APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS

Aurora del 8 de mayo de 2025
Por Arturo Vásquez Urdiales

El Papa Negro

En el alba que despunta sobre la Ciudad Eterna, el murmullo de cera y pergamino se funde con el pájaro madrugador. Ni el humo blanco ni el humo gris se han atrevido aún a danzar en el cielo de Roma, pero el corazón de la cristiandad late con esperanza y temor. Bajo la cúpula de Miguel Ángel, los nombres laten en corrientes subterráneas de murmullos y suspiros; uno de ellos brilla con un fulgor inquietante: Fridolin Ambongo Besungu, arzobispo de Kinshasa.

Kinshasa, tierra de sol y de cicatrices, donde el recuerdo de la explotación y la codicia europea aún arde como brasas bajo la ceniza. Un hombre nacido en Boto, Congo—cuna de océanos verdes y montañas de dolor—que emergió de la voz de los sin voz para alzar su oración en Roma. Su fe se forjó en los hornos de la injusticia: ordenado sacerdote en 1988, forjado en Teología Moral en las aulas eternas de la Ciudad Eterna, y forjado aún más en la lucha contra la corrupción y la pobreza. En él, muchos veían la promesa de una Iglesia renovada, comprometida con los olvidados y los desplazados.

Sin embargo, el espejo se quiebra con su reflejo. Porque Ambongo, cuya voz clamó contra los señores del petróleo y los señores del despojo, se yergue hoy con una banderola contraria al abrazo inclusivo: cerrado al amor de quienes, igual que él, llevan el aliento divino en el pecho. Se opone a las bendiciones para las parejas del mismo sexo; defiende el celibato como fortaleza absoluta, sin mácula de cercanía humana. Su discurso resuena en pasillos de mármol, pero también en salas de piedra donde la misericordia debería florecer.

Es impensable: un hijo de África, forjado en la raíz profunda de la opresión, sentándose en la silla de Pedro para proclamar un credo que niega a los hermanos y hermanas que aman. El eco de las cadenas coloniales debería conjurarse contra cualquier sombra de supremacía moral. Y, sin embargo, el Vaticano contempla la paradoja: un “Papa negro” envuelto en la ironía de la ultra-derecha eclesial.

Y vuelven a nosotros las profecías de San Malaquías: “De labore Solis”, “Del Orbe Solis”… ¿fueron advertencias de un líder comprometido con la luz, o acaso puertas que se abren a gobernantes retraídos en la austeridad hipócrita? San Malaquías habló de un “Papa Negro” antes del fin; hoy, esas palabras retumban como campanas funestas, anunciando que el símbolo puede corromperse en agente del poder.

Mas mi pluma se detiene ante la tragedia mayor: que el eco de las iglesias de Kinshasa, donde la pobreza y el hambre trajeron conversión y solidaridad, sea ahora voz de aquellos que privilegian el oro del templo por encima del pan del hambriento. ¿Cómo abrazar el sacrificio de las víctimas del Congo—tierra marcada por el látigo de Leopoldo II y el silencio de Europa—cuando su tribuno se alza hoy con la enseña del conservadurismo implacable?

Es un absurdo: el hombre de la herida y la cicatriz, convertido en aliado del conquistador invisible; un eclesiástico cuya sombra, en vez de tenderse para cobijar al desamparado, se proyecta para estrechar leyes de exclusión. Y en ese absurdo descubro un pecado mayor: el del cristiano que olvida la parábola del Buen Samaritano, que prefiere la reliquia al corazón herido, el pergamino a la carne sufriente.

Pero no somos de izquierda ni de derecha: somos herederos del Nazareno que anduvo entre los leprosos, que besó la frente de los niños, que no preguntó por linaje ni por méritos. Nuestra moderación brota de la simiente evangélica: abrir los brazos sin preguntar cuántos labios rezan, sin medir con regla la pureza de las intenciones. Cuando la Iglesia cierra sus puertas al amor, esas puertas se convierten en barrotes de un calabozo espiritual.

Hoy alzamos una plegaria simbólica: que la elección que se avecina sea un reflejo de la compasión y no de la rigidez; que la púrpura naval del pontífice no esté teñida por el recelo al otro, sino por el rojo vivo de la caridad. Que el sucesor de Pedro no decore su palacio con la fría joyería de la indolencia, sino con el pan compartido de los hambrientos.

En esta aurora, mientras Roma espera el alba del humo blanco, nuestro recado—escrito con letras hipnóticas—retumba en el silencio del claustro: un “Papa negro” relegado a la extrema derecha no será el espejo de Cristo, sino un Judas de mitra, un simulacro de misericordia. Y si San Malaquías se atrevió a anunciarlo, que su prosa sea la sílaba que advierta al mundo del peligro: el peligro de levantar altares a la exclusión cuando el Evangelio pide banquetear con el marginado.

Que la elección sea un canto de justicia, un himno de inclusión, un acto de redención para tantos pueblos que han visto su dignidad pisoteada. Que el Sumo Pontífice —sea cual sea su nombre—abra las ventanas del Vaticano al murmullo de los oprimidos, sin temer convertirse en viento que limpie las cenizas del prejuicio.

Y tú, lector, medita con nosotros: la fe se construye en la mesa compartida, en el gesto que alivia, en la palabra que no margina. Hoy, mañana y siempre, la verdadera hipótesis del papado no está en las profecías antiguas, sino en el amor que se hace gesto.

Arturo Vásquez Urdiales

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