Dos mitras y una roca (1378-1429)

Apunte diario sobre letras Hipnóticas.

Cuando los santos se excomulgaron entre sí.

Papas contra papas. Esto parece la morena

Por Arturo Vásquez Urdiales

Capítulo I: Las dos mitras (Introducción y antecedentes)

8 de abril de 1378, Roma. El cónclave exhala humo blanco.

Dieciséis cardenales eligen a Bartolomeo Prignano, arzobispo de Bari, que toma el nombre de Urbano VI. Técnicamente, todo es correcto: el cónclave es legítimo, la votación canónica, la proclamación pública. La multitud romana, que exigía a gritos un Papa italiano —llevaban setenta años en Aviñón y la carne de la curia olía a provenza—, celebra con alivio.

Pero la corrección técnica no garantiza la sensatez del elegido.

Urbano VI resulta ser un hombre de temperamento volcánico: insulta a los cardenales en consistorio, acusa de simonía a altas figuras sin prueba que no sea su propio furor, y —los cronistas lo anotan con horror clerical— llega a golpear a un cardenal anciano durante una discusión. Los purpurados, aquellos príncipes de la Iglesia que creían haber puesto la tiara sobre una cabeza dócil, descubren que han coronado a un azote.

El arrepentimiento cunde. Y entonces hacen algo que no tenía precedente claro: declaran inválida su propia elección.

El argumento canónico: votaron bajo coacción, aterrorizados por la turba romana que amenazaba con descuartizar a cualquier elector que no diera un italiano. El miedo, según el Corpus Iuris Canonici, vicia el consentimiento libre. Era un argumento discutible —la multitud no había entrado en la capilla armada con cuchillos, solo rugía afuera— pero era el que necesitaban.

El 20 de septiembre de 1378, trece de aquellos cardenales se reúnen en Fondi y eligen a Roberto de Ginebra, que toma el nombre de Clemente VII. Francés, refinado, de noble cuna y sonrisa afable. Establece su sede en Aviñón, el palacio papal sobre el Ródano que aún huele a la cautividad babilónica.

En ese momento, la Iglesia Católica tiene dos Papas.

Y ninguno de los dos tiene la menor intención de ceder. Porque la tiara no es un sombrero: es la garantía de la salvación de las almas, o al menos la administración de esa garantía.


Capítulo II: El anatema gemelo (Problema central)

Urbano VI excomulga a Clemente VII y a todos sus seguidores. Clemente VII excomulga a Urbano VI y a todos los suyos. Dos bulas vuelan por Europa como cuervos cruzando la misma tormenta.

El problema teológico es insuperable:

La excomunión papal separa del cuerpo de Cristo. Un excomulgado no puede absolver, no puede consagrar, no puede salvar. Si el excomulgado es un Papa, y su excomunión es válida, entonces todos los sacramentos que administra son dudosos. Pero si la excomunión no es válida porque quien la pronuncia no es verdadero Papa, entonces sus propios sacramentos son igualmente dudosos.

Es un callejón sin salida que ningún doctor de la Iglesia puede despejar sin admitir que la certeza espiritual depende de un hecho contingente: qué rey gobierna tu reino.

Porque Europa se divide límpidamente según líneas políticas:

· Bando de Roma (Urbano VI): Sacro Imperio, Inglaterra, Hungría, Polonia, Escandinavia, Italia central y meridional.
· Bando de Aviñón (Clemente VII): Francia, Escocia, Castilla, Aragón, Navarra, Portugal.

El patrón es transparente como el agua sucia de la política. Los aliados de Francia siguen al Papa francés en suelo francés. Los rivales de Francia siguen al Papa italiano en Roma. La salvación eterna depende, en la práctica de 1378, de si naciste al norte o al sur de una línea dibujada por los tratados y las alianzas matrimoniales.

Y para que el absurdo sea completo, los santos se alinean en bandos opuestos.

Santa Catalina de Siena, la mística de las cartas de fuego, apoya a Urbano VI con una convicción que no claudicará hasta su muerte en 1380. Escribe a los cardenales rebeldes llamándolos «cobardes y traidores». Su santidad es indiscutible.

San Vicente Ferrer, el predicador de la palabra llameante que recorre Europa convirtiendo multitudes, apoya a Clemente VII con igual certeza. Recorre Castilla y Aragón proclamando que el verdadero Papa está en Aviñón. Su santidad es igualmente indiscutible.

Dos santos canonizados por la misma Iglesia. En bandos opuestos. Cada uno convencido de que el otro sigue a un antipapa.

