APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS

La irresponsabilidad al abandonar 572 vidas en el océano.

(571 humanas y Neptuno el perrito del capitán del barco).

Por Arturo Vásquez Urdiales

El Oceanos (barco marcante) se hundió el 4 de agosto de 1991 frente a la Wild Coast sudafricana; las 571 personas fueron rescatadas; sobrevivientes acusaron al capitán Yiannis Avranas y a oficiales de abandonar el buque; los artistas —Moss Hills, Tracy Hills, Julian Russell/Butler, Robin Boltman y otros— organizaron parte decisiva del rescate; unas 400 personas fueron recogidas por barcos y cerca de 170 por helicópteros, según la cobertura de época.

Estoy seguro que la marina, acá mesmo y por ejemplo en Salina Cruz, Oaxaca, hubiera hécholo hasta mejor, que por cierto aquí no habría capitanes griegos que abandonaran a la muerte a su pasaje. De ello dan ejemplo todos los días las calles de Salina Cruz mismo y ¿por qué no? Juchitán de todas las tempestades y todos los vientos.

La verdad es que Avranas dejó a los pasajeros a su suerte, esperándoles una muerte segura y congelada.

Perdone el lector la expresión, Avranas era huérfanito.

El guitarrista que tomó el puente del barco que moría.

La noche en que el MS Oceanos se hundió y todos sobrevieron.

La noche empezó con música.

No con alarma. No con sirenas. No con la voz grave de un capitán ordenando calma desde los altavoces. Empezó con música, como empiezan las tragedias cuando todavía no saben que son tragedias: una guitarra, unas canciones para distraer el miedo, un salón de crucero lleno de pasajeros que intentaban convencerse de que el mar no era una bestia sino apenas un mal humor pasajero.

Era agosto de 1991. El MS Oceanos, viejo crucero griego, navegaba frente a las costas salvajes de Sudáfrica, en esa franja marina donde el océano Índico golpea la tierra con un rencor antiguo. Había salido de East London rumbo a Durban. El barco llevaba familias, ancianos, turistas, músicos, magos, trabajadores del entretenimiento y una tripulación que, en teoría, debía conocer el lenguaje secreto de las emergencias marítimas.

Pero el mar comenzó a hablar primero.

Las olas golpeaban como puertas de hierro. El viento doblaba la noche. Adentro, los pasajeros sentían que el barco ya no navegaba: era empujado, mordido, alzado y arrojado de nuevo contra la negrura. Luego vino el silencio más terrible de un buque: el silencio de las máquinas.

Moss Hills, guitarrista y cantante, no era oficial de marina. No tenía rango. No sabía leer coordenadas. No había sido entrenado para dirigir una evacuación. Su deber aquella noche era otro: tocar, cantar, mantener encendida una pequeña lámpara humana en medio del miedo.

Pero algo no estaba bien.

Vio tripulantes correr con chalecos salvavidas. Vio rostros mojados, nerviosos, ojos que no explicaban nada. Vio hombres de uniforme moverse no como quien organiza, sino como quien huye. No hubo un anuncio claro. No hubo una conducción visible. No apareció esa figura que, desde los tiempos de los barcos de madera, carga sobre los hombros una ley no escrita: el capitán permanece hasta el final.

Moss bajó a investigar con Julian Russell, mago del elenco. Descendieron por escaleras oscuras, entre metal húmedo y pasillos que parecían intestinos de una ballena herida. En las entrañas del Oceanos encontraron el signo que nadie quería pronunciar: puertas estancas cerradas, agua avanzando, el cuerpo del barco dividido contra sí mismo. El buque estaba tomando agua.

Arriba, la escena era peor. Algunos botes salvavidas ya habían sido bajados. En ellos iban demasiados tripulantes. Los pasajeros, muchos todavía sin comprender el tamaño de la muerte que se acercaba, miraban hacia la oscuridad buscando una autoridad que no llegaba.

Entonces ocurrió una de esas inversiones morales que sólo produce el desastre: el guitarrista comenzó a hacer lo que el mando no hacía.

Organizó gente. Calmó mujeres, ancianos, niños. Ayudó a lanzar botes. Coordinó como pudo. Tracy, su esposa, también artista, sostuvo la disciplina humana donde el protocolo se había desmoronado. Los magos, los cantantes, los empleados del espectáculo dejaron de ser entretenimiento y se volvieron columna vertebral del rescate.

El Oceanos se inclinaba cada vez más.

Un barco que se inclina deja de ser barco y se convierte en montaña resbalosa. Las cubiertas ya no son suelo, sino paredes. Las puertas ya no abren hacia pasillos, sino hacia abismos. Los muebles se desprenden. Los cuerpos pierden orientación. El mar, allá abajo, sube como si quisiera ocupar todos los cuartos.

Moss llegó al puente de mando.

El puente, en un barco, es el cerebro. Allí deberían estar la voz, la carta náutica, la decisión. Pero aquella noche el cerebro estaba vacío o casi vacío. Moss encontró la radio. No era su instrumento. No tenía cuerdas. No tenía acordes. Pero era lo único que podía salvarlos.

Empezó a llamar.

Del otro lado contestaron. Le pidieron información. Posición. Coordenadas. Rango.

Y entonces la historia encontró su frase de bronce.

Moss no mintió. No se inventó uniforme. No se disfrazó de capitán. Dijo la verdad desnuda, absurda, luminosa:

—No sé dónde estamos. Soy el guitarrista.

