APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS

Por Arturo Vásquez Urdiales

La historia de México está llena de monumentos. Algunos fueron levantados para celebrar victorias; otros, para recordar derrotas. Sin embargo, existen monumentos más extraños todavía: aquellos que no guardan cuerpos, sino recuerdos.

Uno de ellos se encuentra en el antiguo Panteón de San Fernando de la Ciudad de México. Allí puede verse el cenotafio de Miguel Miramón, una tumba sin restos mortales, un sepulcro vacío que, paradójicamente, conserva una de las historias de amor y fidelidad más extraordinarias del siglo XIX mexicano.

Miramón está mal valuado en los records de los malvados de la historia.

Definitivamente anda cargando un ranking que no le corresponde.

Fue conservador Pero no enemigo de México . Hay muchos liberales definitivamente más enemigos de México, de aquellos tiempos y de estos, definitivamente.

Miramón fue más que todo un romántico y ese romanticismo le costó la vida. Regresó a México ya terminada la intervención francesa. No le hizo caso a su mujer y prácticamente vino a suelo patrio a ser fusilado junto con Mejia y el segundo o doble de Maximiliano de Habsburgo, a quien le fue fiel hasta en el momento de la muerte. Maximiliano no fue fusilado en las campanas. Hay que leer los artículos publicados en Letras Hipnóticas sobre Don Justo Armas.

De perdida hubiera gritado al pelotón de fusilamiento:

“Oiga. No sé vale”

O de plano

Que devuelvan las entradas

El secreto de quien si y quién no fue fusilado se lo llevó al hoy cenotafio. Monumento vacío por un enojo de Conchita Lombardo, quien no soportó ver los huesitos de su buen amado junto (a unos pasos) que los del indio de Guelatao. Juárez reposó en San Fernando casinun año a unos metros que Don Miguelito, el fusilado.

A Juárez también lo desvivieron, la angina de pecho es ni más ni menos que otra patraña de la historia, Pero esa es otra historia.

Hoy hablemos de Conchita Lombardo y el cenotafio.

Cómo dato curioso Conchita Lombardo tuvo un sobrinito y no muy conservador que digamos.

Vicente Lombardo Toledano

Lo fascinante de la historia
Si observas la cronología, parece una novela mexicana escrita por la Historia:

Conchita Lombardo nació en 1835.
Su esposo, Miguel Miramón, fue fusilado en 1867.
Vicente Lombardo Toledano nació en 1894, veintisiete años después del fusilamiento.
Cuando Vicente tenía 27 años, Conchita aún estaba viva.
Concepción murió en 1921, cuando Vicente ya era abogado y comenzaba su ascenso intelectual y político.

Lo que vuelve extraordinario este cruce es que una mujer conservadora, católica, vinculada al Segundo Imperio y viuda del gran adversario de Juárez, alcanzó a vivir lo suficiente para ver surgir a un joven Vicente Lombardo Toledano, quien terminaría convirtiéndose en uno de los más importantes líderes obreros, socialistas y marxistas del México posrevolucionario.

Hay algo casi literario en ello: la misma sangre lombarda atravesando dos Méxicos completamente distintos. Uno representado por Conchita, que guardaba las cartas de Miramón y lloraba el fin de un mundo; el otro representado por Vicente, que soñaba con sindicatos, universidades obreras y revoluciones sociales. Dos siglos mexicanos encontrándose bajo un mismo apellido

Así es México, por ello es tan acertado nuestro grito de no guerra:

¡Viva México Cabrones!

Volvamos al Cenotafio y a la tía de Vicentillo.

Para comprender ese cenotafio es necesario comenzar por una mujer: Concepción Lombardo de Miramón, conocida por la historia simplemente como Conchita.

Concepción Lombardo nació en la Ciudad de México el 8 de noviembre de 1835. Pertenecía a una familia acomodada y recibió una educación poco común para las mujeres de su tiempo. Era inteligente, culta y poseía una notable capacidad de observación. Nadie podía imaginar entonces que aquella joven terminaría convirtiéndose en testigo privilegiada de algunos de los acontecimientos más dramáticos de la historia nacional.

En aquellos años, México era una nación joven e inestable. Apenas se estaba recuperando de la Independencia cuando comenzaron las luchas entre liberales y conservadores. Era una época de pronunciamientos militares, cambios de gobierno y profundas divisiones ideológicas. Fue en ese escenario donde apareció un joven oficial llamado Miguel Miramón.

Nacido en la Ciudad de México en 1831, Miramón había destacado desde muy joven en el Colegio Militar. Participó en la defensa del Castillo de Chapultepec durante la invasión estadounidense de 1847 y muy pronto ganó fama como uno de los militares más brillantes de su generación. Valiente, inteligente y ambicioso, se convirtió en una de las principales figuras del Partido Conservador.

