El primer pan de trigo cosechado en america.

Apunte Diario sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

La historia suele ser injusta con los hombres silenciosos.

Guarda con celo los nombres de quienes incendiaron ciudades, derribaron imperios y escribieron su gloria sobre la sangre de los vencidos, pero con demasiada frecuencia olvida a quienes transformaron el mundo con la paciencia de una semilla.

La espada ocupa páginas enteras.

El arado apenas unas cuantas líneas.

Sin embargo, cuando desaparecen los imperios, cuando los ejércitos se convierten en polvo y las banderas terminan deshilachadas por el viento de los siglos, la tierra continúa produciendo trigo.

Y quizá por ello uno de los personajes más extraordinarios de la conquista de América no fue un capitán, ni un virrey, ni un obispo.

Fue un agricultor.

Su nombre era Juan Garrido.

Su piel era negra.

Era un hombre de color y de origen africano.

Era africano y de color.

Había nacido libre en África.

Y fue él quien hizo brotar por primera vez el trigo en la tierra continental americana.

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Nuestra época suele mirar la historia con lentes demasiado sencillos.

Con frecuencia imaginamos la conquista como un enfrentamiento entre españoles e indígenas, como si aquellos dos mundos hubieran sido los únicos protagonistas.

La realidad fue mucho más compleja.

Las expediciones españolas estaban formadas por hombres de muy diversos orígenes.

Había castellanos, extremeños, andaluces, portugueses, italianos, griegos, flamencos y también africanos.

Algunos llegaron como esclavos.

Otros, como Juan Garrido, llegaron siendo hombres libres.

Soldados.

Cristianos.

Vecinos del Imperio español.

Combatieron con espada, con ballesta y con arcabuz bajo las mismas banderas que los demás conquistadores.

La historia no siempre cabe dentro de las simplificaciones modernas.

La realidad suele ser infinitamente más rica.

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Juan Garrido nació probablemente en las tierras mandingas del África occidental durante la segunda mitad del siglo XV.

Llegó muy joven a Sevilla.

Aprendió el castellano.

Fue bautizado.

Se integró plenamente al mundo hispánico.

En 1502 cruzó el Atlántico formando parte de la expedición de Nicolás de Ovando hacia La Española.

No viajaba encadenado.

No descendía al Nuevo Mundo dentro de un barco negrero.

Lo hacía como hombre libre.

Como tantos otros aventureros que buscaban fortuna al otro lado del océano.

Combatió en La Española.

Participó en Puerto Rico.

Marchó a Cuba.

Y finalmente acompañó a Hernán Cortés durante la campaña que culminaría con la caída de México-Tenochtitlan en 1521.

Mientras muchos conquistadores soñaban con oro, Juan Garrido comenzaba a imaginar otra riqueza.

Mucho más discreta.

Mucho más permanente.

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La caída de Tenochtitlan significó el nacimiento de una ciudad nueva.

Sobre los antiguos templos comenzaron a levantarse conventos.

Las acequias fueron modificándose.

Las calles empezaron a dibujarse con la geometría castellana.

El lago fue cediendo lentamente ante la voluntad humana.

Era una ciudad naciendo entre ruinas.

Todo estaba por hacerse.

Era el momento perfecto para sembrar.

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Existe una hermosa ironía en la historia.

Los grandes conquistadores suelen ser recordados por aquello que destruyeron.

Los grandes agricultores por aquello que hicieron crecer.

Juan Garrido eligió pertenecer al segundo grupo.

Mientras muchos solicitaban encomiendas, tributos o minas, él pidió tierra.

Comprendió que ningún tesoro alimenta a una familia durante generaciones.

Una cosecha sí.

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El trigo acompañaba desde hacía miles de años la historia del Mediterráneo.

Había alimentado a egipcios, griegos y romanos.

Con él se elaboraba el pan cotidiano.

También el pan de la Eucaristía.

Era, para la civilización europea, mucho más que un alimento.

Era casi un símbolo de la propia cultura.

América, en cambio, tenía otro corazón.

El maíz.

Civilización extraordinaria.

Grano sagrado.

Base de pueblos enteros.

Ningún alimento puede entenderse únicamente desde la nutrición.

Cada pueblo termina pareciéndose al cereal que cultiva.

El maíz y el trigo jamás fueron enemigos.

Simplemente nacieron para dialogar.

Y ese diálogo comenzó gracias a un africano.

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Cuenta la tradición que algunas semillas de trigo llegaron accidentalmente mezcladas entre sacos traídos desde Castilla.

Otros afirman que fueron conservadas cuidadosamente.

Sea cual haya sido el origen, Juan Garrido comprendió inmediatamente su valor.

Las sembró en Coyoacán.

Preparó cuidadosamente la tierra.

Esperó la lluvia.

Protegió los brotes.

Observó pacientemente el crecimiento.

Hasta que un día las espigas doradas comenzaron a inclinarse bajo el peso del grano.

Aquella escena parecía insignificante.

Pero la historia estaba cambiando.

Por primera vez el trigo nacía exitosamente en tierra firme americana.

Con aquellas primeras espigas comenzó una revolución silenciosa.

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Resulta curioso.

