El Estadio de Béisbol “Eduardo Vasconcelos”
Por Arturo Vásquez Urdiales
Hay ciudades que no pierden sus edificios de golpe. No llega una cuadrilla nocturna con dinamita ni baja del cielo un decreto con relámpagos. A veces basta una lona nueva, una palabra elegante, un logo reciente, un comodato largo, una sonrisa filantrópica y una autoridad muda. Entonces el pueblo despierta y descubre que el inmueble sigue en pie, que las gradas siguen allí, que el diamante aún respira polvo y pelota, pero algo esencial ha sido movido de lugar: el nombre. Y cuando a un pueblo le cambian el nombre de sus cosas sin preguntarle, no le están pintando una pared: le están tocando la memoria.
La polémica del estadio Eduardo Vasconcelos, rebautizado o presentado bajo el signo de “Yu’va”, no es un asunto de mercadotecnia deportiva. Tampoco es un pleito entre quienes aman la cultura originaria y quienes la desprecian. Oaxaca no necesita lecciones de raíz indígena: Oaxaca es raíz, piedra, lengua, rito, mercado, códice vivo. El problema es otro: si una palabra ancestral puede ser usada como traje ceremonial para cubrir una decisión patrimonial tomada desde arriba; si una fundación privada puede alterar símbolos de un espacio universitario; si la autonomía de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca se honra en los discursos, pero se adelgaza en los hechos cuando aparece el gran capital con planos, maqueta y bendición oficial.
I. El origen confuso de un nombre
La defensa popular del estadio no debe fundarse en un error. No debemos decir: “no toquen el estadio porque se llama Vasconcelos”, como si allí habitara José Vasconcelos, el gigante cultural, el rector, el filósofo de La raza cósmica. No. Se llamaba Eduardo Vasconcelos (1896-1953): abogado oaxaqueño, político nacional, secretario de Gobernación y de Educación Pública en el gobierno de Abelardo L. Rodríguez, ministro de la Suprema Corte, y gobernador interino de Oaxaca de 1947 a 1950. Su carrera fue importante, pero su estatura simbólica no es la de José. Eduardo no construyó personalmente la inmortalidad de Oaxaca; llegó al gobierno como sustituto, en coyuntura política, dentro del reacomodo alemanista.
Aquí conviene volver atrás. Antes de Yu’va, antes de Harp, antes de Murat, antes de los logos, está la vieja historia del poder en Oaxaca. Edmundo M. Sánchez Cano fue gobernador constitucional de Oaxaca entre 1944 y 1947. Representaba todavía el último aliento del mando militar posrevolucionario: el hombre de cuartel, de disciplina bronca, de viejo régimen armado. El 17 de enero de 1947, la presión política lo obligó a solicitar licencia ilimitada, y fue nombrado gobernador sustituto Eduardo Vasconcelos. No cae solamente un gobernador. Cae una especie política: México dejaba atrás el uniforme revolucionario y entraba a la edad del abogado trajeado. El sable fue guardado, pero no desapareció la dominación; sólo cambió de mano.
Y aquí viene el dato que la memoria oficial ha enterrado: el estadio no lo construyó Eduardo Vasconcelos. La construcción del Estadio Eduardo Vasconcelos comenzó en 1948, bajo la dirección del arquitecto Luis Álvarez Varela, y culminó el 8 de octubre de 1950. Para entonces, Vasconcelos ya era gobernador (desde enero de 1947), pero la obra fue un proyecto cuyo impulso inicial corresponde al contexto inmediato anterior. Algunas versiones populares señalan que el verdadero impulsor del deporte en Oaxaca fue el propio Sánchez Cano, quien habría iniciado los trabajos. Lo que es un hecho es que el estadio fue incorporado en 1955 a la UABJO como espacio de recreación y usos múltiples, y desde entonces se volvió costumbre, punto cardinal, memoria universitaria.
No hay que canonizar a Eduardo Vasconcelos, pero tampoco hay que desconocer que, después de setenta años, un nombre deja de pertenecer sólo a su biografiado y empieza a pertenecer a quienes lo pronunciaron. El pueblo no defendía necesariamente a Eduardo; defendía “el Vasconcelos”. Y “el Vasconcelos” ya era otra cosa: una estrella local, imperfecta, ajena quizá en su origen, pero propia por uso, afecto y memoria.

II. El comodato y la filantropía con poder
El estadio es propiedad de la UABJO. La universidad informó en 2024 la colocación de la primera piedra del nuevo estadio “Eduardo Vasconcelos”, en un proyecto conjunto con Alfredo Harp Helú y el gobierno estatal. El rector puntualizó que el estadio continuará siendo propiedad de la UABJO, y que se firmó un convenio con la figura de comodato para la utilización del espacio. Ese dato es el nervio del conflicto: propiedad universitaria, operación privada, símbolo público, nombre modificado. Cuatro placas tectónicas chocando bajo una sola palabra.
