Apunte diario sobre letras hipnóticas
Por Arturo Vásquez Urdiales
En la República Democrática de Burkina Faso Latina del Norte, donde la lógica descansa bajo la sombra de un mezquite y el absurdo gobierna desde las oficinas del registro civil, hubo una vez un político con el don del ilusionismo perpetuo. Se llamaba Ponciano Mandujano Armenta, aunque nadie conocía su verdadero nombre. En el Distrito Electoral Federal Número 432 —el más pobre del país, con la clientela política más fiel—, Ponciano reinaba desde hacía 32 años con la gracia de un santo pagano y la astucia de un camaleón sin patria.
Pero Ponciano no era un hombre común. No tenía rostro, o al menos no uno solo. Tenía 243 máscaras oficiales, numeradas y bendecidas por el Consejo Supremo del Marketing Popular. Una para cada ocasión. Una para cada discurso. Una para cada electorado.

Estaba la máscara del hijo del pueblo, fabricada con estropajo y olor a tortilla vieja. La del doctor en desarrollo comunitario, pulida con los discursos de Paulo Freire mal citados. La del hombre honesto, hecha de cera templaria y juramentos que no podían derretirse ni con lava. La del indígena originario por adopción, tallada con símbolos mixtecas aunque él sólo hablara con los acentos del cableoperador más cercano. La del padre de familia ejemplar, que incluía fotos editadas con hijos alquilados para campaña. Y, por supuesto, la máscara número 243, la favorita: la del mártir perseguido por “el sistema”, usada justo antes de cada elección, cuando le tiraban pintura roja (pactada) en los mítines.
Las máscaras se guardaban en una bóveda secreta debajo del Palacio Distrital. Cuentan que el cuarto tenía clima controlado, música de fondo de Pedro Infante y una máquina que soplaba incienso electoral aromatizado con promesas incumplidas.
—¡El pueblo no vota por mí, vota por la máscara que necesita ver! —decía Ponciano mientras untaba su rostro del día con una brocha de cinismo 12XL.
En el distrito 432, la pobreza no era una estadística: era una doctrina. Los techos de lámina servían de antenas parabólicas para captar el canal del partido. Los niños sabían antes leer un eslogan que una palabra. Y los abuelos juraban que Ponciano había nacido en un pesebre hecho de lonas recicladas del PRI, PAN, PRD, PVEM, MORENA y PT —porque había sido de todos, como los santos coloniales.
Pero el secreto de su éxito no era solo el disfraz, sino el voto encantado: una forma de hechizo clientelar, entregado en bolsas con harina, bloques mal cocidos y puestos fantasmas. El truco final llegaba el día de las elecciones: un acarreo ritual con música de banda, bendición de curas de conveniencia y discursos leídos con lágrimas artificiales.
Y así, un domingo raro —el segundo de agosto, bajo una tormenta de cenizas de basura quemada—, Ponciano volvió a ganar.
Ganó sin despeinarse. Ganó sin debatir. Ganó sin proponer. Ganó sin siquiera aparecer.
Su máscara número 243 habló por él en la última rueda de prensa:
—Estoy muy conmovido por la voluntad popular de este glorioso distrito. Prometo que ahora sí, ahora sí, ahora sí… vendrá el verdadero cambio.
Y todos aplaudieron.
Y todos lloraron.
Y todos sabían que mentía.
Pero en Burkina Faso Latina del Norte, el mentiroso no es castigado si da espectáculo. Ponciano era un gran artista. Nadie recordaba ya su verdadero rostro, ni su edad, ni si aún respiraba. Quizás era ya un muñeco de hilos, operado por asesores, maquillistas y brujos de la retórica. Quizá ya no era él. O quizá nunca lo fue.
Porque en el país de las máscaras, el rostro verdadero es una herejía.
— Fundación de letras hipnóticas AC