Conchita y Miguel se conocieron durante la década de 1850. El noviazgo avanzó rápidamente y contrajeron matrimonio el 30 de noviembre de 1858. El país se encontraba entonces inmerso en la Guerra de Reforma, un conflicto que enfrentaba a los partidarios del gobierno liberal encabezado por Benito Juárez contra el gobierno conservador establecido en la Ciudad de México.

El matrimonio inició prácticamente en medio de una guerra civil.

La carrera política de Miramón continuó ascendiendo. El 2 de febrero de 1859 asumió la presidencia del gobierno conservador. Tenía apenas veintisiete años de edad, convirtiéndose en el presidente más joven que ha tenido México. Conchita, con apenas veintitrés años, se convirtió en la primera dama más joven de la historia nacional.

Sin embargo, aquellos años de poder estuvieron marcados por la incertidumbre. Mientras Miramón gobernaba desde la capital, Benito Juárez sostenía su propio gobierno desde Veracruz. México tenía dos presidentes, dos proyectos nacionales y dos visiones irreconciliables sobre el futuro del país.

Las campañas militares se sucedían una tras otra. Miramón pasaba largos periodos lejos de casa. Las cartas entre los esposos se multiplicaron. A través de ellas puede observarse un amor profundo y sincero que sobrevivía a la distancia, a la guerra y a la incertidumbre política. Ese conjunto de correspondencia constituye hoy uno de los testimonios más valiosos para comprender la vida íntima de ambos personajes.

La derrota conservadora llegó finalmente en 1860. Juárez entró triunfante en la Ciudad de México y Miramón inició el camino del exilio. Conchita lo acompañó. Primero viajaron a Cuba y después a Europa. La vida que habían imaginado para sí mismos parecía haberse derrumbado.

Pero la historia todavía tenía reservado un último capítulo.

En 1864 se instauró el Segundo Imperio Mexicano bajo el gobierno de Maximiliano de Habsburgo. Miramón regresó a México y terminó convirtiéndose en uno de los principales defensores del emperador. Para entonces, la suerte del Imperio dependía cada vez más de las armas y cada vez menos de la política.

La retirada del apoyo francés dejó a Maximiliano prácticamente solo frente al avance republicano. En 1867 las tropas imperiales quedaron cercadas en Querétaro. Miramón asumió un papel fundamental en la defensa de la ciudad.

Conchita comprendía perfectamente el peligro que corría su esposo. Sabía que la derrota significaba algo más que el fracaso político. Significaba la muerte.

La caída de Querétaro confirmó sus temores. Maximiliano, Miramón y Tomás Mejía fueron capturados y sometidos a juicio militar. Durante las semanas que siguieron, Conchita hizo cuanto estuvo a su alcance para salvar a su esposo. Escribió cartas, buscó apoyos diplomáticos y apeló a todas las influencias posibles. Nada dio resultado.

La sentencia fue confirmada.

La mañana del 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas de Querétaro, fueron fusilados Maximiliano, Miramón y Mejía. Miguel Miramón tenía treinta y cinco años de edad. Conchita tenía treinta y uno.

A partir de ese momento comenzó la etapa más extraordinaria de su vida.

Viuda a una edad temprana, pudo haber reconstruido su existencia. Pudo haberse vuelto a casar o buscar una vida diferente. Sin embargo, tomó otro camino. Permaneció fiel a la memoria de su esposo durante los siguientes cincuenta y cuatro años.

Vivió gran parte de ese tiempo en Europa. Presenció desde la distancia la consolidación del régimen porfirista, la caída de Porfirio Díaz y el estallido de la Revolución Mexicana. Sobrevivió a emperadores, presidentes, generales y gobiernos.

Mientras tanto, trabajó en una tarea monumental: preservar la memoria de Miguel Miramón.

El resultado fueron sus célebres memorias, una obra extensa donde relató los acontecimientos políticos y personales que marcaron su vida. Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, el valor histórico de ese testimonio es inmenso. Gracias a Conchita conocemos aspectos fundamentales de una época decisiva para México.

Con el paso de los años ocurrió un episodio poco conocido que nos conduce al tema central de esta columna.

Tras el fusilamiento, los restos de Miguel Miramón fueron depositados en el Panteón de San Fernando. Allí permanecieron durante algún tiempo. Sin embargo, posteriormente Conchita decidió trasladarlos a la Catedral de Puebla.

Los restos partieron.

La tumba permaneció.

Y así nació el cenotafio.

La palabra proviene del griego y significa literalmente “tumba vacía”. Es un monumento erigido en memoria de una persona cuyos restos no se encuentran en el lugar.

