Por Arturo Vásquez Urdiales

No se sabe bien en dónde ocurrió.

Quizá en Amatlán, en Lachatao, en Latuvi. Quizá en esos pueblos del Rincón que todavía guardan el secreto de las nieblas. O quizá no ocurrió en ningún mapa y por eso mismo sigue ocurriendo.

La historia que les voy a contar tiene más de ciento cincuenta años.

Viene de una voz de anciano que se la contó a su prole, y esa prole, con el tiempo, se hizo anciana y la contó otra vez. Así, de boca en boca, de sueño en sueño.

Algunos dicen que ya van cinco generaciones. Tal vez más de doscientos cincuenta años. Lo que sí se sabe —porque se habla, porque en los pueblos la verdad se teje despacio— es que algunos descendientes de aquellos primeros testigos se fueron a la guerra. Allá, en los tiempos cuando los pueblos viejos no eran tan viejos. Cuando lo viejo aún no sabía a polilla, pero sí a polvo de estrellas.

Y de eso se trata esta historia. De estrellas. De una mujer que bajó de ellas.


La vieron primero los niños.

Fue en una noche de lluvia de luceros —así le dicen allá a las noches cuando el cielo se desprende—. Los niños estaban despiertos, porque en esas noches nadie duerme, todos salen a mirar hacia arriba con la boca abierta.

Y entonces la vieron bajar.

No cayó. Eso lo aclaran siempre los viejos cuando cuentan. No venía envuelta en fuego ni dejaba estela de humo. Bajó como baja la neblina cuando decide volverse río. Como baja la mirada de un amor antiguo.

Era una mujer. Joven, pero con algo en los ojos que ya sabía de siglos. Traía el cabello negro y largo, peinado con dos trenzas donde se le habían quedado atoradas algunas chispas de luz. En las manos, callos. En los pies, tierra. Pero en la espalda, todavía, un temblor de cielo.

Los niños no corrieron. Los perros no ladraron. El maíz, en la milpa, se inclinó como saludando.

Ella caminó hacia la casa de doña Pascuala, la más vieja del pueblo, la que sabía de partos y de muertes y de yerbas que curan el espanto. Llamó a la puerta con los nudillos. Tres golpes nada más.

—¿Quién es? —preguntó doña Pascuala, que ya estaba acostada pero no dormía, porque a su edad el sueño viene y va como visitante caprichoso.

—Soy yo —dijo la mujer.

Y doña Pascuala, sin saber por qué, abrió.

Lo que vio la dejó quieta. No era el aspecto de la muchacha, que bien podía ser de cualquier pueblo de la sierra. Era el olor. A jazmín, sí, pero también a algo más. A espacio. A vacío lleno de luces.

—¿De dónde vienes, hija? —preguntó la anciana.

La muchacha señaló hacia arriba. Hacia donde la lluvia de estrellas todavía no terminaba.

—De allá —dijo—. De un río que corre por el cielo.

Doña Pascuala, que en su vida había visto cosas raras —un niño que nació con los ojos de distintos colores, un burro que habló en sueños, una lluvia de peces en tiempo de secas—, hizo lo que haría cualquier abuela de la sierra.

—Pasa —dijo—. Toma atole. Estás helada.

Y así empezó todo.


La mujer se quedó. Aprendió a hacer tortillas como si siempre hubiera sabido. Aprendió a tejer en telar de cintura, aunque a veces, cuando nadie la veía, sus dedos hacían figuras que no eran de este mundo —estrellas de ocho puntas, remolinos que giraban al revés—. Aprendió los nombres de los cerros, de los manantiales, de los muertos que aún rondaban las veredas.

Pero había cosas que no aprendió. Nunca supo tener miedo a la oscuridad. En las noches sin luna, cuando todos se encerraban, ella salía al patio y se quedaba mirando hacia arriba. Y a veces, muy bajito, silbaba.

Ese silbido era lo único que no encajaba. No era un silbido humano. No imitaba pájaros ni viento. Era una melodía que parecía venir de muy lejos, como si su garganta fuera apenas un eco de algo más grande. Los que la oyeron dicen que daba tristeza. Pero no una tristeza de este mundo. Una tristeza de orfandad cósmica, como la que sentiría una estrella al caer y no poder regresar.

Con los años, se hizo vieja. Tuvo hijos. Luego nietos. Luego bisnietos. A todos les enseñó a mirar el cielo. A todos les dijo, cuando estaban chiquitos: “Nosotros venimos de allá. No se les olvide”.

Pero los hijos crecen. Los hijos se van a la guerra. Los hijos mueren antes que las madres.

Cuando supo que su nieto —el más querido, el que tenía sus mismos ojos de horizonte— había caído en alguna batalla lejana, allá por los tiempos de la Reforma, la mujer se subió al tejado. Ya era muy vieja. El cabello, antes negro, era nieve. Las manos, antes firmes, temblaban como hoja de milpa con viento.

Se sentó en el tejado. Miró hacia arriba. Y comenzó a silbar.

Esa noche, dicen, el cielo se abrió. No como cuando va a llover. Se abrió como una puerta. Y por esa puerta bajó un río de luz. Un río que llegó hasta el tejado, hasta los pies de la anciana, y la envolvió.

Los que la vieron —sus hijas, sus nietas, los vecinos que salieron asustados— juran que en ese momento la mujer sonrió. Y que por un instante, solo un instante, dejó de ser vieja. Fue otra vez la muchacha que bajó del cielo una noche de luceros.

Después, el río se fue. Y ella con él.

Pero en el tejado quedó algo. Un tejido, dicen unos. Una flor de maíz, dicen otros. Una piedra que brilla en la oscuridad, aseguran los que saben.

Y quedó también la historia. Esa que los viejos cuentan a los niños cuando hay noches de lluvia de estrellas.

—No se les olvide —dicen—. Nosotros venimos de allá.

Y señalan hacia arriba.


Y eso es todo. O eso es lo que se sabe. Porque en los pueblos del Rincón, en Amatlán, en Lachatao, en Latuvi, las historias nunca terminan del todo.

Se quedan ahí, como la neblina. Esperando que alguien las cuente otra vez.

Hasta mañana, si los luceros lo permiten.

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