Apunte diario sobre Letras Hipnóticas

Por Arturo Vásquez Urdiales

“El hombre que había expulsado presidentes descubrió que también los arquitectos de las sombras pueden ser desalojados.”

“Las naciones pasan por edades semejantes a las del hombre: primero obedecen a héroes, luego obedecen a caudillos, después obedecen a instituciones y finalmente, si tienen suerte, obedecen a leyes.”

“Tal vez el Maximato terminó aquella madrugada. O tal vez nunca termina del todo, porque siempre existe una casa de enfrente.”

Comenzamos:

Hay épocas en que la patria no vive bajo un gobierno, sino bajo una sombra.

No una sombra cualquiera: una sombra con bigote, pistola, tren militar, secretarios obedientes, gobernadores temblorosos y presidentes que parecían sentarse en la silla grande sólo para descubrir que la silla tenía dueño antes de que ellos llegaran. México llamó a esa sombra Maximato. Y el nombre no fue casual: no provenía de una institución escrita en la Constitución, ni de una ley promulgada en el Diario Oficial, sino de un título político, casi romano, casi imperial, casi funerario: Jefe Máximo de la Revolución.

El Maximato fue la edad mexicana del poder detrás del poder. La época en que el Presidente de la República despachaba en Palacio o en el Castillo, pero el verdadero centro de gravedad estaba en otra parte: en la voluntad de Plutarco Elías Calles, el sonorense duro, anticlerical, organizador, áspero, constructor y destructor; hombre de Estado y hombre de mando; fundador de instituciones y prisionero de su propia ambición. Entre 1928 y 1934, Calles mantuvo una influencia decisiva sobre la política nacional aun después de concluir su mandato presidencial.

Pero para entender esa sombra hay que regresar al crimen original de la nueva dinastía revolucionaria: la caída de Venustiano Carranza.

Carranza, el viejo Primer Jefe, el varón de barbas bíblicas que había dado forma constitucional a la Revolución, intentó en 1920 heredar el poder a Ignacio Bonillas. Aquello fue visto por los generales sonorenses como una afrenta. Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta se levantaron con el Plan de Agua Prieta. Carranza huyó de la Ciudad de México rumbo a Veracruz, cargando archivos, legitimidad y destino. Pero la Revolución ya no respetaba ancianos. En Tlaxcalantongo, Puebla, la madrugada del 21 de mayo de 1920, fue asesinado por fuerzas vinculadas a Rodolfo Herrero.

Desde entonces México aprendió una ley amarga: en las revoluciones los disparos tienen dedos visibles y manos invisibles.

No conviene afirmar sin prueba que todos los beneficiarios de un crimen sean sus autores. La historia seria exige distinguir entre la pólvora y la sospecha. Pero tampoco puede negarse que, muerto Carranza, nació el reino de los sonorenses. La Revolución dejó de ser una tempestad plural y comenzó a convertirse en una maquinaria de poder. Primero De la Huerta, luego Obregón, después Calles. Tres nombres, una misma geografía política: Sonora cabalgando sobre la capital.

Obregón fue el caudillo vencedor. Derrotó a Francisco Villa en los campos del Bajío, perdió un brazo y ganó una leyenda. Tenía el genio militar del zorro y la risa peligrosa del hombre que ya no teme a la muerte porque la ha visto demasiado cerca. Su presidencia, de 1920 a 1924, buscó estabilizar el país. Pero la Revolución no sabía descansar. La paz era apenas un caballo nervioso amarrado a una puerta.

Luego vino Calles, presidente de 1924 a 1928. Bajo su gobierno se endureció el conflicto religioso que desembocó en la Guerra Cristera. El Estado revolucionario quiso someter a la Iglesia; la Iglesia resistió; el pueblo católico ardió en los pueblos, los cerros y las sacristías clandestinas. México se llenó de crucifijos escondidos, fusiles viejos y madres rezando en voz baja.

Mientras tanto, Obregón quiso volver.

