Apunte diario sobre Letras Hipnóticas

Cuando las ideas dejan de servir al hombre y el hombre comienza a servir a las ideas

Por Arturo Vásquez Urdiales

Los templos no nacieron solamente para albergar dioses.

También nacieron para albergar miedos.

Los antiguos hombres levantaron pirámides, columnas, obeliscos y catedrales porque comprendieron algo que la humanidad jamás ha olvidado: el hombre necesita creer en algo más grande que él mismo. Necesita una estrella fija en medio de la noche. Necesita una llama que le diga hacia dónde caminar cuando los caminos desaparecen.

No existe nada malo en ello.

Las naciones también necesitan símbolos. Necesitan himnos, héroes, principios y relatos capaces de unir aquello que naturalmente vive disperso. Ningún pueblo puede sobrevivir solamente de estadísticas, presupuestos y decretos administrativos. Las leyes ordenan a las sociedades; los símbolos les dan alma.

Pero existe una línea invisible y peligrosa.

Una línea tenue como un hilo de humo.

La línea donde una idea deja de servir al hombre y el hombre comienza a servir a la idea.

Y allí nacen los templos políticos.

Toda revolución comienza destruyendo algo.

La Revolución Francesa destruyó tronos. La Revolución Rusa destruyó zares. La Revolución Mexicana destruyó una larga permanencia presidencial. Cada una prometió una nueva aurora y cada una llegó con palabras enormes: justicia, igualdad, pueblo, libertad, dignidad.

Las palabras eran verdaderas.

Las heridas también.

Los abusos existían.

Las necesidades eran reales.

Pero ocurrió algo que la historia ha visto demasiadas veces.

Los hombres derribaron viejos templos y poco tiempo después comenzaron a construir otros.

Las estatuas cambiaron de rostro.

Los altares cambiaron de nombre.

Los sacerdotes cambiaron de vestidura.

Pero el mecanismo siguió respirando.

Porque el problema nunca fue únicamente el rey.

El problema tampoco fue únicamente el emperador.

El problema vive en algo más profundo.

Vive en la fascinación humana por inclinar la cabeza.

Poco a poco la doctrina comienza a endurecerse. Lo que antes era una propuesta se convierte en dogma. Lo que antes era una invitación se transforma en obligación. Lo que antes era una idea termina convirtiéndose en una identidad.

Y cuando una idea se transforma en identidad comienza a ocurrir algo extraño.

La crítica deja de ser una pregunta.

Se vuelve una ofensa.

La discrepancia deja de ser una diferencia.

Se vuelve una traición.

Y el adversario deja de ser un ciudadano con otra visión.

Se transforma en enemigo.

Allí empiezan a levantarse los muros invisibles del templo.

Porque todos los templos tienen guardianes.

Los templos necesitan intérpretes de la palabra sagrada. Necesitan custodios del lenguaje correcto. Necesitan hombres que expliquen lo permitido y lo prohibido. Necesitan defensores que distingan entre el creyente fiel y el hereje.

Y sin darse cuenta, los movimientos empiezan a parecerse a aquello que juraron destruir.

La historia ha observado este fenómeno con paciencia casi cruel.

Maximilien Robespierre habló de virtud y terminó viendo enemigos por todas partes.

Vladimir Lenin imaginó una nueva sociedad y después la maquinaria siguió creciendo por sí sola.

Mao Zedong convocó a una revolución cultural y millones terminaron viviendo dentro de una gigantesca tormenta ideológica.

No porque las aspiraciones originales fueran necesariamente falsas.

Sino porque los hombres poseen una peligrosa facilidad para enamorarse de sus propias certezas.

Las certezas absolutas producen una extraña embriaguez.

El hombre deja de buscar la verdad.

Comienza a defender una bandera.

Y cuando eso ocurre, la realidad empieza a doblarse lentamente.

Los errores dejan de ser errores.

Las contradicciones dejan de ser contradicciones.

Los fracasos dejan de ser fracasos.

Todo puede justificarse en nombre de la causa.

Todo puede explicarse.

Todo puede perdonarse.

Y entonces el templo deja de ser una casa para las ideas.

Se convierte en una prisión.

Porque las ideas nacieron para caminar.

No para encerrarse.

Nacieron para discutirse.

No para venerarse.

Nacieron para iluminar.

No para sustituir la conciencia humana.

Quizá por eso las democracias verdaderas poseen una virtud silenciosa y extraordinaria.

Aceptan la incomodidad.

Aceptan la pregunta.

Aceptan la crítica.

Aceptan que ninguna persona, ningún partido, ninguna ideología y ningún líder posee por completo la verdad.

Porque el hombre que cree poseer toda la verdad deja de buscarla.

Y el día que deja de buscarla comienza a construir altares.

Tal vez por eso las sociedades libres necesitan menos templos y más ventanas.

Más puertas abiertas.

Más mesas donde puedan sentarse incluso quienes piensan distinto.

Porque las naciones no mueren únicamente por guerras o por crisis económicas.

También pueden morir lentamente por exceso de devoción.

Y hay una pregunta que toda generación debería hacerse frente a cualquier bandera, cualquier doctrina y cualquier líder:

¿Estoy siguiendo una idea?

¿O ya entré al templo?

Continuará: Los sacerdotes.

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Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Arturo David Vásquez Urdiales Zuazubiskar es notario público, abogado y escritor oaxaqueño. Fundador de la serie Apunte diario sobre letras Hipnóticas y autor de obras como Los siete ojos del gato negro y La piedra del tiempo, su estilo mezcla historia, mística, crítica social y visión futurista. Con más de 35 años de trayectoria jurídica, ha sido Consejero Jurídico del Estado de Oaxaca y hoy encabeza la Notaría Pública número 100. Su escritura explora los umbrales entre lo real y lo invisible. También es creador del idioma universal Zawki y promotor de la Fundación de Letras Hipnóticas AC.

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