Apunte Diario sobre Letras Hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales

Hay palabras que parecen inofensivas y, sin embargo, poseen la fuerza de una espada. Una de ellas es perdón.
Pocas voces han recorrido tantos siglos con semejante carga moral. Se pide perdón en los templos. Se pide perdón entre amantes. Se pide perdón al hijo que ha sido herido. Se pide perdón antes de morir. También los pueblos, algunas veces, lo han pedido. Otras, lo han exigido.
Pero existe una diferencia profunda entre el perdón que nace del arrepentimiento y el perdón convertido en instrumento político.
La reciente visita del Rey de España a México volvió a despertar un viejo debate. Hubo quienes esperaban escuchar una disculpa solemne por los acontecimientos ocurridos hace más de quinientos años. No sucedió.
Y quizá la verdadera pregunta nunca fue si el Rey debía pedir perdón.
La pregunta es otra.
¿Puede una nación construir su porvenir mirando únicamente por el espejo retrovisor?
Donde muchos observan únicamente a dos gobiernos, yo prefiero mirar a dos civilizaciones.

España no es la España de Carlos V.
México tampoco es el imperio mexica.
Ambos países son hoy naciones soberanas.
Pero soberanas no significa idénticas.
Vivimos en una época que idolatra una palabra: igualdad.
Sin embargo, el Derecho —que suele ser menos sentimental que la política— hace siglos comprendió una verdad más compleja: la auténtica justicia consiste muchas veces en tratar de manera distinta a quienes viven realidades distintas.
La igualdad absoluta jamás ha existido.
Ni entre los hombres.
Ni entre las culturas.
Ni siquiera entre los hermanos nacidos de un mismo vientre.
Cada ser humano constituye un universo irrepetible.
La verdadera grandeza de la humanidad no radica en ser iguales.
Radica precisamente en nuestra extraordinaria diversidad.
Los antiguos griegos comprendieron algo que nuestra época parece olvidar.
El verdadero gobernante no era quien dominaba el espacio.
Era quien comprendía el tiempo.
Cronos devoraba a sus propios hijos.
No por crueldad únicamente.
Sino porque el tiempo termina devorándolo absolutamente todo.
Después vendría Zeus.
Después Roma.
Después los imperios.
Después las revoluciones.
Después las ideologías.
Después nosotros.
Francisco de Goya inmortalizó ese espanto en una de las pinturas más estremecedoras de la historia: Saturno devorando a su hijo.
No existe metáfora más poderosa.
El tiempo acaba por tragarse incluso aquello que parecía eterno.
También la ciencia terminó dándole la razón a los poetas.
Durante siglos el tiempo fue considerado una línea recta.
Hasta que apareció Einstein.

Entonces comprendimos que el tiempo tampoco era absoluto.
Depende de la velocidad.
Depende de la gravedad.
Depende del observador.
No transcurre igual para un astronauta que para quien permanece sobre la Tierra.
Pero mucho antes de Einstein, los mayas ya habían imaginado un tiempo circular.
No caminaba.
Respiraba.
Volvía.
Renacía.
Regresaba convertido en calendario y en destino.
Quizá por eso ninguna civilización importante entendió el tiempo exactamente igual.
Porque el tiempo nunca ha sido solamente un reloj.
Es una manera de mirar la existencia.
Tampoco existe un único tiempo humano.
No corre igual para un niño esperando la Navidad.
Que para un condenado esperando la madrugada de su ejecución.
No avanza igual para la madre que aguarda el regreso de su hijo desaparecido.
Que para el anciano que observa cómo los años empiezan a escaparse de sus manos.
El poeta lo sabía.
“Amé.
Fui amado.”
Y también sabía que mayo no era eterno.
Toda primavera termina aprendiendo el idioma del otoño.
Por eso resulta peligroso juzgar el siglo XVI con la moral del siglo XXI.
Comprender no significa justificar.
Nadie sensato puede negar que hubo violencia.
Hubo epidemias.
Hubo sometimiento.
Hubo destrucción.
Hubo pueblos enteros que desaparecieron.

