Apunte diario sobre Letras Hipnóticas

Los intérpretes de la palabra y los guardianes del fuego

Por Arturo Vásquez Urdiales

Los templos jamás permanecen vacíos.

Ésa es una ley antigua y obstinada. Apenas una doctrina levanta columnas, apenas una causa comienza a rodearse de símbolos, apenas un movimiento descubre el sabor embriagante de la fe colectiva, algo comienza a moverse entre las sombras.

Llegan los sacerdotes.

No aparecen necesariamente con sotanas, túnicas o báculos de oro. La historia moderna los viste de otra manera. Los cubre con trajes oscuros, con credenciales oficiales, con cámaras, con micrófonos, con columnas periodísticas, con escritorios, con decretos y con pantallas luminosas.

Pero su función continúa siendo casi la misma que hace miles de años:

interpretar la palabra sagrada.

Porque toda estructura de poder necesita intérpretes.

El rey necesitaba consejeros.

Los emperadores necesitaban escribanos.

Los antiguos faraones necesitaban sacerdotes capaces de explicar la voluntad de los dioses.

Los grandes movimientos políticos también terminan necesitándolos.

Necesitan hombres y mujeres que traduzcan la doctrina para el pueblo. Necesitan guardianes del lenguaje correcto. Necesitan rostros que expliquen qué significa realmente cada frase pronunciada desde arriba.

Y lentamente ocurre algo peligroso.

La explicación comienza a convertirse en vigilancia.

La vigilancia comienza a convertirse en obediencia.

Y la obediencia comienza a transformarse en liturgia.

Entonces aparecen los nuevos rituales.

Ya no se trata únicamente de creer.

Ahora hay que demostrar la creencia.

Hay que repetir ciertas palabras.

Hay que utilizar ciertos términos.

Hay que mostrar determinados gestos.

Hay que pertenecer.

Y el hombre, criatura extraña y profundamente social, comienza a experimentar uno de los miedos más antiguos de la especie:

el miedo a quedar fuera de la tribu.

Porque ninguna expulsión pesa tanto sobre el alma humana como la expulsión simbólica.

El ser humano soporta el hambre durante un tiempo. Soporta el frío. Soporta la pobreza. Soporta guerras y terremotos.

Pero soporta muy mal el aislamiento.

Por eso los sacerdotes del poder aprenden rápidamente algo extraordinario:

no necesitan controlar todos los cuerpos.

Les basta con controlar algunas conciencias.

Les basta convertir ciertas palabras en dogma.

Les basta decidir qué pensamiento es respetable y cuál merece sospecha.

Y entonces ocurre un fenómeno curioso.

Los hombres dejan de preguntar lo que piensan.

Comienzan a pensar lo que pueden preguntar.

Allí comienza la verdadera victoria del templo.

Porque el templo perfecto no es aquel donde las puertas están cerradas.

El templo perfecto es aquel donde las puertas están abiertas y aun así nadie se atreve a salir.

La historia conoce demasiados ejemplos.

Hubo sacerdotes que defendieron monarquías absolutas.

Hubo sacerdotes que bendijeron guerras.

Hubo sacerdotes ideológicos que explicaron revoluciones.

Hubo sacerdotes económicos que prometieron paraísos infinitos.

Hubo sacerdotes del partido.

Hubo sacerdotes del mercado.

Hubo sacerdotes de la raza.

Hubo sacerdotes de la nación.

Y todos compartían algo parecido.

Creían custodiar la verdad.

Pero la verdad posee una costumbre incómoda: nunca se deja encerrar completamente.

Siempre se escapa por una grieta.

Siempre deja una pregunta sin responder.

Siempre obliga a volver a pensar.

Y quizá por eso los sacerdotes auténticos del conocimiento son muy distintos de los sacerdotes del poder.

Los primeros dudan.

Los segundos condenan.

Los primeros preguntan.

Los segundos señalan.

Los primeros buscan.

Los segundos anuncian que ya encontraron.

Y pocas cosas resultan tan peligrosas como un hombre convencido de haber encontrado definitivamente la verdad.

Porque a partir de ese momento deja de escuchar.

Deja de observar.

Deja de aprender.

Y comienza a proteger su pequeño altar personal.

Las sociedades libres no necesitan destruir sacerdotes.

Necesitan impedir que existan sacerdocios absolutos.

Necesitan ventanas abiertas.

Necesitan desacuerdos.

Necesitan voces molestas.

Necesitan hombres capaces de decir:

“No estoy seguro.”

Porque quizá las palabras más inteligentes que un ser humano puede pronunciar jamás han sido:

“Podría estar equivocado.”

Pero los templos detestan esas palabras.

Las consideran una amenaza.

Porque la duda hace temblar las columnas.

Y cuando las columnas comienzan a temblar, los sacerdotes sienten un frío antiguo recorriéndoles la espalda.

El frío de comprender que quizá el fuego que cuidaban nunca fue suyo.

Que la verdad no les pertenecía.

Que solamente estaban sentados cerca de ella.

Y que ahora la luz está buscando otro camino.

Continuará: El espejo.

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Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Arturo David Vásquez Urdiales Zuazubiskar es notario público, abogado y escritor oaxaqueño. Fundador de la serie Apunte diario sobre letras Hipnóticas y autor de obras como Los siete ojos del gato negro y La piedra del tiempo, su estilo mezcla historia, mística, crítica social y visión futurista. Con más de 35 años de trayectoria jurídica, ha sido Consejero Jurídico del Estado de Oaxaca y hoy encabeza la Notaría Pública número 100. Su escritura explora los umbrales entre lo real y lo invisible. También es creador del idioma universal Zawki y promotor de la Fundación de Letras Hipnóticas AC.

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