Si la gracia divina guía a los santos hacia la verdad, ¿por qué dos de los santos más inequívocos del siglo XIV fueron guiados hacia posiciones contradictorias sobre la pregunta más básica de la autoridad eclesiástica? La Iglesia no ha respondido esa pregunta. Solo ha aprendido a no hacerla en voz alta.


Capítulo III: El concilio y la roca (Clímax y final)

Los años pasan. Los Papas mueren y son sucedidos.

Urbano VI (1389) → Bonifacio IX (1404) → Inocencio VII (1406) → Gregorio XII en Roma.
Clemente VII (1394) → Benedicto XIII en Aviñón.

Benedicto XIII resulta ser un hombre de una tenacidad extraordinaria. Durante cuarenta y cinco años se negará a abdicar, sobrevivirá a intentos de destitución, se refugiará en castillos cuando sus propios cardenales lo abandonen, y seguirá proclamándose Papa legítimo desde Peñíscola, una roca que el mar mediterráneo lame en la costa española.

Pero antes de llegar a ese final, el absurdo alcanza su cima en 1409. Un grupo de cardenales de ambos bandos, hartos de la situación, convoca el Concilio de Pisa. Su solución: elegir un tercer Papa. Se llamará Alejandro V, luego sucedido por Juan XXIII (el primero con ese nombre, no el del Vaticano II).

El problema: ni Gregorio XII en Roma ni Benedicto XIII en Aviñón reconocen la autoridad del concilio. Ninguno abdica.

La Iglesia Católica tiene tres Papas simultáneos. Tres hombres, tres cónclaves, tres sistemas de excomunión cruzada. Cada uno dice ser el único vicario de Cristo. Cada uno manda al infierno a los otros dos y a sus millones de fieles.

El dogma se ha convertido en un juego de espejos donde nadie puede decir qué reflejo es el verdadero.

La solución llega con el Concilio de Constanza (1414-1418). Y llega con una doctrina que ningún Papa anterior había aceptado: el conciliarismo, la afirmación de que un concilio ecuménico tiene autoridad superior a la del Papa. Era la única salida teológicamente coherente. Si los Papas pueden ser depuestos, tiene que haber una autoridad por encima de ellos. Esa autoridad solo puede ser la Iglesia reunida en concilio.

El Concilio de Constanza procede:

· Acepta la renuncia de Gregorio XII (Roma) con honores.
· Depone a Juan XXIII (Pisa) —acusado de crímenes que incluyen piratería y asesinato—.
· Declara a Benedicto XIII (Aviñón) depuesto y hereje contumaz por su negativa a abdicar.
· Elige a un nuevo Papa único: Martín V, en noviembre de 1417.

El cisma ha terminado. Pero la solución ha creado un problema nuevo.

Si un concilio puede deponer a un Papa, entonces el Papa no es el poder supremo de la Iglesia. El conciliarismo es incompatible con la primacía papal que Gregorio VII construyó, que Inocencio III llevó a su apogeo, y que el Vaticano I en 1870 formalizaría como dogma de infalibilidad.

La Iglesia resuelve esta contradicción como resuelve las más incómodas: la ignora. El Concilio de Basilea (1431) intenta retomar el conciliarismo y es disuelto por el Papa. El Concilio de Ferrara-Florencia (1438-1445) afirma la primacía papal. El conciliarismo se desplaza hacia el olvido, sin ser nunca formalmente condenado —porque condenarlo habría implicado condenar el Concilio de Constanza, que salvó a la Iglesia del cisma—.

Silencio estratégico. La más refinada de las artes institucionales.

Y en Peñíscola, mientras tanto, Benedicto XIII sigue siendo Papa para sí mismo y para cuatro cardenales fieles. Muere en 1423. Sus cardenales, obedeciendo sus instrucciones, eligen a un sucesor: Clemente VIII (el segundo con ese nombre, el último antipapa). Un Papa sin reino, sin fieles, sin autoridad reconocida por nadie fuera de los muros de un castillo templario sobre una roca.

Ese hombre abdica en 1429. Doce años después de que Constanza hubiera elegido a Martín V y dado por terminado el cisma. Doce años de antipapa solitario siguiendo las instrucciones de un muerto.

Hasta que finalmente la realidad —la única fuerza que ningún Papa puede excomulgar— se impone.


Nota final (hipnótica):
El Gran Cisma de Occidente duró desde 1378 hasta 1417. Casi cuatro décadas en que la Iglesia católica tuvo dos, y luego tres, cabezas. Y lo extraordinario no es que la contradicción se resolviera —lo hizo, a medias— sino que la institución sobreviviera. No porque la verdad se impusiera, sino porque la necesidad humana de estructura espiritual es más fuerte que las incoherencias de quienes la administran.
Esa es la lección inquietante que ningún catecismo enseña.

Fin del apunte.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here