La Constitución fue reformada para permitir su reelección no inmediata. Obregón ganó la elección de 1928, pero no alcanzó a sentarse de nuevo en la silla presidencial. El 17 de julio de 1928 fue asesinado en el restaurante La Bombilla, en San Ángel, por José de León Toral, militante católico marcado por el clima de la Guerra Cristera.

Y entonces apareció la gran pregunta mexicana:

¿Quién ganó con la muerte de Obregón?

El autor material fue Toral. Eso pertenece al terreno firme de los hechos. Pero el crimen abrió una grieta inmensa. Sin Obregón, Calles quedó como el hombre más poderoso de México. La sospecha histórica ha rondado siempre los bordes del magnicidio, pero no existe prueba definitiva de que Calles lo hubiera ordenado. La prudencia obliga a decirlo. La literatura política, sin embargo, puede formularlo de otra manera: el muerto favorecía demasiado al sobreviviente.

Muerto el caudillo militar, nació el caudillo institucional.

Calles entendió que México no podía seguir viviendo bajo el sobresalto de cada general armado. Había que domesticar a la Revolución. Encerrarla en oficinas. Darle membrete, comité, asamblea, disciplina, candidatura. Así nació en 1929 el Partido Nacional Revolucionario, el PNR, antecedente del partido oficial que después sería transformado por Cárdenas en Partido de la Revolución Mexicana y más tarde en PRI.

Fue una invención genial y terrible.

Genial, porque redujo la guerra entre caudillos.

Terrible, porque trasladó la lucha por el poder desde los campos de batalla hacia los corredores del partido único.

Calles cambió el sable por la oficina; la pólvora por el escritorio; el grito de batalla por la designación.

El Maximato comenzó formalmente después de la muerte de Obregón. Tres presidentes ocuparon la silla: Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez. Pero sobre ellos flotaba Calles. Él no era presidente, pero parecía más que presidente. Era árbitro, tutor, jefe, sombra, padre severo de la familia revolucionaria. Los presidentes firmaban; Calles decidía. Los ministros juraban lealtad constitucional; muchos miraban hacia la casa del Jefe Máximo antes de respirar.

De ahí la frase popular, exacta como cuchillo:

“Allí vive el presidente, pero el que manda vive enfrente.”

Esa frase no describe solamente una dirección urbana. Describe una enfermedad política. La enfermedad de los poderes paralelos. El drama de una república donde el cargo visible no coincide con el mando real. El teatro donde el actor lleva la banda presidencial, pero el apuntador escondido dicta el parlamento.

Calles no fue un simple tirano de caricatura. Sería injusto reducirlo. Fue también constructor de Estado. Comprendió la necesidad de instituciones, de banco central, de orden administrativo, de partido nacional, de disciplina posrevolucionaria. Pero muchos constructores de instituciones terminan enamorándose del edificio hasta creer que les pertenece. Y eso le ocurrió al Jefe Máximo: confundió la Revolución con su biografía.

Entonces eligió a Lázaro Cárdenas.

Creyó ver en él a un subordinado leal: militar disciplinado, michoacano sobrio, hombre de pocas palabras, antiguo engrane de la maquinaria revolucionaria. Cárdenas parecía ideal para prolongar la sombra sin romper el decorado. Calles lo impulsó como candidato en 1934 bajo el Plan Sexenal, y Cárdenas llegó a la presidencia con callistas incrustados en el gabinete.

Pero Calles se equivocó.

Porque Cárdenas tenía una cualidad que los poderosos suelen despreciar: sabía callar. Y quien sabe callar aprende a mirar. Recorrió pueblos, escuchó campesinos, habló con obreros, midió al ejército, comprendió al país profundo. Mientras Calles creía tenerlo sujeto por la gratitud, Cárdenas estaba construyendo otra legitimidad: la del contacto directo con la nación.

Calles mandaba desde arriba.

Cárdenas comenzó a gobernar desde abajo.

Ahí estuvo la diferencia.

El viejo Jefe Máximo representaba la Revolución convertida en mando. Cárdenas representó, al menos en ese instante decisivo, la Revolución convertida en gobierno. Uno pensaba en controlar presidentes; el otro entendió que debía liberar la presidencia.