Hay frases que parecen pequeñas cuando nacen y luego se vuelven monumentos. Esa frase atravesó la radio como una bengala. En ella estaba todo: el abandono, la improvisación, el espanto y la dignidad. No hablaba un comandante. Hablaba un hombre que no debía estar allí, pero estaba. Y a veces la historia no pide títulos; pide presencia.

La respuesta sudafricana comenzó a moverse en la madrugada. La marina, la fuerza aérea, barcos cercanos, helicópteros. El rescate se volvió una operación inmensa contra el reloj. Los botes recogieron a cientos. Pero todavía quedaban pasajeros atrapados en el barco inclinado.

Entonces vinieron los helicópteros.

Bajaban sobre el Oceanos como insectos de acero en una tormenta. El viento los empujaba. El buque se ladeaba. La cubierta era una pendiente viva. Los rescatistas descendieron y enseñaron a Moss, en minutos, lo que debía hacer: colocar arneses, asegurar cuerpos, mandar señales, sostener el orden.

Y el guitarrista obedeció al deber.

Uno por uno, los pasajeros fueron arrancados del barco hacia el aire. Ancianas golpeadas por el viento. Hombres temblando. Mujeres con los ojos llenos de sal. Personas que no sabían si el arnés era salvación o último abrazo. Moss se amarró con cuerdas para no caer por la cubierta inclinada. Tracy organizaba filas, contenía el pánico, decidía prioridades con esa inteligencia feroz que aparece cuando la muerte se acerca demasiado.

El barco seguía hundiéndose.

Cada minuto era una moneda lanzada al fondo del mar. Cada pasajero izado era una vida que regresaba de la frontera. Y mientras tanto, la figura del capitán Yiannis Avranas quedaba marcada para siempre por la sospecha y la indignación. Él sostuvo después que había dejado el barco para coordinar el rescate desde afuera. Muchos sobrevivientes dijeron otra cosa: que se fue demasiado pronto, que el mando desapareció cuando más se necesitaba.

La tradición marítima no exige que un capitán muera inútilmente con su nave. Pero sí exige algo más difícil: que no abandone moralmente a los suyos antes de tiempo. Que sea la última lámpara. Que su voz no desaparezca. Que el uniforme no sea tela sino obligación.

En el Oceanos, esa obligación cayó en otras manos.

Cayó en un guitarrista.

Cayó en una bajista.

Cayó en magos, cómicos, empleados de turismo, rescatistas sudafricanos, pilotos que suspendieron sus máquinas sobre una cubierta casi vertical, marinos que bajaron al vientre de un buque moribundo para buscar a los rezagados.

Todos sobrevivieron.

Esa es la parte que parece imposible. Quinientas setenta y una personas salieron vivas de un barco que el mar ya había reclamado. No hubo muertos. No hubo cuerpos perdidos. No hubo padres buscando hijos entre listas negras. El Oceanos se hundió, pero no se llevó a nadie.

Después, cuando el último pasajero fue rescatado, Moss y Tracy abandonaron la nave. El barco quedó solo, ya sin voces, sin música, sin pasajeros. Luego se inclinó más. La proa descendió. La popa se elevó como una mano desesperada. Y finalmente el viejo crucero desapareció bajo las aguas.

El mar cerró la boca.

Pero no pudo tragarse la historia.

Porque aquella noche quedó escrito algo que no pertenece sólo a la marina ni a los manuales de emergencia. Pertenece a la condición humana. El deber no siempre baja del puente con charreteras doradas. A veces sube desde el salón de espectáculos con una guitarra en la mano. A veces la autoridad verdadera no es quien porta el rango, sino quien permanece cuando los demás huyen.

El Oceanos se hundió por el agua.

Pero la vergüenza se hundió por otra cosa: por la ausencia de quienes debían quedarse.

Y la salvación tuvo nombre de músico.

Moss Hills no tocó aquella noche para entretener.

Tocó, sin guitarra, la canción más antigua del mundo: la que dice que un ser humano puede ponerse de pie cuando todo se inclina; que la dignidad puede improvisarse en la oscuridad; que aun en medio del naufragio alguien puede levantar la voz y decir, con humildad y grandeza:

“No soy capitán. Soy el guitarrista. Pero aquí estoy.”

Notas de verificación: la frase exacta circula en varias versiones; lo más sólido es que Hills sí estableció contacto por radio desde el puente y que su propia declaración recuerda el absurdo de ser un músico coordinando una emergencia. Su testimonio personal dice que ayudó a lanzar botes, establecer radio y operar una estación de rescate por helicóptero hasta sacar a los pasajeros. La acusación contra Avranas fue contemporánea: sobrevivientes dijeron que oficiales se fueron pronto; él defendió su salida alegando coordinación externa; después una junta griega lo halló negligente junto con oficiales.

La pena en el derecho penal internacional nunca llegó.

Lo absurdo fue que el guitarrista inclusive salvó a neptuno el perro amarillo chiquitito y sin raza ni pedigree que el irresponsable capitán griego dejó olvidado a la muerte en el océanos.

Lo irónico fue que tiempo después Avranas presentó tiempo después una reclamación por el buen Neptuno. Acción que algún tribunal irresponsable le concedió.

La justicia de Dios llegó cuando Neptuno no quiso vivir nunca más con ese mal humano, siempre se le escapó y terminó siendo adoptado por una familia con niños, y el papá o jefe de esa familia tiene por buen oficio: guitarrista y músico.

Este mundo extraño no es de coincidencias. Están extraño y el humano tan pequeño que nosotros no lo entendemos.

Pobre humano miserable y que grande es Pachamama, la madre tierra. Neptuno un buen ejemplo.

¿Y usted, amable lector, ¿Ha dejado abandonados a los pasajeros de su barco y lo que es peor, impunemente.?

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