Y aquí entra Alfredo Harp Helú. No se trata de negar su obra. Sería absurdo. La Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca (FAHHO) ha hecho contribuciones invaluables en cultura, educación, patrimonio y deporte. Pero precisamente por eso la pregunta se vuelve más grave: cuando una fundación privada acumula tal grado de intervención en patrimonio, cultura, deporte, bibliotecas, archivos e inmuebles, ¿estamos ante filantropía pura o ante una forma suave de poder territorial? ¿Dónde termina la generosidad y dónde empieza la administración privada de símbolos públicos?
No basta responder: “sin Harp no se haría”. Esa frase es peligrosa. Con esa frase se puede justificar cualquier entrega. Si el Estado no puede, que transparente. Si la Universidad no puede, que consulte. Si la comunidad necesita inversión, que se pacten reglas claras. La pobreza presupuestal del Estado no debe ser la puerta trasera por donde entra la privatización simbólica. Un comodato es una cesión de uso, no una cesión de identidad.
III. Yu’va: ¿homenaje o barniz ancestral?
El argumento de Yu’va tiene una belleza superficial: remitir el béisbol al juego de pelota ancestral, buscar una raíz indígena, colocar una palabra mixteca en el centro de un espacio deportivo. La Fundación Harp Helú sostuvo que Yu’va no sustituye la memoria del estadio Licenciado Eduardo Vasconcelos, sino que busca conectar el presente del béisbol oaxaqueño con una historia milenaria del juego de pelota en pueblos originarios. Explicó que la palabra proviene de un antiguo vocablo mixteca (yuhua) que significa “juego de pelota”, registrado en el Vocabulario en lengua mixteca de 1593 y en el Códice Egerton.
Pero belleza no es legitimidad automática. Oaxaca no necesita que toda obra nueva se lave la cara con una palabra originaria. La cultura indígena no debe volverse barniz de decisiones empresariales. Invocar lo ancestral sin consulta suficiente puede terminar siendo otra forma de despojo simbólico: se toma la lengua, se toma el signo, se toma el prestigio de lo originario, y se usa para legitimar una operación contemporánea. Cuando en los accesos principales, en la comunicación pública y en la piel visible del inmueble aparece un nuevo nombre, la memoria antigua queda relegada a nota al pie. Y los pueblos conocen demasiado bien ese método: primero se conserva el nombre viejo “por respeto”; luego se le achica; luego se le guarda en una placa; luego se le olvida.
El método soviético de destrucción simbólica no siempre derriba monumentos. A veces los rebautiza. Cambiar nombres es una forma de reescribir la ciudad. En los regímenes duros, se cambia la plaza, la avenida, el estadio, la escuela, para fabricar una memoria oficial. En los regímenes suaves, se hace con diseño gráfico, convenio y discurso incluyente. Pero el resultado puede ser el mismo: la memoria anterior se vuelve incómoda, vieja, prescindible.
IV. Los Murat y el silencio cómplice
No se puede hablar de patrimonio en Oaxaca sin mencionar a quienes durante años administraron el Estado como un feudo. José Murat Casab, gobernador de 1998 a 2004, y su hijo Alejandro Murat Hinojosa, gobernador de 2016 a 2022, son símbolos de cómo el poder político puede desmantelar el patrimonio desde adentro. José Murat fue señalado por The New York Times y la BBC por la posesión de lujosas propiedades en el extranjero, en lo que se consideró un presunto enriquecimiento ilícito. Alejandro Murat ha sido vinculado a investigaciones por desvío de fondos y corrupción, incluyendo el escándalo conocido como “Caso Koldo” en España.
¿Y qué hicieron los Murat por el estadio Eduardo Vasconcelos? Nada. Lo dejaron envejecer, lo descuidaron, lo usaron como escenario de fotografía, nunca como proyecto de Estado. Ahora que un empresario privado pone el dinero para levantarlo, pretenden aparecer en la foto de inauguración como si hubieran sido parte de la solución. No lo fueron. Fueron parte del abandono. Por eso duele más la entrega simbólica: porque el Estado falló, porque la universidad no tuvo recursos, porque los gobiernos priístas dejaron huecos que ahora el capital privado llena a cambio de nombres, placas y memorias reescritas.

V. La Secretaría de Cultura en el banquillo
Y allí aparece el silencio cultural. Si alguien debía decir algo, aunque fuera una frase mínima, era la Secretaría de las Culturas y Artes. Flavio Sosa Villavicencio no es un burócrata ornamental. Es un veterano activista social, ex dirigente de la APPO, hoy secretario de Cultura en la administración de Salomón Jara. Entonces la pregunta no es menor: ¿qué dice Cultura cuando se altera la denominación visible de un estadio universitario con carga histórica? ¿Qué dice el funcionario que viene de una tradición de lucha cuando el patrimonio simbólico parece ser administrado por una mezcla de gobierno, universidad y capital privado?
