Apunte diario sobre letras Hipnóticas.
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Por Arturo Vásquez Urdiales
(Inspirado en hechos reales, pero transfigurado por la bruma literaria)
Hay noches que no se apagan cuando amanece. Noches que se quedan atrapadas en las rendijas del alma, como un perfume barato, como un bolero que nadie pidió. Así fue la noche en que Juanito Cumpa Tuestas, sibarita recién llegado a la capital del goce, quedó dormido en el regazo sin brazos del Club “Embassy”, el templo kitsch de las lentejuelas perdidas.
Era 1970 y la ciudad ya sabía bailar sobre tacones italianos. Juanito, con su camisa de cuello amplio y su perfume prestado, había llegado al Embassy a buscar empleo como asistente del “Regenerador de Mujeres”, un tal Silvano del Monte, taumaturgo de las tablas, maquillador de tristezas femeninas, y coreógrafo de redenciones.
—¿A qué vienes, paisano? —le preguntó un portero con bigote de charro caído y gafas ahumadas.
—A hablar con don Silvano —respondió Juanito, con más fe que certeza.
Lo hicieron pasar. El club estaba vacío como el corazón de un diputado. Se sentó en la penumbra de la oficina, justo debajo de una lámpara de lava que tardaba siglos en decidir qué forma tener. El silencio pesaba. El cansancio también.
Y entonces, Juanito se durmió.

Soñó que bailaba con una vedette tuerta llamada “La Terremoto de Tacubaya”. Soñó que el Embassy era un arca donde cada bailarín era una especie salvada del diluvio. Soñó con Silvano, que le decía al oído: “Tú, Juanito, vienes de la sierra a iluminar el escenario”. Soñó con jamones en vitrinas, con cócteles de durazno, con mujeres que lloraban tras bambalinas y hombres que se olvidaban de sí mismos en un whisky doble.
Pero despertó. Despertó con hambre. Despertó con frío. Despertó solo.
El Embassy estaba cerrado. El último vals ya había muerto. Ninguna bailarina quedaba en escena. Buscó llaves entre muebles, encendió luces con manos temblorosas, habló solo para no volverse sombra. A las dos de la tarde, desmayó en las escaleras del escenario, vencido por la misma noche que lo había acogido.
No fue hasta las diez que la policía y los dueños lo encontraron, pálido y con hambre, aferrado a un cortinaje rojo como si fuera el último refugio.
—¿Cómo sobreviviste, muchacho? —preguntó un agente.
—Soñé. Y el sueño me alimentó —respondió Juanito, entre lágrimas dulces.
Desde entonces, hay quienes dicen que el Embassy se convirtió en leyenda no por sus vedettes ni por sus shows, sino por aquel cibatita que soñó más allá del cierre, más allá del escenario, más allá de la vigilia.
Porque hay noches que no se duermen. Y hay sueños que, como Juanito, no quieren despertar jamás.
— Urdiales Zuazubiskar fundación de letras hipnóticas AC ©® quienes les invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención.,


