasol del español en castellano: una fortaleza se convierte en palacio; el palacio, en museo; la posible lobera, en morada de la belleza. Donde alguna vez hubo muros defensivos, hoy cuelgan pinturas. Donde se vigilaban enemigos, ahora se contempla a la Gioconda. Donde la piedra cerraba el paso, el arte abre los ojos.

Si el vínculo entre Louvre y la loba fuera cierto, la ironía sería magnífica: la misma familia remota de sonidos habría dado nombre, por un lado, a la casa de la prostituta y, por otro, a la casa de algunas de las obras más admiradas de la humanidad.

Del lecho clandestino al museo.

De la carne vendida a la belleza venerada.

De la loba perseguida a la loba convertida en emblema.

Pero incluso si la relación etimológica no pudiera probarse, la cercanía imaginativa sigue siendo poderosa. La literatura no debe falsificar la historia; puede, en cambio, caminar junto a sus hipótesis y preguntar qué revelan sobre nosotros. ¿Por qué sentimos la necesidad de encontrar lobos en el origen de un palacio? Quizá porque la civilización sospecha que bajo sus mármoles todavía respira el bosque.

Toda ciudad conserva una bestia debajo de sus monumentos.

Toda palabra culta arrastra alguna noche.

Todo museo es también el heredero de una fortaleza, un tesoro, una conquista, una colección real y, no pocas veces, de objetos que cambiaron de dueño entre guerras y revoluciones. La belleza no siempre llega a sus vitrinas por caminos inocentes.

También por eso lupanar merece entrar en El vertiginoso trayecto de la eñe. No únicamente por su sonoridad o por la loba escondida en su primera sílaba, sino porque permite observar cómo una sociedad deposita sus prejuicios dentro del idioma. La mujer fue llamada loba; el establecimiento recibió el nombre de la mujer animalizada; y el vocablo sobrevivió incluso después de que desaparecieran las calles, las leyes y los rostros que le dieron origen.

Las palabras son más longevas que las condenas que contienen.

A veces continuamos pronunciándolas sin escuchar la sentencia antigua.

El lupanar revela asimismo la doble moral de casi todas las civilizaciones. La prostitución fue perseguida y tolerada, regulada y ocultada, despreciada y frecuentada. Los mismos hombres que levantaban códigos de virtud sostenían con su dinero los establecimientos que denunciaban. La puerta del lupanar separaba dos mundos, pero no dos clases de personas: afuera estaba la sociedad fingiendo pureza; adentro, la misma sociedad sin disfraz.

La hipocresía nunca necesitó domicilio propio.

Le bastó con entrar y salir.

Hoy, cuando pronunciamos lupanar, escuchamos una voz antigua, literaria y casi ceremonial. Pero detrás de su elegancia continúan presentes la explotación, la pobreza y la reducción del ser humano a mercancía. La etimología puede maravillarnos sin obligarnos a romantizar aquello que nombra. Una palabra hermosa también puede contener una realidad brutal.

Doña Eñe lo sabe.

Ella no purifica las voces; las recibe con toda su memoria.

En su reino caben niña, sueño, mañana y España, pero también las palabras que nacieron en callejones, cárceles, tabernas, hospitales y lupanares. Una lengua no se vuelve grande únicamente por las voces con que nombra la luz, sino por su capacidad de conservar las sombras sin mentir sobre ellas.

Así, la semilla de hoy no florece como un girasol inocente, sino como una planta nocturna. En su raíz está Roma; en su tallo, la loba; en sus hojas, la mujer estigmatizada; en su flor, la literatura; y a la distancia se levanta el Louvre, quizá emparentado, quizá no, pero vigilado todavía por la silueta de una vieja bestia.

Mañana pasaremos junto a un museo o frente a una calle silenciosa y recordaremos que las palabras construyen pasadizos invisibles entre lugares que parecían no tener relación.

Una loba puede esconderse dentro de un diccionario.

Una fortaleza puede terminar albergando a la Venus de Milo.

Una palabra nacida para nombrar el comercio nocturno puede acabar convertida en materia de literatura.

Y un humilde vocablo latino, después de dos mil años, puede sentarse ante la Gran Reina Doña Eñe y contarle, sin pudor y sin mentira, todo lo que vio.

Porque en El vertiginoso trayecto de la eñe, incluso las palabras que llegan desde la noche merecen ser examinadas a plena luz.

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