La tensión creció. Calles criticó el rumbo cardenista, los movimientos obreros, la política social. Su presencia se volvió intolerable. Era imposible que México tuviera dos centros de poder. Una república no puede respirar con dos pulmones enemigos.

Y llegó la madrugada.

El 10 de abril de 1936, Cárdenas ordenó la expulsión de Plutarco Elías Calles del país por su constante intervención en la política nacional. Calles fue enviado al exilio junto con Luis N. Morones, Luis L. León y Melchor Ortega.

La escena tiene una belleza brutal.

No fue una batalla. No fue una revolución armada. No fue un golpe de Estado con cañones frente a Palacio Nacional.

Fue una mudanza del poder.

El hombre que había movido presidentes fue movido por un presidente.

El que había gobernado desde enfrente descubrió que también las casas de enfrente pueden quedar vacías.

Cárdenas no sólo desterró a Calles. Desterró la idea de que un expresidente podía seguir gobernando por encima del presidente en funciones. Esa fue su gran lección institucional. No consistió únicamente en mandar a un hombre a California; consistió en devolverle al cargo presidencial la plenitud de su autoridad.

La paradoja es profunda: Cárdenas fortaleció enormemente la Presidencia, y con ello abrió otro ciclo de poder concentrado. Pero en aquel momento histórico cortó el cordón umbilical del Maximato. Mató al padre político para que naciera el régimen presidencial mexicano.

Por eso el Maximato no debe leerse sólo como un periodo entre fechas. Debe leerse como una advertencia.

México no sufre únicamente cuando manda un tirano visible. También sufre cuando manda una sombra. Cuando hay un poder formal y otro informal. Cuando las instituciones tienen fachada y el mando tiene domicilio aparte. Cuando los presidentes parecen presidentes, pero consultan al verdadero dueño del silencio.

La historia mexicana está llena de casas de enfrente.

Unas son de piedra. Otras son de partido. Otras son de dinero. Otras son de ejército. Otras son de memoria, de miedo, de obediencia, de gratitud o de culto personal.

El Maximato enseña que la democracia no muere solamente con golpes militares. A veces se adormece con reverencias. Se achica con lealtades excesivas. Se vuelve teatro cuando todos saben quién manda, pero nadie se atreve a decirlo.

Cárdenas entendió que había un momento en que la gratitud se vuelve servidumbre. Y que ningún proyecto nacional puede vivir eternamente bajo tutela. Por eso su gesto fue más que político: fue simbólico. Tomó al padre de la Revolución institucionalizada y lo mandó fuera del templo.

Desde entonces, cada presidente mexicano ha tenido frente a sí la misma pregunta:

¿Gobernaré yo o gobernará mi antecesor?

¿Seré heredero o seré funcionario de una sombra?

¿Seré poder constitucional o eco de una voz antigua?

Las naciones pasan por edades semejantes a las del hombre: primero obedecen a héroes, luego obedecen a caudillos, después obedecen a instituciones y finalmente, si tienen suerte, obedecen a leyes.

México, en el Maximato, obedeció a un caudillo disfrazado de institución.

Con Cárdenas, por una madrugada, la ley tocó la puerta del caudillo.

Y el caudillo tuvo que hacer maletas.

Tal vez el Maximato terminó aquella mañana de abril de 1936. O tal vez nunca termina del todo, porque siempre existe una casa de enfrente. Una ventana encendida. Un teléfono que suena. Un viejo poder que se niega a morir. Una silla vacía donde todavía se sienta la sombra.

La República, para ser República, debe aprender a mirar hacia el palacio, sí, pero también hacia enfrente.

Porque allí, muchas veces, no vive nadie.

Pero manda alguien.

“El hombre que había expulsado presidentes descubrió que también los arquitectos de las sombras pueden ser desalojados.”

“Las naciones pasan por edades semejantes a las del hombre: primero obedecen a héroes, luego obedecen a caudillos, después obedecen a instituciones y finalmente, si tienen suerte, obedecen a leyes.”

“Tal vez el Maximato terminó aquella madrugada. O tal vez nunca termina del todo, porque siempre existe una casa de enfrente.”

Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores agradezco mucho su atención.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here