Las primeras hogazas de pan americano no nacieron en un gran horno real.

No fueron preparadas por un arzobispo.

Ni por un virrey.

Ni por un noble castellano.

Fueron posibles gracias al trabajo paciente de un hombre africano.

La historia posee un sentido del humor que ningún novelista podría igualar.

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Años después Juan Garrido presentó ante las autoridades su probanza de méritos.

No solicitó títulos rimbombantes.

No reclamó honores militares.

Simplemente dejó constancia de un hecho.

Él había sido el primero en sembrar trigo con éxito en la Nueva España.

Aquella afirmación quedó registrada para la posteridad.

Gracias a ese documento hoy conocemos una historia que estuvo cerca de perderse entre los pliegues del tiempo.

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El pan comenzó entonces su propio viaje.

Llegaron los molinos.

Los hornos.

Las tahonas.

Los panaderos.

Las recetas.

Los monasterios elaboraron hostias para la misa.

Las ciudades comenzaron a oler a pan recién horneado.

Y poco a poco el trigo fue extendiéndose por Puebla, Tlaxcala, el Bajío y los grandes valles novohispanos.

No desplazó al maíz.

Convivió con él.

Porque las grandes civilizaciones no nacen de la sustitución.

Nacen del encuentro.

México terminó siendo hijo de la tortilla y también del bolillo.

Del atole y del pan.

De la milpa y del molino.

Dos mundos que aprendieron a compartir la misma mesa.

Y que mejor ejemplo que Las guajolotes

Dícese por guajolota una torta 🥖 de bolillo hecho a base de harina de trigo que contiene un tamal 🫔 de maiz, generalmente de mole Made in México señores, a cómo chintetes no [✓]

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Quizá allí reside una de las mayores enseñanzas de Juan Garrido.

La verdadera conquista no consiste en imponer.

Consiste en sembrar.

Las armas someten.

Las semillas convencen.

Los ejércitos ocupan territorios.

Las cosechas alimentan pueblos.

Las guerras tienen fecha de inicio y de final.

Los trigales continúan naciendo mientras exista quien los cuide.

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Vivimos una época fascinada por el estruendo.

Las redes sociales celebran la ocurrencia inmediata.

La política exalta el enfrentamiento.

Los medios magnifican el escándalo.

Todo parece girar alrededor del ruido.

Pero la naturaleza continúa enseñándonos otra lección.

Los árboles crecen en silencio.

Las montañas se forman lentamente.

Los ríos desgastan la roca gota tras gota.

Las espigas tampoco hacen ruido cuando maduran.

Quizá las obras verdaderamente importantes siempre suceden en silencio.

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No sabemos dónde descansa exactamente Juan Garrido.

No posee un mausoleo comparable con el de los grandes conquistadores.

No existen estatuas monumentales dedicadas a su memoria.

Muchos mexicanos jamás han escuchado su nombre.

Y, sin embargo, cada vez que una familia parte una pieza de pan, cada vez que un horno enciende su fuego al amanecer, cada vez que un campesino contempla un campo dorado movido por el viento, la memoria de aquel hombre vuelve discretamente a la vida.

Sin saberlo.

Sin proponérselo.

Sin necesidad de monumentos.

Porque existen seres humanos cuya mayor estatua es aquello que dejaron floreciendo.

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Quizá por eso la historia debería escribirse con menos espadas y más semillas.

Con menos coronas y más surcos.

Con menos héroes vestidos de hierro y más hombres cubiertos de polvo.

Los primeros construyen la gloria.

Los segundos construyen la civilización.

Y entre ambos existe una diferencia inmensa.

La gloria pertenece al instante.

La civilización pertenece a los siglos.

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Juan Garrido cruzó un océano siendo un hombre libre.

Combatió cuando fue necesario.

Pero terminó comprendiendo que la victoria más grande no consistía en derrotar enemigos.

Consistía en alimentar generaciones.

Mientras las espadas terminaban cubiertas por el óxido inevitable del tiempo, aquellas primeras espigas continuaban multiplicándose año tras año.

Tal vez esa sea la verdadera metáfora de la historia humana.

Los imperios nacen.

Los imperios caen.

Las ciudades cambian de nombre.

Las banderas se transforman.

Las lenguas evolucionan.

Pero una semilla, depositada con esperanza sobre la tierra fértil, posee una fuerza infinitamente mayor que cualquier ejército.

Porque la espada conquista un día.

El pan conquista todos los días.

Y acaso por ello el africano libre llamado Juan Garrido terminó realizando la más hermosa de todas las conquistas: no la de un reino, sino la del hambre; no la de un pueblo, sino la de la esperanza; no la del oro, sino la del trigo, que desde entonces comenzó a pintar de dorado los campos de América y a recordar, generación tras generación, que la civilización florece cuando el ser humano cambia el acero de la espada por la humilde grandeza de una semilla.

🪗 Acordeón 🪗

Juan Garrido era negro.

Así que quién discrimine a los hombres de color en América, en honor a su convicción discriminatoria , que no coman ni pan ni tortillas, uno triunfo de un negro y el otro triunfo de los indígenas americanos bien llamados hombres originarios de América.

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