Pero tampoco puede escribirse la historia amputándole capítulos.
Porque después vino el mestizaje.
Vinieron universidades.
Hospitales.
Cabildos.
Catedrales.
Leyes.
Lengua.
Literatura.
Una nueva nación terminó naciendo precisamente del encuentro —muchas veces brutal— entre dos mundos.
Nuestra propia sangre lleva escrita esa contradicción.
Muchos de quienes hoy exigen que España pida perdón poseen apellidos españoles.
Muchos tienen abuelos españoles.
Algunos incluso reclaman, con legítimo orgullo, la doble nacionalidad.
Ahí mismo está la señora Beatriz Müller, gran crítica he influyente en el pensamiento y determinaciones históricas de Andrés Manuel, pide la nacionalidad española. Y de obtenerla el hijito de ambos, -de Beatriz y de Andrés- podría optar por esta ibérica nacionalidad y el Rey no pidió perdón. ¿En qué quedamos pues?
Si.
Reportes de medios, confirmados por fuentes diplomáticas españolas, indican que Beatriz Gutiérrez Müller, escritora y esposa del expresidente Andrés Manuel López Obrador, ha realizado gestiones para obtener la nacionalidad española. El trámite lo estaría realizando amparándose en la Ley de Memoria Democrática, la cual permite a descendientes de españoles adquirir la ciudadanía.Contexto y detalles del trámite.
Mecanismo: Gutiérrez Müller invocaría su ascendencia española (por su linaje paterno) para solicitar el pasaporte ibérico.
Reacciones: Tras darse a conocer la información por medios como el diario español ABC, algunos usuarios en redes sociales criticaron el proceso debido a las exigencias previas de disculpa pública a España por la Conquista. Ante esto, la académica respondió en sus plataformas afirmando que continúa viviendo en México.
Doble nacionalidad: Cabe señalar que entre México y España no existe un tratado oficial de doble nacionalidad, por lo que obtener la ciudadanía española simplemente suma un estatus, sin que ella pierda su nacionalidad mexicana.
La historia posee un extraordinario sentido de la ironía.
El hijito de Beatriz Müller y Andrés López Obrador, siendo español y mexicano, no tiene ninguna responsabilidad de las acciones de sus padres, o de Carlos V o Felipes I, II, III, IV, V, y VI. Tampoco de franco y de Lázaro Cárdenas o de Torquemada o de los dueños de la Bambi y la Vasconia o de los dueños del Terranova y Romasa o Rodi y Raban. El infante perfectamente puede retomar su derecho en toda justicia porque no hay culpa en él de las acciones ajenas. Solo es un chavito sujeto a las condiciones humanas que como humano le han tocado.
-Y que nada de lo humano te sea ajeno- parece decir el de Macuspana.
Y si este jovencito puede retomar sus derechos, lo mismo pueden hacer millones de mexicanos. No hay culpa. Tampoco hay perdón y tampoco la obligación de pedir perdón.Y así el mundo sigue rodando. ¿A quien le toca mejorarlo?
Existe una antigua figura en la historia inglesa conocida como el niño de los azotes.
Era el muchacho que recibía los golpes destinados al príncipe.
Como el heredero real era considerado inviolable, otro niño era castigado en su lugar.
Terminaba pagando culpas que nunca fueron suyas.

La historia suele repetir sus metáforas.
A veces los pueblos convierten a otro en el eterno responsable de todas sus desgracias.
Y entonces resulta cómodo golpear siempre al mismo.
Porque mirar hacia afuera evita la dolorosa tarea de mirar hacia adentro.
Mientras discutimos lo ocurrido hace quinientos años, el México de hoy continúa escribiendo sus propias páginas de dolor.
Y ¡Ah! Cómo nos gusta entre paisanos elegir, encontrar y torturar al otro, al humano de los azotes, y aveces no es metáfora!
Las madres buscadoras siguen recorriendo cerros y desiertos.
Los desaparecidos siguen esperando nombre.
Los comerciantes continúan pagando extorsiones.
Los jóvenes siguen muriendo.
Las familias continúan enterrando hijos.
El empresario que perdió toda una vida de trabajo.
La mujer asaltada.
El anciano despojado de su patrimonio.
El estudiante asesinado.
El campesino desplazado.
El trabajador que ya no regresó a casa.
Ellos también esperan un perdón.
Pero sobre todo esperan justicia.
Y esa justicia únicamente puede construirse en presente.
El perdón constituye una virtud inmensa cuando nace del reconocimiento del daño.
Pero se vuelve una herramienta muy pobre cuando pretende sustituir a la responsabilidad cotidiana.
Porque ninguna disculpa pronunciada en un palacio europeo devolverá la vida a quien fue asesinado ayer.
Ningún discurso histórico consolará por sí mismo a la madre que continúa buscando entre fosas clandestinas.
Ninguna ceremonia diplomática sustituirá la obligación del Estado de garantizar seguridad, legalidad y paz.
La memoria es indispensable.
El rencor permanente, no.
Miguel de Cervantes hizo decir a Don Quijote que el tiempo descubre las verdades y deshace los engaños.
Y quizá nadie ha gobernado jamás mejor que el tiempo.
Él derriba imperios.
Borra fronteras.
Convierte reyes en polvo.
Hace olvidar dictadores.
Levanta civilizaciones nuevas sobre las ruinas de las antiguas.
Es el gran legislador silencioso de la historia.
El mayor componedor.
El más severo de los jueces.
El único capaz de dictar sentencias que ninguna corte puede revocar.
Entre Cristóbal Colón y Andrés Manuel López Obrador transcurren más de cinco siglos.
Cinco siglos durante los cuales el mundo cambió por completo.
Cambiaron las leyes.
Cambió la ciencia.
Cambiaron las ideas.
Cambiaron las fronteras.
Cambiamos nosotros.
Pero hay algo que no debería cambiar jamás.
La obligación moral de atender primero las heridas abiertas antes que convertir las cicatrices antiguas en trincheras políticas.
Porque las naciones maduras no viven prisioneras de sus agravios.
Aprenden de ellos.
Los estudian.
Los enseñan.
Los recuerdan.
Pero sobre todo construyen un futuro que haga imposible repetirlos.
España seguirá siendo parte inseparable de nuestra historia.
México seguirá siendo una nación profundamente mestiza.
Negarlo sería tan absurdo como negar la mitad de nuestro propio rostro.
Quizá no necesitamos un perdón ceremonial.
Necesitamos algo mucho más difícil.
Necesitamos verdad sin propaganda.
Historia sin fanatismo.
Memoria sin odio.
Justicia sin pretextos.

Y gobernantes capaces de comprender que el tiempo, ese inmenso escultor del universo, jamás absuelve a quienes utilizan el pasado para olvidar el presente.
Porque mientras discutimos quién debe pedir perdón por los muertos de hace quinientos años, hay mexicanos que esta misma noche siguen esperando algo mucho más urgente.
No una disculpa.
Sino la sencilla, inmensa y todavía incumplida promesa de regresar vivos a casa.
Sin odio y sin rencor
Arturo.