No se le pide a Flavio Sosa que incendie Troya. Se le pide algo más elemental: criterio cultural. Una secretaría de Cultura no está sólo para anunciar delegaciones de la Guelaguetza o posar con listados festivos. Está para custodiar el espesor simbólico del Estado. Si el nombre Eduardo Vasconcelos debe conservarse, que lo diga. Si Yu’va es pertinente, que explique por qué, con fundamento histórico, lingüístico, antropológico y universitario. Pero el silencio ante el entuerto hace que los bigotes del poder parezcan cortina, no brújula.
VI. Una propuesta para no hacer bolas: que cada cosa esté en su lugar
El béisbol es el béisbol. Es el rey de los deportes en Oaxaca, arraigado con acta de nacimiento oaxaqueña: desde el Istmo hasta Huajuapan, desde Puerto Escondido hasta Tuxtepec, desde la Chinantla hasta la Mixteca. Eso no se discute. La pelota mixteca es otra cosa: un deporte ancestral, prehispánico, que se juega con un guante de varios kilos y una pelota de hule, y que aún se practica en comunidades de la Mixteca y otras regiones del estado. El gobierno de Salomón Jara ha impulsado su recuperación: en 2025 se inauguró el Torneo Internacional de Pelota Mixteca “Lunes del Cerro”, con más de 200 jugadoras y jugadores.
Entonces, ¿por qué no hacer lo que corresponde?
Propongo lo siguiente: construir en el Parque Primavera Oaxaqueña “Cho Ndobá” un estadio real y verdadero, con capacidad para unas 5,000 personas, dedicado exclusivamente a la pelota mixteca. Un espacio con canchas profesionales, museo del juego de pelota, escuela de formación y áreas de difusión. Ahí sí podemos ponerle un nombre en lengua mixteca, ahí sí hacemos una trazabilidad histórica, ahí sí trabajamos para que este deporte ancestral sea reconocido como deporte olímpico, con reglamento unificado, categorías y proyección internacional.
Cada cosa en su lugar. El béisbol en el “Eduardo Vasconcelos” —que así debe seguir llamándose—, y la pelota mixteca en un estadio propio, digno de su historia y de su futuro. No hagamos bolas: mezclar la identidad del béisbol con el juego de pelota prehispánico en un mismo espacio, bajo un mismo nombre, es un gesto estético que confunde más de lo que honra. La cultura indígena no es un adorno para legitimar remodelaciones; es una práctica viva que merece su propia casa.
Alfredo Harp Helú, si quiere ser recordado como un verdadero filántropo, podría financiar también ese proyecto. No para ponerle su nombre, sino para devolverle a Oaxaca lo que le ha dado: la posibilidad de soñar sin que nadie le cambie los letreros.
VII. El estadio como estrella ajena
Como en El Principito, hay hombres que creen poseer estrellas porque tienen papeles. Las cuentan, las registran, las anotan como suyas. Pero no las habitan, no las aman, no las alumbran. Sólo las administran. Así puede volverse el poder patrimonial moderno: no necesita vivir en el estadio, ni estudiar en la Universidad, ni llorar una derrota de Guerreros, ni recordar al abuelo que llevó al nieto a las gradas. Le basta administrar, rotular, convenir, remodelar.
Pero las estrellas no son de quien las cuenta. Los estadios no son de quien los remodela. Los nombres no son de quien paga la placa. Hay bienes que pertenecen al pueblo no sólo por título jurídico, sino por respiración colectiva. Cambiar el nombre de un estadio sin una deliberación amplia equivale a decirle a la ciudad: ustedes usaron el lugar, nosotros escribimos el significado.
Oaxaca debe tener cuidado. Porque una ciudad que permite que sus símbolos se administren sin debate termina convertida en museo de decisiones ajenas. Y una Universidad que no defiende sus nombres, sus espacios, sus generaciones y sus emblemas, corre el riesgo de conservar la autonomía sólo como membrete.
No se trata de rechazar a Harp por sistema. Se trata de ponerle límites republicanos a la filantropía. El filántropo verdadero no sustituye al pueblo: lo sirve. No ocupa la memoria: la custodia. No impone nombres: pregunta. No convierte el agradecimiento social en posesión moral.
La pregunta final no es si Yu’va es una palabra bella. Lo es. La pregunta es si era justo ponerla donde ya había una memoria universitaria viva. La pregunta no es si Eduardo Vasconcelos fue grande. Tal vez no tanto. La pregunta es si el pueblo tenía derecho a conservar el nombre que durante décadas usó para nombrar su estadio.

Porque al final, las estrellas ajenas no se renombran sin que tiemble el cielo.
Vamos por construir el Estadio Internacional de Pelota Mixteca
Y Los Vasconcelos a su sarcófago y el béisbol a dar hits y homeruns y honrar la memoria histórica del deporte oaxaqueño.
Está columna no pretende crítica alguna a nadie.
Al final el autor es solo un filoso safado y loco.


