Apunte diario sobre letras Hipnóticas
«Yo era eso que los sociólogos llaman un pequeño burgués liberal.»
Por Arturo Vásquez Urdiales
Hubo un escritor que no quiso héroes. Prefirió a los hombres: caminantes de la historia que tropiezan, que dudan, que tienen miedo. En tiempos de bandos armados y verdades de trinchera, se negó a jurar lealtad a un solo altar. Por eso los extremos lo borraron del mapa. No lo mataron con un fusil—lo mataron con el olvido. Y tardó décadas en volver.
Manuel Chaves Nogales nació en Sevilla el 7 de agosto de 1897, en el seno de una familia culta de clase media. El periodismo le llegó por herencia: su padre, Manuel Chaves Rey, era un reputado periodista de El Liberal y miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras; su tío materno, José Nogales, dirigió ese mismo diario. No era extraño, entonces, que el niño acompañara al progenitor a la redacción y aprendiera el oficio viendo hacer las crónicas al lado.
Con diecisiete años quedó huérfano de padre. Ya había comenzado a firmar en El Liberal y El Noticiero Sevillano, y mientras terminaba los estudios de Filosofía y Letras en la Universidad Hispalense (sin concluirlos), trabajó como redactor en los diarios locales La Noche y El Noticiero Sevillano. En 1920, con apenas veintitrés años, ganó el concurso del Ayuntamiento de Sevilla con La ciudad: un ensayo sobre la idiosincrasia sevillana que ya revela su manera de mirar, de contar los lugares desde la experiencia directa, con el olfato del cronista más que con la pluma del literato.
En 1922 se trasladó a Madrid, donde trabajaría en la redacción de El Heraldo de Madrid, del que llegaría a ser redactor jefe, y en la revista gráfica Estampa. Aquel Madrid de la Dictadura de Primo de Rivera era también un crisol intelectual; allí conoció a otros jóvenes periodistas como César González Ruano y desarrolló su concepto de un periodismo nuevo, discreto y civilizado, que buscaba interesar al lector en los grandes asuntos del mundo. En 1927 ganó el Premio Mariano de Cavia, el galardón más prestigioso del periodismo español, con un reportaje sobre Ruth Elder, la primera mujer en cruzar el Atlántico en solitario en avión.
El entusiasmo por la aviación y una curiosidad insaciable lo llevaron a embarcarse en una serie de viajes por Europa y, sobre todo, a la Unión Soviética de entreguerras. De aquellas incursiones en la Rusia revolucionaria nació una suerte de tetralogía: La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja (1929), La bolchevique enamorada (1930) —una novela corta—, Lo que ha quedado del Imperio de los zares (1931), donde relató el destino trágico de los rusos blancos en el exilio, y ya más tarde El maestro Juan Martínez que estaba allí (1934), que narra la peripecia de un bailarín español atrapado en la revolución bolchevique. En conjunto, aquellas obras trazan con precisión clínica la descomposición de un imperio, pero también—y acaso más importante—la transformación de las personas en piezas de una maquinaria ideológica.
Fue corresponsal de El Heraldo de Madrid en París y cubrió la Europa convulsa de los años treinta. En diciembre de 1930 se incorporó a la redacción del diario Ahora, del que llegó a ser subdirector.Allí lo sorprendió la proclamación de la Segunda República: Chaves Nogales la celebró con entusiasmo, porque era un republicano demócrata, un liberal a la europea, un hombre que creía en el parlamento y la convivencia cívica. En 1935 publicó Juan Belmonte, matador de toros; su vida y sus hazañas —no es solo una biografía de un torero, sino una indagación en la identidad española a través del sacrificio y el valor, una obra traducida al inglés y al francés poco después.

Cuando estalló la Guerra Civil en julio de 1936, Chaves Nogales permaneció inicialmente en Madrid, apoyando la causa republicana. Pero su diario, Ahora, fue incautado por un Comité Obrero. Lo nombraron director por decreto revolucionario —”camarada director”, ironizaría después— y él aceptó porque la información, aun en circunstancias infames, debía seguir llegando a la población. Muy pronto, sin embargo, la barbarie se desató con idéntica crueldad en ambos bandos. Y él lo vio. Y lo escribió.
Con el gobierno republicano ya refugiado en Valencia, se convenció de que la suya era una lucha perdida—no la guerra, sino la decencia. Abandonó España huyendo “del terror y de la sangre”. En sus propias palabras:
Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi decisión pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía de la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas.
Se instaló en París. Allí colaboró con publicaciones como L’Europe Nouvelle y Candide, y trabajó enviando artículos a diarios sudamericanos. En 1937 publicó A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, un volumen de nueve relatos testimoniales escritos en la primera fase del exilio. Cada episodio está extraído fielmente de un hecho verídico; sus héroes tienen existencia real, y todos son ciudadanos de a pie a quienes la guerra convierte en víctimas, victimarios o testigos mudos. Es un libro incómodo, y sigue siendo considerado por muchos expertos lo mejor que se ha escrito en España sobre la guerra civil.