Quien visite hoy el antiguo Panteón de San Fernando encontrará todavía aquel monumento funerario dedicado a Miramón. Verá la piedra, las inscripciones y la solemnidad del conjunto. Lo que no encontrará será el cuerpo.

Los restos descansan en Puebla.

La memoria permanece en San Fernando.

Y quizá allí reside la verdadera fuerza simbólica del cenotafio.

Porque los cuerpos pertenecen a la tierra, pero los recuerdos pertenecen al tiempo.

Concepción Lombardo entendió esa verdad mejor que nadie. Durante más de medio siglo se dedicó a custodiar la memoria de un hombre derrotado por la guerra y condenado por la historia. Lo hizo mediante sus escritos, mediante sus recuerdos y mediante una fidelidad que resulta difícil comprender en nuestra época.

Conchita murió en Toulouse, Francia, el 18 de marzo de 1921. Había vivido ochenta y cinco años. Había sobrevivido cincuenta y cuatro años a su esposo. Había dedicado más tiempo a recordar a Miguel Miramón que el que había pasado a su lado.

Hoy, cuando el visitante recorre los senderos silenciosos del Panteón de San Fernando y se detiene frente al cenotafio de Miramón, contempla mucho más que una tumba vacía. Contempla el último capítulo de una historia de amor, lealtad y memoria que sobrevivió a guerras civiles, imperios, fusilamientos, exilios y revoluciones.

El monumento está vacío de restos humanos.

Pero sigue lleno de historia.

Y, sobre todo, sigue lleno de la presencia invisible de aquella mujer que dedicó medio siglo a impedir que el olvido triunfara sobre la memoria.

Conchita de Miramón, la viuda que custodió medio siglo de memoria.

Los más irónico de lo irónico es que hoy invocar la partido revolucionario institucional parece hasta delito.

Uno de sus fundadores estructurales vía CTM fue Don Vicente Lombardo Toledano.

Le siguió Don Fidel Velasquez.

Don Vicentillo era Marxista Leninista Troskista de hueso de aguacate colorado. Más colorado que el chapulín colorado.

No puede haber conservadores más recalcitrante en México, entonces, que está familia Lombardo. Unos vía maximiliano y otros vía Marx y Lenin.

Y cosas de México y la historia. La gran familia política hoy son la misma cosa.

La historia es un péndulo.

Este México es como

El Pozo y el Péndulo de Edgar Allan Poe.

Así es este país :

(Larga y sin piedad es la tortura aquí por la sed de sangre inocente, sin saciar, sin alimentar, ahora que la patria está protegida y rota está la gruta fúnebre, la muerte estuvo donde ahora hay vida saludable).

El narrador/protagonista comienza el relato, ya agotado en una oscura celda en donde la inquisición española encierra a las personas que condena, y donde la tortura que esta aplica consiste en la soledad, el abandono, la oscuridad, el frío y el hambre. El torturado protagonista se encuentra atado en casi su totalidad y experimenta la angustia de conocer su próxima muerte pues un péndulo desciende hacia él. Luego de medir el tamaño de su celda, este descubre una fosa profunda con agua ubicada en el centro del sitio.

Seguro de que será muerto por la navaja del extremo de tal péndulo, se entretiene con la trayectoria del objeto, pero luego se le ocurre una idea, recordando que tiene a su disposición un poco de carne, comida que compartía con las ratas. Con dificultad logra rociar su cuerpo con un poco del alimento, y los roedores le saltan encima, comiendo y royendo la cuerda que le tiene atado. Ya liberado, de inmediato el péndulo se detiene y el hombre en cuestión razona que está siendo vigilado, y que ya se prepara para él una muerte quizá peor.

La habitación calienta su ambiente al rojo vivo y cambia de forma reduciendo su tamaño, haciendo que las paredes se cierren en torno del protagonista, y empujándolo al borde de la inminente fosa. El narrador se ve en la disyuntiva de morir triturado o de lanzarse a la fosa que originalmente iba a ser su «sepultura». Cuando se encuentra sin más espacio para huir, totalmente desesperanzado y a punto de tirarse a la fosa, una mano lo sujeta y lo salva. La mano es la de un militar francés que es liderado por el general Lasalle, quien había entrado en Toledo durante las Guerras Napoleónicas y descubierto las torturas a las que eran sometidas las víctimas de la inquisición.

El pozo y el péndulo (The Pit and the Pendulum en el original inglés) es un cuento de Edgar Allan Poe que se publicó en 1842. Es considerado uno de los relatos más famosos del autor y uno de los más espeluznantes dentro de la literatura de terror, pues transmite el abandono, la desorientación, el desconcierto y la desesperanza de una persona que sabe que va a morir.

¡Viva México Cabrones!

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