Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
El día en que el hombre descubre que el monstruo también vive dentro de él
Por Arturo Vásquez Urdiales
Existe una vieja costumbre humana: mirar hacia afuera para buscar culpables.
Los hombres señalan imperios, partidos, caudillos, gobiernos, ideologías y enemigos visibles porque resulta más cómodo encontrar el origen de los males en un rostro ajeno. El dedo apunta hacia otro lugar y por un instante el alma descansa. Es una forma antigua de alivio. Si el monstruo vive afuera, entonces la conciencia puede dormir tranquila.
Pero la historia posee una crueldad extraordinaria.
Tarde o temprano coloca un espejo frente al hombre.
Y los espejos son peligrosos.
Porque los espejos verdaderos no muestran solamente el rostro. Muestran aquello que el hombre intenta esconder de sí mismo. Revelan aquello que permanece agazapado detrás de las palabras nobles, detrás de los discursos y detrás de las convicciones aparentemente puras.
La historia humana es, en cierto sentido, una gigantesca sucesión de espejos rotos.
Los pueblos derriban tiranos y después producen otros. Los revolucionarios destruyen imperios y después levantan nuevos imperios. Los hombres prometen igualdad y terminan buscando privilegios. Los perseguidos se convierten en perseguidores. Los libertadores descubren demasiado tarde que también llevan cadenas escondidas en el bolsillo.

No porque sean monstruos.
Porque son humanos.
Y la naturaleza humana es una criatura extraña.
Dentro del hombre habitan fuerzas opuestas. Habita la compasión y habita la crueldad. Habita la nobleza y habita la vanidad. Habita el deseo de justicia y habita también el deseo de dominar. Habita el constructor y habita el conquistador.
Los antiguos ya lo sospechaban.
Los egipcios hablaban del combate entre la luz y las sombras del alma. Los griegos imaginaron tragedias donde el héroe terminaba derrotado por aquello que ignoraba de sí mismo. Los pueblos mesoamericanos representaron la lucha entre fuerzas opuestas que coexistían en el mismo universo.
Y quizá todos estaban observando la misma realidad.
El hombre carga consigo su propia guerra.
Por eso las sociedades cometen un error profundo cuando creen que el problema se resuelve eliminando nombres, partidos o figuras concretas. Las estructuras cambian. Los uniformes cambian. Las consignas cambian.
Pero algo permanece.
Permanece la tentación.
La tentación de obedecer sin pensar.
La tentación de dominar.
La tentación de pertenecer a una tribu.
La tentación de sentirnos moralmente superiores.
La tentación de dividir el mundo entre santos y demonios.
Porque pocas cosas producen más placer que sentir que uno pertenece al lado correcto de la historia.
Y allí aparece el peligro.
El hombre deja de examinarse.
Deja de desconfiar de sí mismo.
Deja de vigilar sus propios impulsos.
Y comienza a creer que el mal siempre habita del otro lado de la calle.
Pero los grandes horrores humanos rara vez comenzaron con monstruos evidentes.
Comenzaron con personas ordinarias.
Con ciudadanos normales.
Con hombres que pensaban obedecer.
Con individuos convencidos de estar haciendo lo correcto.
Y esa verdad produce escalofríos.
Porque significa que ninguno de nosotros está completamente a salvo.
El fanatismo no llega golpeando puertas.
Llega ofreciendo certezas.
La intolerancia no entra gritando.
Llega prometiendo orden.
La obediencia ciega no aparece como esclavitud.
Aparece disfrazada de comodidad.
Y por eso los espejos resultan insoportables.
Porque el espejo no pregunta qué partido apoyas.
No pregunta qué bandera defiendes.
No pregunta qué ideología prefieres.
Pregunta algo mucho más difícil:

“¿Qué harías tú si tuvieras el poder?”
Y esa pregunta deja a muchos hombres en silencio.
Porque resulta sencillo señalar abusos cuando uno está fuera del palacio.
Lo difícil es permanecer humano cuando las llaves del palacio descansan en la mano.
Tal vez ésa sea la razón por la cual las democracias verdaderas desconfían incluso de las personas buenas.
No porque todos sean perversos.
Porque todos son humanos.
Por eso existen constituciones, límites, contrapesos y leyes.
No fueron creados porque esperábamos gobernantes malos.
Fueron creados porque incluso los mejores hombres pueden equivocarse.
Quizá el problema más grande de la historia humana nunca fue el tirano.
Quizá el problema más grande fue la facilidad con la que millones de personas aprendieron a entregarle el espejo.
Y entonces alguien lo tomó, lo cubrió con una tela y dijo:
“Ya no necesitan mirarse.”
Y el mundo comenzó a oscurecerse.
Porque el espejo no existe para humillar al hombre.
Existe para recordarle una verdad incómoda:
Que el monstruo puede vivir afuera.
Pero también espera pacientemente dentro de nosotros.
Y la civilización comienza precisamente el día en que el hombre encuentra el valor de sostener la mirada.
Fin del códice: Las sombras del poder.