En el prólogo, Chaves Nogales se definió a sí mismo con cuatro palabras que lo condenaban casi tanto como sus crónicas:
Un pequeño burgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria, tan enfrentado ideológicamente al comunismo de Rusia como al fascismo italiano. Antifascista y antirrevolucionario por temperamento.
Era, en el fondo, una manera de decir: no pertenezco a ninguno de ustedes. No me alinearé. Su republicanismo era de la moderación, no de las barricadas. Por eso la República en guerra lo repudió y el franquismo lo proscribió. Estuvo, como dijo el presidente de la Diputación de Sevilla, “silenciado por el régimen franquista y olvidado por la progresía por ejercer su labor desde una equidistancia intelectual”.
En 1940, con la ocupación alemana de Francia, su nombre ya estaba en las listas de la Gestapo por sus constantes artículos denunciando el avance del fascismo. Huyó nuevamente, esta vez a Londres. Allí siguió escribiendo, en condiciones precarias y con la salud ya deteriorada, explicando a la prensa británica y latinoamericana la agonía de una Europa devorada por los totalitarismos. Falleció el 8 de mayo de 1944, a los 46 años, víctima de una peritonitis. Fue enterrado en el cementerio de North Sheen, Richmond. Durante años, su tumba permaneció extraviada y en el olvido.
Y entonces el silencio. Durante la dictadura franquista, su obra fue sistemáticamente marginada. Y durante la democracia, tampoco fue reivindicada con urgencia, quizá porque su mirada desapasionada sobre la guerra seguía resultando incómoda para quienes prefieren una historia de buenos y malos.
No fue hasta la década de 1990 cuando comenzó su lenta resurrección. La filóloga María Isabel Cintas Guillén—la biógrafa que más ha trabajado su memoria, con títulos como Chaves Nogales. El oficio de contar (2011) y el monumental Manuel Chaves Nogales. Andar y contar (2021)—lideró la recuperación de su legado. En 2020, la Diputación de Sevilla y Libros del Asteroide, con la colaboración de la Universidad de Sevilla, publicaron la Obra completa de Chaves Nogales en cinco volúmenes (1915-1944): más de 3.600 páginas que incluyen sus nueve libros y 68 textos inéditos rescatados de hemerotecas. Lo prologaron Antonio Muñoz Molina y Andrés Trapiello.

Hoy, Manuel Chaves Nogales es considerado uno de los mejores periodistas españoles del siglo XX. Su búsqueda de la verdad por encima de cualquier ideología, su pulcritud narrativa y su mirada civilizada en medio de la barbarie lo convierten en un referente. Ya no es una sombra abandonada en un cementerio londinense. Es, de nuevo, una voz viva.
Y quizá, después de todo, la historia no lo mató dos veces. Lo hizo caminar mucho, eso sí. Entre la sangre, la pasión y el fuego.
Acordeón
Chaves para no intelectuales
Apunte diario sobre Letras Hipnóticas
Entre la sangre, la pasión y el fuego: Manuel Chaves Nogales.
«Pequeño burgués liberal.»
Por Arturo Vásquez Urdiales.
Hay hombres a quienes la historia mata dos veces.
La primera, con el hierro.
La segunda, con el olvido.
La muerte por hierro deja cadáveres; la muerte por olvido deja sombras.
Y acaso Manuel Chaves Nogales pertenece a esa dolorosa estirpe de los desterrados que no fueron fusilados frente a un muro, ni colgados en una plaza, ni empujados a un campo de exterminio, sino abandonados lentamente por la memoria humana, que a veces es más cruel que las balas porque no hace ruido cuando asesina.
Algunos hombres nacen para vivir entre jardines. Otros nacen para caminar entre ruinas.
Chaves Nogales vino al mundo en Sevilla en 1897, una España todavía vestida con las últimas telas del siglo XIX: una nación fatigada, orgullosa y herida, que aún conservaba los ecos de imperios perdidos.
Nació entre tinta y periódicos.
Su padre era periodista.
Su familia respiraba letras.
Mientras otros niños aprendían a perseguir cometas, él aprendía a perseguir noticias.
Pero las noticias son animales peligrosos.
Parecen pájaros y terminan siendo lobos.
Y el siglo XX fue un siglo lleno de lobos.
La tragedia de Manuel Chaves Nogales no consistió en vivir una época difícil.
Muchos la vivieron.
La tragedia consistió en mirar demasiado bien.
Porque el hombre que observa demasiado termina condenado.
Los fanáticos aman a los ciegos.
Detestan a quienes ven.
Y Chaves veía.
Veía demasiado.
Mientras Europa se llenaba de hombres que gritaban consignas y levantaban puños, él observaba con la paciencia de un cirujano.
Miraba las revoluciones.
Miraba las banderas.
Miraba a los héroes.
Miraba a los verdugos.
Y descubría algo insoportable:
Que muchas veces eran los mismos.
Porque el monstruo no siempre llega vestido de monstruo.
