Dedicación

A los 112 años del nacimiento de Don Eleuterio Vásquez Ramírez

03 de marzo de 1914 — Santiago Apóstol, Ocotlán, Oaxaca

Esta columna no se escribe: se arrodilla.

Se inclina ante la memoria de Don Eleuterio Vásquez Ramírez (1914–1994), indio zapoteca puro, hijo de la tierra de Santiago Apóstol, arrancado por la migración hacia los campos de tomate de California, donde la vida se medía por jornadas interminables y manos agrietadas.

No existían entonces los discursos modernos sobre migración ilegal; existía el hambre, la necesidad y la promesa.

Cuenta la leyenda familiar —esa que no necesita archivo porque vive en la sangre— que le ofrecieron ser cocinero en un barco de guerra. Que si embarcaba, le darían nacionalidad.

Eran aquellos tiempos de ingenuidad verdadera y gratuita.

Que el tío Sam a veces habla con voz convincente y destino incierto…..Pero…

Y embarcó.

Terminó en los escenarios devastadores de la Segunda Guerra Mundial, en las islas del Pacífico, donde el cielo no era azul sino humo, y el mar no era agua sino estrategia.

Sirvió en acorazados estadounidenses. Fue testigo del choque brutal entre Japón y los aliados. No le gustaba hablar de esa época. Solo dejaba escapar una sombra en los ojos cuando alguien insistía.

Pero hay un episodio que no es leyenda: es milagro.

En una de aquellas islas —cuyo nombre se ha perdido en la bruma del tiempo— una explosión desgarró el aire. Su teniente, quizá capitán, cayó destrozado por metralla y granada enemiga. Piernas despedazadas. Una mano arrancada. La guerra en su forma más cruda.

Don Eleuterio no huyó.

Improvisó torniquetes con manos firmes. Lo cargó seis kilómetros bajo amenaza de fuego. En el trayecto fue herido en el vientre. Seis kilómetros no son distancia cuando se camina en paz; en guerra son eternidad.

Mientras avanzaba, rezaba.

Y le rezaba al herido. Y el herido comprendió que Algo Profundo le hablaba en zapoteco.

No era teólogo. No era predicador. Era un zapoteca que recordaba las oraciones aprendidas de niño en la iglesia de Santiago Apóstol. Padre Nuestro. Ave María. Palabras sencillas. Fe sin retórica.

“No mueras… no mueras…”

Rezaba por él y con él.

El oficial no murió.

Y ocurrió algo que la pólvora no pudo prever: aquel hombre, que era evangélico, se convirtió al catolicismo tiempo después. Ingresó a la Orden de San Agustín en Estados Unidos. El herido que fue cargado terminó siendo monje, se sabe que un gran monje

Años más tarde, esa misma red espiritual buscó al indígena zapoteca que había rezado sobre la sangre. Lo invitaron a integrarse a la Legión de María.

Así llegó la Legión de María a Oaxaca.

Uno de los frutos indirectos de la guerra del Pacífico fue la siembra espiritual en tierras zapotecas. Lo que la guerra destruyó en cuerpos, sembró —misteriosamente— en vocaciones, en fé.

De regreso a su tierra, devastado interiormente por lo visto, encontró a Dios no en la gloria militar, sino en el servicio humilde, el fue siempre humilde y de corazón géneroso.

En 1979, Juan Pablo II lo consagró Primer Diácono Indígena de Oaxaca en la Santa Iglesia Catedral de la diócesis de San Marcial. Aquel joven migrante de los campos de tomate, aquel marinero involuntario del Pacífico, se convirtió en servidor del Evangelio.

Traducía a sus paisanos del zapoteco al inglés sin pasar por el español. Era puente entre mundos. Era puente entre culturas. Era puente entre guerra y fe.

No le gustaba hablar de combates. Prefería hablar del Evangelio. De la Legión de María. De su diaconado. De su encuentro con el Santo Padre. De la misión.

Vivió en santidad hasta su muerte en 1994.

Fue padre de Don Alfredo Nahum Vásquez Escamilla.

Raíz firme de la dinastía Vásquez: Juan, Arturo, Salvador, Arturo David Jr., Pepe Nacho y los que vendrán.

Hoy, a los 112 años de su nacimiento, celebro a ese incansable indígena.

Mi abuelo.

Gracias por darnos la vida, Tío Tello.

Gracias por cargar no solo a un herido seis kilómetros, sino por cargar una estirpe entera hacia la dignidad.

Gracias por salvarme de los abismos.

Por ti conocí las letras que hoy a diario esgrimo.

Tu legado son las Letras Hipnóticas.

En tu linaje, la palabra no es ornamento: es misión.

Tu nieto,

Arturo.

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