Apunte diario sobre letras Hipnóticas.

Por Arturo David Vásquez Urdiales.

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Hey, no sé ponga usted el saco.

Hay leyendas que duelen como espejos. No por lejanas, sino porque al mirarlas vemos en ellas las sombras que aún arrastramos. Una de esas leyendas —antigua como el mármol griego, pero vigente como la mezquindad cotidiana— es la de Procusto, el indolente que no toleraba que nadie midiera más, ni menos, que su exacta y rígida medida.

El mito de Procusto

En la ruta antigua entre Eleusis y Atenas, transitaban mercaderes, peregrinos, soñadores y héroes. Pero no todos llegaban a destino. Había una posada temida, una especie de trampa disfrazada de descanso. Allí vivía Procusto, cuyo nombre significa “el que estira”.

Este hombre no ofrecía hospitalidad: ofrecía conformidad forzada. Su posada tenía una sola cama, y a ella debía adaptarse todo el que pasara la noche. Si el huésped era más alto que la cama, Procusto le cortaba las piernas o la cabeza hasta que “encajara”. Si era más bajo, lo descoyuntaba y lo estiraba con cuerdas hasta que el cuerpo crujiera y alcanzara la medida impuesta. Ninguna variación era aceptada. Ninguna diferencia, tolerada.

Pero la justicia mítica no duerme. Fue Teseo, el joven héroe, quien puso fin al horror. Al comprender la trampa del posadero, lo enfrentó y lo obligó a acostarse en su propia cama. Entonces, Procusto supo lo que era ser medido con el patrón de la rigidez y la intolerancia.

No murió simplemente por sus crímenes, sino por la aberración de querer forzar al otro a ser igual, idéntico, conforme.


La cama simbólica del presente

Esa cama no ha desaparecido. El lecho de Procusto se ha multiplicado y escondido en oficinas, escuelas, redes sociales, partidos políticos, consejos académicos y familias. Ya no se corta con hachas, sino con burlas, exclusiones, rumores, silencios y normativas absurdas.

El síndrome de Procusto se manifiesta en quienes, frente al talento ajeno, no sienten inspiración sino amenaza. Son los que, al ver a alguien destacar, no preguntan cómo lograrlo también, sino cómo deshacerlo.

Procusto es el profesor que ridiculiza al alumno brillante. El jefe que apaga las ideas nuevas. El colega que boicotea. El funcionario que “no permite”. Es el amigo que sólo te quiere mientras no te va mejor que a él. Es, también, el padre o madre que impone sueños ajenos y desarma los propios. El burócrata que repite: “Aquí siempre se ha hecho así”.

Pero, sobre todo, es esa voz interna, temerosa e indolente, que nos exige encajar en lo que otros esperan, incluso si para ello debemos mutilar lo mejor que hay en nosotros.


El arte de permitir la diferencia

En sociedades donde la diferencia asusta, la cama de Procusto se vuelve política pública. La creatividad es sospechosa. La disidencia, peligrosa. El genio, ridiculizado. La diversidad, perseguida. Y el pensamiento crítico, declarado “molesto”.

¿De dónde proviene tal miedo? De la pereza espiritual del indolente: aquel que no está dispuesto a crecer, ni quiere que otros lo hagan. No es el tirano clásico, es peor: es el mediocre que convierte su falta de esfuerzo en norma y su inseguridad en regla general.

La muerte de la diferencia es también la muerte de la esperanza.


Resistir la cama

La resistencia hoy no consiste en blandir espadas, sino en defender la libertad de ser distintos. Resistir la cama del indolente es celebrar al raro, al talentoso, al que baila en otro compás. Es negarse a ser ajustado, estirado o mutilado para encajar en modelos que no nos pertenecen.

Y también es dejar de usar nosotros mismos la cama de Procusto contra los demás. Dejar de medir con celos, con resentimiento, con expectativas estrechas.

¿Queremos verdaderamente una sociedad creativa, amorosa, justa? Entonces hay que destruir esa cama simbólica. Quemarla. Transformarla en un altar de diversidad, donde cada quien encuentre su medida sin ser obligado a otra.


Epílogo: el nuevo héroe

Teseo ya no vendrá montado en corcel. Hoy, el héroe es quien permite que otro brille sin apagarlo. El que deja que florezcan los caminos paralelos. El que reconoce que el alma humana tiene miles de formas, y que sólo en esa sinfonía multiforme nace lo verdaderamente bello.

En el fondo, toda comunidad es medida por lo que hace con los que son distintos.

Procusto, el indolente, sigue vivo en cada acto que desprecia al otro por ser él mismo. Y su cama espera, como advertencia y desafío. ¿Nos acostaremos allí… o la romperemos de una vez por todas?

Fundación de letras hipnóticas AC ©® quienes les invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención.

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Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Arturo David Vásquez Urdiales Zuazubiskar es notario público, abogado y escritor oaxaqueño. Fundador de la serie Apunte diario sobre letras Hipnóticas y autor de obras como Los siete ojos del gato negro y La piedra del tiempo, su estilo mezcla historia, mística, crítica social y visión futurista. Con más de 35 años de trayectoria jurídica, ha sido Consejero Jurídico del Estado de Oaxaca y hoy encabeza la Notaría Pública número 100. Su escritura explora los umbrales entre lo real y lo invisible. También es creador del idioma universal Zawki y promotor de la Fundación de Letras Hipnóticas AC.

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