A veces llega con discursos hermosos.
A veces llega prometiendo justicia.
A veces llega prometiendo orden.
Y a veces llega diciendo que salvará a la patria.
Entonces la multitud aplaude.
Y después vienen los cementerios.
Europa comenzó a incendiarse lentamente.
El comunismo crecía.
El fascismo crecía.
Las ideologías comenzaron a parecer religiones armadas.
Y los hombres empezaron a dividirse en santos y demonios.
Pero Chaves Nogales no quiso entrar a aquella iglesia.
No quiso arrodillarse.
No quiso elegir un altar.
Dijo algo pequeño, sencillo y aparentemente inofensivo:
«Yo era eso que los sociólogos llaman un pequeño burgués liberal.»
Aquella frase parecía una gota de agua.
Pero cayó sobre un campo lleno de gasolina.
Porque significaba algo imperdonable:
“No pertenezco a ustedes.”
Y los extremos jamás perdonan a quien se niega a obedecer.
Llegó la Guerra Civil Española.
La tierra comenzó a beber sangre.
Las calles se convirtieron en trincheras.
Los hermanos aprendieron a odiarse.
Y España hizo una de las cosas que mejor sabe hacer cuando se vuelve loca:
comenzó a devorar a sus propios hijos.
Mientras muchos escritores tomaban partido y escribían propaganda disfrazada de literatura, Chaves hizo algo más peligroso:
escribió la verdad que alcanzaba a ver.
No una verdad absoluta.
No una verdad divina.
La verdad humana.
La verdad que sangra.
La verdad que tiembla.
La verdad que tiene miedo.
Y así nació uno de sus hijos más extraordinarios:
A sangre y fuego
No escribió héroes.
Escribió hombres.
No escribió ángeles.
Escribió seres humanos convertidos en bestias por el odio.
Mostró asesinatos cometidos por republicanos.
Mostró asesinatos cometidos por franquistas.
Mostró la locura sin uniforme.
Y entonces ocurrió lo inevitable:
los dos bandos comenzaron a odiarlo.
Porque la verdad tiene una costumbre terrible:
si es auténtica, incomoda a todos.
Tuvo que marcharse.
Primero París.
Después Londres.
Y el exilio tiene una crueldad silenciosa.
No mata el cuerpo de inmediato.
Mata lentamente las pequeñas cosas:
la calle conocida,
el café de siempre,
la voz de los amigos,
el olor de la tierra mojada después de la lluvia.
Uno sigue respirando.
Pero una parte del alma queda enterrada atrás.
En Londres siguió escribiendo.
Europa se deshacía.
Hitler avanzaba.
Las bombas caían.
Las ciudades ardían.
Y Chaves continuó haciendo lo único que sabía hacer:
mirar y escribir.
Hasta que el cuerpo comenzó a rendirse.
Murió en 1944.
Tenía apenas cuarenta y seis años.
No murió en batalla.
No murió frente a una multitud.
No murió entre discursos.
Murió discretamente.
Casi en silencio.
Como mueren los hombres cansados.
Y acaso la parte más cruel de toda esta historia llegó después.
Su tumba se perdió.
Se extravió entre los cementerios londinenses y el polvo de las décadas.
Qué cosa tan brutal.
Un hombre que escribió para salvar la memoria terminó perdiendo la suya.
Un hombre que describió el rostro del siglo terminó desapareciendo del mapa de los muertos.
Ni siquiera los muertos tienen garantizada una dirección eterna.
Durante décadas fue olvidado.
Los libros quedaron dormidos.
Sus páginas respiraron solas en estanterías oscuras.
Parecía que el tiempo había ganado.
Pero los libros tienen una extraña resurrección.
Son semillas enterradas.
Y las semillas entienden el lenguaje de la paciencia.
Años después comenzaron a despertar otra vez.
Nuevos lectores abrieron sus páginas.
Nuevos ojos lo descubrieron.
Y entonces ocurrió el milagro.

Volvió.
No volvió el hombre.
Volvió la voz.
Porque acaso el verdadero cuerpo de un escritor nunca es su carne.
Es su palabra.
Y hay palabras que atraviesan la tierra.
Hay palabras que sobreviven a las balas.
Hay palabras que regresan desde las cenizas.
Reflexión hipnótica
Tal vez la historia de Manuel Chaves Nogales sea una advertencia.
Quizá las épocas modernas siguen fabricando las mismas hogueras, solo que ahora cambian las antorchas por pantallas y las plazas por algoritmos.
Los fanáticos continúan existiendo.
Los inquisidores siguen respirando.
Los extremos continúan exigiendo obediencia.
Y los hombres que miran demasiado aún pagan un precio.
Pero acaso exista una pequeña esperanza.
Porque mientras alguien abra un libro suyo, mientras una mano vuelva a recorrer aquellas páginas, mientras alguien recuerde aquel hombre perdido entre Londres y la niebla, Manuel Chaves Nogales seguirá caminando.
Entre la sangre.
Entre la pasión.
Y entre el fuego.


